La joven de la ventana

Salía de la Facultad a una hora no excesivamente intempestiva para otros días. Caminaba con Oscar, un puerto realeño que encontró trabajo nada más terminar la carrera de Historia –que ya tiene merito- metiéndose en el ejército. Entonces el González Tabla aún era ese edificio ruinoso que estaba justo al lado de la que debía ser nuestra Facultad, que no lo era porque nosotros estábamos exiliados en la Bomba. Y de allí salíamos los dos, después de una apasiónate clase de Filosofía Antigua y Medieval, camino del autobús él y de mi casa yo. Y fue en el Mentidero dónde ocurrió un suceso que me cambió la vida.

Estábamos a mitad de la plaza cuando levanté la cabeza al cielo y observé una ventana entreabierta en la que se movía un visillo blanco, dejando entrever a una hermosa joven de largo cabello rubio que volaba al viento de la abierta venta.

-Que pedaso de piba hay en la ventana- le dije a Oscar que forzó la vista buscando a la hermosa dama.
-No la veo –repuso - ¿dónde está?
-Allí, quillo, en el primero- respondí categórico llegando ya al final de la plaza, casi bajo la ventana de marras.
-¿Estás seguro?- volvió a preguntar con una sonrisa en los labios –Definitivamente tú no puedes ser otra cosa que historiador. ¡Debes ver el pasado!

Lo miré sorprendido antes de fijar la vista en la ventana. Y entonces lo comprendí. Al día siguiente estaba en el médico, intentando explicarle lo sucedido:

-Miré, doctor, le juró que yo veía una joven hermosa, bellísima. Y así iba, feliz de la vida. Pero cuando me acerqué bajo la ventana comprendí que tenía que venir a verle, que esto no puede seguir así. ¿Sabe? Porque, joe, vale que algunas cosas no sean lo que parecen. Pero es que la última vez que alguien llamó hermosa a la joven de la ventana Cuba aún era española. Así que, dígame doctor, ¿necesito gafas?

¡Y vaya si las necesitaba!

Comentarios

Eduardo Flores ha dicho que…
Compañero Fornelius,

A mí me pasó algo parecido pero me temo que más grave. Tras pasar un buen rato dedicando obscenos versos al porta equipajes de una señorita que caminaba delante de mí, ésta no tuvo más que girar hasta ponerse de perfil a mirar un escaparate para percatarme que más que señorita era señor. Bien disimulado de espaldas pero señor al fin y al cabo. Me ahorro -por vergüenza torera- los comentarios del colega que me acompañaba. Claro está, yo no acudí al médico. Pero por un momento me imaginé pergeñando algo parecido a los sonetos del amor oscuro de don Federico.

Miopes abrazos,

Eduardo Flores.
Cathan Dursselev ha dicho que…
jajajaja...

si es que las gafas tenían que venir de serie. Lo tuyo fue más grave, desde luego. Al menos yo, no confundí el sexo de la otrora hermosa dama

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