Inocencia

Iban cada una por su lado. Falda corta, mirada traviesa y aires de suficiencia y autosuperación. Caminaban sin verse, tranquilas y disfrutando del sol que ayer inundo las calles y plazas de gente. Una de ellas, con una traje marrón, empujaba un carrito de niño chico. La otra, con una falda blanca y una rebeca azul se dio cuenta de su presencia y se acercó para mirar, ver y tocar. Y, por supuesto, coger.

-Tu tienes uno igual, cariño- dijo una dulce voz – ese no es tuyo.

Y ella miró al gatito naranja con ojos de “esto es mío” para devolvérselo a su dueña.

-Muchas gracias -dijo una segunda voz- dale un besito Carolina.
-¡Anda! -dijo la primera voz- Ella también se llama Carolina.

Y las dos caronilnas se dieron un beso para agradecer el encuentro, antes de que la segunda Carolina se fuese acompañado de la primera voz en busca de su padre, con un pastoso “adios”

Lastima que los adultos no sean como los niños. Y que la educación que derrochan cuando se trata de hablar con las madres de otros niños desparezca en las colas del bar. Me dan pena esos que se creen en su derecho de insultar o tratar sin educación ninguna a otros simplemente porque en su DNI aparecen más años. Una pena que no les importe que quienes les escuchen quejarse, empujar e insultar sean sus propios hijos. Una lastima, sobre todo, porque la inocencia de las dos Carolinas se pierde cuando el energúmeno de tu propio padre te muestra los modales con los que debe tratarse al resto.

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