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Verdad

Hoy he descubierto una verdad que va a cambiar mi vida. En el fondo es algo que he sabido siempre pero ha sido justo hoy cuando he visto todo lo que esconde. Porque, saben, hoy he descubierto que soy eterno. O, al menos, que viviré hasta el fin de los tiempos, que vete a saber cuándo será. Pero no una eternidad como la de los vampiros. No. No soy ni seré un no-muerto, que todos saben que no están vivos, pero pueden fenecer, bien sea con plata, con madera o cortando la cabeza. No. En mi caso, no podré perecer. Y no me lean con esa cara. No estoy volviéndome loco –la locura ya estaba presente en mí- porque quizá estoy que hoy les cuento sea lo más cuerdo que hayan leído en estos dos años.

Y es que, precisamente hoy, he descubierto en mi interior la verdad que acompaña a mi fe: que la muerte no es más que el final de una etapa, que se cierra con la tapa del ataúd, para abrir la puerta a la vida eterna. Soy eterno. Y como tal no debo ni tengo que preocuparme de los pequeños problemas que afecten a mi vida, porque este periodo no es más que una ínfima parte del infinito que me queda por delante.

Así que sí, soy eterno. Y estoy feliz de serlo y de decirlo. Sabiendo que en la locura de mi fe se encierra la verdad más grande que jamás haya conocido.

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