Un gran profesor

El otro día, al hablar de las labores de Frutti en las puertas del Colegio, me vino a la mente un profesor que, pese a ser un crío, me marcó. Tal vez porque, cuando llegaba el recreo, salía corriendo a su laboratorio, a abrir la puerta metálica del mueble del fondo del despacho. Allí, entre productos químicos, tenía guardado paquetes de plastilina que cogía para jugar. A veces, cuando estaba menos ocupado, me enseñaba algunos experimentos sencillos. Seguramente, sí la vida no se hubiera trasmutado en muerte tan pronto, ahora yo no sería historiador sino científico. Pues allí, en el laboratorio de D. Javier Villegas, me pasaba las horas siendo un niño. No creo que tuviera más de 8 años, pero los olores de aquella clase aún los tengo marcados. Una mezcla de olores nacidos de los experimentos que se realizaban por los alumnos, con el formol de cada bote con algún animal muerto. Y el ruido, ese ruido también lo recuerdo como si acabará de salir del laboratorio, sobre todo el de la nevera donde guardaba los alimentos caducados.

Y hoy, no sé porque, me he acordado de todo eso, y de aquel profesor que fue de los mejores que jamás tuve aunque nunca llegó a darme clases. Si lo hubiera hecho, tal vez, ahora sería otra cosa y ustedes no sufrirían mis arrebatos de locura.

Comentarios

Ico ha dicho que…
Nunca se sabe lo que una podría devenir.. aún así no te ha ido muy mal tal cual eres no?
Cathan Dursselev ha dicho que…
No, ciertamente, no me ha ido mal del todo.

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