La busqueda (XVII)

Jarque se sentó en la silla. Mirando el suelo con cara de desesperación. ¿qué podía haber hecho en el pasado para que Errante fuese por él? Y de pronto lo entendió. Lo ocurrido cuatro años atrás se repitió en su mente como si estuviera ocurriendo en ese mismo instante. La pequeña habitación del aeropuerto se convirtió ante sus ojos en la sala de estar de la casa de la calle San Francisco. Recordaba cada uno de los detalles que ahora cobraban vida en su paranoia.

Los sillones de tela roja con flores estampadas y dos cojines verdes apelmazados por el paso del tiempo. La mesa camilla con el mantel puesto y los restos de la cena de varios días antes. El hedor insoportable de los alimentos podridos. El zumbido de las moscas sobre los platos sucios. La televisión encendida, con una antigua película con el volumen al mínimo. Las dos sillas tiradas en el suelo de losas blancas y negras, resquebrajadas por el paso del tiempo. Mugrientas por la suciedad acumulada. Volvió a sobresaltarse cuando el gato atigrado paso corriendo entre sus pies para huir por la puerta abierta. La lámpara de cristal tintineaba con solo dos bombillas encendidas de las seis que tenía. Se tapó la nariz por el olor antes de dar abrir una nueva puerta. El dormitorio estaba a oscuras. Miró atrás, esperando que su compañero encendiese la linterna. Su mente siguió el reguero de luz hasta la cama. Allí estaba el hombre, o lo que quedaba de él. Le habían quemado el rostro, pero una mueca de terror podía aún intuirse. Estaba desnudo y un perro correteaba a su alrededor, culpable de la carne que le faltaba al cadáver. El olor era absolutamente insoportable.

Se mareó y se apoyó en la mesa. Echevarri acudió en su ayuda, devolviéndolo a la realidad.

-No puede ser, Echeva. Aquello fue una locura, pero no fue culpa mía- dijo Jarque con la mirada perdida.
-¿Qué pasó?
-Lo mataron y mutilaron- respondió Jarque- pero yo no hice nada. Yo no era más que un joven policía. Llamaron a la central y nosotros éramos los que estábamos más cerca. Nos encontramos con el muerto, pero llevaba ya varios días así, puede que hasta semanas.
-Hiciste lo que debías, nada se te puede decir.
-Lo maté- cortó en seco Jarque.
-¿QUE?-gritó el vasco.
-Le pegué un tiro. No sabía que era él. De ponto la linterna se apagó y le escuche aullar de dolor detrás de mí –Jarque se echó la mano a la cabeza- Disparé sin pensar. Varias veces. Y después salí corriendo. Huí, Echeva, me largué y dejé a mi compañero allí tirado. Y ahora vienen a por mí.

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