Uphir (VIII)

Olfateó el pelo de Ariel, que dormía apaciblemente abrazada a su pecho. Se reprochó haber caído nuevamente en los brazos de la chica. Cuando estaba junto a ella se sentía vivo. Sentía algo que jamás había sentido. El corazón le latía a un ritmo diferente y se sentía indestructible. Allí, entre sus brazos, parecía que todos los males quedaban ocultos en la alegría. Pero su razón le decía que cometía un terrible error que le condenaría para siempre. No temía al infierno, sabía que tras la muerte no cabía más posibilidad que la condena. Dios no perdonaría sus males, pues él mismo no era capaz de perdonarse.

Se levantó y fue hasta el baño mientras ella protestaba en la cama y se abrazaba a la almohada. Observó su desnudez perfecta y juvenil antes de entrar en la ducha. Dejó que el agua corriera por su pelo y su cuerpo, lamentándose por la locura cometida. Su razón le decía que debía echarla de su casa. Que no debía haberla dejado entrar en su cuarto. Que no debió abrazarla ni consolarla. Y sin embargo, también sabía que de haberla expulsado de su casa jamás se lo hubiera perdonado. Salió de la ducha y la despertó suavemente.

-Ariel, mi vida- las palabras salieron de su boca casi sin querer- debes levantarte. Tu padre se estará preguntando dónde estás. Y, desde luego, no podemos aparecer juntos por la casa.
-Le dije que dormiría en casa de una amiga. Y que desde allí iría al colegio. Se supone que tú deberías estar allí esperándome a la salida de clase.
-Tan sólo estaré allí si tu padre me lo ordena. Ya lo sabes. No soy ningún guardaespaldas.
-Esta noche me las guardado sin quejarte...

Se elevó para besarle y él le dejo hacer. Le acarició el pelo y la separó suavemente.

-Debes irte ya.

Se puso la chaqueta y recogió el arma del mueble de la entrada. Se acercó de nuevo hasta la puerta de la habitación, colocándose bien el nudo de su eterna corbata negra. La observó vestirse con una falda negra tableada y una camisa blanca. Observó el escudo en el chaleco: dos osos enfrentados. No pudo resistirse al verla con el uniforme. Se dio la vuelta y salió del apartamento camino de la casa de Magnus. Debía informarle de lo ocurrido la noche antes. Pensó en Ariel y se recriminó su falta de fortaleza. Sabía que la relación con la chica era imposible, hasta inmoral. Incluso para él. Pero también sabía que no tenía salvación posible. Por primera vez en su vida comprendía que era estar enamorado. Él, que desde hacía 15 años huía por Europa. Y desde entonces había estado con muchas mujeres y ninguna le hacía sentir lo que Ariel. Comprendía que no tenía sentido seguir luchando contra sus sentimientos, pero también se intentaba convencer de que debía hacerlo. Por él, por ella y por todos. Los perros de Magnus olfateaban cada rincón de la ciudad y, tarde o temprano, alguien los vería. O la vería entrar en su casa. Debía acabar con ello, pero no tenía el valor suficiente para perder lo que había encontrado en los verdes ojos de la chica.

Antes de llegar a la casa, recibió una llamada de Magnus.

-Me han contado lo de anoche. Creo que debemos hablar.
-Voy para tu casa. En cinco minutos estoy allí.
-No, Uphir, hablaremos en la calle Mangerter

Miguel cortó el teléfono sabiendo que algo había ocurrido. Tal vez su temor de que Magnus descubriera lo que estaba pasando entre Ariel y él había ocurrido demasiado pronto. Conocía la nave de la calle Mangerter lo suficiente para saber que nada de lo que ocurría dentro se oía en el exterior y que ninguno de los vecinos veía jamás lo que salía o entraba de ella. Él mismo había torturado a muchos hombres allí dentro. Y ningún grito había llegado jamás a la calle.

Entró en la calle con las manos en los bolsillos, esperando ver el mercedes de Magnus aparcado junto al bar de la esquina 22. Pero no estaba. Se acercó a la puerta de la nave y la empujó suavemente para entrar. No sacó su arma. Sí le estaban esperando dentro sería inútil defenderse.

-Comienza a hablar.

La voz de Magnus resonó en la sala vacía. Miguel miró al suelo, buscando entre las piedras las manchas de sangre de tantos hombres muertos antes en aquel mismo suelo. Y, como casi siempre, algunos fantasmas volvieron a sus ojos. Y sonrió sabiendo que aquella misma mañana podría unirse a ellos.

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