Sherlock Holmes


“Elemental querido Watson” Este nuevo Sherlock Holmes es tan falso como la mítica frase (que solo aparece en “El Jorobado”, relato corto publicado en “Memoras de Sherlock Holmes). Pero no por eso alejado totalmente del detective. La película, muy posiblemente, no sea del gusto de la mayoría de seguidores del gran Sherlock. Y no porque Robert Downey Jr haga un mal papel.

Alejado del la elegancia inglesa de Basil Rathbone o Peter Cushing, nos encontramos un Sherlock mujeriego (¿encadenado desnudo a una cama?); que muestra pectorales en combates ilegales, aun siendo cierto que Sherlock es un perfecto boxeador; que paga y cuida los ahorros de un Dr. Watson jugador y que se encuentra enamorado de Mary (dato que sitúa la historia, por cierto, en 1887); con un humor ácido, inteligente y, en ocasiones, incorrecto. Pero un Sherlock que, en la piel de Robert Downey, se convierte en carismático. Que llena la escena con su sola presencia y que trae los mejores momentos de toda la película. Dejando a sus compañeros de reparto escondidos entre bambalinas. Ni el siempre genial Jude Law (Watson), ni Mark Strong (Lord Blackwood –y que en lo personal recuerda, como parte de la historia narrada, al Lord Sherrinford Meinster, de La Fiesta de Orfeo-, ni Rachel McAdams (el Diario de Noa) pueden llegar a estar a su nivel. Downey crea un nuevo Sherlock y debemos alegrarnos por ello, porque tal vez gracias a su actuación muchos se acerquen a las obras de Conan Doyle.

Pero la película, tal vez condicionada por la dirección de Guy Ritchie y el guión de Lionel Wigram y Simon Kinberg, queda en nada. Un principio demasiado lento, dónde la historia y los personajes se presentan insustanciales y dónde sólo el humor de Sherlock te mantiene despierto en la butaca. Y, de pronto, todo cambia. La acción se acelera, los personajes pierden protagonismo en beneficio de las escenas de lucha (magnifica, por cierto, la pelea contra el gigante) y la cinta corre hasta un final abierto donde casi todo se descubre. Tal vez con otro director y otros guionistas –tan sólo había que adaptar cualquiera de las novelas de Doyle para haber tenido un gran guión- la película hubiera ganado enteros. Queda la esperanza de que la aparición del profesor Moriarty -alterego de Shrelock aquí escondido en las sombras de un carruaje- abre las puertas a una segunda parte. Los actores y un ambiente que te introduce en el oscuro Londres de la Revolución Industrial ya los tienen, solo queda redondear un trabajo que, en esta primera película, queda coja.

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