Hombre dormido

Tumbado entre las ramas secas, remojado en un charco de agua limpia. Como quién duerme asustado y recogido sobre sí mismo. Presa de un sueño eterno que le aleja de la realidad del ser. Tumbado entre rastrojos, ajeno al mundo que le rodea. Agua clara caída del cielo. Que remoja su piel sin despertarlo. Hombre dormido. Hombre muerto. Tumbado en la hierba seca del húmedo invierno. Piel resquebrajada por el paso del tiempo sobre el cuerpo inerte. Vida y muerte unida en regueros de serrín podrido. Tronco viejo, caído, raído. Tumbado entre hojas secas. Muertas. Anegadas en charcos de lluvia caída como lágrimas lloradas por el cielo.

Árbol convertido en hombre. Dormido. Escondido de sí mismo. Asustado de un mundo que se deshace a su alrededor. Que se abre para engullir a sus hijos más necesitados. Que inunda con sus lágrimas las tierras ayer secas. Y, junto a él, la sombra verde del brote que nace: esperanza que agita al hombre dormido, que se despereza entre hojarasca. Hombre dormido que despierta ante la calamidad.

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