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Adios

Se fue casi en silencio. Apagandose poco a poco hasta que dijo basta. Tal vez sabiendo que de pasar más tiempo entre nosotros dejaría de ser ella por culpa de una maldita enfermedad. Cuantas veces no le diría mi padre, entre bromas, "Josefina, tanto estudiar te ha cansado las neuronas" y se iban cansando poquito a poco. Despacito tal vez, demasiado rápido para nosotros que queríamos verla como siempre fue. Estos días he escuchado y leído mucho sobre ella. Los dos periódicos locales han sacado hermosos textos (Diario de Cádiz La Voz de Cádiz J.A. Hernández), y no puedo más que darle las gracias a Leopoldo (que ha demostrado ser un amgio siempre y hasta el final) y a José Antonio Hernández por sus palabras.

Pero esos textos se quedan en la Dra. Fornell. En la eminencia pionera en el campo de la psiquiatria infantil, pero ni se acercan a Josefina (la tíafilla para mí y mis hermanos). La mujer que se escondía tras la bata blanca. Y ella era mucho más que la Dra. Fornell. No sé cuantas horas no pasaría tirada en el suelo conmigo o mis hermanos, jugando a un "memori" de animales a los que ahora le faltan 12 piezas. La recuerdo sentada en mi cama leyendome mis primeros cuentos y libros. Cada noche, casí, durante años, esperaba verla entrar para arrebujarme bajo las mantas mientras ella soltaba un "sí vas a la carnicería que no te corten...." y yo me hacía el duro para evitar que me hiciese cosquillas. Horas perdidas intentando lograr que aprendiera un inglés que al final he logrado querer, y que perdiese unos kilos a los que también he llegado a querer.

¿Cuántas horas no habré pasado hablando con ella? Contandole cómo estaba o cómo me había ido el día. Horas escuchando los relatos de sus viajes -su otra gran pasión- a cualquier lugar del mundo. Viajes que esperaba con ilusión infantil por los regalos traídos. Riendome cuando sacaba el genio catalán y se peleaba con mi abuela en su idioma materno. O cuando contaba alguna de sus muchas historas con esa gracia gaditana que tenía -ya se sabe que el gaditano nace donde le da la gana, y ella nació en Flix-. Mirandola asombrado cuando se ponía el tipo para salir en aquella ilegal que montó con los amigos.... Tantos recuerdos que sería imposible recordarlos: cada cumpleaños, cada celebración familiar, cada Navidad, cada día de Reyes. Ella estaba allí, simpre, como debía ser. Única hermana de mi padre y soltera como decidió ser, se encontró con una hermana "no" política en mi madre, y una familia -la nuestra- que le quería con una locura dificil de explicar.

Y ahora, cuando ya no está, noto un vacío que aún no es posible. Sé que su casa está cerrada ésta noche. Sé que mañana, cuando vuelva del trabajo, no estará sentada en la silla bajo la ventana del cuarto de estar, hablando con mis padres como cada día. Sé que no diré, de pronto, "voy a abajo", porque ya no hay nada abajo -en el piso de abajo- que me haga ir.

Pero sobre todo sé que ella está aquí. A mi lado. Sentada en el pico de mi cama leyendo cada palabra que escribo. Cómo hacia últimamente cuando era ella quien venia a verme, preguntandome como iba la novela (esa que ha tardado demasiado para que la viese en papel). Y sé que no se irá jamás de mi lado. Y no porque guarde su recuerdo en mi corazón y mi alma -los recuerdos no son más que recuerdos- sino porque ha cruzado una puerta a un lugar mejor. Ahora ya no se apaga poco a poco. Está en plenitud de facultades peleandose con la yaya -seguro- y sentada aquí, a mi lado, mirando mientras escribo -y sin ese dolor de cuello por mirarnos desde el cielo que tanto preocupa a mi sobrina- susurrandome al oído que no puedo estar triste y que este texto no es del todo mío. Exigiendome que diga lo que realmente creo y dé las razones por las que no estoy triste por ella (por mi perdida ya he soltado las lágrimas pertinentes hoy). Y la razón es tan simple como que, al más puro estilo Pokemón, ha evolucionado: ahora está en un estado evolutivo superior. Ha dejado en este mundo la cascara externa y permanece incorporea vigilando a sus niños -que fueron muchos en Cádiz,- como el ángel silencioso y generoso que siempre fue en su vida.

Y sólo puedo terminar diciendole una pequeña cosa: ¿Te acuerdas de aquella lápida que decías que había en el cementerio? ¿La del marido que le pedía a esposa que le esperase en el cielo que pronto estarían juntos?.... Bueno, pues ya debes de saber que 100 años ante una vida eterna no es nada. Quiero disfrutar del Tricentenario, pero luego "bajaré" a verte.

Comentarios

Ico ha dicho que…
que mujer tan interesante, con tu vocación histórica ¿ por qué no una historia sobre ella? hermosa dedicatoria

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