miércoles 30 de septiembre de 2009

Objeciones

¡Vaya por Dios!, por mi y por todos mis compañeros. Otra vez ha vuelto a ocurrir, pardiez y repardiez. Y me preocupa, no se crean. Me resulta muy preocupante. No por nada. Por todo. Me preocupa porque si mis propios amigos llaman preguntando por mi creciente estado de malestar psiquico ¿qué será de quienes no me conocen? Pues si los que me conocen creen que estoy dispuesto a saltar por una venta, alguién que desconozca que no realizaré tal acto podría llamar a la policía. Y no, gracias. No pienso saltar por la ventana. De hecho, no salto. Nunca lo he hecho. Ni en el colegio cuando D. Damián nos obligaba al salto de altura. Yo me oponía. Saltar, como correr, va en contra de mis principios. Soy objetor de salto. No saltaré.

Además, estarán conmigo, saltar desde una ventana es poco limpio. Dejás el suelo sucio, lleno de sangre, materia gris y astillas de hueso. ¿Y luego qué? ¿Tiene que venir el señor de la limpieza a recoger tus deperdicios?. O despojos. ¡Que desagradable labor! Así que tranquilicense quienes piensen que mis escritos petrarquianos muestran mi malestar con este mundo. Nada más cerca de la mentira. Escribo porque sí. Porque, a veces, uno necesita ponerse serio. Escribir cosas bonitas, tiernas, que hagan enternecer el alma de los mortales. Y como el amor no es mi fuerte, pues escribo de muerte, tristeza y sentimientos varios y variados.

Así que, queridos amigos y, sobre todo, amigas. Tranquilos, y tranquilas. No saltaré por la ventana. Mi suicidio será menos pueril, más elaborado sin duda. Pero, mientras que las ganas de lanzarme por la ventana sigan sin llamar al telefonillo, puedo decir sin miedo a equivocarme: Yo objeto de la muerte… o de provocarme la muerte.

martes 29 de septiembre de 2009

Pedro Hernández de Cabrón: la novela.

Se acabo. Llegué al final. Pedro Cabrón ya tiene su historia concluida, a la espera de terminar de corregir el borrador final y cambiar algunas cosillas. Pero la semana que viene estará en la mesa de la malvada editora -que ha tenido a mal no darme un plazo final y eso se nota, que no siempre se agradece-.

Pero ahora, con la historia concluida, leyéndola en papel porqué así me siento más cómodo para terminar de rematar la faena, me ocurre algo complejo de explicar: no quiero terminar. Es como si, terminado, la criatura se alejase de mí y me hará echarla de menos. Pese a todo, y con el cariño que le he cogido al bondadoso pirata gaditano, estoy seguro que seguiré escribiendo de él. Donde se verán sus historias: solo el destino y la editora lo saben. Por lo pronto, ya queda menos, y a inicios del 2010, Pedro verá su historia reflejada en el papel, en las librerías y, espero, en vuestros cuartos de baño -donde todos leemos, aunque lo neguemos.

Ahora sólo queda que mentes más brillantes que la mía, decidan que nombre ponerle a la criatura. Se aceptan sugerencias.

lunes 28 de septiembre de 2009

De DYC y otros

Tener una casa, como la de David, era peligroso para nuestra salud y nuestra sobriedad. Para nuestra salud porque cometimos barbaridades en aquella casa dignas de ser contadas. Para nuestra sobriedad porque fue en aquella casa donde, quien más, quién un poco menos, todos comenzamos a hacer nuestros pinitos con el Chivas de 12 años. Porque, ¡oye! ya que vamos a beber lo hacemos bien. Así que allí nos íbamos, por las noches, aprovechando que sus padres no estaban. Y nos sentábamos entorno a la mesa cuadrada y baja que presidía la chimenea y la tele. Jugábamos a un juego de dados cuyo nombre no recuerdo pero cuyo resultado era que, quién perdía, bebía. Creo que es el único juego donde todos queríamos perder. Y perdíamos. Pero claro, si todos perdíamos nadie ganaba, y al final, todos bebíamos. Buscando la pequeña petaca de Chivas del padre de David.

Recuerdo el primer día, nuestra primera vez.

-Tío, porque no nos bebemos la petaca de tu padre.
-Porque es de mi padre.
-Vale, pero él no viene.
-Es verdad.

Y nos la bebimos, entera. Pero justo en ese momento, David cayó en la cuenta:

-Mi padre viene con unos amigos el martes.
-¡Mierda! y ahora que hacemos- todos sabíamos que el padre cogería la petaquita
-Podemos rellenarla- dijo alguien.

Dicho y hecho, al día siguiente rellenamos la petaca con DYC comprado en los Pinos, claro. Convencidos de que el padre no notaría la diferencia. Y así, la semana siguiente, nos mostramos contentos de que el padre hubiera rellenado la petaca con tan exquisito liquido, que no aprendimos a apreciar hasta mucho tiempo después. Hasta que, un día, alguien preguntó:

-Tío, tu padre ¿sigue viniendo todas las semanas?
-No
-Pues estamos bebiendo DYC.

Cinco años tardamos en darnos cuenta. Paladar poco fino el nuestro y es que no está hecha la miel para la boca del asno. O en este caso, no está el Chivas para la boca del borracho.

Aunque, en nuestro, favor, he de decir que aprendimos a saborear el DYC como el mejor de los whiskys.

domingo 27 de septiembre de 2009

Me gustas cuando callas

Reconozco que uno tiene sus debilidades. En mi caso, una de ellas, es Pablo Neruda y en la voz de esta chica que se hace llamar VampiresaHIM cobra un sentimiento especial.

Espero que disfruten como yo de este poema



Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me olles desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una plabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

sábado 26 de septiembre de 2009

V. El aviso

-¿Soy el rey?- preguntó Jaume con cara de asombro.
-¿Vos?... por supuesto que no,- dijo el higerment- ella es la reina.

Mi amigo se sentó junto a Annet, tirado en la arena y mirando el cielo con el gesto contrariado. Annet se acercó al enorme animal:

-Yo la reina… ¿de dónde? ¿Cómo puedo ser reina de un lugar que no conozco?
-No lo recordáis, mi reina, pero lo sois. Igual que él es un poderoso guerrero, el más grande de cuantos han pisado la tierra. El único que podría enfrentarse al rey Martons, de Enserado. Y él –señaló a Jaume que se incorporó esperando sus palabras- es el señor de la torre de Henstier.
-¿Soy un mago? ¡Un mago!-gritó- Aunque no se hacer magia.
-Ni sabrás… Henstier es la principal escuela del reino. Pero no sólo magia se enseña en ella. Vos lo sabéis. O lo sabéis.
-Y ¿quién eres tu?-pregunto Annet.
-Mi nombre es Mayhu y mi compañera es Ranye.

Me levanté, apoyado en la espada, y miré a Mayhu a los ojos.

-Decidme, amigo, ¿qué ha pasado para que hayáis acabado en este mundo y nosotros nos transformemos en esos que decís que somos?
-No puedo decíroslo, general Miros, porque lo desconozco.
-Joan, mi nombre es Joan.

Mayhu asintió con la cabeza antes de mirar a Ranye. La hembra se había mantenido siempre en segundo plano pero ahora, por primera vez, hablo.

-Debemos irnos.
-¿A dónde?
-A luchar. Huele a guerra.
-Yo no quiero luchar-dijo Jaume- Quiero ir con mis padres.

Annet se acercó a mi amigo y le cogió del brazo antes de afirmar que ella deseaba irse con sus padres.

-No pueden hacer eso. Si lo hacen sus padres y sus familias morirán. El rey Martons viene a este mundo. Será el último en llegar, pero cuando lo haga nada podrá evitar la destrucción de lo que amáis. Debéis luchar, nosotros lo haremos.

No quería luchar. No era un guerrero por mucho que los higerments intentaran convencerlo. Igual que Annet no era una reina ni Jaume el señor de ninguna Torre. Todo aquello era un sueño, un maldito sueño demasiado real. Se escucharon nuevos gritos en la playa. Corrimos por la arena, buscando el origen del sonido sin. Nuestros padres corrían hacia nosotros pero se detuvieron en seco, mirando con ojos desorbitados los animales que volaban tras nosotros. Observando los cambios que se había producido en nosotros. Aún no lo habíamos notado, pero al observar a Jaume lo vi por primera vez en su verdadera forma.

viernes 25 de septiembre de 2009

Pudo

A veces, solo a veces, vuelve el dolor por lo que pudo haber sido. Por lo que debería ser. Por lo que, tal vez nunca sea. Y, sin embargo, merecería serlo.

Putos miedos

jueves 24 de septiembre de 2009

Silencios reflejados

Silencioso mira la blanquecina luz que le devuelve la pantalla. Sus ojos acuosos brillan levemente reflejando en la inmesidad de la nada su tristeza. Sonríe ante nadie, ante todos, esperando contestación a sus palabras. Escribe despacio, comprobando cada letra mientras el sonido de sus dedos chocando contra las teclas llena el silencio de la estancia. Espera mientras la pantalla parpadea en naranja ante un nuevo mensaje. Lo observa con miedo, lo necesita. Pero teme las palabras escritas en él. Letras negras sobre fondo blanco. Palabras que iluminan un alma solitaria.

Sentado ante el ordenador relee la última palabra. “Adios”. Una despedida fría. Como cada palabra escrita en aquel papel inexistente. “Adios”. Encerrado en su burbuja de pantallas y ordenadores repite la palabra. “Adios”. Solo. Callado. Teclea una respuesta: “ok, un beso”. Le escuecen los ojos. Apaga la pantalla, se echa en la cama. Solo. Callado. Sollozando por la perdida de lo que nunca tuvo, esperando que suene el despertador para coger las llaves de una casa siempre sola y marchar a un colegio donde seguirá solo. Nadie. Sentado en su silla, sin esperanza de nuevas cartas mandadas por caminos imposibles que cubran el amor que no contienen.

miércoles 23 de septiembre de 2009

Sting & Lenon

Llega un momento en la vida de todo hombre, en la que se aparta de sus amigos. Eso le pasó al Hetero. Poco a poco comenzó a alejarse de todos y también de la ciudad. Primero de viaje con sus padres, luego solo. Al final se fue a estudiar fuera, o eso creíamos, y solo venía algunos fines de semana al año. Recuerdo un año, recién cumplidos los 18, que llegó transformado. Se había cambiado el color del pelo, de un sedoso rubio a un sucio moreno. Y se había dejado barba a “lo John Lenon” nos dijo. Y, sin pausa de continuidad, comenzó a contarnos una de sus muchas historias. Reales, por supuesto.

-Sabéis, chicos, el otro día, mientras tocaba la guitarra en el balcón de mi piso de Nueva York.
-¿Desde cuando tocas la guitarra?
-Desde siempre.
-¡Aaaah!, no lo sabia.
-Bueno, pues estaba en la ventana de mi piso.
-¿Pero no era el balcón?
-¡Que más da! Estaba allí, tocando la guitarra cuando escuché que me llamaban desde abajo. Y ¿adivinas?
-Por supuesto que ni lo intento- dije encogiéndome de hombros.
-Era ¡Sting!
-¿Quién?, preguntó María terciando por primera vez en la conversación.
-Sting, killa, el de los Beetles.
-NOOOO.... Sting el de Sting, el de Police.
-¡Ah!- María me miró, mientras yo le hacía señas de que no insistiera.
-Pues era Sting y, ¿sabéis?, me lanzó una rosa y me dijo que le gustaba mucho como cantaba.
-Claro, claro...

Pero el Hetero, al que poco a poco algunos comenzaron a llamar el “Lenon” seguía en sus trece. Es más, me contó como, en medio de un concierto en Chicago, Sting detuvo a los músicos y pidió al publico que se callase mientras lo señalaba y se echaba a llorar. “Nunca escuché a nadie tocar la guitarra como a él”, dijo entre sollozos mientras le subían al escenario.

Y ese día comprendí, que jamás alcanzaría a vivir una vida como la mi amigo Hetero... ni la quería.

martes 22 de septiembre de 2009

Una carretera para huir del mundo

Hacia mucho tiempo que un libro no lograba mantenerme pegado a sus páginas sin pestañear, pero la Carretera de Cormac McCarthy ha logrado que acompañe a sus protagonistas sin pausa alguna. Tanto que, ni tan siquiera, me ha permitido cambiar ese pequeño recuadro donde les informo de lo que ocupa mi tiempo lector en cada momento. Y es que el mundo apocalíptico donde se desarrolla la historia te lleva a querer saber más. Saber que ha ocurrido para que padre e hijo, protagonistas juntos al propio mundo, tengan que abandonar su vida y correr hacía el sur por un mundo cargado de ceniza. Un mundo sin color que parece indicar algún tipo de catástrofe no natural, que ha prendido fuego a todos los bosques del planeta y ha convertido el aire en irrespirable.

Pero la historia que narra Cormac, y que mereció un Pulitzer, no nos habla de esa catástrofe, nos habla de la lucha por la supervivencia de la humanidad, representada por un padre y su hijo, de los que no conocemos el nombre, y solo algunos rasgos físicos. No importa. Ambos representan una humanidad que, curiosamente, huye al sur en busca de una salvación. Curioso, porque tal vez sea el sur la salvación de nuestro propio mundo, sin daños irreparables aún.

“La Carretera” en un libro que no te deja respirar, con un lenguaje escueto, sin muchas riquezas ni decoraciones. Un tono que acompaña a los personajes en su huida y que te imbuye de una sensación de una imposible salvación. Tal vez sea así, no les contaré el final. Solo les digo algo que no suelo hacer: deben leerlo. Sus 209 paginas (en la edición de Debolsillo) no les dejaran indiferente jamás. Poco más puedo decirles, poco más puedo contarles. Hay mundos, como este libro, que deben conocerse en primera personas.

lunes 21 de septiembre de 2009

El lago glacial

Nuestro último día en Suiza supuso un cambio radical en lo realizado los días previos. De la mano de Pascal y Fani dejamos de lado las ciudades, que nos saturarían el resto del camino, y acudimos a una barbacoa campestre en mitad de los alpes. No les diré dónde, por dos razones, no conozco el nombre del lugar, y aunque lo recordarse no se lo diría. Tras varias horas en coche, un rato en teleférico, y media hora caminando por los Alpes y bajo la lluvia, llegamos a un lago glacial que no nos enseñaba toda su belleza por la niebla, las nubes y el agua caída. Pese a todo, y ahí tienen las fotos, el lugar merecía la pena.

Tanto que nuestros anfitriones encendieron hoguera con la que poder hacer barbacoa y nosotros, pese a que jamás habíamos visto llover tanto, lo aceptamos de buen grado. Y mientras, con la escusa de buscar algo de leña seca, aprovechábamos para ojear el bosque y las sorpresas que en forma de estatuas de madera se escondían en él. Un gnomo, una virgen, una familia y otras muchas cosas más que se escapan a mi recuerdo.

Sí recuerdo el camino, verde y húmedo, mientras el agua comenzaba a formar pequeñas escorrentías hasta convertirse en un pequeño riachuelo que bajaba en dirección el lago. O las pequeñas fresas silvestres que, si van con alguien que las conozca, deberían probar. Con un sabor muy intenso en una fruta del tamaño de una uña. También las bebidas típicas, con ron si no me equivoco en mi té, que deben tomar y probar, y que les ayudará a volver a entrar en calor después de la subida y la bajada.

Ya les digo, no les nombraré el lugar. Así, espero, la próxima vez que vaya seguirá estando sólo para nosotros, el pescador que llegó al final, y unas cuantas vacas que jamás llegaron al lago. Fue nuestro último día en Suiza, que terminó, como no podía ser menos, con una buena cena típica, gran vino y mejor compañía. Y también el momento en el que, después de tres días agotadores, Pascal lograría descansar.







domingo 20 de septiembre de 2009

Walabdul Cala Calladi

Todos hemos cometido locuras, algunos más que otros. Pero cuando las locuras juveniles caen en manos de gente con un poco de arte, surgen cosas como ésta. Y lo hacen 15 años después. Un homenaje a todos ellos, que demuestra que, como los mosqueteros, y los buitres, también nosotros íbamos todos a una.


sábado 19 de septiembre de 2009

IV. El guerrero, el mago, el rey

Me quede parado, paralizado, observando el brillo de la espada, blanca, como el viejo tronco que había cogido Jaume. La sangre y el agua se confundían y resbalaban hasta mi mano. Solté la espada, y vi como se convertía en un tronco a mis pies. Busqué a Jaume y su rostro me indicó que algo no iba bien. No escuché el ataque hasta que el águila estaba sobre mí. Caí de bruces en la arena y perdí las gafas. No había gritado. No me había dado tiempo.

-Jaume, ayúdame- gemí buscando a mi amigo y sin ver como Annet espantaba al ave con la mano.
-OSTRAS… Lo he espantado… se ha ido -Me levanté, mirando el asustado rostro de la chica –Yo sólo he levantado las manos y le he dicho que se fuera… ¡Y se ha ido!
-Muy cierto… yo lo he visto… como lo del tronco.

Miré al suelo, al lugar donde estaba la rama blanca. Jaume se agachó para cogerlo y me lo dio. Justo al tocar el tronco se transformó. Aparté la mano.

-Llévalo tú y ahora me lo das, -dije mientras caminaba hacia mi rincón.

Caminamos intranquilos, mirando atrás por si volvían las aves o los higerments, pero ninguno nos siguió. Observé que Jaume se mostraba taciturno, mirando al cielo con gesto pensativo. Nos sentamos con las piernas cruzadas. En círculo. Jaume había dejado el tronco entre los dos. Lo cogí con fuerza y noté como temblaba al contacto de mi mano y comenzaba a transformarse. Tuve que sujetarla con las dos manos, para que no cayese sobre la arena. Era de un metal blanco, sabía que era aleación de las Montañas de Ulley. Tenía grabadas runas en la hoja, en el perdido lenguaje de los yelemitas.

-Tú tienes una espada mágica- dijo Jaume
-Que no soy capaz de sujetar- tercié.
-Vale, pero la tienes. Ella es maga. Pero, ¿yo que soy?
-El amigo payaso- Annet no sonreía- ¿cómo voy a ser maga?
-Le dijiste al águila que se fuera y se fue.

La mire y en ese momento comprendí que Jaume tenía razón. Ella tenía algo mágico. Y algo la había traído a mi lado para que la espada llegase a mis manos. Si ella no se hubiera caído no me habría girado, ni Jaume hubiera cogido el tronco traído por las olas.

-Creo saber que ha pasado. La magia ha vuelto al mundo. No sé como, pero da alguna manera hemos saltado de nuestra tierra al del juego. O el juego ha llegado a nosotros.
-¿Cómo en Jumanji?- preguntó Annet.
-Sí, como en Jumanji. Más o menos. Pero esto no es un juego. No sabemos como ha pasado y no sabemos como terminarlo.
-Tu tienes una espada, ella es maga…. ¿y yo?
-Y dale, NO SOY MAGA… te enteras. Si lo fueras, ahora mismo haría que tu dejaras de mirar al suelo, te levantaras y montases en un higer de esos, al que, por supuesto, estoy llamando en este momento.

La arena se elevó a nuestro alrededor cuando el aire se escapó por los enormes orificios del hocico del higerment.

-Díganos, majestad, que podemos hacer por vos.

viernes 18 de septiembre de 2009

¡Malditos relojes!

Han vuelto, bajitos, chiquititos, siempre de cuadros rojos, o azules, o verdes. De la mano de alguien mayor: un abuelo, un tío, su padre o su madre. Felices, siempre felices. Contentos por ir o por venir del colegio. Riendo con sus amiguitos, de la misma estatura, con los mismos babis de los mismos colores. Y será, tal vez, que me hago viejo, no lo sé, pero lo cierto es que verlos por la calle, mini estudiantes camino de la guardería, me trae recuerdos y, lo más grave, una sonrisa a la cara.

Pero me asusta, no se crean. Me asusta esa sonrisa que viene sin avisar porque, para que mentir, si fuese una amiga la que dijera esto mismo, sería el primero en reirme con un onomatopeyico tic-tac. Será, tal vez, que mis viejos amigos, aquellos con los que corría de niño por la urbanización se casan o tienen niños. Será, tal vez, que ver que los 30 años se acaban deja secuelas permanentes. O será, simplemente, que recuerdo aquella época como la más tranquila de mi vida, cuando mis amigos me llamaban Peter Pan como mote y no por sindromes que no padezco.

¡Malditos relojes que corren inexorablemente hasta la madurez!

jueves 17 de septiembre de 2009

Zapatos Italianos

Sentarse en un banco y pensar en la muerte no es la mejor forma de pasar la vida. Pero esa es la elección realizada por el doctor Fredrik Wellin, de Zapatos Italianos. Pasar el resto de sus días en la apartada isla en la que vivieron sus abuelos. con su perro viejo, su viejo gato y un agujero en el hielo donde bañarse cada mañana. Donde conseguir que el dolor causado por el frío le recuerde que aún vive. Pero toda su vida se viene abajo cuando una mujer, anciana y a punto de morir, aparece en su vida nuevamente, caminando lentamente sobre el hielo con su inseparable andador.

Con la llegada de Harriet, un amor de juventud al que abandonó sin explicación alguna, el doctor Wellin iniciará un camino que le alejará de su isla y le conducirá, de la mano de una muerte que acecha a Harriet, por la ruta de la vida. Una vida que le llevará a salvarse de sí mismo y del terrible error cometido en el pasado que le alejó de su profesión y de la sociedad.

Zapatos Italianos nos muestra al Mankell más íntimo, que deja de lado el género policíaco donde es el gran maestro, para mostrar que también puede mantener al lector pegado a las páginas cuando se aleja del crimen y se adentra en la vida. La visión pesimista que acompaña todas sus obras vuelve a aparecer aquí, con una salvedad: No es ya Suecia la que está cambiando. Wellin nos representa un poco a todos, la humanidad que se ha estancado a la puerta de su casa, escribiendo un diario que no cuenta nada y acompañado del silencio. Pero Mankell juega con la muerte y transforma la vida de Wellin para mostrar la realidad otros: del cartero hipocondriaco, de la infatigable luchadora de causas perdidas, de la que acoge chicas, de las propias chicas, del guardacostas y del mismo Wellin, cuya vida se transforma antes nuestros ojoso.

No importa la catástrofe que marque la vida de cada uno –o de todos-, esconderse entre los hielos de una isla apartada no hace más que matarnos en vida. Hermosa metáfora la usada por Mankell: las ganas de vivir de una Harriet moribunda, frente a la muerte en vida de Wellin. La obligación de vivir de aquel que ya se da por muerto, hasta que encuentra la razón para vivir; frente a la que tiene una razón para vivir ante la obligatoriedad de la muerte.

Un libro, sin duda, que deb ser leído por los que como yo adoramos la literatura políciaca del genial sueco, y para todos aquellos que desean buena literatura sin más.

miércoles 16 de septiembre de 2009

En pocas palabras


Los inteligentes se sobreponen rápido de los fracasos, los ignorantes jamás lo hacen de los éxitos




Maria Teresa Campos (sin que sirva de precedente)

martes 15 de septiembre de 2009

El ambulatorio de Conil (II)

El otro día les conté mi visita al ambulatorio de Conil, y la buena experiencia vivida en el ambulatorio. Lamentablemente tuve que ir una segunda vez y en esa nueva visita todo cambio. Primero porque la cita dada no era la correcta. Necesitaba recetas, no vacunas, pero parece que eso tan simple no lo comprendió quien debía darme la hora. Segundo porque, solucionado el problema, un funcionario agradable me dijo: tienes hora a las 15h, pero pasa a eso de las 14h que ya estará. Y a esa hora estaba yo allí, sentado leyendo un pequeño libro sobre piratas que acaba de comprar en una librería cercana. A las 14’15h apareció un argentino con el ojo hinchado que se sentó a mi lado en la consulta 4, y 5. A eso de las 14’45 fueron llegando más pacientes. Algunos se conocían, otros no. A las 15h alguien preguntó por el médico.

-Aún no ha llegado.

A las 15’15, alguien volvió a preguntar por el médico.

-Sigue sin llegar.

A las 15’30 alguien repitió la pregunta.

-El hijo de puta estará comiendo, pero vamos, que si yo entró en mi trabajo a las 5 tengo que estar antes para picar.

A las 15’35 llegó la doctora, entró en el despacho y salió:

-¿quién es el primero?
-Yo
-¿Qué quieres?
-Unas recetas.
-Pasa.

Y pasé. Pero nada más entrar una señora abrió la puerta y entró conmigo.

-¿Porqué pasa él?
-Por que es el primer.
-Mi sobrina tiene 18 años y está sangrando.
-No tengo ordenador
-Pero es más urgente lo de mi sobrina que lo de éste –“éste” era yo.
-Pues fuera los dos.

Y los dos fuera. Mientras ella, la doctora, se quedaba en su mesa, cada vez más enfadada, mirando la pantalla apagada de su PC. El argentino, cada vez más enfadado, acabó por levantarse y acercarse a la puerta.

-¡Pero atienda!
-No tengo ordenador.
-Para atender en una consulta no necesita ordenador, boluda, necesita ser médico.
-¡Me dice que no soy médico!-gritó la doctora.
-Eso parece….

Y la doctora se levantó y se fue. Volvió al rato y echó de la consulta a aquellos que venían de urgencias, mientras que muchos de los autóctonos optaron por irse en espera de mejores doctores. Yo me quedé y, por fin, entré. Le entregué el papel en el que aparecían las vacunas que necesitaba.

-Necesito recetas para estas vacunas.
-¿Todo esto tienes?-preguntó mirando el papel.

En ese momento, tras acordarme del Dr. Nick, pensé “¿qué coño hago aquí? Definitivamente necesita el ordenador”

-Doctora… esto… mire…., si tuviera difteria, hepatitis A, cólera y paludismo le aseguro que, al menos, estaría muerto o, por lo menos, delgadito.

Y es que el verano y el SAS dan estos sustos….

lunes 14 de septiembre de 2009

Schaffhausen-Zurich

Después de disfrutar de una tradicional velada de celebración del Día Nacional, nuestro segundo día en tierras suizas nos llevó a la ciudad de Schaffhausen, pequeña ciudad de algo más de 30.000 habitantes y capital del cantón del mismo nombre. La ciudad, que fue estado independiente durante la Edad Media, hasta que en cayó en manos de los Habsburgos. Al contrario que otras zonas del país, no ganó su independencia en batalla, sino comprándola al Imperio Austriaco en 1415. En 1457 se alía con Zurich en la Guerra de Suabia La ciudad vieja, a orillas del Rin, ofrece no pocas sorpresas al visitante que camine atento por ellas. Mención especial las casas renacentistas, conservadas con todo el esplendor de los frescos que cubren sus fachadas.

Merece la pena subir al Munet, el castillo cantonal que se alza sobre la ciudad y que ofrece maravillosas vistas de la ciudad, el río y el entorno. Desgraciadamente el agua acompañó nuestra visita a la ciudad, pero aún así es un lugar de necesaria parada y donde no deben dejar de probar el café con licor de ciruela. Les quitará el frío y les dará fuerzas para seguir con alegría el resto del camino.

Un camino que debe conducirles, como a nosotros, hasta el Salto (o Caída) del Rin. Una cascada que se ha convertido en uno de los grandes reclamos turísticos de la zona. Un lugar rodeado de naturaleza virgen, como casi todo el país, en el que merece la pena coger el barco que lleva hasta el mismo corazón de la cascada. Desde allí, nada mejor que acudir a Zurich y terminar el día paseando por su lago y tomando unos pasteles en la pastelería Sprungli de Paradeplatz.

sábado 12 de septiembre de 2009

III. El tronco

-¿Jugando?- Annet nos miraba sin comprender. Y yo la entiendía. Es imposible que aquel ser hubiera salido de la nada. Pero algo había pasado y ahora estaba en la playa. Miro hasta la orilla, al higerment que comienza a levantarse mientras la gente huye. Escucho un aleteo y dirijo mis ojos al cielo. Otro ser igual vuela hasta la playa. El primero de los que había caído. Lanza agua en cada batida de alas y se muestra errático en su vuelo. Al final parece fijarse en la playa, y aterriza entre una nube de arena. Se acerca hasta el otro y le acaricia con el hocico en el lomo.

Jaume se levantó de un salto.

-Oye… Sí hay higerment ¿no habrá de todo lo demás?
-No creo, si eso fuese así tu serías un patoso guerrero y yo un maestro de magos… y ni lo uno ni lo otro.
-Claro, claro, yo soy el patoso. ¡Pues fui yo quién cazó al higerment ayer!, ah, ah, y también acabé con Martons, el rey de Enserado.
-¡Parecéis niños chicos!... no, no…. sois frikis- Annet ha comenzado a reír. Primero con una risa floja, nerviosa. Pero ahora ya ríe a carcajadas. Nos callamos a la vez y la miramos hasta que deja de reírse.
-Vale, pero sé que eso.

Miro a la playa y veo con asombro que los dos animales han emprendido el vuelo en dirección al mar. Bajamos a la orilla, el agua está tintada de rojo. Todo el mar se ha vuelto de ese color, al igual que el cielo ha cambiado, dejando paso a una tonalidad verde que acompaña a la noche. Buscó la luna, pero no la veo. Si veo dos grandes planetas. No necesito mirar a Jaume. Los dos sabemos que son.

-Imar y Anglysho…

Lo digo en voz alta, para convencerme de que son reales. Jaume asiente a mi lado mientras Annet mira sorprendida al cielo. Otros se han unido a nosotros en la orilla y todos hablan de lo mismo. El mundo ha cambiado. Algo ha ocurrido y ya nada es como es. Debería ser un sueño, pero algo me dice que no lo es. Es demasiado vívido para ser mentira. El ruido de aleteos nos empuja a todos fuera de la orilla. Annet corre junto a mí. Tropieza. Se cae y comienza a gimotear. Me giro justo en el momento en el que dos enormes águilas se lanzan sobre ella. Salto hacia delante. Jaume se ha girado a mi lado. Estamos sobre Annet, casi a la vez que las águilas. Jaume ha cogido un tronco de blanca madera que ha sido arrastrado por el mar hasta la orilla, las gotas rojas resbalan por él. Jaume lo blande como si fuera una espada, sin fuerza, mientras el agua rojiza le moja la mano. Alzo mis manos. Como si fuera el poderoso mago que soy en las partidas. Pienso en mi mente un hechizo. Jaume golpea a una de las aves, mientras la otra pasa sobre mi cabeza.

Annet se levanta, justo con el ala del ave me golpea y me hace caer. Caigo donde estaba ella y la veo de pie. Alza sus manos para protegerme y el ave vuela hacia ella. Jaume lanza el tronco hacia el ave, intentado desviar su picado vuelo. El tronco cae a mi lado, lo cojo, me levanto de un salto y lanzo una estocada con el tronco mientras aparto a Annet. Grita. Pero no de miedo. Ni de dolor. Grita de asombro mientras el águila emprende el vuelo. Noto un líquido caliente recorriéndome el brazo derecho. Aferro con fuerza el tronco y noto el suave tacto de la tela bajo mi palma. Miro sorprendido el acero blanco en el que se ha convertido el viejo tronco traído por el mar.

viernes 11 de septiembre de 2009

Apatía

Me siento apático. No es que todo me de igual o deje de importarme lo importante. Simplemente, no siento nada diferente al resto. No me ilusiona nada, aunque debiera estar ilusionado. Y cada día pasa como una continuación del siguiente. Día tras día, noche tras noche. Y en las noches pregunto a nadie qué sentido tiene vivir así. Sin esperanza, sin alegría, sin pena, sin amor ni desamor. Sin nada que varíe la lenta agonía que es este camino hacia la muerte llamado vida. Y no hay nada, por nimio o grande que sea, que me sorprenda, que me asombre en esta rueda que alguien, mano divina tal vez, ha colocado en mi jaula vital.

Extraña prisión ésta, que nos hace creernos libres. Levantar la voz cuando creemos que algo no funciona como es debido. Que nos hace pensar que podemos cambiar la verdad. Cuando la verdad es que todos, desde el primero hasta el último, nace muerto. Pues esa, la hermosa dama de la guadaña, es nuestro único y último destino. Y el único y último fin de nuestras vidas.

Me siento apático, ya ven. Sabedor que voy a morir, sigo aquí. iSn esperanza en sobrevivir, sin esperar ser sorprendido por la Negra Señora, sin asombrarme cuando llegué. Sin amarla ni odiarla, ni temerla, ni esperarla. Muerto en vida, pero vivo.

jueves 10 de septiembre de 2009

El ambulatorio.

Ayer volvía a un ambulatorio después de mucho tiempo. Creo que mi última experiencia en un centro de salud fue cuando me partí el dedo gordo levantandome del sofá, y de eso hace años ya. Pero ayer tuve que volver y no porque el moquillo que me acompaña en los últimos días haya derivado a gripe A (o N1H1 o, más común, gripe porcina). Nada de eso ya que ella, la gripe de los tres nombres, no se acompaña de moquillo, cosa que si hace la del pollo (lease gripe aviar) y, a veces la común. No, nada más lejos de la realidad. Acudí al ambulatorio para que me inocularan el virus de la malaria, bonita enfermedad que se puede coger en la India.

Y allí, en el ambulatorio de Conil, esperando ser atendido, no pude más que observar a mi alrdedor. Al contrario que aquel otro de infausto recuerdo -y de cuyo nombre no quiero acordarme, por más que estuviera en la calle Cervantes- este estaba lleno. De gente de toda edad y condición. Junto a mi se sentó, primero, un padre de familia con dos críos. Uno moreno, el otro rubio platino. Chiquitillo, tres o cuatro años. Vivaracho y nervioso no para de jugar con su hermano y, en no pocas ocasiones, conmigo. Feliz, ageno a que todos le miran sus ojos, absolutamente negros, que contrastan con su pelo, absolutamente rubio.

Un poco más allá, otro niño, juega con su hermana, que le lanza inofensivos guantazos mientras él le hace rabiar o se monta en una de las sillas prestas para cualquier emergencia. Junto a ellos, un matrimonio mayor se mantiene callado. Ella atenta a los niños con mirada triste, tal vez recordando a sus propios nietos. Él mirando la mesa enfadado porque los números no avanzan. Sólo aparta la vista de la pantalla cuando el sonido de un móvil chocando contra el suelo rompe ritmo del tumultuoso murmullo. El hombre, sudamericano, que acaba de entrar, se agacha a recomponer su aparato y se sienta a mi lado, mientras me pregunta la hora. Las 11.30, le respondó educado y él me devuelve una sonrisa. Mientras sigue con la mirada a las dos mujeres musulmanas que cruzan por delante nuestra para sentarse allí donde antes estaba el padre con los dos niños.

Dos chicas, vestidas a la última moda, cruzan la sala, mientras un grupo de hombres, frente a mí, siguen el ritmo sinuoso de sus piernas descubiertas hasta la mesa. “Que poca vergüenza”, susurra la mayor de las dos mujeres que se sientan a mí lado. “Sí”, responde melancolica la más joven. El hombre mayor, que ya vuelve a mirar la pantalla, asiente con la cabeza a algo que le dice la madre del niño que juega con la silla de ruedas. Las dos chicas se acercan al mostrador y el murmullo se eleva mientras son atendidas por un joven funcionario de amplia sonrisa. “Que poca vergüenza” dice la señora mayor a su marido. “Sí” le responde éste enfadado. Los hombres que miraban a las chicas, ahora se rebelan. Las dos chicas vuelan hasta el fondo de la sala, con su andar sinuoso, cogen un ticket y se sientan a esperar su número. Mientras una enfermera atiende a un matrimonio joven que acaba de entrar con su bebé en brazos. Todos se callan. Nadie protesta. Al final, me levanto, voy a la mesa que me toca y cojo cita. El viernes volveré.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Bajada al infierno

Un pequeño fragmento de lo que está por llegar. No es el mejor, ni mucho menos, sólo un poco de Fernán Garces, no todo es Pedro Cabrón

Según avanzábamos en nuestro camino, las sombras ocultaban el sol y el silencio se impuso entre los hombres. En aquel lugar la vegetación era tan densa que resultaba imposible avanzar con rapidez. El bosque se cerraba sobre nosotros. Enormes arbustos cortaban el paso y, una y otra vez, nos veíamos obligados a deshacer lo andado para continuar con nuestro camino. Años después, en las Indias, recordé aquel bosque tan parecido a las grandes selvas que recorrían las nuevas tierras descubiertas para la Corona. La humedad calaba nuestros cuerpos y nuestros tabardos se empapaban como si nos encontráramos en una noche de tormenta. El silencio iba, poco a poco, formando parte de nuestro grupo. Cualquier ruido, en la inmensidad de la sombra, se acrecentaba. Nuestros ojos buscaban entre los inmensos árboles a aquellos que nos seguían. Sí es que alguien nos seguía por aquel lugar. Alcé los ojos, buscando la luz que se filtraba entre las copas de los altos árboles. Caminando entre aquellas plantas mi mente vagaba hasta Cádiz, soñaba con volver a los brazos de Samira, oler su fragancia embriagadora. Añoraba volver jugar con su larga melena y entrelazar mis dedos con los suyos en las calidas tardes veraniegas. Deseaba recostarme junto a ella, observando las luces que se encendían en Santa María del Puerto, y pasar la noche hablando de nuestra vida, de la pasada y de la que vendría. Pero en aquel frío lugar, mientras caminaba, no lograba ver el futuro. Únicamente recordaba los buenos momentos pasados en casa, junto a mi amada gitana.

Avanzamos por aquellos terraplenes, que nos llenaban las botas de tierra negra, cargando con nuestras ropas, pesadas por la humedad que los empapaba. Usábamos nuestras armas para abrirnos camino, deseando llegar a campo abierto, clavando nuestras espadas en el suelo para ayudarnos a subir aquel monte infernal. Los sonidos y olores iban haciéndose más intensos a cada paso. El olor de la tierra fresca, humedecida, que se quedaba bajo nuestras uñas mientras reptabamos entre las plantas más bajas. Las hojas rozaban nuestra piel. Las ramas nos arañaban. Nuestra respiración, entrecortada, se unía al sonido de seres que no veíamos. Oíamos arrastrase a los animales a nuestro lado. Avanzando pesadamente. Rezando a Nuestro Señor por encontrar un lugar tranquilo donde descansar aquella noche. Observé a los hombres que me seguían. Sus rostros, manchados de tierra y sudor, mostraban el cansancio. Y los ojos miraban con miedo allí donde los ruidos aumentaban. De pronto, el cielo se abrió ante nosotros, y los árboles dejaron paso al yermo. La tierra, negra, se volvió seca. Y el polvo se pegó a nuestras ropas. Nos costaba respirar. El bosque había quedado atrás y la montaña se mostraba ante nosotros. El agua corría a nuestra derecha, en un pequeño torrente, hacia el sur, adentrándose en el bosque que se extendía casi hasta la costa. Los hombres fueron dejándose caer, buscando la sombra alargada de alguna roca. Otros se acercaron al riachuelo, para refrescarse y limpiarse el polvo que se acumulaba en nuestras ropas. Me quite el tabardo y el jubón, acalorado ahora que el sol volvía a bañar las tierras. Me senté en el suelo, mientras me traían agua y comida, mirando el camino recorrido.

Busqué con la mirada nuestro objetivo. Una columna de humo se elevaba varios kilómetros al oeste, en un claro de los enormes bosques. Aquel era el lugar al que debíamos marchar. Los tres capitanes iniciarían el ataque desde la costa, nosotros nos encargaríamos de las mujeres y los niños. Pedro sabía que pocos hombres seguirían sus órdenes sin protestar. No logré dormir. Rostros indefinidos venían a perturbar mi sueño. Esperé que el cansancio me venciera, pero permanecí en duermevela toda la noche. Noté que tenía los ojos anegados en lágrimas, sabedor que yo, que antaño fuese un joven cargado de ilusiones, iba a convertirme en la más cruel arma del demonio. Me levanté al amanecer, mientras el sol bañaba los bosques dándoles un color dorado a las copas de sus árboles. Comencé a colocarme el jubón de cuero sobre la camisola, y mis hombres me imitaron. El frío pasado en el bosque aun nos calaba los huesos, pero el sol y la incipiente lucha acaloraban nuestras almas. Comenzamos el descenso, dejando nuestras ropas ocultas entre las rocas. Caminábamos en silencio, únicamente roto por alguna rama pisada o el aleteo de los pájaros que, asustados, echaban a volar a nuestro paso. El camino bajaba junto al riachuelo, que daba agua al pequeño poblado escondido entre el espesura boscosa. Que descendía abrupatmente, como mi alma, hacia el infierno.

martes 8 de septiembre de 2009

La niña de Sancti Petri

El poblado de Sancti Petri se construyó a finales de la década de los 40 como un pueblo marinero, en un intento de revitalizar el sector almadrabero en la zona, con escasos resultado. Desde 1971 el poblado queda abandonado y va ganando un aspecto fantasmal que ha llegado hasta nuestros días. Aunque en los últimos años, y ante el riesgo que suponía el estado de abandono, el Ayuntamiento de Chiclana haya procedido a su derrumbe casi completo.

Un lugar como Sancti Petri debe cargarse de leyendas. No debemos olvidar que es allí, en esa misma zona, donde se levantara en la antigüedad el principal oráculo del mundo occidental: el del templo de Hércules. Pero los tiempos cambian y las leyendas también. Muchos son los que aseguran haber visto una joven niña deambulando por el poblado, asomándose a las ventanas de la segunda planta del Ayuntamiento. Hay quien dice que se trata de una de las hijas de uno de los alcaldes de la pedanía chiclanera. Una niña, morena de pelo corto, que recorre el poblado buscando a su padre, que se marcharía con el resto de la población.

Durante años, cuando alguien acudía al poblado, se acercaba hasta el ayuntamiento, a buscar a la chica en las ventanas de la primera planta. Una primera planta donde no existe el suelo, y donde sólo un ser etéreo podría caminar. Hoy en día ya no existe ese lugar y tal vez la chica vague sola y desesperada por los polvorientos caminos del viejo poblado que sirvió de escenario a “La niña de la venta”, de Lola Flores.

lunes 7 de septiembre de 2009

1 de agosto. Fiesta Nacional

El 1 de agosto es el día nacional en Suiza. El único día del año donde los suizos pueden usar petardos, cohetes y otros elementos pirotécnicos. Los niños pasan todo el año reuniendo para poder comprar los petardos más sonoros, y rezando para que el verano no sea seco y no se prohíba su uso. En todas las ciudades y pueblos, el cielo se llena de fuegos artificiales, el aire de olor a pólvora y el silencio del ruido de sus explosiones.

Esa noche, el Lago de Zurich se llena del reflejo de las luces y el sonido de las fiestas populares. En nuestro caso, y gracias a ir con Pascal y Fani –un matrimonio suizo-gaditano- tuvimos la suerte salirnos de las rutas comerciales y disfrutar de las fiestas en una pequeña localidad al otro lado del lago, con las vistas de Zurich al fondo para ilustrar nuestra noche. ¡Y que noche! Una fiesta como bien pudo ser la de cualquier otro pueblo de Suiza, o de España, pero era nuestra noche y nuestra fiesta.

Las mesas se repartían al borde del lago, mientras los niños aprovechaban para lanzar sus últimas adquisiciones. Las banderas de los diferentes cantones, y la de Suiza, decoraban la gran plaza en la que estábamos. Cerveza suiza y algún que otro plato típico para festejar. Acompañando nuestra charla con cerveza pronto acudimos cerca de la música. Allí, en la pista y con la banda tocando canciones clásicas, sólo personas mayores, y no muchas. Tres cervezas después, subimos a bailar Chary y un servidor. En tres minutos el público había cambiado y la gente joven comenzaba a subir.

-Jamás vi algo parecido- fue la frase del suizo Pascal al bajar.

A las dos de la mañana llegamos a la casa, un largo día que había comenzado en Roche a las 5 de la mañana para terminar más allá de Zurich.

domingo 6 de septiembre de 2009

El secreto

Ha sido casi al final del verano. Pero por fin lo vi. Ese ritual que todos los que hemos pisado la arena de la playa hemos realizado alguna vez. Era un niño de unos siete años. Seguro que su padre, o algún chico mayor, le explicó como hacerlo. Porque el ritual es uno de esos secretos que pasa de mayores a pequeños como si de una experiencia iniciadora fuese. Tan secreto que con sólo ver el primer movimiento todos sabemos que va a ocurrir. Ese acercarse a la orilla y recoger un poco de arena mojada, pasándola entre las manos ahuecadas para que pierda el agua y vaya tomando su forma redonda. Endureciéndola poco a poco antes de caminar, con los pies temblorosos y la bola en la mano, hasta la arena seca. Arrodillarse, como quien reza a su dios, para abrir un hueco en la arena donde introducir la bola. Cuidadosamente, como ese niño que me sacaba la sonrisa por el secreto conocido, echándole arena seca una y otra vez. Sacudiendo la arena sobrante para volver a humedecerla y reiniciar el proceso.

Y, tras casi 10 minutos preparando la pequeña obra de arte, comienza la verdadera diversión. Lentamente, casi de puntillas para evitar cualquier ruido que la arena de la playa pudiera producir, el chico camina hasta la sombrilla en la que sus padres, o sus abuelos, o sus tíos, descansas del cansado baño. Y allí agazapado tras la silla de franjas azules y blancas. El chico se pone de puntillas y lanza la bola, dura ya, sobre la espalda de su familiar. Riendo y corriendo hacia el agua, esperando que aquel que sirvió de diana le siga en su juego como otors tantos hicieron antes.

sábado 5 de septiembre de 2009

II. En la Orilla

Miro al cielo. Observando el verdor que se extiende en el horizonte. De pronto el cielo parece atronar. Un silbido agudo que, lentamente, va haciéndose más fuerte. Busco lo que provoca el sonido, pero nada. De pronto el agua vuelve a elevarse en esa seta mortífera. Ahora si he visto algo caer del cielo. Juraría que es… pero no, es imposible.

-Jaume, lo he visto. Lo he visto… ¿qué está pasando?

El sonido se repite. Y lo comprendo por fin. Lo que ha caído del cielo es lo que provoca el silbido. Alguien está gritando. No entiendo lo que dice. Sólo pienso en volver a casa. En correr con mis padres. Pero estoy paralizado. Me agarro a Jaume y noto que él también se aferra a mí.

-Lo has visto. Parecía…
-Es imposible. No puede ser.
-Pero parecía.
-Lo sé.

Avanzamos casi sin querer, empujados por otros bañistas hacia el origen de los nuevos gritos. Me agobio. Me cuesta respirar. Siento como las gafas me aprietan, aprisionado entre los cuerpos de otros. Delante de mí se encuentra una chica. Annet. La conozco de la playa. La he visto muchas veces. Me ruborizo al notar como mi cuerpo se une al suyo. Está temblando. La escucho llorar. Sin saber porque ni como estoy abrazándola mientras nos abrimos paso hacia delante. Jaume viene junto a mí. Resopla. No sé si de cansancio o de miedo. O de ambas cosas.

-¡Joder!
-¡Coño!
-Joan… ¿ves eso?
-Sí
-¿Qué es?- preguntó Annet con voz entrecortada.

Jaume me mira y yo le devuelvo la mirada. Aquello era una locura. Una tremenda locura. Ni en mis sueños más profundos llegué a pensar que algo así podría pasar. Annet me miraba, con la boca abierta, esperando que le diera una respuesta que tenía. Pero no allí. Allí no podría. No yo. No me gustaba que me miraran y algunos ya se habían dado cuenta de que sabíamos más de lo que debíamos. Comencé a empujar buscando alejarme de allí. Jaume nos seguía. Y Annet, que me cogía la mano con fuerza. Corrimos por la playa hasta mi rincón.

-¿Lo has visto, Joan, lo has visto?
-¿Qué era eso?- Annet seguía nerviosa. No era para menos. En la orilla de la playa descansaba varado un enorme animal peludo.
-Es un higerment. Pero es imposible que exista…
-¿Un qué?
-Un higerment. Es una especie de dragón. Pero no es un dragón. Tiene forma de perro. Ya lo has visto. Pero es gigantesco. Y vuela. Tiene unas alas fibrosas. Como las de un murciélago. Es un animal imposible…. pero estaba en la playa.
-¿Cómo sabéis que es?
-Ayer cazamos uno…-Jaume habla con total seguridad, antes de balbucear - Bueno… en el juego. En la partida que estábamos jugando, vamos.

viernes 4 de septiembre de 2009

La noche de los cristales

La noche había comenzado como no podía ser menos. En el Club. Esperando a que llegasen los más lentos y perezosos para irnos a Conil. Y a sus carpas. Aún éramos puros e inocentes. Al menos hasta ese día. O esa noche. ¡Que noche! Íbamos todos. Volvimos todos. Pero antes perdimos parte de nuestra decente inocencia en las carpas conileñas. Y, algunos, algo más.

Bailábamos en la Salsa, donde la música era latina. Y bebíamos. Antes y después de entrar. Pero más antes. En las maderas de la playa cantábamos canciones infantiles, riendo como solo el alcohol permite. Y de ahí, entonados a las carpas. A la Salsa, sí, pero pasando por la Keops. Y fue allí donde todo ocurrió. Saltábamos, más que bailar y, en algún momento, alguien me señaló la obviedad:

-Tío… te faltan los cristales.
-¿Qué dices, illo? Si yo veo perfectamente.
-Es verdad… es verdad… te faltan las gafas….
-¡Coño!- grité echando las manos a la cara.

Y allí no estaban las gafas. Supongo que, por un ataque de ansiedad, me lancé al suelo en busca de mi necesario complemento. Y así, a cuatro patas, fui recorriendo la sala. O, más bien, la parte cercana a mis amigos. Y allí estaban mis gafas y algo más.

-¡Ostras! he encontrado un DNI….. ¡ALAAAA! ¡Si es el mío!- grité mientras me subía la montura con el dedo índice.
-¿Para qué te pones las gafas?- preguntó uno mientras bailaba entorno a una maceta.
-Para ver mejor.
-Tío, te faltan los cristales.
-Eso ya lo has dicho –dije intentando averiguar como mi DNI había salido de mi cartera para llegar al suelo.
-No tío, antes te faltaban las gafas, ahora los cristales. ¡Prueba y verás!

Probé. Y, un poco más, me saco los ojos. Yo solito, sin ayuda de nadie. Con mis dedillos propios.

-Tío, es verdad… me faltan los cristales.

jueves 3 de septiembre de 2009

¡Estos dioses envidiosos!

Vaya por Dios, o por mí, que en esto de la divinidad somos como en el escondite: “por todos mis compañeros y por mi primero”. Pero vaya por alguno de nosotros. Hay cosas que no deben ocurrir y se ve que San Google, ascendido a los altares virtuales pero no al Monte Saphon (que es un Olimpo pero más viejo), ha querido jugarme una mala pasada. ¡A mí! Que soy un amigo fiel, leal compañero y mejor amante, como Sancho Panza. Pues el bueno de Google ha provocado mi ira… o peor, a mi yo. Y es que, ni corto ni perezoso, ha logrado que colocando en su universal buscador "negro cachisimas haciendo ejercicios en el parque" aparezca este blog como primera opción. Y como aquí, hasta día de hoy, no ha aparecido un negro cachas, y muchos menos haciendo ejercicio en el parque –ya saben que eso está prohibido por mi religión- he decidido dar una alegría a esas personas que pasan por aquí buscando algo que no hay. Pues sólo podrán encotrase conmigo, que soy blanquito –morenito en verano- y tengo dos cachas enormes pero poco más. Así que, aquí lo tienen: su negro haciendo deporte, eah, que lo disfruten:




miércoles 2 de septiembre de 2009

Una de agradecimientos

Cuando inicié este blog en agosto del pasado año, lo hice por aburrimiento, sin seguir una pauta fija y escribiendo muy poco. Desde entonces, poco a poco, el blog se ha convertido en una prolongación de mí y me ha ido dando muy buenos frutos en lo personal. Haciendo contacto con otras personas y permitiendome mostrar mi locura a los demás. Al final, lo que comenzó como una broma se ha convertido en una especie de obligación moral: la de escribir a diario, pero también una vía de escape. Un lugar donde poner aquellas cosas que se me pasaban por la cabeza, sin olvidar mis recuerdos, las historias de mi infancia o la Historia sin más. Y, sobre todo, un lugar donde dejar a la vista todas aquellas cosas que antes quedaban ocultas en una vieja carpeta negra.

Ayer este blog pasó de las 10.000 visitas. Algo que jamás pensé que pasaría, porque jamás pensé que mis escritos y locuras pudieran interesarle a alguien. Parece ser que una vez más, y ya van muchas, mi infalibilidad divina a errado.

Gracias a todos por pasar y no dejar de hacerlo.

martes 1 de septiembre de 2009

Mapa de los sonidos de Tokio

Mapa de los Sonidos de Tokio es una de esas películas que no deja a nadie indiferente. Isabel Coixet se adentra en un mundo de ruidos y silencios. Donde el dialogo deja paso a las miradas, a la imagen. Una muy cuidada fotografía aletarga al espectador en el mercado de Tokio, donde Ryu (Rinko Kikuchi) trabaja y se oculta. Coixet nos ofrece una historia sin novedades, más allá del lugar donde se desarrolla. Una historia que podría haber ofrecido mucho más, que descubre su realidad desde el primer momento, que deja el dialogo a un lado. Pero que, cuando usa de él –más allá de la magnifica narración de Min Tanaka o, mejor dicho, de su doblador español- se convierte en excesivo. Un dialogo introducido a la fuerza y que llega a sobrar. Cargado de tópicos que intentan dar más fuerza a la relación entre David (Sergi Lopez) y Ryu, pero que sólo logra sacar la sonrisa al espectador. Pero el sonrojo avergonzado por lo oído. Más aún con el doblaje que Sergi López se realiza a si mismo, con marcado acento ¿inglés? que convierte sus palabras en artificiales. Lastima, pues la película pudo haberse contado en la voz de Min Tanka y los gestos y miradas de sus protagonistas, dejando que fuese el sonido de Tokio el que dirigiese al espectador por ella.

Pese a todo, la película merece ser vista. Buscar los juegos visuales que Coixet deja para el cinéfilo. Los guiños al cine, cómo el realizado a Buñuel con el Vidiriana (el local de vinos que regenta David) o los carteles que cubren alguno de los locales. Mención aparte la banda sonora, que si bien destroza algunas grandes canciones, acompaña al tono romántico de la película con la melancolía que, al menos a mí, me produce el japonés.

Pero no podemos negar la realidad. No todo el mundo disfrutará de la lentitud de una película que lo requiere, pero cuya historia pudo haberse contando en un corto.