lunes 31 de agosto de 2009

1 de agosto. Lugano y el lago de los Cuatro Cantones

Comenzar el viaje en Lugano fue una de esas grandes sorpresas que la vida te depara. La ciudad suiza se nos mostró luminosa ante su lago. Un paraíso mediterráneo en el centro de Europa. Rodeado de montañas, el sol y el calor, el ambiente y sus gentes te hace creer que continúas en Italia. No debemos olvidar que aun nos encontramos en la frontera de ambos países y en la parte italiana de Suiza. Fue allí, en una pequeña plaza, donde descubrimos una bebida que nos acompañó durante toda nuestra estancia en el país: la Rivella. Con un sabor difícil de explicar, y aun tomándose caliente. Un consejo. Acostúmbrense rápido al horario europeo. Comer a la hora española de la merienda, puede coincidir con la cena en el país. Y, aunque les resulte extraño, en esta zona del país aun pueden pedir pizzas.


Lago de Lugano


Pero no vamos a hablar de comida. No ahora. Suiza es el país de los lagos. El de Lugano os permitirá bañaros en sus aguas, dentro de la propia ciudad, y recorriendo alguno de los parques que la rodean, podrán zambullirse en playas artificiales. Algo que agradecerán si el calor les acompaña como a nosotros este primero de agosto.

Saliendo de Lugano y camino de Zurich se toparan con el Lago de los Cuatro Bosques o de los cuatro Cantones. Fue en este lugar donde se reunieron los cantones suizos para enfrentarse a los Habsburgos y lograr la independencia del país. Curiosamente, el 1 de agosto, celebran la Fiesta Nacional, pero no pudimos observar ningún acto conmemorativo en la llanura donde el 1 de agosto de 1291 se conformó –según la tradición- el estado suizo.

En ese mismo lago se encuentra la “Piedra de Wilheml Tell” -o Guillermo Tell-, ser que se mueve entre la leyenda y la realidad y que es un autentico mito en la cultura y origen mitológico de la fundación de Suiza, comparable, salvando las distancias, a nuestro D. Rodrigo, La historia de Tell es de sobra conocida por todos, pero aún así merece la pena volver a escucharla:

Guillermo Tell, rehusó inclinarse en señal de respeto ante el sombrero instalado en la plaza simbolizando al soberano de la Casa de Austria. El gobernador de Altdorf, Hermann Gessler, detuvo a Tell y le obligó a disparar su ballesta contra una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo situado a 50 pasos de distancia. Si Tell acertaba, sería librado de cualquier cargo. Si no lo hacía, sería condenado a muerte. Tell intentó que Gessler cambiara su castigo, de modo que introdujo dos flechas en su Ballesta, apuntó y gracias a su habilidad como ballestero consiguió acertar en la manzana sin herir a su hijo. Al preguntarle el gobernador por la razón de su segunda flecha, Guillermo Tell le contestó que estaba dirigida al corazón del malvado gobernador en el caso de que la primera flecha hubiera herido a su hijo. Enfurecido por la respuesta, volvió a detenerlo y mandó que lo encarcelaran en el castillo de Küssnacht. En el camino al castillo, a través del lago de los Cuatro Cantones, estalló una tormenta que a punto estaría de llevar a pique a la nave. Tell, desatado por los guardianes para que pudiera llevarlos a tierra, se hizo con el control del barco y logró llevarlo a la orilla, salvando así su vida y la de los demás ocupantes de la barca, entre los que se encontraba el propio Gessler. Apenas desembarcado, Guillermo Tell huyó, tendiendo poco después una emboscada al gobernador y matándolo con su segunda flecha. Este hecho marcaría el comienzo de la sublevación de los cantones suizos de Uri, Schwyz y Unterwalden contra los Habsburgo, convirtiéndose en un mito fundamental en la lucha de Suiza por su independencia.



Lago de los Cuatro Cantones o de los Cuatro Bosques

El lugar desde el que Tell saltó a tierra es conocido como “La piedra de Wilhelm” y puede ser visitada. Merece la pena acudir por las vistas que del Lago de los cuatro cantones (o de los cuatro bosques, según nuestros guías suizos) tiene. Un lugar donde la naturaleza se muestra en toda su bellaza pero en el que además se auna toda la Historia de un lugar casi mágico como es Suiza.

domingo 30 de agosto de 2009

Cruel...

La vida es cruel. Una puta cara, que pocos tienen dinero para satisfacer y que esconde trampas bajo sueños felices. Anhelos que se convierten en pesadillas. Lágrimas que surgen entre preguntas sin responder. La vida, cruel como sólo ella es, esconde incógnitas que nadie es capaz de responder. Se agazapa y ataca a quién menos lo merece, golpeando mil veces hasta que sólo el barro detiene la caída. Y, una vez allí, vuelve a golpear. Sin sentido, sin ranzón. Simplemente la vida, cruel con quien no lo merece, con quién jamás debió recibir esos golpes.

Golpes que se convierten en lágrimas silenciosas. En silenciosos sollozos en oscuros rincones. Golpes que acrecientan la soledad y la tristeza por el ausente. Del que se hace ausente, del que está ausente. Y ausenta a quién está. Cuando eso pasa, entran ganas de enfrentarse a todos. A los que ayudan a la vida a golpear a quien no lo merece. Y lanzarse en ayuda de quien ha sido golpeado. Tirarse en el barro, mancharse junto a esa persona y gritar que otros le ayudaran a recibir la paliza. A cubrir los golpes, a llorar juntos, a curar cada herida y cada moratón.

Y recordar que no siempre se ausentan quienes están. Muchas veces somos nosotros quienes nos cerramos a la verdad. A la verdad que pone a nuestro lado a la persona adecuada. Que se encuentra con los brazos abiertos para abrazar, con los oídos listos para escuchar, con el corazón lleno de desazón por la tristeza del otro. Pero siempre ausente hasta que se necesita de él.

sábado 29 de agosto de 2009

El rincón

Miraba el mar, como quién mira llover. Esperando no sé a qué mientras las olas se arremolinan en la orilla. Muchas veces me he sentado en este mismo lugar. Observando como el infinito cambiaba de color mientras el sol iba poniéndose. Es mi lugar. Ese sitio al que acudo cuando necesito pensar o, simplemente, dejar de hacerlo. Era un día de esos. De los que quiero evadirme de la vida y olvidar lo ocurrido. El verano está quedando atrás. Supongo que mañana se irán ya todos, o casi todos, mis amigos. Y con ellos el verano. Sé que no lo disfruto del mismo modo, me da igual. Sé que están aquí y simplemente pasarme las horas en la playa a su lado ya me vale. Ellos prefieren otras cosas ya. Soy el mayor pero, muchas veces, creo que soy el más pequeño. Sentando aquí, mirando el mar, evocó la última partida jugada. Era un mago, un poderoso mago. En el juego soy fuerte, en la vida no soy nada. Muchas veces he rezado para que la vida sea un sueño, y sean mis sueños la verdadera vida. Ya me he dado cuenta de que no. Que la vida es la que es, y mis sueños son recuerdos infantiles.

Sentando en aquella roca, escondido de miradas indiscretas, miro atrás. Al verano que ya empieza a quedar en el olvido. Pienso en lo bien que lo he pasado con mis amigos. Y el mal trago de tener que jugar al fútbol. Nunca me ha hecho mucha gracia ponerme delante de otros a hacer deporte. Soy un patoso con los pies y, para colmo, si me quito las gafas no veo, pero me da miedo jugar con ellas. Ya me las partieron de un pelotazo en el colegio, no quiero que vuelva a pasar. Sé el trabajo que le cuesta a mi madre poder comprarme otros cristales. Al final he jugado poco, no hemos llegado muy lejos en la liga, y pese a las broncas, me alegro. Eso nos ha dejado más tiempo para jugar al rol. Me temo que este será el último año que juguemos.

No noté el cambio en el cielo hasta ese mismo instante. Una luz verdosa se formaba en la línea del horizonte, justo donde debiera ser rojiza. Entorné los ojos, intentando descifrar que era lo que pasaba. Se escuchan gritos en la playa. Buscó en la dirección del sonido, pero no veo nada. Únicamente los matorrales que cubren mi rincón. Me levanté para bajar corriendo hasta la arena. Entre las voces he descubierto los gritos de mis amigos. ¿Qué está pasando? Los veo al fondo, señalando hacía el mar y el cielo con su tono verdoso. No tengo tiempo de mirar lo que observan. Sólo corro por la orilla hacia los gritos. Hasta que me detengo a su lado no comprendo lo que ocurre. Allí, en el fondo, una gran masa de agua se eleva por los aires. Una enorme seta de agua salada, como esas nubes que se forman en las explosiones de las películas.

-Algo ha caído del cielo, Joan. No sé que coño era, pero algo ha caído del cielo.

viernes 28 de agosto de 2009

El día de la marmota

Vaya por Dios, ya es viernes. Y, para colmo, viernes 28 de agosto. Supongo que ya saben lo que eso significa: el lunes comienza la rutina. Los veraneantes vuelven a sus tierras, normalmente de interior. Las vacaciones terminan y uno vuelve a la rutina. Dicen, incluso, que algunos sufren depresión post-vacacional. La verdad, no sé si esto se da. Para que mentirles. Me propuse no trabajar hasta los 30, vivir de forma bohemia, pero no lo que se llama “bohemio con cartera paterna” aunque sí me movía a ese nivel. Sin trabajar y sin perderme casi nada de lo que no quería perderme. Pero, al final, no pude cumplir mi propuesta. En noviembre de 2008 firmé contrato ¡por un mes no cumplí mi sueño de la adolescencia! Pero esa firma supone que este año sea el primero en el que tengo vacaciones, laborales se entiende, así que, dentro de un mes les diré si sufrí o no la depresión. Aunque me temo que no. Conociéndome aceptaré la vuelta a la rutina como si fuese un extra de “Atrapado en el tiempo” y mi vida una parte más de ese gran Día de la Marmota en la que se volverán a convertir todas nuestras vidas.

Para los que no tengáis más vacaciones hasta el próximo agosto, resignación, 11 meses pasan en seguida, solo hay que contar para atrás: 335, 334, 333…..

jueves 27 de agosto de 2009

La camisa del moro

En la sierra de Cádiz, en la población de San José del Valle, se encuentra el castillo de Gigonza o Baños de Gigonza. Un castillo de origen musulmán enclavado en una antigua población romana. Pero el castillo, convertido en baños termales durante el pasado siglo XX guarda un secreto entre sus viejas paredes. Dice la leyenda que perteneció a un rey moro, que acudió a la corte de los Ponce de León, señores de Arcos y dueños del castillo. Aquel caudillo, vencido en injusto combate, amenazo a los presentes. Aquel que retirase o tocar su camisa sería maldito para siempre y la muerte le seguiría allí donde fuese. Aun hoy, en una Torre del Homenaje que se mantiene de píe solo Dios sabe como, se guarda una camisola blanca. Creo recordar que en un armario en la segunda planta, con viejos cristales abombados por el paso del tiempo. Tal vez protegido por los problemas de la escalera, que cruje bajo cada paso dado avisando que únicamente las palomas que ahora habitan el palomar que cubre el antiguo patio de armas. O tal vez protegido por el alma del guerrero que desde su paraíso vigila que nadie toque aquella prenda que un día cubrió su armadura.

miércoles 26 de agosto de 2009

Fisuras en la divinidad

Vaya, parece que mi divinidad está teniendo fisuras. Yo, ser perfecto donde los haya. Cierto que no la perfección que muchos aceptan como tal. Pero ya se sabe, todos los genios somos unos incomprendidos. Al igual que las mejoras científicas. Que se lo digan a Copérnico o a Galileo. Aunque en mi caso la mejora no es científica, sino humana. Y yo lo soy. Ya sé que alguno cree que soy un catador de dulces, pero es porque mi humor se está volviendo azucarado. Les aseguro que no cato dulces, simplemente me los como. Supongo que esa “catación” dulcera es parte de mi mejora. Una forma de evolucionar la especie sin dureza. A Lobezno lo llenaron de adamantium, a mí de crema de chocolate. Pero el resultado es el mismo. Él es casi inmortal y yo casi “inhundible”. Y además, no sé que es el frío, pero eso ya lo saben. Lo que no saben es que soy una versión mejorada del producto. Un humano 1.1 Beta. Un prototipo preparado para la que se avecina: el calentamiento de los polos, la subida del mar y ese mundo al estilo del “waterworld” de Kevin Costner. Un ser bajito y regordete que, como las boyas, mantiene una posición erguida sobre las olas del mar, con la cabeza por fuera, claro, que aún no se respirar bajo el mar. Aún. Lo que si he logrado desarrollar ya es la resistencia al frío. Como las focas, los leones marinos, las ballenas, y otros animalillos parecidos.

Pero les decía que mi divinidad va teniendo fisuras, se ve que con eso de mejorar la especie, mi lengua se va soltando, lentamente, y, de vez en cuando, dice cosas que mi cerebro no piensa. O no piensa decirlas hasta que las dice. Eso me pasó hace unos días, camino de Cádiz y la ruta del tapeo… para llenar mi yo de algo más que dulces, que no solo de azúcar vive el hombre. Pero un poco más y termino el camino caminando, con un pie delante del otro y todo por hablar de la exnovia de Ricardo Boffil, en Crónicas Marcianas. Hablando de aquel día en el que Paulina Rubio se presentaba por primera vez en España. Embutida en un traje negro, con cara de niña buena y maneras de ídem. Hablando de lo diferente que era entonces a ahora. De la importancia de la imagen en este mundo imperfecto en el que no se reconocen perfecciones como la mía. Y, entonces, como en Kracovia, mi boca habló sin permiso. Y a la pregunta de mi choferesa mulata (un dios acuático como yo no debe conducir) sobre cómo era una niña buena y en que se diferenciaba de Paulina se produjo el caos:

-Pues, aparentaba ser una niña buena, así con los gestos y eso como tu, pero más zorra.

Y ahí la armamos. Un simple “más” y estuve a punto de llegar nadando a la ciudad. Así que, como ven, mi divinidad tiene fisuras. Lástima. Con el buen dios que soy.

martes 25 de agosto de 2009

El queso y la rueda de la vida

A veces pienso que la vida es como una rueda, una de esas que se le ponen a los hamsters en la jaula. Una rueda que gira sin cesar, sin que nos demos cuenta nos lleva por el camino marcado, el único posible. Pero esa misma rueda, a veces, también da sorpresas. Pequeños regalos que, como el queso en la jaula, hacen más grato ese camino. Y últimamente he encontrado ese queso en forma de amigos. Los amigos de siempre, se puede decir. Esos a los que no se valora porque siempre han estado ahí. Esos que no necesitan decirte soy tu amigo ni que tu se lo digas, simplemente lo son, y punto. Esos amigos que aparecen cuando uno menos lo espera, en la tristeza, en la pena, en el desencuentro con la vida. Entonces, aparece esa mano tendida y esa sonrisa amable que en la alegría era risa contenida o sin contener.

Pero, saben, a veces esa pequeña ración de queso puede llegar a convertirse en una gran pieza. Cuando los amigos se reúnen y se mezclan. Diferentes sabores que, como en la vida, provienen de diferentes lugares. Los amigos de uno y otro lado. Los del colegio, los de la calle, los de la infancia…. se unen por alguna casualidad de la vida y, entonces, tu vida se ve convertida en un uno, donde las diferencias se mitigan.

Algo así pasa estos días en mi vida. Por una feliz casualidad una parte de mi vida se ha unido al resto. Lacueva y mis amigos de la infancia ¿acaso no es Lacueva uno de ellos? Pero la vida los mantuvo separado, un ente autónomo del que todos me oyeron hablar como mi hermano gemelo, pero al que pocos conocían realmente. Ahora es parte del todo. Y ese todo se muestra como lo que siempre debió ser.

lunes 24 de agosto de 2009

El despegue


El tiempo pasa rápido cuando se va a iniciar un viaje como el que nosotros hemos realizado. Por delante teníamos 17 días de viaje por Europa: Suiza, Austria, Republica Checa, Hungría, Polonia e Italia. Un viaje largo, demasiado incluso, que ha dejado en mi retina momentos inolvidables, frases para toda la vida, imágenes que quedaran marcadas en el recuerdo. Un viaje que ahora, y sin permiso, quiero mostrarles a ustedes. Por dos razones principales, primero porque al escribir lo ocurrido lo guardaré para siempre y, segundo, porque uno es tan egocéntrico que sabe que, así, puede crear envidias, espero que insanas, en vosotros que pasais por aquí.

5 de la mañana. Ya estoy en la puerta de casa esperando la llegada de mis amigas. Natalia y Chari son puntuales. El Hyundai i.50 gris de Natalia recorre la curva como si de una británica se tratase. Aún quedan varias horas para llegar al aeropuerto de Málaga desde donde partimos en avión hasta Milán. Y donde comenzará nuestro repertorio de bromas macabras. Un consejo. Hay cosas que no deben decirse en un avión. Ejemplos, varios:

-¡uy!, que bien. Nos ha tocado la cola. Eso es lo primero que encuentran después del choque. Así nuestros padres podrán enterrarnos.
-¡Anda, coño! ¿será normal que se caigan esos tornillitos del ala?
-Mientras la azafata mantenga buena cara es que la cosa va bien. Si tiene mala cara, hay dos posibilidades: vamos a estrellarnos o está estreñida
-Ahora comprendo para qué es el chaleco salvavidas…. ¡para que, mientras nos estrellamos, nos preocupemos de llenarlo y no de que estamos en caída libre!

Pero, por supuesto, nada de esto debe decirse si una de tus compañeras de viaje tiene horror a volar. Aún así merece la pena pensarlo… al menos las risas están aseguradas. Sobre todo si otra de las viajeras tiene el mismo humor particular.

Pero les hablaba del viaje. Y el viaje, iniciado a las 5 de la mañana en Roche del 1 de agosto, concluyó a las 2h del día siguiente en Zurich. Pero no crean, no fue todo el tiempo en avión. Llegamos sobre las 12 a Milán y allí una pareja amiga nos recogió para transportarnos a Zurich. De camino, aprovechamos para conocer Lugano y el Lago de los Cuatro Bosques -cuyo nombre alemán soy incapaz de recordar- lugar donde se reunieron por primera vez los cantones suizos y donde se encuentra la piedra de Wilham Tell (Guillermo Tell). Para acabar viendo fuegos artificiales en el Lago de Zurich y montar el taco en una verbena local. Pero de eso, les hablaré el próximo día.

domingo 23 de agosto de 2009

En pocas palabras








"El amor es una mano blanda que, muy despacio, hace que el destino se aparte"

Sigfrid Siwertz

sábado 22 de agosto de 2009

Viejas caras

No siempre, pero a veces, como ayer, se reencuentra uno con el pasado más cercano. El pasado vivido en nuestra urbanización. Reunión de los de siempre. De los que estaban casi cada día de vacaciones, casi cada fin de semana, en la urbanización. Una noche que demuestra que las rencillas pasadas, fruto de mentes infantiles y pandillas de críos, quedan relegadas a la nada cuando la edad convierte las pesadillas en juegos. Y anoche los juegos consistieron en saber quién era cada cual. Con un “oye, yo jugaba al fútbol contigo” entablabas una conversación que derivaba en saber qué era de la vida de cada cual.

Una reunión de antiguos alumnos, que aquí eran antiguos vecinos, una pequeña familia que se movilizó a través del Facebook para acudir a una Piscina que hizo las delicias de los más pequeños y que hoy se mantiene cerrada, imperturbablemente cayendo en desgracia, mientras el pequeño bar resurge en manos de miembros de la vieja-joven guardia de Roche. Mas de cien personas recordando anécdotas, observando lo bien o mal que el tiempo ha pasado por los demás, o en uno mismo.

Sin duda una noche mágica, que contó con la grata presencia de Dani y sus historias. Sólo eso ya mereció la noche. Porque escuchar esas historias te lleva al pasado. A nuestro pasado. A recuperar lo que fuimos y recordar que fuimos y donde lo fuimos.

Una iniciativa para repetir y pronto.

viernes 21 de agosto de 2009

14 de julio

Malena estaba en casa. Sabía que ese día no recibiría llamada alguna. Estaba sentada en la cama de su casa. Tranquila, como si nada hubiera pasado en el último mes. Tenía puesto un traje de chaqueta negro. Demasiado arreglada para un día normal. Pero no era un día más. Hoy era el día de su muerte. Se miró en el espejo. Le gustó lo que vio. Su propia figura reflejada en el espejo. La operadora del Ocaso a punto de morir. Eran las 6 de la mañana, le quedaban algo más de seis horas de vida. Y en ese tiempo tan solo quería una cosa. Saber. Saber por qué Gransson la quería a ella. Saber qué tenía que ver Marga en todo esto.

Se acercó al salón. Se sentó en el sofá y se quedó adormilada durante un par de horas. Cuando despertó Marga estaba sentada frente a ella.

-¿Por qué, Marga?
-Porque tienes algo que yo quiero.
-No sé qué puedes querer de mí.
-Algo que yo no podré tener jamás.
-Y tanto vale eso como para acabar con la vida de tantos.
-Sí

Malena la miró. Observando tranquilamente como Gransson y sus hijos comenzaban a aparecer en la sala. Miró su reloj. 10.45. Aún quedaba una hora y media para la muerte. Observó como la familia se reunía en el salón de la casa. Notó el calor que desprendían. No preguntó por lo ocurrido en el convento. No necesitaba hacerlo para saber que habían sido ellos los culpables del incendio y la muerte de toda la congregación. “Y de Fernández” pensó “A ella también la matasteis”.

-Sigo sin entenderlo. Tenéis la vida eterna. Sin embargo quieres algo que yo tengo.
-Quiero darte algo que yo jamás podré tener.
-¿y porqué a mí?
-Eres una buena mujer.
-Marga, te consideraba mi amiga.
-Lo soy
-Pero….
-No quiero que veas lo que está por venir.
-…
-La muerte paseará por las calles de este mundo.
-Este mes ya ha caminado por ellas.
-No. Yo soy la salvación.
-¿Y ellos?
-Ellos son quienes yo quiero que sean.
-Negarás que has matado.
-No a ti.
-Aun no.
-Aun no.

Las dos mujeres se miraron. Una sonrisa surgió del rostro de Marga mientras caminaba hacia Malena. Se acercó para susurrarle al oído. Palabras calidas, que hablaban de paz. De tranquilidad. Malena la miró y comprendió.

-Quieres darme lo que tú no podrás tener jamás.
-Así es.
-Quieres darme la muerte.
-Así es.
-¿Ese es tu regalo?
-Ese es mi regalo de amiga.

Malena sonrió a Marga. Se levantó y caminó lentamente hacía Gransson. El Hombre Quemado le recibió con los brazos abiertos mientras sus hijos protestaban. No estaban de acuerdo con aquel final. No querían aquello. Deseaban más muertes. Deseaban más sangre. Con ellos la muerte caminaría por la tierra. Malena notó el calor de la muerte rodeando su cuerpo. Y sintió frío. Subiéndole desde los píes. Vio a Marga sonreír. La blanca sonrisa de la muerte. Vio al Querubín acercarse a su madre. Justo antes de cerrar los ojos eternamente escuchó el grito de su amiga. Y supo que, al final, Marga había logrado lo que ansiaba. Abrió los ojos. La sala estaba vacía. No quedaba rastro de nadie ni de nada. Se levantó. Pensándose libre de la muerte que le había abrazado. Miró el reloj. 12.30. Sonrío. Caminó hacia la cocina. Llamaron a la puerta. Miró por la mirilla antes de abrir. Roberto la besó antes de empujarla hasta el sofá. Ella la miró y le besó. Dudó. Notó como el frío metal cruzó su garganta. Notó la sangre antes de caer junto al reloj. Eran las 12.36 del 14 de julio.

Roberto se lanzó por la ventana.

jueves 20 de agosto de 2009

9 de julio. Llamas

La madre superiora abrazó a Fernández mientras el hombre quemado caminaba hacia ellas. Era imposible que aquel ser espectral estuviese allí. No en la casa de Dios.

-Sí- Gransson respondía a la pregunta de Fernández –Ya estáis muertos. Yo soy quien vive.
-No- gritó la madre superiora- eres un demonio, un ser de la muerte. Fuera de la casa de Dios.
-Tu Dios no puede nada contra mí.

La mujer se levantó lentamente, enfrentándose al Hombre Quemado. Sin retirar la mirada de aquel ser que tanto mal había provocado. Fernández se acurrucó sobre el banco, la cabeza entre las manos, sollozando. Una joven novicia gritó desde la puerta de la pequeña capilla. Un grito desgarrador que despertó otros muchos ruidos en los pasillos. Las hermanas se dirigían a defender a su superiora. La gutural risa de Gransson resonó en el abovedado techo de la capilla. La madre superiora dio otro paso en su dirección.

-¿No me tienes miedo?
-No
-¿No tienes miedo a la muerte?
-No
-¿Por qué no?
-Todos hemos de morir algún día.
-Yo no.
-Tú también morirás.


Las hermanas comenzaron a agolparse entorno a la madre superiora. Una risa infantil les hizo girar el rostro hacia el altar. Un niño con rostro angelical parecía haberse desprendido de los querubines que acompañaban a la Virgen. Caminaba tranquilo hacia Fernández, que seguía atrincherada entre los bancos. Gransson alzó su mano contra la Madre Superiora. El infierno se hizo presente en la capilla mientras el crucifijo de plata que colgaba a la derecha del altar comenzaba a arden entre azuladas llamas. La Virgen crujió acompañando el ahogado grito de las monjas. Las vigas del techo rugieron ante las llamaradas que comenzaban a extenderse por el edificio. El calor sofocante se unió al miedo de las hermanas. Gritos que se fueron agotando ante los aterrados ojos de Fernández.

-¡NO!- Gritó- ¡DEJARLAS EN PA…!


El techo cayó sobre las hermanas, mientras la Virgen lloraba lágrimas de barniz y color. Fernández miró el Crucifijo una última vez. No le dio tiempo a preguntar por qué. Las llamas le alcanzaron justo cuando la madre superiora la abrazaba en la muerte.

miércoles 19 de agosto de 2009

9 de julio

Fernández estaba destrozada. Había vuelto al convento sabiendo que sólo allí encontraría paz. La muerte del sacerdote había terminado con su determinación. En ese mismo momento entendió que nada de lo que hiciera podría detener a Gransson. El Hombre Quemado había mostrado su verdadero poder. El suyo y el de las criaturas infernales que le llamaban papá. La muerte les acompañaba en su camino, y el reguero de almas que habían expirado de sus cuerpos parecía incalculable.

Sentada en la pequeña capilla, mirando a los ojos a la Virgen, las lágrimas se derramaban por sus mejillas. Encerró su cabeza entre las manos, llorando amargamente por la muerte próxima. Rezando a Dios para alejar el mal que le acechaba desde el pasado mes. Pidió porque todo terminase. Para que su vida volviese a la normalidad. Era policía. No estaba preparada para enfrentarse con enemigos venidos del más allá. Aquella pesadilla debía terminar. Pensó en Marcos. Él no había podido más y había terminado quitándose la vida. Fernández no estaba dispuesta a terminar así. No acabaría con su vida. No notó la llegada de la madre superiora.

-Hija ¿qué te ocurre?
-Voy a morir, madre.
-Todos morimos algún día.
-Si, pero yo moriré antes de cinco días.
-Eso no lo puedes asegurar.
-Sí puedo hacerlo.
-¿Por qué dices eso?
-El hombre quemado vendrá por mí.
-¿Quién es ese hombre quemado?
-¿Se acuerda de Romanski?
-Sí.
-El lo mató.

La madre superiora guardó silencio. Miraba a crucifijo que colgaba en la pared, sobre el pequeño sagrario de madera. Los rumores sobre la muerte de Romanski habían corrido entre los religiosos de la ciudad. Un nuevo mártir que había luchado contra los demonios hasta la propia muerte. Miró a Fernández, como una madre mira a su hija.

-¿Qué tienes que ver con eso?
-Estaba allí. Ví lo que pasó…. fue… horrible.
-Por eso has venido.
-Sí.
-Tranquiliza, hija mía, todas rezaremos por ti. El demonio no entrará en esta casa.
-No es el demonio, madre, simplemente es la muerte jugando con los vivos.
-¿Cómo?
-Sí, madre, la muerte –suspiró antes de continuar- pensé que era el mal, no el demonio, no. Creía que era un alma atormentada que buscaba una razón, una oportunidad, para descansar eternamente. Un alma que había visto en Malena la forma de conseguir su paz. Ahora me doy cuenta de que no. Malena no es el objetivo, es el juego. La reina en una partida de ajedrez donde el rey yace postrado en una cama. Y los demás no somos más que peones. Negros contra blancos. Vivos contra muertos. Y nosotros ya estamos muertos. Desde el mismo momento que Malena marcó aquel teléfono y le ofreció un seguro de vida a un muerto. Muertos... así estamos. ¿verdad Gransson?

martes 18 de agosto de 2009

Sobre el fin del relato

Veo que no ha salido el final del relato, y para colmo no está donde debiera, así que en dos días estará colgado, en cuanto que acceda a la copia de seguridad que tengo en casita.

Perdón por el retraso para los que lo seguis a diario.

sábado 15 de agosto de 2009

5 de julio

Marcos llevaba varios días dándole vueltas a la cabeza. Cada vez que cerraba los ojos veía al joven Gransson sentado en la ventana de su casa. No había vuelto a casa desde aquel día. Se pasaba las horas en la comisaría y en los archivos. Rebuscando en los archivos cualquier dato sobre Margarita que pudiese encontrar. Y había seguido su rastro en los archivos hasta 1789. Donde aparecía en un testamento.

Su mesa estaba llena de papeles y sus propios compañeros habían empezado a reírse de él. No era capaz de concentrarse. No era capaz de dormir. Cuando se quedaba dormido encima de la mesa, se despertaba entre sudores fríos y gritos. La tarde del 5 de junio le llamó su superior al despacho.

-No puedes seguir así. Vete a casa. Este caso te esta superando.
-Nos supera a todos, jefe.
-Si, claro que sí. Pero tú estás muy afectado. Tomate unas vacaciones y vuelve en unos días. Y esto es una orden.


Llegó a su casa las siete de la tarde. A las ocho y media sonó el teléfono. Diez minutos después llegaron los primeros miembros de los servicios sanitarios.

Marcos Burgos se había pegado un tiro en la cabeza con su arma reglamentaria.

viernes 14 de agosto de 2009

30 de junio

-¡Déjalo ya!-Malena lloraba de impotencia -¡Te daré lo que quieras! Pero déjalo, por favor…

Malena suplicaba al hombre quemado. Suplicaba que finalizase el sufrimiento de Romasnki. El sacerdote estaba colgado de la pared. En cruz. Sus brazos habían sido anclados a la pared por el joven Gransson. Trataba al hombre quemado con referencia. Como a un padre. Como a su padre.

-Me gusta este juego. Es más divertido jugar con el novio de ésta-dijo señalando a Malena con la cabeza- pero esto no está mal.

La pared había comenzado a llenarse de sangre. Chorreando hasta el suelo en regueros, como la lluvia escurriéndose por un ventanal. El hombre quemado se acercaba cada pocos minutos hasta el sacerdote. Le tocaba el rostro. Poco a poco había ido desnudándolo. Las quemaduras allí donde le había pasado la mano iban creciendo cada hora. Romanski gritaba de dolor. Durante horas. Al final, su voz se quebró. Comenzó a llorar. Comenzó a rezar. La inspectora Fernández le acompañó en sus rezos. Malena y Marcos guardaban silencio.

El hombre quemado se acercó a Malena.

-Quiero que me des a mi esposa.
-No sé donde está
-Tienes 14 días para averiguarlo.
-No los quiero.
-Pero yo sí.

Romanski gritó. Le pidió a Dios que se lo llevará. Que no le dejará seguir sufriendo. Pidió morir. Pero la muerte no terminaba de llegar. La sangre manó de las heridas, que comenzaban a abrirse mostrando llamas en su interior. Escupió fuego. Escupió la vida. Las ventanas se abrieron y el cielo mostró su azul cuando el sol entró en la habitación. Fernández creyó en el milagro. El hombre quemado lanzó su antinatural risa al cielo. El sacerdote buscó con la mirada la foto de San José María. La foto comenzó a arder entre los gritos de dolor.

El sacerdote gritó aún más fuerte. Tanto que dolía escucharlo. El joven Gransson se sentó el suelo, frente a él. Mirándolo morir.


El fuego se extendió por la sala ahogando un último grito.

-Hasta el día 14.

Malena, Fernández y Marcos lloraron bajo el crucificado.

jueves 13 de agosto de 2009

29 de junio

Después de todo un día intentado comprobar la veracidad de la foto. Todos se reunieron en casa de Romanski. Malena confirmó que la mujer de la foto era Marga. Habían ampliado la fotografía para ver más detalles. Era una casa de época. Según los expertos, dijo Marcos, por la ropa debía haber sido tomada en 1936. La familia se veía sonriente. El padre, la madre y los dos hijos. Todos reconocieron al pequeño de los hijos. Pese a la antigüedad de la fotografía, quedaba claro que era el querubín. El mayor solo fue reconocido por Marcos.

-Este es Gransson. Se presentó en mi casa. Os juro que pensé que me estaba volviendo loco. Ahora sé que no. No sé en que andamos metido. Pero esto no me gusta.
-A ninguno nos gusta. Pero esa Marga es la solución al enigma. No sé que papel juega. Siempre pensé que no era más que una victima de Gransson. Ahora empiezo a pensar que es mucho más que eso.

Fernández la miró. Sí, Malena había cambiado. No había dudas. Ni siquiera tembló cuando sonó el teléfono móvil.

-Ahora no quiero hablar con ningún muerto hijo de puta, gracias.

Romasnki levantó la cabeza. Al igual que Marcos. No le gustaba que tratase así a Gransson. Ya habían visto lo que era capaz de hacer. Y no estaba bien enfadarlo. Volvió a sonar el teléfono.

-Te he dicho que no necesito ningún seguro de vida.

Las contraventanas de madera golpearon la pared, mientras el calor comenzaba a extenderse por la habitación. Las luces se apagaron y la habitación torno rojiza desde las llamas del fondo. El hombre quemado caminaba por la sala. Envuelto en llamas, con el joven Gransson a su lado. Las persianas se cerraron de golpe. La sala se llenó de los cristales de las ventanas. Todos se lanzaron al suelo, intentando evitar la lluvia de brillantes reflejos que se expandía por la sala. Y cada cristal reflejaba el fuego del hombre quemado.

-¡Fuera de mi casa, demonio!- gritó Romanski
-No soy el demonio, cura.

La voz sonó más áspera. Más dura. El hombre quemado avanzó hacia el sacerdote. Le tomó del cuello. Le miró a los ojos.

-Pensaba matarte ahora. Pero le prometí a esa puta amiga de mi mujer que morirá el 14 de julio.
-Yo no soy ella, ¡maldito!
-Cierto…..

miércoles 12 de agosto de 2009

28 de junio

Fernández llegó al hospital Virgen de la Luz a las 8 de la mañana del 28 de junio. El día anterior no habían logrado localizarla. Había descolgado todos los teléfonos de su casa y, cuando constató que no sería capaz de dormir, acudió al monasterio de las Hermanas de la Cruz. Se sentó en el coro mientras las hermanas cantaban la Salve. Siempre le habían dejado entrar. Pese a ser un monasterio de clausura, la puerta siembre estaba abierta para ella. Desde que, siendo una niña, su madre llegó buscando refugio para huir de su padre. Ella nació en el convento y fue educada por las hermanas como la hija que nunca podrían tener. Se quedó dormida en seguida. En el duro banco de madera. Por primera vez desde que comenzó aquella locura, no tuvo pesadillas. Se pasó el día durmiendo en una de las pequeñas celdas, la misma que usaba de niña. Cuando se despertó por la mañana, descolgó el teléfono y escucho los 52 mensajes nuevos que saturaban su contestador. Inmediatamente salió hacia el hospital.

Encontró a Malena en la misma sala donde habían hablado con el doctor dos días antes. Romasnki estaba con ella. A su lado. En silencio. Mirando el infinito. El niño rubio con rostro de querubín ya no estaba con ellos.

-¿Qué ha pasado?
-El niño…
-¿Dónde está el crío?
-Se lo han llevado. Ayer estuvimos con el padre de Roberto. No sé que le dijo. No pensé que pudiera hacer ningún mal. Pero desde ese momento el hombre no pudo volver a descansar.
-Ya esta descansando –dijo Malena- yo también quisiera estar muerta.
-No digas eso –respondió el hombre.
-Que más da. Me queda ¿Cuánto? En unos días habré muerto.
-Al final te vas a tener que hacer un seguro…

Todos miraron a Fernández y comenzaron a reír. Por primera vez desde el 14 de junio, volvían a reír. Malena se asustó al principio. ¿Cómo reír en un momento así? Habían muerto, al menos cuatro personas. Y Roberto. En cierta forma el también estaba muerto.

-Bueno, y ¿qué han hecho con el querubín?
-No lo sé. Vinieron unos hombres y se los llevaron. En cierta forma me alegro. Algo me dice que el demonio se esconde tras esos rizos.
-Creo que me voy a casa. Aquí no hago nada. Desde que ese niño infernal habló con Roberto, mi novio no ha vuelto a dar señales de responder al tratamiento. Además, necesito descansar y encontrar a Marga.

Fernández la miró. Notó el cambio producido en la mujer. Ahora se le veía más fuerte. Dispuesta a luchar por su vida.

-Al final, lucharás por no morir.
-No. No te confundas. Lucharé porque no os quiero ver morir. No quiero ver morir a nadie más.

Marcos entró en ese momento en la sala.

-Decidme que esto no es cierto…. – En la mano llevaba una fotografía en blanco y negro.

martes 11 de agosto de 2009

27 de junio

El teléfono sonó a las 6’30. Como cada día desde que la pesadilla comenzó. Extendió el brazo fuera de la cama. Soñoliento. Sin ganas de hablar con nadie a esas horas de la mañana. Miró el reloj, antes de maldecir el trabajo elegido. Descolgó al cuarto timbre. Pensó en dejarlo sonar y luego escuchar el buzón de voz. ¡Cuantas veces había pensado hacerlo! Nunca lo hacía.

-Si…
-¿Quiere un seguro de vida?
-¡No me jodas! No es hora de vender seguros, coño.
-¿De verdad no quiere un seguro de vida?
-¡que no, carajo!
-Pues debería hacérselo. Nunca se sabe cuando la muerte puede llamar a tu puerta.
-¿Este método de vender seguros es nuevo?- gruñó antes de colgar.

Sonó el teléfono móvil. Numero oculto. Lo cogió.

-¿Está absolutamente seguro de que no quiere el seguro, Marcos?
-¿Quién eres? – Gritó. Se despertó de inmediato. Saltó de la cama y se dirigió a la cocina. Escribiendo cada palabra en una libretilla.
-El Sr. Gransson.
-¿Gransson?

Notó el calor en la cara mientras las llamas iban corriendo por la casa. Salió corriendo, en dirección a la escalera de incendios. No pensó en nada más que en salvarse. Corriendo por su vida. Se detuvo en seco al ver al chico. Estaba sentado en la ventana que daba acceso a la escalera. Era moreno, de ojos verdes y piel absolutamente blanca.

-¿Sigues pensando que no quieres un seguro de vida?

Marcos copió su arma de la mesa y apunto al joven.

-¿Quién eres? ¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo has entrado?
-Soy Gransson. Vengo para encargarte que localices a Margarita. He entrado sin problemas…
-Soy policía, ese es mi trabajo. Y ahora voy a detenerte.
-Sí.

No preguntó. Avanzó hacia Marcos, mientras las llamas comenzaban a abrasar la espalda del policía. Un paso, y otro. Y ya estaban cara a cara. Marcos disparo. Una, dos, tres veces. A bocajarro. Al estomago del joven que se enfrentaba a él. Saltó sobre él, esperando poder hacerlo a un lado y continuar su carrera hacía la salvación. Pero fue como chocar contra un muro. Cayó de espaldas. El fuego prendió su ropa. Rodó hacia la ventana, bajo la escalera. Escuchó el sonido del teléfono. Abrió los ojos. La luz entraba por la ventana y rociaba su piel. El calor había pasado. El teléfono seguía sonando.

-Diga- contestó al fin.
-Anoche asesinaron al marido de la del corazón quemado. Y adivina: está abrasado por dentro.

lunes 10 de agosto de 2009

26 de junio. La visita al padre

Las enfermeras corrían hacia la habitación 709. La misma en la que el padre de Roberto había sido ingresado con un ataque de ansiedad. El gritó había sido desgarrador. Más de lo normal. El hombre había sido sedado y desde hacia dos días estaba tranquilo. Los gritos, las pesadillas, parecían haber pasado. Hasta ese mismo día. Media hora antes un sacerdote acompañado de un niño parecido a un querubín había entrado en la habitación para darle la Eucaristía. El sacerdote había asegurado que el niño, su monaguillo, era además el nieto del hombre. El médico creyó a pies juntillas que la visita del chiquillo sería beneficiosa para el hombre.

El sacerdote estuvo 25 minutos dentro de la habitación. El hombre lo reconoció al entrar. Pero su estado no se alteró. Seguía tranquilo. El sacerdote se sentó en una silla, junto al cabezal de la cama. El niño saltó sobre la propia cama, jugando con pequeño coche de bomberos. El hombre escuchaba atentamente cada palabra del sacerdote. El niño jugaba silencioso. Sin hacer caso al hombre de la cama. Al final, se levantaron para irse, justo cuando las enfermeras acudían a llamarle. El niño se abrazó a su abuelo.

-He jugado con Roberto.

Los ojos del hombre se abrieron mirando el techo, mientras el querubín cerraba su abrazo y continuaba con sus susurros.

-Puede que venga a verte hoy mismo. Míralo a los ojos. La sangre de Satán fluye por sus venas. Eres el padre del mal. De mi hermano Roberto. Un beso. Abuelo. Nos veremos a tu muerte.

El hombre quedó paralizado mientras el sacerdote y el niño abandonan la sala. Miró a la ventana abierta que daba a la calle. Las palomas agitaban sus alas nerviosas en el alfeice. Miró a la silla. Roberto le sonrió. Con los ojos cargados de sangrantes lágrimas.

-Padre, yo no quiero jugar con estos niños.
-No juegues, hijo, no juegues.
-Pero tengo que hacerlo. Él me obliga.
-¿Quién es él?
-Ha pactado con Malena. Si encuentra a Marga seré libre. Seremos libres.
-Yo soy libre.
-No, padre, aún no lo eres.

Roberto se levantó, acercándose a su padre lentamente. Extendió sus brazos hacia su padre, que se incorporó para recibir el abrazó. Roberto apretó el cuello de su padre hasta que los frágiles golpes de su padre cesaron. Cayó sobre la cama. Peso muerto. Muerto. El pitido de la maquina se hizo uniforme. Vio a su hijo marcharse entre sombras.

Gritó. Gritó hasta despertar. Gritó sabiéndose muerto. Grito a la espera de que llegase su hijo. Entraron las enfermeras. Las miró.

-Ha venido Roberto.
-No ha venido nadie.
-Ya estoy muerto.
-No, hombre, aun no.

domingo 9 de agosto de 2009

26 de junio. Roberto

Romasnki llegó junto a Malena. El niño había sido trasladado al Hospital Virgen de la Luz. Malena insistió en visitar a Roberto mientras el sacerdote hablaba con el niño. Roberto la miró con sus ojos vacíos.

-Mamá
-No, Roberto, soy Malena.
-¿Mamá?
-Sí, Roberto, soy mamá.
-¿Dónde están los niños?
-No lo sé, Roberto.
-Ya no están. Estoy sólo. No tengo con quien jugar.
-Pero ya no es hora de jugar, Roberto. Tienes que volver a casa.
-No quiero.
-Debes hacerlo. Se está haciendo de noche. Y la oscuridad no te gusta.
-No está oscuro. Las antorchas están encendidas.
-Bueno, Rober. De todas formas tienes que venir a cenar.
-No tengo hambre.
-Pero yo quiero verte.
-Y yo.
-Pues ven a casa.
-Vale.

Las maquinas comenzaron a sonar mientras Roberto se movía nervioso sobre la cama. De pronto, todo paró. Romanski entró en la sala. Acompañado de un niño de 12 años que corrió para abrazarse a Malena. Era rubio, con el pelo rizado y rostro angelical. Su mirada mostraba miedo, extrañeza y felicidad.

-¡Mamá!- grito.
-No soy tu madre- dijo Malena desganada.
-Mamá- llamó Roberto- ¿Porqué está mi hermano contigo?
-No tienes hermanos, Rober.
-¿Porqué está ese niño contigo, entonces?
-Mamá –repitió el niño -¿Por qué mi hermano está ahí?

Malena miró a Romanski.

-Son hermanos. No preguntes cómo. Pero de alguna extraña forma, lo son. Jamás he visto nada igual. Jamás me encontré con nada parecido. Pero los demonios corren por las calles. Y el padre de todos ellos ha decidido que tú eres su madre. Y ellos lo aceptan.

Malena miró el angelical rostro del niño que se abrazaba a sus piernas. Las llamas brillaron en sus ojos. Y el reflejo brillo en los de Roberto.

-¿Cuándo vas a venir a jugar?
-Pronto

Un grito sonó en algún lugar del hospital. Las enfermeras pasaron corriendo frente a la ventana acristalada de la habitación. Roberto giró la cabeza en dirección a las carreras.
-Papá- gritó.

sábado 8 de agosto de 2009

26 de junio. El ático

Fernández entró por la puerta. Y comprendió la urgencia de su compañero. La casa había ardido. Debía haber ardido según mostraba la fachada. Pero todo estaba exactamente igual que cuando ellos se fueron. O casi. El suelo estaba manchado de rojo. Marcos Burgos asintió. Era sangre. La misma que manchaba las paredes con la frase que tan bien conocía. La misma que había comenzado la locura ¿Quieres un seguro de vida?

-¿Y los dos policías?
-¿Cómo lo has sabido?- Marcos le miró sorprendido ante la pregunta –Están allí.

Juntos caminaron hasta la puerta de un cuarto. El mismo en el que había descansando Malena la primera noche que se escondió en casa de los padres de Roberto. Marcos no entró. Se quedó ante la puerta, cerrada, indicándole con la cabeza que podía entrar cuando quisiera. Ella lo hizo. Despacio. Sin saber que había ocurrido, ya se imaginaba que encontraría el cuerpo muerto de los dos hombres. Pero ¿aquello?.

Jorge se encontraba abierto de brazos. Colgado en el techo de forma imposible. Apoyado el cuerpo sobre los brazos de la lámpara, la bombilla sobresalía de su cuello. La sangre había goteado, cayendo sobre la cama. Empapada en rojo. Pablo estaba en el suelo. En una esquina de la habitación. Parecía que estaba tranquilamente durmiendo. Si no hubiera sido por el enorme bocado que tenía en el hombro, que dejaba a la vista el hueso y las venas. Fernández entró en la sala. Resbalando por la sangre vertida. Se acercó a la cama. Miró el rostro de Jorge. El miedo continuaba en su rostro. Ya sabía porqué. Ella misma quedo paralizada al ver el cuerpo quemado de Gransson. Miró a Pablo. Observándolo con más detenimiento. Se acercó lentamente. Se agachó ante él, hasta rozar la sangre del suelo con su rodilla.

-¡Joder!

Salió de la habitación. Sin mirar a nadie corrió hasta el baño. Vomitó en el váter mientras Marcos se acercaba a la puerta.

-Tranquila, no eres la primera.
-Ha ardido por dentro.
-Eso parece.
-La madre de Roberto murió con el corazón abrasado.
-¿Qué sabes de todo esto? Dime algo.
-El demonio anda suelto entre nosotros.
-¡No creo en demonios!
-Es hora de que comiences a creer. Ya formas parte de esto. Sólo reza porque no te suene el teléfono.
-¿Cómo?

Fernández sacudió la cabeza. Lo justo para que entrase en su ángulo de visión una imagen que no esperaba. Avanzó hacia la ducha. Descorrió la cortina. Marcos se paró a su lado.

-Puta Madre

El niño comenzó a llorar.

viernes 7 de agosto de 2009

26 de junio. Fernández

Fernández miró a su espalda. La casa ardía en llamas. Desde los cimientos. El taxista parecía no haberse dado cuenta de nada. ¿Cómo era posible?
-¡Detente!,- gritó, pero el taxi continuó su marcha
-¡Policía, deténgase!- El taxista parecía no oír sus agónicos gritos.

Se dio cuenta que el sonido no salía de su boca. Estaba muda. Terroríficamente muda. Y la casa seguía ardiendo. Golpeó al taxista que, por fin, pareció notar su presencia.

-¿Qué? ¿Qué?
-Pare, - casi susurro- tengo que volver. La casa… la casa está en llamas.
-¿Está usted bien?
-Si, yo sí, pero la cas…- se volvió para observar el pequeño chalet de dos plantas del que acababa de salir. Sus paredes blancas reflejaban el sol del amanecer, tornando naranja su color –Siga, perdóneme, siga.

La inspectora se recostó en el asiento. Sin atreverse a cerrar los ojos. Incluso despierta la pesadilla había sido demasiado real. Esperó que todo lo que había ocurrido hasta ahora fuese mentira, una parte más de la pesadilla de la que se acababa de despertar en el taxi. Sonó el teléfono. Lo dejó sonar. El taxista comenzó a mirarla. Preocupado. Más aún cuando Fernández sacó el teléfono del bolso. Un Nokia 7373 que pertenecía a Malena. Miró el número. Suspiró aliviada al reconocer el número de la comisaría.

-Hemos llamado a tu teléfono. Te lo dejaste en casa. Romanski nos ha dado este número. Nos dijo que lo cogerías. Pero has tardado bastante.
-Sí, perdona, no me di cuenta de que era el mío. Dime.
-Ha pasado algo. En la casa. Ayer.
-¿Podrías ser más explicito?
-Tienes que verlo.
-No quiero ver nada más.
-Si no lo ves, no lo creerás.
-Estoy segura de que sí –dijo con desgana- de todas formas, voy para allá. Pero hazme un favor. Necesito encontrar a Margarita Lusena, resultó herido en un accidente de tráfico el día 13 en la A13.
-Vale, me pongo. Pero ve a la casa.

Le dio la dirección al taxista, que cambió la marcha para llegar hasta el edificio de apartamentos. La zona estaba acordonada y todos los vecinos habían sido evacuados del edificio. Las plantas altas se veían oscurecidas. El fuego había arrancado la pintura marrón, que había caído hasta el asfalto, dando la sensación de tiras de piel arrancadas de un cuerpo. Se presentó al jefe de la investigación. Marcos Burgos. Se conocían.

-¿Ves cómo esta?-dijo señalando el ático- Pues tienes que entrar.

Subieron las escaleras. El humo aún se mantenía vivo en algunos rincones del rellano y en el hueco del ascensor. Cuando llegaron a la última planta, Fernández recordó los gritos del día anterior. Pensó en los dos policías. Hasta este momento no se había preguntado que había sido de ellos. Miró la puerta. Para su sorpresa no estaba calcinada. Miró a Marcos Burgos. Interrogándolo con la mirada.

-Espera, espera… esto no es nada.

jueves 6 de agosto de 2009

26 de junio

A las 6’30 sonó el teléfono de Romanski. Lo cogió. Sabiendo que Gransson estaba al otro lado de una línea que conectaba con la muerte. Se había llevado a las dos mujeres a su casa. Un pequeño chalet en las afueras. Ricamente decorado, destacaba la imagen de una virgen tallada en madera sobre todo lo demás. No había fotos familiares. Tan solo algunos amigos y una foto en la que un joven Romanski daba la mano a San José María Escrivá.

Malena y Fernández descansaban en sendas habitaciones mientras el hombre había pasado la noche estudiando sus libros. Nunca se había encontrado con nada parecido. Sabía que tenía fama de charlatán. No le extrañaba. El mismo era un incrédulo. Había participado en algunos exorcismos. Había demonios en el mundo. Tan seguro como que Dios existe. Pero nunca se había encontrado con un algo como esto. Gransson había venido desde la muerte, desde el mismo infierno, para aterrorizar a Malena. Pero ¿porqué a ella? y ¿porqué los niños le habían llamado mamá?

Había visto a los niños en el hospital, pero también en la casa. Sabía que ahora mismo estaban sentados a los pies de la cama. Pero ella no era la madre. La madre era Marga, pero no habían logrado dar con ella. Tal vez esa era la clave. Ni Gransson, ni la policía ni sus contactos habían dado con ella. Debía estar ingresada en algún hospital. Pero nadie sabía nada de ella. Si no fuera porque Malena la conocía, y porque había aparecido en la foto del periódico, podría no haber existido. Pero existía y ella debía ser la clave.

-Dime, Gransson- estaba absolutamente convencido de que se trataba de él-¿qué quieres hoy?
-¿Dónde está Malena?
-Durmiendo.
-Dile que se ponga.
-No
-¿Por qué?
-Porque ayer acabaste con la vida de dos hombres buenos. Y también has matado a su suegra. Y te has llevado a Roberto a tu mundo.
-Roberto no está conmigo.
-Ayúdale a volver. Y te llevaré hasta Marga

El teléfono quedó en silencio. Gransson se había ido. Marga era la clave. Sin duda. Romanski acudió hasta la habitación en la que dormía Fernández.

-Despierta. Debes encontrar a alguien que no existe.
-¿Cómo?
-Marga es la clave. La esposa de la que nada se sabe. Tú eres policía. Debes dar con ella.

Fernández asintió. Parecía que había recobrado la cordura perdida en los días previos. Se ducho, se vistió y salió a la calle. Llamó a un taxi mientras desde la ventana de la primera planta dos chicos le despedían con la mano.

Miró al espejo retrovisor. Las llamas se reflejaron a su espalda.

miércoles 5 de agosto de 2009

25 de junio. El hospital

Llegaron al hospital poco después de las diez de la noche. Ni la inspectora ni Malena habían logrado reponerse. Sólo el hombre silencios, Romasnki, mantenía la cordura. Preguntó por Roberto y fue conducido por una enfermera hasta la séptima planta, donde esperaron que llegase el médico. Era un hombre de mediana edad, calvo, moreno, de ojos claros. Parecía simpático, pero su mirada y su rostro mostraban incredulidad.

-Son la familia de Roberto.
-Bueno, su padre está ingresado. Su madre falleció ayer. Ella –dijo señalando a Malena- es su novia.
-¿Y ustedes? Miren, solo puedo hablar con familiares directos.
-Ella es la inspectora Fernández, está al frente del caso. Yo soy John Romasnki y soy el confesor de la familia. He visto a este joven nacer y crecer. Le he bautizado, le he dado su primera comunión, y he estado presente en cada acontecimiento importante de su vida…

Malena levantó la vista por primera vez desde que apareciese Gransson. Observó a Romanski y corroboró que era sacerdote. En ningún momento se había preguntado quién era ni qué hacía allí. Ahora comenzaba a comprenderlo. O eso creía.

-Está bien, está bien. Pero, quiero que entiendan que esto es muy extraño. Jamás me he encontrado con nada similar.
-¿Qué está pasando, doctor?
-Será mejor que se sienten –dijo señalando una pequeña sala- Miren. No se cómo empezar. Roberto llegó aquí ayer, acompañando el cadáver de su madre. Estaba bien. Aterrorizado, sí, pero bien. No sé que ocurrió ayer en la casa pero les juro que nunca había visto a nadie tan aterrorizado… hasta hoy, tal vez.
-Le aseguro que no quiere saber que ocurrió ayer en esa casa. Mucho menos lo que ha pasado hoy. Pero, déjese de rodeos. ¿Qué le ha pasado a Roberto?
-No lo sé. De pronto estaba en el suelo. Su temperatura ha subido por encima de los 40º y no baja. Habla en sueños. Ha llamado a Malena durante toda la noche. Pero también ha dicho incongruencias. No duerme, pero tampoco está despierto. Al menos no como cualquiera de nosotros lo estaría.
-Tengo que verlo.

El médico le condujo hasta una sala apartada. Roberto era el único paciente. Romanski se acercó hasta él. Le cogió de la mano y se agachó para susurrarle en el oído.

-Roberto, soy Romanski. Ya sabes quién soy, estaba en tu casa ayer. No sé a que mundo te has evadido, pero tienes que volver. Malena te necesita y tu padre también. Escúchame Roberto. Gransson quiere acabar con tu familia. No puedes dejarle que venza. ¿Me oyes? Tienes que volver.

-Malena, Papá. Ella mató a los niños. Están conmigo. ¿Por qué arden? El fuego consume la vida. La vida. Se va, se van… ¿Dónde está Marga? ¡MALENA!. Escucha al hombre silencioso. Él habla con los muertos.


Romasnki notó el peso de las miradas. Los niños le miraban aterrados, mientras sus dedos jugaban con el pelo de Malena y le susurraban al oído.
-Mamá, estamos aquí.

martes 4 de agosto de 2009

25 de junio. Jorge y Pablo

Los dos hombres recibieron la llamada estando en el coche patrulla. Estaban a punto de acabar su turno, pero sabían que eran los más cercanos al lugar. Encendieron las luces y pusieron dirección a la casa y, al llegar, comprendieron que debían pedir refuerzos. En aquella casa se había producido el extraño asesinato del día anterior. La mujer del corazón quemado. Aún no había saltado la noticia a los periódicos, pero todos los policías de la ciudad estaban al tanto de lo ocurrido. La científica había estado buscando a la mujer durante 24 horas, sin resultado, y de pronto apareció muerta escondida en el techo de la cocina. Como había llegado allí era un misterio. Y el hecho de que en la casa estuviera John Romanski le da un mayor halo de misterios al suceso.

Todos habían oído hablar del sacerdote. Miembro de la curia del Opus Dei se decía que era un experto en fenómenos paranormales. La policía no solía contar con ese tipo de colaboradores. Ellos se basaban en pruebas, Romanski en la fe en Dios y en la creencia en el demonio y sus seres. Era un charlatán que se aprovechaba de su posición para sacarle dinero a los incautos. Otra de las herramientas del Opus para obtener beneficio.

Cuando lo encontraron en la escalera, pidiéndoles que no entraran en la casa, no le hicieron caso. Ni la visión de las dos aterradas mujeres pudo con su resolución. Atravesaron la puerta abierta, sin llegar a saber quien de ellos la había cerrado al entrar. Las luces estaban encendidas y las paredes habían sido pintadas de rojo. Notaron como los píes se le pegaban al suelo. La pintura derramada para escribir las letras en la pared. No entendían porque habían escrito aquella frase en la pared. El olor les llegó de pronto. Venía de la sala del fondo. Caminaron hacía allí. La luz entraba a raudales por la ventana abierta. El silencio sólo era roto por un leve zumbido, como el que producen los mosquitos en una habitación sin luz.

Jorge fue el primero en entrar. Era un hombre joven. Acababa de salir de la academia y siempre estaba dispuesto a mostrar su valor. Pablo iba tras él. Renegando por no haber esperado a los refuerzos. Aquella casa le ponía los pelos de punta.

-¡Maldito Romasnki! aquí si que ha montado una buena.
-Pero, ¡que coño!, ¿se puede saber que ha hecho aquí?
-Sacar dinero, como siempre.
-Si, para pagar un seguro de vida.

Saltaron sobresaltados. No habían esperado que hubiera nadie allí. Se giraron, para ver quien estaba ante ellos. Gritaron de terror cuando el hombre quemado avanzó, primero lentamente, después de un salto. Jorge se meó encima antes de notar las manos del hombre sobre su cuello. Pablo reculó. Sacó el arma y comenzó a gritar mientras disparaba. Jorge notó el mordisco en el pecho. Recordó que un compañero le había dicho que era como la picadura de una serpiente. Se miró el pecho, sangrante, en el lugar donde la bala había entrado en su cuerpo. Se arrodillo, notando los dientes del ser en su brazo. Un nuevo gritó resonó en la sala mientras las luces huían del terror. Un gritó gutural, de ultra tumba. Un grito que se acompañó de otros y del sonido de los disparos.

Pablo vio al hombre abalanzarse sobre él. Un paso más cerca de cada fogonazo que iluminaba la habitación. Uno, dos, tres,… la sangre mano de su cuello mientras un intenso calor nacía de su interior. Se vio reflejado en el espejo. Un reflejo iluminado por las llamas que salían de su boca. Un reflejo que se extinguió cuando las llamas iluminaron las cuencas de sus ojos.

lunes 3 de agosto de 2009

25 de junio. El hombre quemado

Malena estaba paralizada. Fernández había caído al suelo. Sólo el hombre silencioso parecía entender lo que ocurría. Las luces, apagadas desde el día anterior, parpadearon durante unos breves segundos. El hombre quemado avanzó hacia Malena, que retrocedió hasta topar con el sofá. Cerró los ojos, con fuerza, mientras se dejaba caer.

-¡Es una pesadilla!- gritó.

Pero al abrir los ojos, el hombre seguía ante ella. Tendiéndole aquel teléfono mudo. El hombre silencioso se había acercado por detrás. Asintiendo a la aterrada Malena. La chica extendió la mano, recogiendo el móvil en el mismo momento que comenzaba a sonar.

-¿Srta. Hernández Mairquez?
-Sí, soy yo.
-Le llamo del Hospital Virgen de la Luz. Es en referencia a su marido.
-¿Mi marido? ¿Qué marido?
-Roberto Verdasco.
-¿Rober? ¿Qué le ha pasado?
-No podemos explicarlo por teléfono. Sería mejor que viniese a verlo.
-¿Qué le has hecho?...- rugió Malena cargada de dolor ante el hombre quemado.
-¿Quieres un seguro de vida ahora?

Malena se estremeció. Reconoció la voz. La misma que cada mañana a las 6’30 llamaba a su casa. La misma que le atormentaba día y noche. En sus pesadillas no era tan terrorífico. Allí no era más que una sombra sin rostro. Sin embargo, era real. Estaba despierta y él estaba ante él. El olor se extendió por la casa, de pronto. Olor a carne quemada. La carne de un muerto que se presentaba ante ellos. Buscó con la mirada a la inspectora. Estaba en el suelo, paralizada por el terror. Aferrada a una pequeña cruz de plata. El hombre silencioso le retiró el móvil de las manos.

-Debemos irnos. ¡Ahora!

Cogió del brazo a las dos mujeres. Retrocediendo lentamente hacia la puerta. Las luces volvieron a la vida de pronto. Toda la casa quedó iluminada por una mortecina luz. Como si las lámparas temieran brillar en todo su esplendor. El hombre quemado seguía al fondo. Las paredes se mostraban cubiertas de sangrantes palabras. Todas preguntaban lo mismo: “¿Quieres un seguro de vida?”. Las luces crearon sombras fantasmales sobre el ser venido de los infiernos.

La puerta se abrió tras ellos, dándoles la despedida en aquella casa maldita. Sentados en las escaleras la vida volvió a mostrarse en su realidad menos temibles. Dos policías uniformados acababan de llegar. Habían sido avisados por los vecinos ante los gritos escuchados. El hombre silencioso intentó que no entraran. Lo apartaron para cruzar el umbral.


Los gritos atronaron en el edificio mientras el hombre silencioso arrastraba a las mujeres por la escalera.

domingo 2 de agosto de 2009

25 de junio

Roberto se vino abajo. Dejo a Malena en manos del hombre silencioso y fue al hospital. Cabizbajo, lloroso. Presa del terror. Había visto el miedo en ojos de su madre y, ahora, vería a su padre morir de angustia y pena. El uno sin el otro no era nada. ¿Cómo podría explicarle a su padre lo ocurrido? ¿Cómo había logrado su madre colarse en la trampilla sin ayuda? Se despidió de Malena fríamente. Y su mirada traspasó el corazón de la joven. No dijo nada. No hacía falta. Todo había terminado. Roberto cerró la puerta tras de sí.

-Supongo que no querrás quedarte aquí- Fernández se había acercado y abrazaba solidariamente a Malena, que negó con la cabeza -¿Tienes a donde ir?
-Podría ir a casa….
-No es seguro. Tiene que ser un lugar que nadie conozca.
-No creo que haya nada que Gransson desconozca.

Rompió a llorar, justo en el momento en el que el móvil del hombre silencioso comenzó a sonar. Malena se recostó en el sofá, mientras el hombre si dirigía a la cocina. Al cabo de unos minutos llamó a Fernández.

-La mujer ha muerto de miedo.
-¿Cómo?
-Literalmente. Fallo general del sistema. Si fuese un ordenador diría que se ha quemado por una subida eléctrica. Pero lo más curioso no es eso.
-¿Curioso?- preguntó con tono ácido Fernández -¿de verdad puede haber algo curioso en todo esto?
-Su corazón está quemado.
-¿Otra metáfora informática?
-No. Literalmente.
-¿Qué dices?
-El forense ha dicho textualmente: “Si no fuese porque está donde debe estar, hubiera pensado que es el corazón de un quemado. Parece como si lo hubieran metido en un horno y luego lo hubieran vuelto a colocar. Pero eso es del todo imposible”.
-Me temo que no hay nada imposible en esta historia.

El hombre silencioso miró hacía la habitación en la que Malena sollozaba. Estaba esperando una llamada que hoy no se había producido. ¿Qué retenía a Gransson hoy? ¿Qué había cambiado en las últimas 24 horas? Aparte de la muerte de la madre de Roberto….

Malena gritó de terror. Un solo segundo antes de que el teléfono comenzase a sonar. Todos los aparatos de la casa emitieron su sonido. El hombre corrió hacia la sala. Malena estaba paralizada. Con los ojos fuera de sí. Miraba un rincón. La luz de la mañana entraba por las rendijas de la persiana caída. El hombre siguió su mirada. Fernández gritó paralizada por el miedo.

-No cogéis el teléfono

Una mano quemada se extendió hacia Malena ofreciéndole un móvil. El único que no sonaba…. aún.

sábado 1 de agosto de 2009

24 de junio

-Absolutamente imposible. No pudo salir de la casa –la inspectora Fernández se mostraba intransigente y atónita ante lo ocurrido- él estaba en la puerta. Nadie entró ni salió de la casa. Las ventanas estaban cerradas. Siguen estándolo. Por dentro. La puerta estaba protegida. Y la mujer estaba en la casa. Es imposible que se haya ido.
-Es imposible que esté dentro. La casa no es tan grande. No son más que 130 metros cuadrados, y lo hemos recorrido palmo a palmo. Cada cuarto, cada armario. Esa mujer no está en la casa.
-Pero tiene que estar….
-Pues no está. ¡Vámonos chicos, aquí no tenemos nada más que hacer!-miró fijamente a Fernández antes de susurrarle –A ver como explicas el despliegue realizado en esta casa durante las últimas 24 horas.

La joven inspectora se derrumbó sobre el sofá. Al lado de Malena, que dormía inquieta abrazada a Roberto. Desde que descubrieran su desaparición el día antes el joven no había dicho una palabra. Tampoco su padre, que al final fue trasladado en ambulancia a un hospital. A eso de las dos de la tarde sufrió una crisis de ansiedad y el hombre silencioso aconsejo que llamaran al 061. Malena le abrazó. Se sentía culpable de todo lo que ocurría en la casa. Le pidió a Roberto que se fuese con su padre. Se negó. Quería estar junto a ella. No podía hacer más. Tan solo esperar. Sentados en el sofá. Sabiendo que a las 6’30 de la mañana volvería a sonar el teléfono. Y, entonces, tendrían su respuesta.


Y el teléfono sonó a la hora esperada. Malena, lo cogió sin decir palabra alguna. Escuchando el silencio que venia del otro lado de la línea. El sonido era ensordecedor. Un zumbido que se metía en la cabeza de Malena. Las lágrimas recorrían sus ojos. Al fin, la voz habló.

-¿Y papá? ¿no ha soportado la presión?.
-…
-Aún no habéis encontrado a tu suegra, ¿me equivoco? Hasta la casa más pequeña del mundo tiene escondites que nadie conoce.
-¿Quién eres, cabrón?
-Ya lo sabes. Un cliente.
-¿Dónde está?
-En la casa…

El golpe sobresaltó a los presentes justo cuando el teléfono se colgó. Roberto saltó del sofá corriendo hacia la cocina.

-¿Cómo he podido ser tan gilipollas?

Saltó sobre la mesa, golpeando el techo. El hombre silencioso le seguía de cerca, ayudándole a abrir la pequeña trampilla que cubría el hueco de una vieja chimenea. Un capricho de los antiguos dueños del ático que sus padres cerraron al comprar la casa. El cuerpo de su madre cayó como un peso muerto. Sus ojos opacos mostraban miedo. La sangre corrió por sus piernas hasta manchar las manos de Roberto.