viernes 31 de julio de 2009

23 de junio

El telefono estuvo sonando durante más de una hora. Roberto abrazaba a Malena mientras escuchaba a su padre maldecir a la empresa de electricidad. Fernández se mantenía en aparente silencio, solo rotó por un leve murmullo. Malena, llorosa, logró alcanzar sus rezos, y siguió su lento rosario en la oscuridad, rota por la pequeña luz del Nokia. La luz daba un tono fantasmal al hombre silencioso, como acabó llamandolo Roberto. Se mantenía quieto, con los ojos fijos en el teléfono. En un par de ocasiones pareció desear cogerlo. Se contuvo. Esperando que Malena diese el primer paso. Un poco antes de la una de la mañana del 23 de junio, el hombre habló:

-Cogelo, Malena. Mientras no lo hagas esto no terminará
-Di.. Diga-la voz de Malena tembló de miedo.
-Por fin vuelves a hablar conmigo.
-…
-Sigues pensando que no quieres hacerte un seguro de vida. Cada minuto que pasa estás más cerca de la muerte.
-….
-¡No llorés! La muerte no es tan dura.
-….
-¿Porqué no me hablas?- la voz al otro lado de teléfono se elevo. Malena cayó sobre el sofá, con el teléfono entre los pies. Fue el hombre silencioso quien lo recogió.
-¿Qué quieres, Gransson?
-A Malena.
-No puede ponerse.
-Debe hacerlo.
-No puede.
-¿Preguntale por su suegra?
-¿Su suegra?

Roberto levantó la cabeza buscando el rostro de su madre. Sólo encontró con la desencajada mirada de su padre.

jueves 30 de julio de 2009

22 de junio

Malena estaba sentada en la cama. Abrazada sobre si misma. Se balanceaba. Atrás, adelante. Adelante, atrás. Roberto pasaba cada cierto tiempo por la habitación. Caminaba en penumbras. Habían decidido cerrar todas las persianas. El susto por la cinta rota estuvo a punto de provocarle un ataque al corazón a su madre. Y no estaba dispuesto a eso. Había pasado toda la noche hablando con su padre. No era posible que aquella de la foto fuese Marga. Malena le había comentado que había estado sentado con ella en el autobús el día después del accidente. Era imposible.

-Los heridos en accidente no van al trabajo- le había dicho su padre.
-Ni los muertos llaman por teléfono- le recordó él.
-Cierto- musitó.

La inspectora no había vuelto, y desde la tarde anterior los teléfonos habían estado descolgados. Parecía que Gransson sólo llamaba a las 6’30, pero había decidido descolgar todos los aparatos. Si la inspectora quería ponerse en contacto con ellos, debería ir hasta la casa. Y debía hacerlo pronto. Roberto había tomado la decisión de irse de allí. De llevar a Malena a un lugar seguro, y lejos de la familia. Revisó la cinta partida el día anterior. Era nueva. Parecía que la hubieran cortado de un solo tajo. Pero eso también era imposible.

Eran cerca de las 11 de la noche cuando llamaron al timbre. El padre de Roberto se acercó y observó por la mirilla. Abrió la puerta. La inspectora entró, aguantando el portón mientras un hombre alto, canoso, de pelo largo, entraba tras ella. No lo presentó. Directamente se sentó en el sofá. El hombre permaneció de píe, apoyado en el marco de la puerta. Fernández dejó el móvil de Malena sobre la mesa. No preguntó por ella. Ni siquiera miró, como si no se diese cuenta de su ausencia.

-Llamaron. A las 6’30. Estuve media hora hablando con el tal Gransson. Conoce toda la vida del fallecido en accidente de tráfico.
-¿Disteis con él?
-No.
-Pero… en las películas le valen unos pocos segundos para dar con la posición del teléfono.
-Como norma general, en la vida real, también.
-Entonces cómo…
-Esto no parece la vida real -La voz sonó grave. Por primera vez había hablado el hombre. Tenía un peculiar acento y dio la sensación de que el tiempo se detuviese mientras hablaba. El padre de Roberto lo miró. Observó la cruz que el colgaba del cuello y el sello dorado que cubría uno de sus dedos. No dijo nada. Había visto el anillo otras veces, en un club del Opus Dei –Estamos hablando con un muerto. O eso parece. Yo no creo en fantasmas. Pero parece que alguien quiere que vosotros creáis que sí.

Malena apareció en ese momento por la puerta. Ojerosa. Los ojos cargados de lágrimas. Observó al hombre. Volvió a llorar en brazos de Roberto. La luz parpadeó por un instante. Un breve instante antes de apagarse.

La sala quedó iluminada por la pequeña pantalla del Nokia 7373. Había comenzado a vibrar sobre la mesa.

miércoles 29 de julio de 2009

21 de junio

Malena y Roberto estaban totalmente sorprendidos. Y asustados. Seguían en casa de los padres de él. La madre de Malena era muy mayor y no habían querido asustarla llamándola. Estaban sentados frente al ordenador, leyendo la noticia aparecida en el periódico del 14 de junio:


“El trágico accidente ocurrió a las 11h de la mañana de ayer en la circunvalación A13. El vehículo, un Seat León conducido por JMS, invadió el carril contrario, circulando en dirección opuesta durante dos kilómetros hasta encontrarse con un camión de transportes Logister. El conductor del trailer evitó la colisión con el vehículo “kamikace” cruzándose en la carretera. Un segundo coche, un Renault Space conducido por G.J. Gransson al que acompañaban sus hijos de 12 y 17 años y su esposa, impactó contra el lateral del trailer con desgraciadas consecuencias.

Los bomberos desplazados al lugar del accidente nada pudieron hacer para salvar la vida de GJ Gransson y sus dos hijos, que fallecieron a los pocos minutos del impacto. Margarita Lusena, esposa y madre de los fallecidos, logró salir del vehículo antes de que este se incendiara”

El artículo venía acompañado de la foto del siniestro. Con el coche calcinado al fondo de la imagen mientras los servicios sanitarios cubrían con una sabana un cuerpo calcinado. Malena se detuvo en una mujer, cubierta con una manta térmica, que aparecía a la derecha, sentada en una camilla ante la puerta abierta de una ambulancia.

-¡Es imposible!
-¿Cómo? ¿qué has visto?


Malena no contestó, seguía con la mirada fija en la imagen del periódico. Se echó para atrás, mientras un sudor frío comenzaba a recorrerle la espalda.

-¡Imposible!

Roberto la miraba, asustado. No esperaba aquella reacción.

-¿Qué has visto?.

Malena señaló a la mujer de la foto. La esposa de Gransson. Sólo pudo balbucear dos palabras entre sollozos

-Es… Mar...ga.


Sonó el teléfono de la sala.

-¿Acaso hoy no pensáis salir de casa? Tal vez no vuelva la inspectora…

Las persianas cayeron oscureciendo la sala por completo.

martes 28 de julio de 2009

20 de junio

El lunes Roberto se negó a que Malena fuese al trabajo. Había dejado el móvil apagado sobre la mesilla y había llamado a la policía para denunciar el caso. Después llamó a Seguros Ocaso, para avisar de que Malena estaba enferma y no iría a trabajar. Nadie dijo nada. Malena sabía que, en el fondo, no era más que su número de puesto. Un trabajo de mierda rodeado de personas que cambiaban cada poco tiempo. Muchos eran estudiantes, que se sacaban un sobresueldo. Aunque últimamente estaban llegando muchos inmigrantes. Al principio le gustaba la alegría que traían, poco a poco comenzó a tener problemas con muchos de ellos. No le gustaban los modos que empleaban por teléfono y entre ellos. Pero menos aún le gustaba que algunas compañeras comenzaran a llamarlas sudacas. Ella intentó mantenerse a parte. No quería problemas en el trabajo. No quería dar motivos para que pudieran echarla. Ahora algo le decía que no volvería al trabajo. Se quedó sentada en el sofá de la casa. La madre de Roberto se sentó junto a ella, después de ofrecerle un café que ella rechazó. Tenía el estomago cerrado. No hablaron. Esperaban juntas la llegada de inspector de policía.


Roberto estaba en la puerta, hablando con su padre. Se les notaba preocupado. Escuchando cada sonido que venía de la escalera. El timbre sonó poco antes de las 8. La inspectora era una mujer joven, de unos 35 años. Morena, de rasgos agitanados.

-Soy la inspectora Fernández.
-Bienvenida, pase al salón, voy a llamar a Malena –dijo el padre de Roberto dirigiéndose a la cocina.
-Hola –Malena estaba apesadumbrada, se notaba el cansancio y el miedo en sus ojos- gracias por venir.
-Para eso está la policía. Por favor, cuénteme que ha ocurrido.

Malena le explicó paso por paso todo desde la llamada realizada a Gransson. La inspectora fue apuntando todo, y levantó la cabeza con mayor interés cuando Roberto refirió la última llamada.

-¿Cómo pudo saber que veníamos a esta casa y que era la de mis padres? Al hotel pudo seguirnos pero ¿aquí? es imposible.

Fernández asintió antes de levantarse para salir un segundo a realizar una llamada. Volvió a sentarse al cabo de unos pocos minutos. Pidió que le repitieran todo lo ocurrido, día a día. Las llamadas, la pegatina del hotel, todo. Sonó su móvil mientras Malena conectaba el suyo para dárselo.

-Es imposible- miró a Malena- ¿estás seguro de eso?
-…
-Bien, vale, vale, te entiendo.

Colgó el teléfono antes de dirigirse a Malena.

-Malena, ¿estás absolutamente segura de que hablaste con Gransson a las 12’30 del día 14?
-Sí
-Entonces, hablaste con un muerto.

lunes 27 de julio de 2009

19 de junio

Roberto había descolgado el teléfono, que acompañaba con el tono los murmullos de la pareja.

-¿Qué haces? –le había susurrado Malena a su novio cuando dejó el auricular sobre la mesilla.
-No quiero que nadie nos moleste este fin de semana.

Ella le besó, y se abrazó a él, tranquilizando su corazón al ritmo de su respiración hasta quedarse dormida. A las 3 de la mañana, Roberto la zarandeó suavemente. Hasta despertarla. Malena le miró, soñolienta y asustada.

-Tenemos que irnos
-¿Porqué? ¿ahora? ¿qué hora es?
-Sí, Malena, tenemos que irnos a ahora. Me ha llamado mi padre –mintió- me necesita en casa.

Malena salió de la cama hacia el baño, dispuesta a vestirse, mientras Roberto preparaba la maleta sin dejar de escuchar cada ruido en el pasillo. Desde el día anterior había sopesado la posibilidad de irse en mitad de la noche. Si alguien le seguía sería imposible que no lo viera. En cuanto llegarán a casa iría a la policía. Ya pensaría como explicar lo ocurrido. Temía que no le hicieran caso, aquello parecía haber nacido como una broma. Él mismo se había reído de los miedos de Malena, pero ahora estaba seguro de que algo raro estaba pasando. Se acercó a la puerta, escuchando tras ella mientras llegaba Malena. La cogió de la mano mientras andaban por el pasillo. Dejó la llave en la recepción. Había pagado la habitación previamente y no se preocupó de que no hubiera nadie. Sin duda el recepcionista estaría descansando. Se montaron el coche, sin mirar atrás, sin ver al hombre que se asomaba curioso a una ventana de la segunda planta.

Aceleró para salir del pueblo, conduciendo a gran velocidad. Malena le miraba sorprendida, nunca le había visto con esa actitud.

-Dime la verdad ¿Qué ha pasado?
-Estaba en el hotel.

Malena le miró fijamente. Con los ojos muy abiertos. Ahogó un grito mirando atrás. La carretera estaba vacía. No se veía ninguna luz tras ellos. Elevó las piernas abrazándolas sobre el asiento.

-No quiero volver a casa Rober.
-No vamos a casa.

Eso la tranquilizó hasta quedarse dormida. Roberto la llevó entre sus brazos hasta la cama nada más llegar a casa de sus padres. Eran las 6,25. A las 6,30 sonó el teléfono. Número oculto. Descolgó.

-Saluda a papá.

domingo 26 de julio de 2009

18 de junio

El móvil volvió a sonar a la misma hora de siempre. Roberto lo descolgó antes de que Malena se despertase. Se fue al baño antes de hablar por primera vez.

-Mira, no se quien eres, pero esto ya no tiene gracia. Si la tuvo en algún momento.
-….
-¿No vas a decir nada?
-…..
-¿A que coño estás jugando? Como te coja te mato, te lo juro.
-12.
-¿Como?
-Habitación 12.
-Hijo de puta

Apagó el teléfono antes de acercarse a la puerta y abrirla. No le hacia falta mirar el número para saber que esa era la habitación que ocupaban. Mirando por el pasillo comenzó a caminar camino de la recepción. Quien quiera que fuese sabía que estaban allí y eso significaba que debía haber preguntado el número de la habitación. Se detuvo. No quería dejar sola a Malena, que dormía placidamente desnuda bajo las sábanas. Pero aquel loco podía estar cerca. Volvió a la habitación. Tan sólo había doblado una esquina, pero se quedó petrificado al ver la pegatina de Seguros Ocaso en la puerta. La arranco sin pensar antes de entrar en la habitación. Malena seguía dormida. No la despertó, se sentó junto a la cama. Con la cabeza entre las manos. Mirándola.

-¿En que coño andas metida?

Malena se movió nerviosa en la cama. Llevaba dos días sin dormir y hoy era la primera vez que había logrado conciliar el sueño durante más de cuatro horas seguidas. Abrió los ojos, sonriendo a Roberto, antes de acercársele para darle un beso. No notó nada raro en su novio, que la cubrió con sus brazos, escondió la pegatina del Ocaso.

-He pensado en un cambio de planes. ¿Por qué no quedarnos en el hotel todo el fin de semana?
-¿Tienes ganas de jugar? –sonreía picara mientras abrazaba a Roberto con sus piernas y sus brazos, mientras le besaba en el cuello y jugaba con su pelo.
-Si, eso es- dijo mirando a la pared del fondo. Donde la cortina se movía al son del viento que entraba por la rendija de la ventana mal cerrada.

Malena se separó por un instante. Lo notó frío, distante. Pero no dijo nada. Le gustaba la idea de quedarse abrazada a Roberto todo el fin de semana. Entre sus brazos se sentía segura, feliz. Se olvidaba de Grasson y su macabra broma. Porque todo aquello debía ser una broma. Había descubierto sus apellidos, pero tal vez se lo diese alguna de sus compañeras pensando que le hacia un favor. Tal vez.

El teléfono de la habitación comenzó a sonar. Roberto no le dejó cogerlo. La besó.
Siguió sonando…

sábado 25 de julio de 2009

17 de junio

Esperó durnte la cálida tarde con ansiedad. La segunda llamada al Sr. Gransson le había aturdido. No entendía como había conseguido saber sus apellidos y si en algún momento albergo la esperanza de que se tratase de una broma, ya había comprendido que no. El teléfono había vuelto a sonar aquella mañana, por tercer día, a la misma hora. Y por tercer día lo dejó sonar. Deseaba encontrar a Marga en el autobús, poder preguntarle si conocía a Gransson. Algo le decía que si, pero su amiga tampoco había ido hoy al trabajo. Y eso le extrañaba. Pero no conocía donde vivía ni podía ponerse en contacto con ella, tan solo le quedaba esperar a que el lunes Marga volviese al trabajo. Se sobresaltó al escuchar el timbre. Estaba esperando a Roberto. Después de contarle lo ocurrido habían decidido pasar el fin de semana juntos, lejos de la ciudad.

Se acercó cautelosa a la puerta. Roberto tenía llaves y pocas veces llamaba al timbre para entrar en la casa. Destapó la mirilla, sin saber muy bien que esperaba encontrar al otro lado de la puerta. La clara sonrisa del joven le tranquilizó. Le pasaba cada vez que se sentía preocupada o, como era el caso, asustada. Hasta ese mismo instante no se había dado cuenta del miedo que aquel señor Gransson le provocaba. Abrazo y besó a Roberto sin dejarle entrar en la casa. Tenía la maleta preparada para irse. Habían reservado un fin de semana en un pequeño hotel en la sierra. No había querido ni saber el nombre, para que ninguna compañera pudiese sonsacárselo.

No fue hasta después de una hora de coche cuando se dio cuenta de que algo iba mal. Roberto estaba más callado que de costumbre, y eso que no era muy hablador. Y cada cierto tiempo miraba por el espejo retrovisor. Malena no se atrevía a preguntarle. Se inclinó a un lado, mirando distraídamente a la carretera. Los faros de un coche los seguían a cierta distancia.

-Rober, ¿nos están siguiendo, verdad?
-Eso creo.
-No puedes deshacerte de el.

Las palabras surgieron de su garganta como una suplica ahogada mientras Roberto aceleraba. El coche acelero tras ellos. Las luces de una gasolinera iluminaron el cielo a unos cientos de metros. Roberto no lo pensó dos veces, giro el volante hasta detenerse ante la puerta del edificio de servicios. Las luces del segundo coche fueron acercándose, hasta detenerse en uno de los surtidores. Roberto mantenía sus manos en el volante, fuertemente agarrado.

-Buenas noches

El conductor del segundo coche se acercó a la ventanilla para repostar. Tenía el pelo canoso y unos sesenta años. Su esposa esperaba en el coche, mostrando una franca sonrisa mientras el hombre terminaba de repostar antes de alejarse de la gasolinera, ante la risa nerviosa de Roberto. Volvieron a la carretera, conduciendo tranquilo la media hora que les quedaba de camino. Malena abrazaba a Roberto, sintiéndose segura a su lado, cuando entraron en el hotelito.

El motor de un coche se apagó a veinte metros de la puerta del hotel.

viernes 24 de julio de 2009

16 de junio

Habían vuelto a llamar aquella mañana, pero Malena lo había dejado sonar sin cogerlo. No tenía ganas de más bromas de las compañeras. Y se alegraba de haberlo hecho. Desde que llegó al trabajo aquella mañana los murmullos habían ido creciendo. Se sentía incomoda, notaba las miradas clavándose en su nuca. Realizaba una llamada tras otra. De forma mecánica, como siempre, esperando que alguien mostrase cierto interés por lo que decía. No escuchó la voz de su jefe llamándole por los altavoces hasta que Manoli, su compañera, le advirtió. Caminó despacio hacia el despacho del fondo de la sala. Por los estores medio echados pudo ver el rostro de Miguel, su jefe. Parecía enfadado y le seguía con la mirada mientras atravesaba los pasillos hasta la puerta.

-¿Quién es el tal Gransson?
-Un posible cliente- la pregunta le cogió por sorpresa
-¿Y porqué no aparece en los ficheros?
-Bueno, aún no...
-Llama a diario preguntando por ti. No quiere que nadie más le atienda.
-Yo no he hecho nada, te lo prometo Miguel.
-Ese es el problema Malena, que hoy tampoco has hecho nada.
-Quiero decir, que no he hecho nada con el Sr. Gransson...
-Pues debes hacerlo. Lleva tres días llamando. Ya es hora de que cierres el contrato. Ahora vete y hazlo.

Se sentó ante el ordenador. Sabía que Miguel tenía razón y debía cerrar el contrato. Llamó a Gransson.

-Sr. Gransson, soy Malena, de Seguros Ocaso.
-Ya pensé que no llamarías nunca.
-Después de la primera llamada no creí que querría hacerse el seguro.
-Sí, quiero hacer un seguro de vida.
-Bien. Debe darme algunos datos, cuando quiera empezamos. ¿Quien será el beneficiario del seguro en caso de fallecimiento del titular?
-Hernández Mairquez
-¿Perdón? Puede repetirme los datos
-Hernández Mairquez.

No tecleó el nombre en el ordenador. Se mantuvo en silencio. Intentando comprender lo que estaba escuchando desde el otro lado del teléfono. Pensó que era una locura, que se trataba simplemente de una casualidad.

-¿Podría darme el nombre de pila del beneficiario?
-Malena
-¡ESO NO PUEDE SER!-gritó ante la sorpresa de sus compañeras
-Si, Malena, tu serás la beneficiaria de mi vida.
-Está usted loco.....

jueves 23 de julio de 2009

15 de junio

El despertador sonó como cada mañana. A las 6.30. No sabía porque lo ponía. Lo hacía de forma mecánica cada noche. Pero antes de que sonase ya estaba dispuesta a apagarlo. Siempre se despertaba cinco minutos antes y se quedaba tendida en la cama, sintiendo el tacto de las sábanas sobre su piel. Ese era uno de los momentos que más le gustaban del día. Cuando Roberto estaba con ella, se volvía hacía él y lo abrazaba. Cuando estaba sola, simplemente miraba el techo mientras comenzaba a despertarse. Sonó el teléfono. "I'm Glad” de Jennifer López. Se sobresaltó al escuchar la melodía del móvil. Estiró el brazo hasta alcanzar el Nokia 7373. La pantalla marcaba número oculto. Lo cogió.

-Sí.
-¿Desea un seguro de vida?
-¡Vaya!, Hoy os ha dado por gastar bromitas desde temprano.
- ....
-Joder, son ganas de fastidiar. Estaba terminando de levantarme y me voy para el curro.
-...
-¿oye?
-....

Habían colgado. Lanzó el teléfono sobre la cama, mientras se dirigía al baño para arreglarse. Volvió a sonar. Lo dejó. Cuando terminó de desayunar miró la pantalla. “Número oculto”. No era la primera vez que las chicas de la oficina le gastaban una broma parecida. Sonrió camino de la parada de autobús. Saludo a la Marga, una joven chilena que trabajaba en una inmobiliaria. Solían sentarse juntas. Al principio por casualidad. Ahora habían logrado algo parecido a una amistad. Le comentó la broma de la mañana y, casi sin querer, hablo del señor Gransson y su extraña reacción.

-¿Y hoy recibes esa broma? Tus compañeras son un poco macabras.- dijo Marga. Su mirada mostró miedo por un segundo.
-¡No! Es normal que la gente reaccione de forma rara ante nuestras llamadas. Hace un año me dijeron que estaban velando al posible cliente. ¡Hasta se echó a llorar por teléfono!
-Tal vez fuese verdad...
-No, mujer, como va a ser verdad. ¿Quién cogería el teléfono en el velatorio de su padre?
-No claro, pese a todo.... ten cuidado, vale.

Malena la miró riéndose mientras se levantaba para bajarse. Se quedó pensando en lo que le había dicho. En los dos años que llevaban sentándose juntas había descubierto que Marga era muy supersticiosa, pero era la primera vez que le pedía que se cuidase. Al llegar a su puesto pensó en la mirada de miedo que había puesto al escuchar hablar de Gransson, como si reconociera aquel nombre. Un post amarillo destacaba sobre la pantalla plana del ordenador.


“Ha llamado un tal señor Gransson, ha preguntado por la señorita Malena, la del nombre de tango, sólo quería hablar contigo. Dice que sabes quien es ¿te ha salido un admirador?”

Malena cogió el papel entre sus dedos, antes de sentarse y encender el ordenador. Comenzó a llamar a los posibles clientes. No llamó a Gransson.

miércoles 22 de julio de 2009

Teleoperadora

Cada mañana seguía la misma rutina. Levantarse, lavarse la cara, vestirse, desayunar e irse a la oficina. Así llevaba ya tres años. Acudiendo cada día a su monotono trabajo de teleoperadora del Ocaso. Arrepintiendose a cada paso dado hasta la parada de autobús por haber dejado los estudios en 2º de BUP. Saludando a las mismas personas que, con rostro apesadumbrado, esperaban en la parada de la línea 15. Y sabiendo que, en el fondo, tenía suerte de haber encontrado aquel trabajo de mierda que la mantenía sentada frente a un ordenador desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Escuchando insultos y sientiendo los malos gestos que, sin duda, provocaban sus llamadas. De vez en cuando tenía una buena contestación. Pero había llegado a la conclusión de que eran mujeres mayores que, normalmente, se sentían solas y a las que su voz através del teléfono les servía de alivio en su soledad.

Pero aquel día, con una sola llamada. Toda su vida se transformó. La realizó a las 12’33. Y después de tres timbres descolgaron el teléfono.

-Buenos días, ¿señor Gransson? soy la señorita Malena, le llamaba de Seguros Ocaso, por si estaba interesado en un seguro de vida.
-¿Malena? ¿cómo el tango?
-Eh… sí, supongo.
-Me gustaban los tangos.
-Ya, pero yo le llamaba por si quería un seguro de vida. Nunca se sabe lo que puede pasar en esta vida. Menos la fecha en la que vamos a morir.
-No
-Bueno, pero deje que le dé las condiciones, tal vez le interese -dijo mientras jugaba con el bolí en el borde de la taza de café.
-No creo que me interese. Pero le decía, Malena, que no es cierta esa suposición.
-No le entiendo.
-Claro que se puede saber que día, y hasta que hora, puede llegarnos la muerte.
-Pues más a mi favor, señor Gransson, para hacerse un seguro de vida. No querrá dejar a sus hijos mal situados.
-Mis hijos ya están enterrados.
-¡Oh!, perdone, yo no…
-No se preocupe. Los enterré yo mismo. Y lo mismo pienso hacer con usted… Malena. Morirá dentro de un mes. A esta misma hora.

Colgó. Eran las 12,36 del 14 de junio


Como la próxima semana me voy de viaje, y ando preparando cosas, os dejo un relatillo que escribí hace un tiempo. Espero que os guste y casi hasta la vuelta.

martes 21 de julio de 2009

Indurain de la Caleta

El Hetero llegó a la fiesta tarde de fin de año. Normalmente era puntual, pero aquel día no pudo llegar a su hora porque había vuelto a pelearse con María. Pese a todo, había acudido a su casa, se había arreglado y llegaba perfectamente vestido, con el pelo liso y rubio resplandeciendo bajo la luz de la lámpara. Sabiéndose el centro de la fiesta. En la casa estábamos ya todos y algunos más. Juanca fue presentándole a alguno de los nuevos, sonriendo cuando llegaba el momento de alguna chica. Y más parco en palabras cuando se trataba de los chicos.

Pero el Hetero no tenía problemas y hablaba igual con los chicos que con las chicas. Y en esas estaba, hablando con el primo de Manolo:

-Oye, ¿yo no te he visto a ti en bici?..
-No creo
- Sí, sí, subiendo la Cuesta de las Calesas como si fueras el Indurain de la Caleta.
-Que no, chaval, que no puede ser.
-¡Joe! si te ví ayer.
-¡Que no, coño!

Dijo mostrándole la lesión que tenía en la pierna y que le impedía doblarla. El Hetero, avergonzado, se alejo del primo de Manolo, para venir a decirme que había metido la pata con el pobre chico. Cogió un vaso de cerveza y se dispuso a llevárselo, “para resarcirme, ¿sabes?”

Siguió hablando con él, intentando concentrarse en la conversación, mientras una chica, amiga de María, comenzaba a saludarlos desde lejos. Con la mano. Sonriente. Faltándole soltar un “yuju” que dejase a las claras que estaba saludando. El Hetero la saludó varias veces, hasta que comenzó a cansarse.

-Joder, que pesada la niña esa. A ver cuando se entera que no quiero nada con ella. Que además de fea es un coñazo.
-Y mi novia....

Creo que esa fue la primera vez que escuché a alguien hablar mal del Hetero. Pero, si les soy sincero, y sin ser el primo de Manolo, yo también habría hablado mal. Pero como no soy el primo de Manolo y sí el amigo del Hetero no puedo más que reconocerles, que aún hoy, sigo riéndome de aquello.

domingo 19 de julio de 2009

Y otra vez...

El otro día nos levantamos con la noticia de la violación de una niña en Baena por menores. Hoy se repite el caso en Isla Cristina. Parece como los casos se repitieran para recordarnos que no debemos cerrar los ojos ante lo que ocurre. Si es que alguien puede cerrar los ojos ante una violanción, más aún cuando se trata de niñas.

Pero, me temo, debemos ver algo más allá. Si el otro día vieron a las madres de los niños, presuntos violadores, negar la participación de sus hijos en el acto, ahora no tengo que ver la familia de los nuevos presuntos violadores. Realmente no tengo que mirar a ninguna familia, sino fijarme en lo que ocurre en nuestra sociedad andaluza. La falta de educación y cultura que acucía a nuestra sociedad, motivado en parte por una política que busca la incultura más que la cultura. La cultura con mayúsculas, la que hace que las personas sepán diferenciar entre el bien y el mal. La que hace que una niña de 13 años se comporte como una niña de 13 años y no pueda ser chantajeada con mostrar un vídeo de sus relaciones sexuales.

Debemos mirar a nuestra sociedad, y ver a dónde nos lleva. A dónde nos lleva una política que le dice a los críos que deben ser felices, sin mirar cómo. Sin importar como llegar a conseguirlo. Una sociedad que ha convertido a la infancia en adolescencia y que ha matado la adolescencia. Una sociedad donde los niños ya no son niños. Y los que antes jugaban a los médicos para sacar un tierno beso en la mejilla, ahora juegan a polis y ladrón, para no ser detenidos por la violación de niñas con las que ya se han acostado.

Si ésta es la sociedad que nos queda. Paren. Yo me bajo.

La grua

Cuantas veces no me habré quejado de que la Policía Local no funciona bien. Un coche mal aparcado puede pasarse horas, e incluso días, sin ser retirado. Por eso, cuando la cosas funciona, uno debe congratularse. Eso paso el sábado en Conil. Sobre las 3 de la mañana. El coche encerrado entre otros dos. Uno, aparcado en la acera. En paralelo al encerrado. El otro en mitad de la calle, cortando el paso. Llamada a la policía local. En 25 minutos llega la grúa. Reconoce los coches antes de llevárselos. Sólo será necesario mover uno. Bueno, al menos no le caerá la multa a los dos. Lo retira y se lo lleva.

“El primero que nos llevamos en todo el fin de semana. Sabemos que es muy difícil aparcar en el pueblo con tanta gente, así que hacemos la vista gorda”.


Perfecto. La policía se porta hasta bien. Lastima que el coche que se llevaron fuese el mío, que no molestaba. Y dejasen allí el otro, aparcado en mitad de la calle, cortando el tráfico e impidiendo la salida de los garajes. Lastima que se llevaran el mío y que dejasen, precisamente, el otro que es de alguien de Conil.

Y es que, también, hay un toque de mala suerte. Llevo años yendo a Conil, aprovechando los coches de otros porque o no tenía carnet o no tenía coche. Pero ayer lo llevé yo, por primera vez en mucho tiempo y lo aparqué donde siempre aparcamos los coches. Mala suerte, me temo, y un poco de maldad endogamica por parte del "señor de la grúa".

sábado 18 de julio de 2009

Camaron que no nada....


Nos metiamos en el agua. Como tantas otras veces. Entre las olas. Mejor durante la marea de Santiago, cuando la altura y la fuerza de la corriente era considerable. Pero nosotros, hartos de la arena y los surferos, no metiamos en el agua. Sabiendo como sabíamos que entrar nos suponía enfrentarnos a olas y quillas. Pero ¿quién se resiste a lanzarse a pecho descubierto sobre la espuma del mar? Nosotros no. No podiamos y nos metiamos en el agua.


Las olas nos arrastraban a la orilla una y otra vez. Cabezas que salían de la blanca espuma de las olas, cabalgando sobre el pecho hasta la orilla. Más de una vez, nuestras barrigas rozaron sobre la arena, llenándose de pequeños puntos de sangre. Pero no importaba. Una y otra vez, volvíamos al agua. Por una nueva ola. Por llegar los primeros a la orilla. Por ser los que más lejos llegaran.


Hoy hemos vuelto al agua, como tantas veces. Pero ya no es lo mismo. La corriente me arrastra cada vez que levantó un pie del suelo. Intento volver a dentro, pero no puedo. La corriente me empuja a la derecha. El agua me arrastra, como una boya. Por mucho que nade, nada. No hay manera.

Y es que ya se sabe: camarón que no nada, se lo lleva la corriente... y en mi caso, “boya que no se ata....” ¡y que de agujetas!. Nos hacemos viejos. Muy viejos.

viernes 17 de julio de 2009

Silencios

El silencio retumba en mis oídos. Un sonido sordo, incomodo. Me levanto del suelo donde me encuentro caído. No recuerdo lo ocurrido. Un gran ruido, ensordecedor, es lo último que mi mente guarda. Tambores de guerra repican en mi pecho. Me levanto. Vuelvo a caer. Noto el calido reguero de sangre que me recorre el rostro. No veo a nadie. No hay nadie. Camino hasta la puerta. Renqueante. La calle se abre a mis ojos. Cegados por la blancura del cielo. El sol penetra entre la niebla. Humo, es humo. Temo salir a la calle. No se escucha nada. Sigue sin haber nadie. Doy un paso atrás, hacia la casa que me ha dado refugio y el brillo de unos ojos atrae mi mirada. Brillo opaco. Ojos muertos que me empujan desesperado a la calle. Camino desorientado entre restos calcinados. Un coche arde aún mientras otros humean a su lado. Crujen huesos calcinados bajo mi peso. Vomito y mi vómito cae junto a excrementos humanos. Perros rastreros agonizan junto a los cuerpos calcinados de sus dueños. La muerte apesta la calle. Corro. Corro como alma que lleva el diablo. Como la única alma que lleva el diablo. El humo entra en mis pulmones. Toso muerte. Respiro muerte. Muerte. La veo venir. Corre desde el final de la calle. Alas negras entre el humo. El sol se refleja en sus plumas. Un brillo de vida entre el reguero de la muerte. Huyo. Escapo por una calle lateral mientras los ojos se me anegan en lágrimas. Lágrimas por los muertos. Lágrimas por el vivo. Lágrimas provocadas por el humo. Lágrimas que humedecen la sangre reseca que se pega en mi cuello. Caigo de rodillas. Apoyo mis manos sobre el sucio suelo. Araño la calle intentando arrancar en el suelo la respuesta. El cielo se muestra rojizo. Plomizo. Escucho. Gritos ahogados pidiendo morir. Yo también lo deseo.

Levanto la mirada al cielo y grito. Grito porque el mundo ha muerto. La sociedad se ha autodestruido. Y yo estoy aquí. Testigo sordo. Testigo mudo. Testigo de la muerte de la realidad. Leo un viejo periódico. Tiene fecha de hoy. Habla de la violación de una niña por niños. Miro al cielo preguntando para qué, porqué, qué.... La vida pierde su sentido mientras vuelvo a caer. El cielo se apaga y los gritos de los niños se convierten en llantos de chiquillas.

jueves 16 de julio de 2009

Noches de Baelo

Acudir a ver un espectáculo músical en un teatro no tiene nada de especial. Hacerlo en un lugar como Baelo Claudio se convierte en mágico. Sentado en las piedras del milenario teatro romano, uno se siente como Cayo, o Julius, o Antoninus, o cualquier otro patricio o no que acudiese a ver las representaciones de la comedia griega en aquel mismo lugar. Con los ojos puestos en los seis componentes del “Andalusian Brass Sextet” pero la mirada perdida en las brillantes luces que te saludan desde el otro lado del Atlántico. África se enciende lentamente, mientras el sol se oculta al oeste y las notas de la orquesta de viento comienzan a sonar.

La oscuridad cae sobre el viejo teatro, y el cielo estrellado y sin luna se funde con Marruecos y el mar para dar paso a un momento cargado de magia e historia. La histora de que quienes elegieron aquella ensenada para crear la ciudad romana. La magia de ver como las viejas piedras del teatro cobran vida y vuelven a escucharse los aplausos de los Antonio, Julios, Juanes…

miércoles 15 de julio de 2009

Ubi Sunt? nº 24


Una vez más tenemos el placer de encontrar en las librerías gaditanas y no gaditanas, la revista Ubi Sunt? de la asociación cultural homónima Ubi Sunt? Esta vez es la número 24 y su dossier está dedicado a las roles de mujer en la edad contemporánea, en ella no sólo encontrareis un artículo mío (si queda un poco egocéntrico) sino magníficos artículos dedicados a la mujer como trabajadora, cuidadora, villana, etc. También encontramos la sesión de miscelánea, las bibliografías comentadas, una entrevista, la ludoteca y el relato. Por último quería mencionar a los que me leen y asisten a la universidad de Cádiz, que dicha asociación hará un congreso en el mes de Octubre dedicado a los Héroes y villanos en la historia, de cualquier manera lo volveré a recordar más tarde.

(absolutamente basado - yo, como buen historiador no plagio, homenajeo- del blog
Curiosidades Históricas, de mi amiga y compañera en esto de la Historia Alejandra, que seguro me perdona el copy/paste)

Yo ví uno

He visto uno. Lo prometo. Tuve que frotarme varios veces los ojos para asegurarme que era cierto. Pero sí. Estaba allí. Escondido entre dos cabinas de teléfono de esas modernas. Era bajito y rechoncho. Amarillo. Claro. Y vi otro a su lado. Verde. No me lo podía creer. Y menos aún cuando un chico se acercó y metió algo por su boca. ¡Imposible! ¿En los tiempos que corren?.


Pero sí, aun quedan algunos…





martes 14 de julio de 2009

Sueños

Sentado en el borde del acantilado, sobre el mojón que delimita la línea de costas, miraba el mar, y la vieja roca en forma de trono en la que me sentaba de chico para ver como las olas partían bajo mis pies. Hoy no llego a esa roca. Me conformo con verla de lejos. Recordando sueños infantiles de grandeza eterna. Sueños rotos. Como esos juguetes con los que siempre estaba. Me viene a la cabeza el viejo barco pirata de los playmobils, con el que tantas veces jugué en el porche de mi casa. Figuras de plástico que se repartían por toda la casa, junto a construcciones hechas de libros que formaban ciudades completas. Otros sueños de grandeza. En aquella época aún soñaba con montar un hotel. Otro sueño infantil. Con estudiar empresariales y dirigir mi propio restaurante. Sueños que jamás llevaré a cabo, porque ahora sé que los sueños infantiles jamás se cumplen.

Sentando en el borde del acantilado, mirando el mar y la roca con forma de trono, me doy cuenta de la grandeza absurda de los sueños. En ellos todos somos más de lo que somos. Nadie sueña con ser peor o menos de lo que es. Y si lo hace se levanta hablando de la pesadilla de esa noche. La noche nos evade de la realidad en la que vivimos. Algunos prefieren vivir en ella, embargando su cordura con la ebriedad del alcohol. Alcohol que mata los sueños. Que convierte a los niños en hombres. En malos hombres. Hombres que, como los niños, acaban diciendo la verdad. Y la verdad es triste, porque nadie está contento en ella. La verdad nos saca de golpe de nuestros sueños. Los rompe en mil pedazos, como el corazón roto del enamorado que despierta a la indiferencia.

Indiferente me levanto para marcharme a casa. A mi realidad. Alejada de sueños y llena de futuro y presente. Esperando que los sueños no se tornen pesadillas. Pero sabiendo que no los necesito para evadirme. Sabiendo que no necesito evadirme.

lunes 13 de julio de 2009

En pocas palabras

Cuando al cruzar la mirada con el otro sólo encuentres indiferencia sabrás que ha llegado el final

sábado 11 de julio de 2009

Evasión o docencia

Aun recuerdo aquellas tardes en la Bomba, cuando el curso iba llegando a su final y el tiempo era demasiado bueno para estar en clase. En aquella época pocos éramos los que faltábamos a clase, tal vez pensando que la Historia tenía salida y que los profesores debían ser respetados. Pero, saben, cuando uno estudia en una ciudad como Cádiz, al final siempre sobran motivos para no ir a clases.

Así que durante casi un año, cada cierto tiempo, el grupo de alumnos asiduos a clases –y no al bar- realizábamos una huída conjunta. Pero organizada. Como si del capitan John Colby (Michael Caine) en Evasión o victoria se tratase, Sergio y yo preparábamos la fuga. Mientras nuestros compañeros se escondían por el edificio, nosotros, con nuestras caras de niños buenos, responsables y estudiosos abordábamos a Morgado o Marchena con frases simples, sencillas de recordad y que nos permitiesen mirarles a la cara sin que se notase la mentira.

Con Marchena no importaba tanto. Si había partido o se acercaban los carnavales era él quién daba excusas para no venir. Es lo malo –y lo bueno- de vivir en una ciudad dominada por las antiguas Fiestas Populares, que hasta un profesor universitario puede salir en un coro o, como era el caso, escribir las letras de algún que otro primer premio del Concurso del Falla.

De todas formas, y tal vez porque aún andábamos por segundo, no nos importaba perder sus clases, preferíamos que la estrategia saliera bien, antes que ver como nuestros compañeros comenzaban a aparecer, como ratas abandonando un barco, desde cualquier rincón oscuro, escalera o aula vacía cuando nuestros queridos docentes negaban la mayor con un “yo he venido”.

A lo que nosotros respondíamos, entre risas, con un “me temo que nosotros también” mientras en mi mente se repetía la misma premisa: Estudiar es una obligación, fumarse las clases mucho más que una esperanza.

viernes 10 de julio de 2009

Jóvenes seniles

Sonó el teléfono y, al tercer timbrazo, no pudé más que cogerlo.

-No te lo vas a creer, killo, ayer me calcé a una tía espectacular… -Me desperté del susto. No podía ser. ¿De verdad había ocurrido? ¡Había vuelto a mi mundo! –Sin viagra ni nada.
-¿Cuándo tu, Percutor, has necesitado viagra?... –bufé con una risa nerviosa mientras buscaba el reloj despertador.
-Desde hace diez años por lo menos.
-¡Oh, no! Eso siginifica que sigo siendo viejo.
-Un día más que ayer… pero tranquilo. En la vejez también caen maduritas. No veas como estaba la guiri…

No escuché nada más, me levante apesadumbrado camino del sofá, prevía parada en el baño obligado por la prostata. Me sentía como cuando necesitaba el regimen, todo el día meandome. En la cocina Irene había comenzado a preparar el desayuno, con Natalia a su lado sacando algunas fotos y Bea hablando de los niños. Antonio estaba ya sentado en la mesa, tomando su café y sus pastillas para la artrosis. No había llegado a la mesa cuando el teléfono volvió a sonar. Y lo volví a coger.

-¡Fornelillo! Dile al Triste que vamos a queda a cenar en casa del Nutria, el Choco también viene, y por supuesto el Percutor. Vamos a montar una fiesta de las antiguas. Lastima que el Dani ya no esté entre nosotros para cantarnos algo…
-No creo que el piense lo mismo, Mamona- dije mientras me reía por lo bajo. Pese a los años, cada uno seguía siendo quién era: Antonio, Sergio, Alex, Juanma y por supuesto Marcos. Y pese a los años seguía viendo con naturalidad emplear aquellos motes absurdos, propios de adolescentes y no de post-adolescentes seniles como éramos nosotros.
-¿Qué no piensa lo mismo?
-Pues supongo que no. Si yo estuviera en Hollywood rodando un músical tras otro no creo que os echara de menos.
-¡Va!, tu siempre has sido un cabrón, pero Dani no. Estoy seguro que nos echa de menos.
-Claro como JuanCa… también nos echa de menos. ¡No te jode!
-Ves como eres un hijo de puta….

Uff…. ¿Cómo se me pudo olvidar algo así? Juanca había muerto cinco años atrás, mientras estudiaba el cocodrilo de agua salada del Archipielago Navidad. Un descubrimiento único que le dio la fama de biologo que buscaba. Pero que acabó con su cuerpo en un ataud de piel de Ubrique. Siempre fue raro, hasta la muerte.

jueves 9 de julio de 2009

Banderas del olvido

No tengo muchos recuerdos de aquel momento. Y si alguien no me lo hubiera recordado hace unos días creo que seguiría relegado al baul de los recuerdos perecederos. Pero ahora, al pensarlo, creo que sí. Creo que ocurrió. Aunque no sé cuando. Debió ser por el año 1997, estando en segundo de carrera y en la Bomba. En uno de los balcones que dan al Paseo Carlos III. En aquellos santos lugares desde los que gritabamos con brío aquella frase monocorde lanzada por el profesor Guzmán: ¡Callaos hijos de puta! Dirigida a la banda de música que en aquellos años ensayaba bajo las ventanas de nuestro aulario.

Pero no era aquel el grito que me fue recordado -no se puede recordar lo no olvidado-, sino la “bajada” de bandera de mi amigo Lacueva. Aunque puedo jurar que yo no canté el himno de Pemán, ni mucho menos el de Riego. Lo cierto es que aquellos que estuvieron presente lo cuentan con sorna. Uno de los grandes momentos de la carrera. Allí los dos. Uno junto al otro. Él junto a la bandera de España. Yo junto a la andaluza. Y, sin saber muy bien porque, los dos, poco a poco, bajando la bandera en homenaje antipatriotico. ¡Nosotros! Españoles que somos de bandera en el polo y el cinturón.

Y allí estabamos, o se supone, dejando caer las banderas al suelo. Mirandolas, imagino, volar lentamente hasta la acera. Cual suicida con paracaidas. Mientras los demás, también supongo, reían ante la supuesta gracia que hiciesemos nosotros.

No sé si fue verdad ya que tengo lagunas de mi época universitaria. Tal vez lo fuese. Tal vez no. Pero lo cierto es que hay quiene lo recuerda Y como historiador que soy se que la verdad no reside en la realidad, sino en ser recordada como tal.

miércoles 8 de julio de 2009

Ella

Está al fondo de la sala. Silenciosa. Blanquecina. Curvas sinuosas que se vuelven angulosas mientras me acerco a ella. Noto la frialdad en mi mano al cogerla. El aire arremolina mi ropa mientras se mueve lentamente. Deja un camino abierto. Un lugar en el que adentrarse y huir. Silenciosamente vuelvo a rozarla mientras paso junto a ella. Rugosa piel laminada, templada. Me vuelvo. La miro una vez más. Sólo una. Sabiendo que tras ella todo cambia.

Y me alejo pausadamente de aquella puerta que se cierra cautelosa.

martes 7 de julio de 2009

Adopción de libro

Soy raro, lo sé, pero creo que un libro tiene que tener dueño. Su lugar en una biblioteca. Pero un lugar destacado. Ningún libro debe ser un segundón, porque ser el segundón significa no ser leído. Lo malo es que a veces, cuando uno lee tanto como yo, se encuentra con que algún alma poco imaginativa te regala un libro de una colección de la que te ha oído hablar. Pero ¿si estás hablando de ese libro no será porque lo has leído?

Pero hay otra cuestión aún peor. Cuando tu librero de cabecera te manda el libro, y tu, que lo quieres ya y no dentro de una hora, te lo has comprado por tu cuenta. Así que hoy simplemente busco bibliófilo cariñoso para un libro: el tercero de Millenium

lunes 6 de julio de 2009

En pocas palabras

Sólo por el deseo de ser feliz se puede entender que el ser humano caíga en sus más bajos instintos. Sólo así, por esa busqueda de felicidad, el hombre renuncia a ser uno mismo, para vincularse al otro como unicamente el hombre sería capaz.

Y aún así, ese sentimiento sigue siendo lógico.

domingo 5 de julio de 2009

Tardes de piscina y postre

Hay cosas en esta vida que no cambian. Ni deberían hacerlo jamás. Y en el verano de la urbanización ese algo son las meriendas en casa de Irene. Tardes de piscina y bizcocho que se repiten año a año desde hace ya demasiados. Nos hacemos viejos, me temo. Porque ahora esas tardes son recordadas y esperadas, llorando a los ausentes como si de compañeros caídos en batalla se tratasen.

Ayer tuvimos una de esas tardes. Tardes en las que volvemos a ser niños durante un par de horas, tirados en el césped de la piscina o lanzándonos en bomba al agua. O viendo como Juanma lanzaba a su sobrino por el aire para regocijo de él y miedo de las chicas, con el reloj biológico haciendo tic tac. Horas de risas, recordando viejas torres humanas realizadas en aquella misma piscina que, como nosotros, ya no es igual. Que se ha limpiado la cara con los años, que quita escaleras como algunos aumentan arrugas o quilos.

Pero en tardes como la de ayer no se puede hablar del peso. Porque ningún verano sería lo mismo sin los pasteles y bizcochos de casa de Irene. Cierto que ayer no estábamos todos y que el recuerdo de Dani venía una y otra vez. Allí, sentados en la mesa y volviendo lentamente a nuestra realidad. A la del hoy y el mañana. A la de treintañeros trabajadores de todo ámbito que buscan lentamente su lugar en la sociedad en la que viven. Que sueñan con un futuro similar al presente. Donde los amigos sigan estando a nuestro lado, como esta tarde en casa de Irene. Como tantas otras tardes en casa de Irene. Recordando tantos años de amistad pasada y sabiendo que, al menos nosotros, seguiremos juntos otros muchos años. Sin importar cuantas vueltas de la vida.

Al final, en las colas de renovación del DNI volveremos a vernos los mismos.

sábado 4 de julio de 2009

Hombre-perro

Los hombres enviados por Sha’ab no llegaron a su destino, impedidos por el fuego de virotes enemigos. Sobre el parapeto desde el que dispararon al asesino, un hombre alzó la voz:


-¡Vaya, vaya!, parece que el héroe no es tan valiente. ¿Pues no ha manado a un par de crí­os contra él? Sabed que cualquiera que intente acabar con él sufrirá la ira de Joshynk. Joshynk está sobre vuestras cabezas pues nos somos él. Y él acabara con vosotros como un borracho su cerveza

Una enorme figura se elevó sobre las barricadas, a su lado los hombres con ballesta que le cubrí­an los flancos no parecí­an más que niños, apenas llegándole a la cintura. El semi-gigante portaba un hacha de doble hoja y con ella señalaba a Sha’ab.

- Joshynk, ja, que nombre más ridículo, tanto como la misma abominación que lo lleva – fue la respuesta de Sha’ab- ¿Así que tu eres el gran adversario, el malo maloso, que se esconde tras barricadas y filas enteras de soldados? y para colmo tiene la osadía de burlarte de mi valentía. Lucha conmigo y veremos quien queda con vida.


Mientras avanzaba hacía su adversario, los pensamientos se agolpaban en su mente: Espero que estés preparado Joshynk, porque en cuanto pongas un pie en el suelo mis soldados te acribillaran con su proyectiles.

Joshynk pareció ofenderse ante las palabras de Sha’ab, y agitó el hacha sobre su cabeza antes de lanzarse al suelo. El semi-gigante aterrizó entre el sonido metálico de su armadura y el ruido de sus botas al chocar contra el empedrado de la plaza.

-Joshynk es nombre de rey. Joshynk es un gran rey, venido del otro lado del mundo, temido por todos. Joshynk, que es nos, es un rey justo querido por sus hombres que luchan con valor junto a él. Joshynk no manda niños a luchar, va él. Y se come a los enviados por sus enemigos.

>>Pero dime ¿quién eres tú que osas llamar malo maloso a Joshynk?. Arrodíllate ante nos, porque nos se sentará en el trono de Frikigard esta misma noche.


Continuó con su pesado caminar hacia el asesino, portando un enorme escudo, que le había sido dado por uno de sus hombres antes de saltar, en el que podía verse dibujado la cabeza sangrante de un dragón negro, sobre un fondo plata.

Los ladridos de un perro provocaron que el rey semi-gigante girará la cara un instante, para ver con sorpresa como Evincar surgía en el centro de la plaza tras el animal. Todos se quedaron observándose, preguntándose si aquella repentina aparición era real, pues aunque al ahora tabernero se le observaba cansado tras la carrera, su irrupción con el perro parecía sacada de un extraño y absurdo cuento que Joshynk había escuchado mil veces en su infancia. Parecía que la vieja tata volvía a hablarle al oído:

<Si este año no me das lo que me prometiste tú te convertirás en aquello que me quitaste. El rey se rió del hombrecillo, y mandó que lo ataran bajo su ventana y que lo tratarán como si fuese un perro. Pero una mañana se levantó, y cuando fue a llamar a sus criados, se dio cuenta de que de su boca solo salía un cuac. Al mirarse a un espejo, vio que era un pato, pero que era rojo, como la sangre. Al verlo, los criados lo echaron de la sala, pues temían que el rey se enfadase si lo veía. Un caballero joven, pensando gastar una broma al hombre/perro se lo echó en la jaula en la que habitaba, comiendo carne cruda y bebiendo agua estancada. Al verlo, el hombre dijo con voz clara: Me lo comeré y, con él, a vuestro rey. Y desde entonces nada se supo del monarca>>

Joshynk no sabía porque ahora le había venido el cuento a la cabeza, pero al verlo pensó que debía tener cuidado, no fuese que aquel que ahora entraba fuese como el hombre del pato.

-¡SIEMPRE ES MEJOR SER UN PERRO QUE UN PATO!- bramó.

viernes 3 de julio de 2009

Torres más altas han caído


Estábamos en la playa, pensando en lo divertidísimo que era el día de marras. Con el mar plano, sin una sola ola, ni siquiera al chocar la marea contra la piedra que habíamos tirado en la orilla con la vana esperanza de que alguien la golpease. La vista tampoco nos era agradecida aquella tarde, sentados bajo la torre de vigilancia, soñando con que las socorristas se parecieran a Pamela Anderson, pero encontrándoles mayor parecido con Marilyn Manson. Suspirando desganados porque las curvas más pronunciadas de la zona eran las mías. Aburridísimos como solo pueden estarlo cinco quinceañeros en una playa. Hasta que alguien tuvo la genial idea.

-Hagamos deportes de riesgo, de esos del “ing”.

Ya saben: trekking, footing, rafting, puenting...

-Yo primero.
-No, yo.
-Yo no...

Pero sí. Yo también, uno a uno, todos a una. Corríamos, nos lanzábamos, volvíamos a correr, nos volvíamos a lanzar... saltando desde lo alto de la torreta del socorrista, al grito de ¡TORRETING! y ras, al suelo. Y otra vez a subir. Saltando por encima del socorrista que ya había renunciado a subir la escalerita de mano que llevaba a lo alto mientras esperaba su turno en la zodiac.


Al final, nos aburrimos de saltar aquella tarde. Pero volvimos a la noche, y a la luz de las estrellas y el calor de unas buenas cervezas, el deporte de riesgo volvió a cobrar importancia. Nadie se partió nada, cierto, pero la diversión aumentó cuando nuestro torreting se convirtió en luning y es que, en la noche, todos los gatos no son pardos, y una torre puede convertise en luna para aumentar la alegría. O la paranoia...

jueves 2 de julio de 2009

De capa caída

Soy un dios de capa caída. Por más que lo intento no vuelo, y eso me obliga a usar algo tan mundano como el coche. Pero como en mi divinidad no notaba los cambios de temperatura, mi coche que no es mío porque no me hacia falta, no tiene aire. Acondicionado, se entiende. Pero, ay, que mi divinidad se ha ido de vacaciones, como media España y el calor afecta a mi cuerpo y mi alma, que suda como nunca antes sudó. Si D. Damián, el temible profesor de Gimnasia del Guadalete me viera, puede que hasta se enfadaría. ¡Sudo más ahora que corriendo el test de Cooper! Claro que, entonces, era dios, y ahora un ser humano mortal por venganza divina. No mía, de otro.


Al menos, eso sí, moverse en el Infierno Azul que conduzco tiene sus ventajas. Y ayer lo viví en primera mano. En la autovía de Chiclana, camino del trabajo mañanero en la casa del Dios cristiano, mi colega en los altares y jefe en lo laboral. Y, de pronto, todos parados. Despacito. Media hora para un recorrido de dos minutos. La ventana bajada, el cristal sucio. El sudor nublando mi vista y empañando mis gafas, esas que ocultan mi divina identidad, como la de Superman. Y, al final del camino, los hombres de verde. Un gran control de la Guardia Civil. Y cada coche, uno tras otros, siendo parado y registrado. Algo buscaban, sin duda. Y mi divino vehículo circuló hasta el lugar de marras, o de hechos. Entre un BMW todo terreno y un C4 negro -¿los hacen de otro color?-. Y allí nos paramos. Y el Guardia, que ya me había ordenado detenerme me miró a los ojos. Y luego al coche. Y luego otra vez a mi:


-¡Anda! tira, tira.- y casi susurrandole al compañero- si este pasara algo, al menos llevaría aire en el coche. Como lo paremos mucho, le da un sincope de calo’.


Y es que, en el fondo, sería el mejor narco de Cádiz.... ¿alguien busca chofer?. Que el trabajo anda muy mal, hasta para los dioses como yo

miércoles 1 de julio de 2009

Respuestas

Fijo la mirada airada en el suelo, y el asfalto me devuelve el resquebrajado reflejo de mi rostro. No me reconozco en el agua sucia que corre en busca de un escape de tierra. La veo fluir, como mi propia vida, en busca de un nuevo cauce, en busca de un camino que le aleje del hoy.


Fijo la mirada en el suelo, en el resquebrajado reflejo que el sucio charco me devuelve. Busco en su mirada turbia una respuesta. No la encuentro. Sé que está allí, pero también sé que no debiera buscarla en el suelo sucio que viene a mi encuentro. Elevo el rostro al mundo, pero allí tampoco hay respuesta.