
El teniente Juan González se echó las manos a la cabeza con solo escuchar el timbre del teléfono. Miró la luz roja del despertador sabiendo que algo había ocurrido. Aún no habían dado las cuatro. Rosario, su esposa, se despertó sobresaltada a su lado. Encendió la luz y observó como el teniente asentía con un simple “aja”. Su rostro le indicó que algo grave había ocurrido. Ya conocía esa mirada. Llevaban demasiado tiempo juntos. No le preguntó nada. Sabía que su marido, simplemente, se vestiría y se iría. Hacía mucho que había aprendido a no preguntarle nada. Juan la miró silencioso. En otra época se había enfadado alguna vez y, al final, había acabado pagandolo con sus hijos. Sobre todo con JJ. En noches como esa se daba cuenta de lo dura que había sido su vida, y de los malos momentos que habían pasado. Pero eso había terminado. Ahora su relación era diferente, y ella también. No sabía si mejores o peores pero, al menos, seguían juntos y ya no había tantas peleas entre ellos. La observó volverse a dormir antes de salir de la casa.
Esta vez no necesitó ir hasta El Puerto. Le habían dicho que acudiese a la plaza de la Catedral. Al lateral que iba hasta el callejón de los piratas. Cogió su coche. Un Seat Ibiza rojo. Después de comprarlo pensó que le iba mejor a su hijo, pero JJ no había querido deshacerse de aquel viejo cacharro azul suyo. Llegó con el coche hasta la plaza recordando cuando aún se podía aparcar entorno a la estatua de Silos Moreno. Ya estaban allí los Nacionales y los Locales.
Caminó hacia el cordón policial. En la escalinata, junto al Arco de la Rosa, vió a Navarro. No preguntó a nadie cuando cruzó la cinta blanca y azul. Sabía lo que se encontraría. No deseaba encontrarlo, pero sabía lo que se encontraría. Un policía local intentó detener su avance, pero una simple mirada sirvió para disuadirlo. Caminó hasta el lugar donde una sabana térmica cubría el menudo cuerpo sin vida. Un chaleco reflectante naranja le indicó que quién había descubierto el cadáver trabajaba en los servicios de limpieza. Luego hablaría con él. Por ahora dejaría a los compañeros que le entrevistaran, aunque sabía que el hombre no podría decirle nada.
Destapó el cuerpo de la chica. Parecía muy joven. Su rostro blanquecino y aniñado le llevó a pensar que estaba ante una cría. Tenía los ojos muy abiertos. De color marrón. Se agachó para observarla. El pequeño ratón colgaba entre sus pechos. La habían matado con el cordón extensible de aquel periférico. Miró alrededor, preguntándose dónde estaría el ordenador. En otras circunstancias podría haber aceptado que la hubiesen matado para robarle el ordenador. Incluso en Cádiz podría llegar a ocurrir. Pero las leves marcas en el rostro de la chica le recordaron el rostro de Naquira. El inicio de aquel macabro juego a contrareloj, donde el premio era la vida o la muerte de cualquier mujer en cualquier rincón.
Se acercó hasta el inspector Navarro. Después de tantos años en el cuerpo habían coincidido muchas veces y habían llegado a considerarse amigos. Dentro de lo que una profesión como la suya permitía. Era más un muto respeto y admiración que verdadera amistad. Sin embargo ambos hombres se entendían a la perfección. Las veces que habían coincidio habían formado un buen equipo. El inspector le tendió la lista, esa que el ya conocía y con la que había soñado muchas veces desde la primera vez que la tuvo en sus manos:
1º La ciclista
2º La suicida
3º La puta
4º La internauta
5º....
-¿Y el ordenador de la chica?
-Lo hemos encontrado al otro lado de la reja- Navarro señalaba la puerta que cortaba el callejón lateral que llevaba hasta una escondida puerta de la catedral -Y creo que deberías de verlo. De leerlo. Esa es la razón por la que te hemos llamado. Al principio pensamos que sería un imitador. No creiamos que esto de la lista fuese real. Sobre todo porque ¿dónde están las primeras?
-Estoy casi seguro de haber localizado a una de ellas. La Ciclista. Aunque algo no cuadra, no sé... sólo es una corazonada. Pero díme... ¿qué es eso que tengo que leer y que te ha hecho cambiar de opinión?
- Ese loco ha dejado un mensaje para ti.
El teniente siguió a Navarro hasta el bar Terraza. Habían ocupado el salón y habían montado un pequeño operativo. En cuanto se descubrió la nota y el mensaje Navarro supo que aquello atraería a la prensa. Eso le gustaba. Al contrario que el guardia civil, Navarro adoraba los medios. Pero aquel juego era demasiado difícil. Demasiado macabro. Y sabía que necesitaría al teniente para resolver aquello. González se acercó hasta el ordenador, miró la pantalla. Y se sentó. Con la cabeza entre las manos mientras sus ojos leían línea a línea aquella carta de despedida:
Papá, voy a morir. Cuando leas esto ya estaré muerta. Y no sé porqué. No he hecho nada malo. Desde que llegué a esta ciudad a estudiar me he portado bien. Te lo prometí cuando me vine de Erasmus. Siempre intenté ser mejor de lo que soy. Sólo para que tú te sintieras feliz. Pero ahora... creo que te he defraudado. Y voy a morir.
Ya ves teniente, la chica ha muerto. Y ¿lo merecía? Claro que no. Pero tu no has logrado dar conmigo. Sigue persiguiendo fantasmas en el Guadalete mientras yo escapo de tus manos. ¿Llegarás a saber quien soy? Lo dudo. Y puede que tu te mueras con la duda. Sabiéndote culpable de la muerte de esta chica. Aunque ¿eres tu el culpable? No. Sabes que no. Crees que soy yo. Pero yo tampoco lo soy. Estoy seguro que estás pensando que estoy loco. La respuesta también es no. Estoy demasiado cuerdo. Y Demasiado cerca de tí. Tanto que hoy te hago un regalo. Te dejo esta chica en Cádiz ¿vendrá Navarro?.
Pero volvamos a lo importante. ¿Aún no has encontrado a las otras chicas?. No sé para que pregunto. Sé que no lo has hecho. Lastima. Me hubiera gustado verlo en los periódicos. Tal vez hubieras detenido mis anisas de jugar. Pero no. Parece que me equivoque de contrincante. Estuviste cerca de la ciclista, pero te pasaste el faro. Así que no me queda más remedio que darte alguna pista. ¿Te gusta el ajedrez? Moveré ficha. Tan seguro estoy de que jamás me cogerás que te daré nombres:
1ª- La ciclista: María
2ª- La suicida: Elena.
3ª- La puta: ya la conocés.
4ª... ¿qué decirte de ella? Creo que se ha despedido de su papá
5ª ¿a quién le tocará?
Ahora te toca a ti. Yo ya he movido mis peones y me he comido tus fichas.
El teniente se recostó sobre el respaldo de la silla, que crujió bajo su peso. Navarro seguía a su lado. En silencio. No había mucho que decir.
-Esto es una puta locura, Juan. Ese tipo está desquiciado y quiere que le sigas en su juego.
-Pero tendré que hacerlo. Será la única forma de detenerlo. Pero no daremos información detallada a la prensa- guardó silencio- ¿Tienes un ordenador? Otro.
-Sí, claro.- Navarro ordenó que trajeran un portátil y observó al teniente mientras buscaba en google. Vio como el rostro de María Hernández aparecía en la pantalla, junto a una foto del faro de Conil. -¡No jodas!
-Habrá que avisar al juez para que saquen a su pareja de la cárcel. Por una vez parece que era inocente el acusado. Y que mi corazonada era cierta. Ahora nos toca buscar a esa tal Elena. Aunque ahora tenemos algo más. Este loco nos ha dado otro dato junto a los nombre: sabemos que la mató entre María Hernandez y Naquira. Eso acorta la busqueda. Y estoy seguro de que cree que jamás daremos con ella. Se equivoca. Y Elena será la llave.
Navarro le indicó con un gesto que los periodistas ya estaban allí. Tendrían que salir a hablar con los medios y, esta vez, él quedaría en segundo plano. Por una vez agradeció no ser el centro de atención de los flases. Observó como una triste mueca cruzó el rostro del teniente, que caminó pesadamente hacia los periodista. Si quiere jugar, jugaremos. Ya veremos si estás loco o no.
-El loco de la lista ha vuelto actuar. Parece que quiere jugar a un macabro juego conmigo. Y no voy aceptarlo. No seguiré sus reglas. Yo sigo las normas de la ley y la cordura, no dejaré que un chiflado me imponga nada. Estamos ante un loco. Sin duda. Tan loco que se cree con la capacidad de obligar a las Fuerzas de Seguridad del Estado a seguir sus designios. Está equivocado. Pronto daremos con él.
>> ¿Quieres jugar? -dijo mirando directamente a la cámara por primera vez- Lo haremos, pero no al ajedrez. Jugaremos al pilla-pilla. Y, al final, daré contigo.