martes 31 de marzo de 2009

Con permiso

A veces las cosas más simples resultan tremendamente llamativas. Una simple tubería puede cobrar vida a través del ojo sabio de quien sabe. A veces, una simple foto levanta sentimientos adormecidos, acallados por la simplicidad de la vida. Lo más simple se convierte en lo más complejo. El recubrimiento de una tubería se convierte en viejas ramas de un antiguo árbol. Una tubería es ya por sí una rama de vida sin vida. Una rama que conduce la savia de nuestras casas para traer la comodidad.

Y, sin razón aparente, esa tubería me recuerda a una persona. Sabia y savia de vida. Que, como esa tubería, también se convierte en vieja rama que sustenta otras vidas. La mía, la de mis hermanos, la mis sobrinos que son sus nietos. No sé porque, pero al ver la foto de mi amiga, el rostro de mi padre viene a mi mente. El sabio callado que, en silencio aparente, con simplicidad y honradez, ha convertido su vida en savia para la mía. En ramales de viejas tuberías que guían mi destino y mi camino.


Así que, con permiso de la autora, esta foto me la apropio, pues la simplicidad de las cosas, a veces, esconden los más complejos pensamientos.


(Foto: Natalia Vazquez)

lunes 30 de marzo de 2009

Jaime V en Tantallon

Cuando Jaime acudió la batalla de Solway Moss, nada parecía indicar que aquel enfrentamiento contra las tropas inglesas acabaría con su corta vida. Nacido en 1512 y con 30 años decidió ponerse al frente de sus tropas. Ni sus hombres ni sus generales aceptaron el mando del joven rey, y la descoordinación llevó a la derrota. En noviembre de 1542 terminaba la historia del quinto rey Jaime de Escocia. O eso indicaba su muerte.


Pero la naturaleza es caprichosa. Y la fotografía más. Y es precisamente esta última la que recupera el recuerdo y la imagen del joven y valiente rey. 467 años después Jaime ha decidido asomarse a la ventana y advertir al mundo de su presencia en el abandonado castillo de Tantallon.


Al menos, gracias a la instantánea, muchos conocerán al valeroso y guerrero rey escoces. Al menos, por una vez, un fantasma creado en una ventana de un viejo castillo, hará que algunos se preocupen por conocer algo de ese fantasma real que es la Historia.

domingo 29 de marzo de 2009

El viejo libro

El viejo libro estaba allí, donde siempre. Rodeado de otros libros más nuevos, más bonitos. Con sus brillantes portadas llenas de dibujos y fotos. El viejo libro no las tenía. Su ajada piel mostraba los signos del tiempo. Se había llenado de manchas, de arrugas, de arañazos. De polvo por el tiempo transcurrido. Hacía mucho que nadie lo abría. Pero hoy alguien había decidido abrirlo. Ojear sus paginas. Y el tiempo se detuvo. Contaba una historia como otras muchas. Ni mejor ni peor que las nuevas ediciones. Simplemente la misma. Pero en cada una de sus hojas se veían las marcas de la experiencia. De los sueños de otros. De la imaginación de sus lectores. Oscuras marcas de lágrimas derramadas sobre sus letras. Y aquí y allí se veían notas manuscritas. Ideas surgidas de otros lectores. De otros autores diferentes al original. El viejo libro se enriquecía con cada una de ellas. Y la historia narrada crecía en cada página. El viejo libro se hacía nuevo. Mejor.


Al final lo cerraron. Acariciaron su suave cubierta y lo dejaron donde siempre. Rodeado de otros libros más nuevos, más bonitos. Con sus brillantes portadas llenas de dibujos y fotos. El viejo libro no las tenía. Su ajada piel mostraba los signos del tiempo. Se había llenado de manchas, de arrugas, de arañazos. De polvo por el tiempo transcurrido. Esperando que pronto alguien volviera a abrirlo. Escribiera notas en sus margenes. Llorase con su historia. Sonriera pensando en él. Mientras los libros nuevos y bonitos dejaban los estantes vacíos, envejeciendo a cada segundo. Perdiéndose en la vida que el viejo libro tenía y tendría.

sábado 28 de marzo de 2009

El que todo lo ve

El demonio continuaba volando sobre la ciudad, observando cada rincón de la misma. Intentando descubrir donde su ataque haría más daño. En ocasiones descendía unos metros, para volver a subir nuevamente. Finalmente pareció detenerse en el aire, observando las murallas interiores de la vieja mansión Ankber. Su grito desgarró el cielo, mientras se abalanzaba sobre ella, pero su vuelo se vio interrumpido y el demonio giró hacia el sur, arrasando en su vuelo el tejado de varias casas hasta que, finalmente, se detuvo en el centro de una pequeña plazuela.


Actaeon seguía con su persecución, siguiéndolo muy de cerca. Observando cada uno de sus movimientos. Esperando el momento oportuno para atacar. Y, a pesar del peligro inminente y real del demonio, el licantropo seguía con la mente fija en el ataque a la ciudad. Sabía que Robbel se encontraba en las murallas. Pero aquellos enemigos estaban siendo manipulados, tanto por el miedo como por la magia de un poderoso ser,y estaban actuado por encima de sus posibles reales... ese había sido el motivo principal por el que no había querido matar a nadie en el primer enfrentamiento, pero no todos podían ver lo que él. El Garou debía confiar en la visión y el sano juicio de Robbel. Los hombres le respetarían y obedecería, pues era quien mayor rango militar tenía en la ciudad, sólo superado por el propio rey. Volvió a concentrarse exclusivamente en aquel ser de oscuridad. Dejando rastros de fuerte presencia de energía, con la intención de que el demonio le prestase verdadera atención. Y, parecía que lo estaba consiguiendo.


El demonio se había detenido en el centro de la pequeña plaza. Olisqueaba el aire, esperando al enemigo que debía llegar. Algunos hombres salieron de la mansión, pero el demonio ni se molestó en ellos. Un simple zarpazo sirvió para acabar con sus débiles enemigos. No, aquel que todo lo veía estaba cerca y él era su objetivo ahora. Actaeon quedó parado a varios metros del demonio. El lupino se irguió, cerró sus ojos, y juntó sus manos entre sí dejando elevados, y pegados, sus dedos indices y pulgares. Luego, suavemente, posó sus juntos dedos indices, sobre su frente, a la par que sus labios, enmudecidos, pronunciaban palabras en un idioma sólo conocido por unos pocos. Pequeñas estelas de luz blancas opacas comenzaron a brotar desde el suelo, rodeándolo de forma zigzagueante. Segundos después, una cortante ráfaga de viento atravesó la mirada del demonio, despertando su aletargado pensamiento.....


La ráfaga había sido intencionalmente errada. Actaeon quería que aquella criatura del mal supiese que él estaba allí, y que no iba a dejarle continuar su camino. El demonio recibió el ataque del lupino sin sorpresa, esperaba aquel encuentro. Sabía que había llegado el momento de actuar. La putrefacta figura se giró hacia Actaeon y se dirigió directamente a la mente de su oponente.


-¿Eres tú el que todo lo ve?, ¿eres el guardián del orden? Decidlo, pues solo si sois quien busco aullaréis a la luna en la próxima noche.


El demonio, pese a todo, se mostraba molesto con la situación, parecía querer comenzar la lucha pero algo se lo impedía... o alguien, pues Acteon pudo notar una presencia maligna que lo observaba a través de los ojos del demonio. Una presencia que, por otro lado, le resultaba familiar al licantropo, como si Hathaltoy se escondiese en esas sombras de maldad.

viernes 27 de marzo de 2009

¡Caracoles!

Lo reconozco. No me gustan los caracoles. Son bichos viscosos, babosos, se arrastran por el suelo y llevan a gala eso de sacar los cuernos al sol. Y, la verdad, no entiendo que alguien pueda comérselos. Aunque he de reconocerles que hace un tiempo cometí el error de probar una pequeña tapa de los bichos de marras. Y, desde entonces, repito a diario. La visión del Helix pomatia que se esconde en la villa de Savoy ha conquistado mi lectura desde el primer momento. La sensibilidad de Sempieterna (que frecuenta estos lares y me honra con su presencia en mi espacio) convierte a sus moluscos gasterópodos en animales cargados de belleza. Hermosas cenicientas que no desaparecen al tañir de las campanas a medianoche. Entradas tan cargadas de emoción que llevan a un gaditano como yo, arraigado en las viejas tradiciones de odio a la cabeza del reino, a pensar que en la Sevilla que quiso apoderarse del gaditano comercio de Bebería se esconden personas que merecen ser conocidas e, incluso, alabadas e idolatradas. Más que a mí, y esto es mucho decir pues ya saben ustedes que yo soy un dios.


Aunque últimamente, la criadora de los caracoles romanos -o hispalienses- andaba de capa caída. Tanto que, en este sin sentido camino de autoayuda que he recorrido en las últimas semanas, llegué a decirle el pasado lunes que había decidido que el miércoles sería un gran día. Y, miren ustedes por donde, lo fue. Logré aparcar cerca de donde iba ¡y sin tener que pagar zona azul!. Recibí una llamada del Servicio de Publicaciones de la Universidad, para que pasara por allí. Cosa que hice. Mi libro: Linajes gaditanos en la Baja Edad Media. Breve estudio de la oligarquía local (s. XIII-XV) verá la luz en julio y, en contra de las normas establecidas en la Universidad gaditana, será presentado. Dicen que hasta con presencia rectoral.


Pero no terminó la cosa ahí. A la hora de comer, mi amiga Irene me presentó a la madre de mi futura novia. Y, ¡oigan!, me cayó bien. Aunque aún no he conocido a “mi novia” ya es un paso adelante saber que caerás bien en la familia. Al volver por la tarde a la vieja Gades, logré aparcar en la puerta del trabajo. También de forma gratuita. Pasé una buena y entretenida tarde de charla con el militar muerto que recorre los pasillos que dan acceso a la Biblioteca donde trabajo. Y me contó que había sido destinado a Cuba y que se salvó del desastre del Almirante Cervera por los pelos: cogió piojos justo antes de embarcar y quedó en el puerto de Cádiz. La mala suerte quiso que, subiendo a la torre vigía del que fue Gobierno Militar antes que Centro Cultural Reina Sofía, se resbalara y cayera al pozo. Y hasta el día de hoy.


Finalmente marché a casa y, sin tener que dar una sola vuelta a la manzana, mi coche quedó estacionado justo frente al portal. Y, para colmo, ganó el Cádiz. Y no solo eso, sino que mi inspiración que andaba de capa caída, volvió a brotar y hasta un pequeño sainete cobra vida en mi mente verbigracia de Doña Natalia, que no Cuaresma.


Así que sí ¡caracoles! el miércoles fue un gran día. Ya solo me queda buscar escusa plausible y audible para acudir a la vieja corte taifal y saludar como se merece a la cuidadora de caracoles y a otros que pasan por allí. Tal vez, la presentación de un libro sea razón suficiente. Pero solo tal vez. Pues ya se sabe: el gaditano nace donde le da la gana, pero evitar salir más allá de Alcanate.

jueves 26 de marzo de 2009

Capítulo XII: El ajedrez

El teniente Juan González se echó las manos a la cabeza con solo escuchar el timbre del teléfono. Miró la luz roja del despertador sabiendo que algo había ocurrido. Aún no habían dado las cuatro. Rosario, su esposa, se despertó sobresaltada a su lado. Encendió la luz y observó como el teniente asentía con un simple “aja”. Su rostro le indicó que algo grave había ocurrido. Ya conocía esa mirada. Llevaban demasiado tiempo juntos. No le preguntó nada. Sabía que su marido, simplemente, se vestiría y se iría. Hacía mucho que había aprendido a no preguntarle nada. Juan la miró silencioso. En otra época se había enfadado alguna vez y, al final, había acabado pagandolo con sus hijos. Sobre todo con JJ. En noches como esa se daba cuenta de lo dura que había sido su vida, y de los malos momentos que habían pasado. Pero eso había terminado. Ahora su relación era diferente, y ella también. No sabía si mejores o peores pero, al menos, seguían juntos y ya no había tantas peleas entre ellos. La observó volverse a dormir antes de salir de la casa.

Esta vez no necesitó ir hasta El Puerto. Le habían dicho que acudiese a la plaza de la Catedral. Al lateral que iba hasta el callejón de los piratas. Cogió su coche. Un Seat Ibiza rojo. Después de comprarlo pensó que le iba mejor a su hijo, pero JJ no había querido deshacerse de aquel viejo cacharro azul suyo. Llegó con el coche hasta la plaza recordando cuando aún se podía aparcar entorno a la estatua de Silos Moreno. Ya estaban allí los Nacionales y los Locales.


Caminó hacia el cordón policial. En la escalinata, junto al Arco de la Rosa, vió a Navarro. No preguntó a nadie cuando cruzó la cinta blanca y azul. Sabía lo que se encontraría. No deseaba encontrarlo, pero sabía lo que se encontraría. Un policía local intentó detener su avance, pero una simple mirada sirvió para disuadirlo. Caminó hasta el lugar donde una sabana térmica cubría el menudo cuerpo sin vida. Un chaleco reflectante naranja le indicó que quién había descubierto el cadáver trabajaba en los servicios de limpieza. Luego hablaría con él. Por ahora dejaría a los compañeros que le entrevistaran, aunque sabía que el hombre no podría decirle nada.


Destapó el cuerpo de la chica. Parecía muy joven. Su rostro blanquecino y aniñado le llevó a pensar que estaba ante una cría. Tenía los ojos muy abiertos. De color marrón. Se agachó para observarla. El pequeño ratón colgaba entre sus pechos. La habían matado con el cordón extensible de aquel periférico. Miró alrededor, preguntándose dónde estaría el ordenador. En otras circunstancias podría haber aceptado que la hubiesen matado para robarle el ordenador. Incluso en Cádiz podría llegar a ocurrir. Pero las leves marcas en el rostro de la chica le recordaron el rostro de Naquira. El inicio de aquel macabro juego a contrareloj, donde el premio era la vida o la muerte de cualquier mujer en cualquier rincón.


Se acercó hasta el inspector Navarro. Después de tantos años en el cuerpo habían coincidido muchas veces y habían llegado a considerarse amigos. Dentro de lo que una profesión como la suya permitía. Era más un muto respeto y admiración que verdadera amistad. Sin embargo ambos hombres se entendían a la perfección. Las veces que habían coincidio habían formado un buen equipo. El inspector le tendió la lista, esa que el ya conocía y con la que había soñado muchas veces desde la primera vez que la tuvo en sus manos:


1º La ciclista

2º La suicida

3º La puta

4º La internauta

5º....


-¿Y el ordenador de la chica?

-Lo hemos encontrado al otro lado de la reja- Navarro señalaba la puerta que cortaba el callejón lateral que llevaba hasta una escondida puerta de la catedral -Y creo que deberías de verlo. De leerlo. Esa es la razón por la que te hemos llamado. Al principio pensamos que sería un imitador. No creiamos que esto de la lista fuese real. Sobre todo porque ¿dónde están las primeras?

-Estoy casi seguro de haber localizado a una de ellas. La Ciclista. Aunque algo no cuadra, no sé... sólo es una corazonada. Pero díme... ¿qué es eso que tengo que leer y que te ha hecho cambiar de opinión?

- Ese loco ha dejado un mensaje para ti.


El teniente siguió a Navarro hasta el bar Terraza. Habían ocupado el salón y habían montado un pequeño operativo. En cuanto se descubrió la nota y el mensaje Navarro supo que aquello atraería a la prensa. Eso le gustaba. Al contrario que el guardia civil, Navarro adoraba los medios. Pero aquel juego era demasiado difícil. Demasiado macabro. Y sabía que necesitaría al teniente para resolver aquello. González se acercó hasta el ordenador, miró la pantalla. Y se sentó. Con la cabeza entre las manos mientras sus ojos leían línea a línea aquella carta de despedida:


Papá, voy a morir. Cuando leas esto ya estaré muerta. Y no sé porqué. No he hecho nada malo. Desde que llegué a esta ciudad a estudiar me he portado bien. Te lo prometí cuando me vine de Erasmus. Siempre intenté ser mejor de lo que soy. Sólo para que tú te sintieras feliz. Pero ahora... creo que te he defraudado. Y voy a morir.


Ya ves teniente, la chica ha muerto. Y ¿lo merecía? Claro que no. Pero tu no has logrado dar conmigo. Sigue persiguiendo fantasmas en el Guadalete mientras yo escapo de tus manos. ¿Llegarás a saber quien soy? Lo dudo. Y puede que tu te mueras con la duda. Sabiéndote culpable de la muerte de esta chica. Aunque ¿eres tu el culpable? No. Sabes que no. Crees que soy yo. Pero yo tampoco lo soy. Estoy seguro que estás pensando que estoy loco. La respuesta también es no. Estoy demasiado cuerdo. Y Demasiado cerca de tí. Tanto que hoy te hago un regalo. Te dejo esta chica en Cádiz ¿vendrá Navarro?.


Pero volvamos a lo importante. ¿Aún no has encontrado a las otras chicas?. No sé para que pregunto. Sé que no lo has hecho. Lastima. Me hubiera gustado verlo en los periódicos. Tal vez hubieras detenido mis anisas de jugar. Pero no. Parece que me equivoque de contrincante. Estuviste cerca de la ciclista, pero te pasaste el faro. Así que no me queda más remedio que darte alguna pista. ¿Te gusta el ajedrez? Moveré ficha. Tan seguro estoy de que jamás me cogerás que te daré nombres:


1ª- La ciclista: María

2ª- La suicida: Elena.

3ª- La puta: ya la conocés.

4ª... ¿qué decirte de ella? Creo que se ha despedido de su papá

5ª ¿a quién le tocará?


Ahora te toca a ti. Yo ya he movido mis peones y me he comido tus fichas.


El teniente se recostó sobre el respaldo de la silla, que crujió bajo su peso. Navarro seguía a su lado. En silencio. No había mucho que decir.


-Esto es una puta locura, Juan. Ese tipo está desquiciado y quiere que le sigas en su juego.

-Pero tendré que hacerlo. Será la única forma de detenerlo. Pero no daremos información detallada a la prensa- guardó silencio- ¿Tienes un ordenador? Otro.

-Sí, claro.- Navarro ordenó que trajeran un portátil y observó al teniente mientras buscaba en google. Vio como el rostro de María Hernández aparecía en la pantalla, junto a una foto del faro de Conil. -¡No jodas!

-Habrá que avisar al juez para que saquen a su pareja de la cárcel. Por una vez parece que era inocente el acusado. Y que mi corazonada era cierta. Ahora nos toca buscar a esa tal Elena. Aunque ahora tenemos algo más. Este loco nos ha dado otro dato junto a los nombre: sabemos que la mató entre María Hernandez y Naquira. Eso acorta la busqueda. Y estoy seguro de que cree que jamás daremos con ella. Se equivoca. Y Elena será la llave.


Navarro le indicó con un gesto que los periodistas ya estaban allí. Tendrían que salir a hablar con los medios y, esta vez, él quedaría en segundo plano. Por una vez agradeció no ser el centro de atención de los flases. Observó como una triste mueca cruzó el rostro del teniente, que caminó pesadamente hacia los periodista. Si quiere jugar, jugaremos. Ya veremos si estás loco o no.


-El loco de la lista ha vuelto actuar. Parece que quiere jugar a un macabro juego conmigo. Y no voy aceptarlo. No seguiré sus reglas. Yo sigo las normas de la ley y la cordura, no dejaré que un chiflado me imponga nada. Estamos ante un loco. Sin duda. Tan loco que se cree con la capacidad de obligar a las Fuerzas de Seguridad del Estado a seguir sus designios. Está equivocado. Pronto daremos con él.

>> ¿Quieres jugar? -dijo mirando directamente a la cámara por primera vez- Lo haremos, pero no al ajedrez. Jugaremos al pilla-pilla. Y, al final, daré contigo.


miércoles 25 de marzo de 2009

En pocas palabras






"Te lo juro, killa, mirabas para arriba y era como andar por la Avenida"



Recién llegada de Nueva York, en la línea 2 de Cádiz.

martes 24 de marzo de 2009

La primera vez

Nieves era una de las niñas más guapas de la urbanización. Y por alguna extraña razón estaba en nuestro grupo. Como supondrán nosotros estábamos como locos. Y no sólo porque las hormonas revolucionaran nuestros cuerpos quinceañeros. Aquel día estábamos en las pistas deportivas, jugando al fútbol, cuando la vimos venir. Venía corriendo por el camino de tierra que nos llevaba hasta el club. Su melena rizada al viento parecía una bandera dorada, ondeada por sus felinos ojos. Sus brillantes ojos. Su sonrisa parecía devolvernos los rayos del sol. Nuestra Candy particular estaba exultante, más bella aún. Venían con otras niñas y pronto, nosotros, paramos nuestro partido para acercarnos a nuestras amigas.

-¡No os lo vais a creer! ¡No veáis lo que ha hecho Nieves!
-¿Qué ha pasado? ¿qué ha hecho?

Nuestros ojos vagaban por su cuerpo, no siempre observando su rostro, buscando entre sus manos la verdad de su estado. Nos la imaginamos llegando, tal vez a hurtadillas, observando al hombre abrir la puerta. Dejándolos solos, esperándola. Nos contó que era su primera vez, que jamás lo había hecho antes. Que estaba nerviosa. Las piernas le temblaron y todo su cuerpo había comenzado a sudar como nunca lo había hecho. Había notado que la piel se le erizaba en la nuca. Una sensación diferente. Distinta.

Ahora sí, nuestros ojos se fijaron en los suyos. En su felicidad, que parecía crear un aura blanquecina sobre sus rizos dorados. Un sentimiento de reconocimiento y envidia se extendió por el grupo. Alguno dirigió sus ojos a sus manos, tal vez soñando despierto, viéndola tomarlo entre ellas, antes de chuparlo.


Y entonces, Nieves, pareció darse cuenta de nuestro estado. Comenzó a reír, antes de gritar al viento:

-¡Hay para todos!


Sacó los helados y los repartió entre nosotros, que agradecimos su audacia y temeridad al asaltar y rapiñar aquel camión de Frigo que surtía felizmente el supermercado de Roche.

lunes 23 de marzo de 2009

¿Felicidad?

El pasado viernes les hablaba de la soledad. Y lo hacía gráficamente. En primera persona. Como si yo mismo sufriera ese mal. Nada más lejos de la realidad. Desgraciadamente, ni mis amigos ni mi familia me permiten gozar de más soledad que la estrictamente necesaria. Cuando escribo esto no sé que reacciones habrá provocado mi escrito y lo cierto es que tampoco me importa en demasía. Hablar de la soledad, de la muerte de uno mismo en primera persona, no es más que una forma de llamar su atención. Y hasta la mía.

La soledad es un tema llamativo. Y es fácil jugar con ella. Hasta crear sentimientos en los demás para acabar explicando lo que quiero explicarme porque, como diría Pascal "todos los hombres buscan la manera de ser felices. Esto no tiene excepción. Es el motivo de todos los actos de todos los hombres, hasta de aquellos que se ahorcan"

Lastima que yo haya llegado a la conclusión de que la felicidad no existe.

Dice André Comte-Sponville que “como ser feliz no es tener lo que se deseaba, sino tener lo que se desea, ser feliz no puede ocurrir nunca. De manera que, o bien deseamos lo que no tenemos, y sufrimos esa carencia, o bien tenemos lo que desde ese instante ya no deseamos. Y nos aburrimos” Y es que Comte basa la felicidad en el deseo, en la esperanza de algo. Lo que sea. Y, efectivamente, una felicidad basada en el deseo y la esperanza jamás podrá ser alcanzada, pues una vez alcanzada tanto el deseo como la esperanza se convierten en realidad y no en anhelos. Pero su premisa nace de un error: parte de la existencia de esa felicidad y de la necesidad del hombre de llegar a ella. Pero la felicidad no existe.

El hombre puede creerse feliz. Puede, incluso, sentirse feliz. Pero, al contrario que la soledad que es real y palpable, la felicidad no es más que un estado de ánimo con la que el propio ser crea una mascara en la que ocultar la tristeza. Y ahí está la verdad de la felicidad. Y, a la vez, su mentira. La felicidad, esa mascara de autodefensa, no existe. No es más que la ausencia de tristeza. Y la tristeza, como la soledad, si es palpable. Podemos observarla. Podemos encontrarnos con ella sin buscarla y, además, cuando el motivo se hace presente y hasta pasado, sigue siendo valido. No es un anhelo roto, ni una desesperanza. Cuando la tristeza llega lo hace por un motivo real: la muerte de un ser querido; la soledad; la falta de trabajo; la marcha del amigo... y ese motivo continua en el futuro aun viniendo del pasado, formando parte de la vida hasta el final de la propia vida.

La verdadera felicidad es, simplemente, la oposición a la tristeza. Y, por tanto, no existe por sí. La felicidad no es más que la negación del otro. Y, por eso, el hombre no puede ser feliz ni debe intentar serlo, pues sólo conseguiría lo contrario. Puede ilusionarse, desear, amar... pero jamás alcanzará la felicidad real. Siempre será ficticia. Porque la ilusión se rompe tan rápido como llega. El deseo cumplido nos lleva a un nuevo deseo. El amor... el amor siempre duele.

Así que hoy me permitirán un consejo: rompan su mascara de felicidad perpetua. Vivan la vida sabiendo la verdad: no son felices, simplemente han logrado espantar la tristeza por un tiempo. No basen su existencia en una esperanza valdía, en un sueño de futuro, pues nunca alcanzarán una felicidad que no existe. Pero no dejen de vivir el día a día ya que, como diría Jules Renard:

No deseo nada del pasado. Ya no cuento con el futuro. El presente me basta. Soy un hombre feliz, pues he renunciado a la felicidad.

domingo 22 de marzo de 2009

Omnipresencia

Definitivo. Soy dios. Sí, ya se que algunos no lo creerán. Pero lo soy. Aunque este mundo de agnósticos y ateos quiera negar la existencia de seres supremos, es definitivo que existimos. Yo existo. Y, como les digo, soy dios. Comprobado. Porque sólo siendo un dios tendría el poder de la omnipresencia. Que es como decir que estaría en todos los sitios a la vez. Y la verdad, en todos los sitios no lo sé pero, al menos, en dos a la vez si que puedo estar. O eso parece. Porque yo juraría sin caer en el perjurio, que sólo estaba allí. Pero debo de mentirme porque también estaba en el más allá. No en el mundo de los muertos, no. Ni siquiera en Chiclana y su hermoso cementerio –lugar, por otro lado, más propio para un parque que para instalar moradas eternas-. Simplemente más allá. En otro sitio, vamos.

Y me digo yo: si he estado en dos sitios a la vez, aun solo recordando haber estado en uno, es que tengo el don de la omnipresencia. Pero, además, mis tres personas –a saber: dios, Cathan y Batman- tienen recuerdos dispares. Porque yo estuve allí. Seguro. Eso lo recuerdo y lo recuerdan. Pero no estuve en el otro allí. Al menos no lo recuerdo, aunque ellos sí. Así que sí. Soy dios. O esos curiosos señores han decidido que yo, que no fui, si fui. Aunque no recuerde haber ido. Al menos me queda el consuelo de que mi yo que fue no llevó consigo su cartera, que era la mía.


Por cierto, no les digo donde era allí ni más allá por si alguno me vio en un tercer lugar....

sábado 21 de marzo de 2009

Alas negras

Robbel estaba en la muralla cuando se desató el primer ataque. Los bárbaros intentaban trepar por escaleras que raudamente los soldados tiraban al suelo. El caos reinó entre los hombre. Hasta que una figura demoníaca cruzo el cielo. Robbel levantó el rostro hacia ella. Si bajaba empezaría la lucha de verdad. Junto a él vio al músico vagabundo que había llegado pocos días antes a la ciudad. Recordó su nombre: Sasurai. Su rostro había cambiado cuando el ser demoníaco hizo aparición sobre la ciudad. Pero no reflejó miedo, como en el resto de los presentes, sino preocupación. Se endureció y ensombreció.

Observó a Actaeon. Como siempre el garou paracía fuera de lugar. Por encima del caos y la guerra. Con sus ojos cerrados, apartaba las largas "escaleras" con sus pies, arrojandolas nuevamente al vacío, mientras sordas palabras se articulaban entre los labios del Chaman. Invocaban danzantes estelas de luz que al bailar entre ellas unos segundos, descendian potentemente contra los invasores, quienes caían casi instantaneamente pero, quienes conservaban la escencia de la vida natural, caían inconcientes. Sus manos dibujaban sobre la nada extrañas formas, las cuales siempre terminaban con el alzar de sus manos. Acto seguido, pilares de unos dos metros de altura se alzaban sobre la superficie terrestre destruyendo lo que a su paso se escontrase, pero sin tocar siquiera a quienes tenían vida autentica en sus cuerpos...

El Garou no se alejaba de su posicion. Las flechas que surcaban los cielos pasaban junto a él. Algunas rozaban muy sutilmente sus brazos produciendo casi invisibles raspones, mientras otras eran desviadas por los mismos movimientos de sus brazos.

Muchos de los soldados frikigardienses observaban como el Lupino destruía arietes, catapultas, escorpiones, sin quedar en el camino de sus ataques, victima humana alguna....Algunos de estos soldados se preguntaban el porqué... ¿acaso era cobardia por matar a alguien?

Cuando la presencia demonica surcó los cielos. Actaeon comprendió que había llegado el momento de actuar. Aquello que hacia pocos dias en forma de inmaculado negro humo se habia aparecido en sus sueños predictorios, habia hecho presencia. Una presencia que debía extinguir. Abriendo bruscamente los ojos, dio media vuelta, mirando hacia dentro de la ciudad, y particularmente, a Robbel.

-¡Robbel! , –gritó al viento- dejo este lugar a tu cargo, muchos de los que aquí hay son jóvenes, todavía no ha llegado su hora.....

El Garou siguió con su mirada la negra figura en los cielos. La luna, su cómplice, con su hermosa luz le ofrecía la capacidad de seguirlo, pues a través de ventanas, pequeños charcos de agua, y sombras, podía seguir su movimiento. Actaeon comenzó a desplazarse. Ahora Actaeon, se encontraba siguiendo a aquella estela negra.

Una negra estrela, que alzaba sus negras alas en señal de mal presagio.

viernes 20 de marzo de 2009

Soledad

Soledad. No hay otra palabra que defina mi existencia. Sin sentido, sin sentimiento, sin más sueños que los rotos. Con el corazón hecho pedazos bajo una máscara de alegría perpetúa. Mentiras escondidas en sentimientos ajenos.

Soledad. Esa es la palabra que define mi vida: pura y puta soledad. He intentando buscar una explicación a porqué seguir viviendo. Y no la encuentro. Hoy, más que nunca, deseo morir. Morir y no seguir con una vida que no me da nada. Que me quita todo. Hoy, más que nunca, desearía no existir. No haber nacido jamás. No tener que mantener una fachada que no me corresponde. Pero la realidad es la que es. Y yo deseo morir porque aún vivo ya estoy muerto. Solo y muerto. No deseo otra cosa que acabar con mi vida. Acostarme y no volver a levantarme. No volver a despertar a este mundo que nada me ofrece.

Tristeza. Lastima de mi propia existencia convertida en nada. Porque no tengo nada. Ni siquiera eso. Amistades muchas. Pocas. Qué más da. En el fondo, ninguna. Y no las quiero, ya no. No quiero amistades. No quiero amor. No quiero familia. Sólo deseo morir y no volver a levantarme. Sólo deseo romper esta mascara que me aprisiona.

Pero ya estoy muerto.

jueves 19 de marzo de 2009

Capítulo XI: Xawita

La luz del sol comenzó a filtrarse por la ajada cortina que cubría la ventana de la habitación. El ruido de los coches rompía cada poco el silencio. Hasta convertirse en una parte más del silencio. Hasta silenciarse en el subconsciente de Jorge. Miró a Xawita. Sus ojos permanecían cerrados. Su rostro aniñado mostraba una calma angelical. Jorge la observaba sentado en la vieja silla sacada del pasado. Sus manos aferraban el blanco papel con la lista infernal. No las veía, pero sabía que sus mujeres observaban la sucia habitación desde el espejo del armario.

Xawita yacía en la cama. Su menudo y desnudo cuerpo se cubría con la colcha. En otro tiempo blanca, el tiempo y la suciedad habían roto su color. El amarillento tono contrastaba con la claridad de la piel de la chica. Jorge se levantó y caminó hasta ella. Lentamente. La tarima crujía bajo sus pies. Le besó en la frente, apartando el pelo que le cubría el rostro.

Se vistió y se cubrió con la gorra. Se pusó la mochila bajo el abrigo, formando un extraño bulto en su espalda. Metió la calza en el zapato. Había pagado cinco días por anticipado. El encargado no preguntó. Xawita pensaba que pasarían la semana juntos. Era imposible. Tenía que volver a Cádiz ese mismo día. Mañana le esperaban sus alumnos y su trabajo. Nadie pensaría en él. Un joven profesor gaditano que había pasado el fin de semana en su casa, trabajando. Ademas, nada le vinculaba a Xawita. Sí había hablado con alguien sólo pudo dar un nombre falso, una dirección falsa. Había pensado en aquel asunto detenidamente. Pero esa noche su mente vagó por caminos insospechados. Debatiendo qué debía hacer. Si realmente aquella chica angelical debía morir. Lo que le había pasado aquella noche no tenía sentido. No debía volver a ocurrir. Durante toda la noche escribió para Xawita. Había roto el papel varias veces para comenzar de cero. Pero ¿debía comenzar de cero?

Dejó el papel sobre la cama. A los pies de Xawita. Aquella a la que había amado esa noche. Desvió la mirada del espejo. Sabía que allí sus ojos se cruzarían con otros. Unos frustrados, otros alegres. Salió de la habitación. Nadie preguntó. Caminó hasta el coche y allí, lejos de miradas inquisidoras, dejó la mochila y se quitó la calza. Condujo hasta Cádiz. Encendió Radio 3 y dejó que la música envolviera sus pensamientos. Observando de reojo aquel papel que debía haber roto. Que nunca debió comenzar a escribir. Su mente le jugaba malas pasadas, llevándolo a recordar lo que había escrito tantas veces aquella noche hasta dejarlo grabado a fuego en su memoria:

“Xawita.
Ni siquiera sé tu nombre. El mío es Jorge. Cuando te levantes yo ya no estaré. Me habré ido de tu vida. Espero que no para siempre. Pero quiero que sepas la verdad. Vine a Madrid dispuesto a llevarte conmigo. Para siempre. No venía a jugar ni a dañar tus sentimientos. Pero, después de esta noche, no quiero que sea así. Quiero saber quién se esconde bajo Xawita. Quiero saber quién es la mujer de la que me he enamorado. Quiero empezar de nuevo contigo. Saber tu nombre y caminar por la senda de la sinceridad. Quiero tener en mis brazos a la mujer que amo, quiero recorrer con mis labios la piel de mi amor. Pero quiero saber quién es mi amor. Si estás dispuesta a empezar de cero, a iniciar un camino de sacrificio sincero, me gustaría volver a verte. Conocerte y volver a besar tus labios, saborear tu piel, olfatear tu pelo. Gozarte y disfrutar contigo. Susurrarte al oído que te amo. Decir tu nombre. No un nombre nacido de internet. Tan falso como el mío. Tan falso como sería nuestro amor si continuáramos ahora. Por eso me voy. Porque no he sido sincero. Porque esta historia está abocada al fracaso si nace de la mentira. No pensé en enamorarme como lo hice. Perdóname y, si lo haces, llámame.

Te quiero, Jorge”

El camino se hizo largo. Eterno. Autopistas que corrían bajo las ruedas de su viejo coche. Demasiado viejo. Demasiado lento. Deseaba volar hasta Cádiz. Hasta su casa. Hasta el único lugar donde se sentía seguro en su nueva vida. Y, cuando llegó, deseó no haberlo hecho. No sabía que esperaba encontrar. Pero sólo hubo silencio. Observó la casa. Su casa. Y vió a María mirarle desde el otro lado de la ventana. No deseaba aquella soledad. Cogió su ipod y salió a la calle. Caminó por las semivacias aceras de Cádiz. Caminó por las viejas plazas del centro. Escapando de su pasado más reciente. Escapando de Xawita23. Con el arrugado papel en su mano. Compañero silencioso de su matanza.

La 9ª sinfonia de Antonin Dvorak le acompañó en su peregrinar. Las notas sonaban en su cabeza cuando cruzó las Puertas de Tierra. Acabarón. Volvieron a sonar. Caminó pausado. Muerto en vida. Lloroso por lo ocurrido. Debía volver a casa. Debía de terminar con aquello. Debo hacerlo. Cruzó el portón de su casa. Por primera vez desde que había vuelto, observó el viejo espejo que colgaba en el recibidor. Recuerdo de su abuela. Aquella mujer sí le había querido. Las cuatro mujeres le miraron. María y Elena se mostraban sonrientes. Felices de la nueva compañía. Ella, la chica de rostro aniñado y angelical, se mostraba asustada. Sorprendida. La puta se acercó hasta ella, la abrazó y sus ojos reflejaron odio. Le daban miedo los ojos de aquella puta negra.

Jorge miró a la aniñada chica del espejo y comezó a llorar. Lloró como nunca lo había hecho. Se derrumbó en el sofá. Buscó a María con la mirada. Decidió que aquello debía terminar.

-Tu eres la culpable de mi mal. ¡Maldita la hora en que te conocí!. Vete de mi casa. Vete de mi vida. Ya no formo parte de tu historia.

En ese momento tomó la decisión de acudir a la única persona que podría acabar con su mal. El teniente de la Guardia Civil Juan González. Sabía que no estaba loco. Pero su actitud en los últimos tiempos le llevaba a pensar que algo había dejado de funcionar en su cabeza. Las cuatro mujeres que le miraban desde el viejo espejo de su abuela así se lo indicaban. La soledad y la locura parecían haber venido de la mano. Susana. Ya casí no la recordaba. Ella había sido el comienzo de todo. Ella. La mujer a la que amaba hasta la locura. La mujer que le llevó a la locura. No. La culpa es de María. Sólo de ella. Y de Elena. Ella me abrió la puerta. No estoy loco. O tal vez sí. Pero él puede solucionarlo.

En ese momento vio la parpadeante luz del contestador:

-Jorge, soy Xawita… bueno, Azucena. Quiero hablar contigo.

Lloró. Sabiendose perdido en un barco sin rumbo. Sin timón. Sin escapatoria. Ya nada podría salvarlo de aquella locura. Su locura.

miércoles 18 de marzo de 2009

Al tonto lector y no al sabio

Escribía Erasmo de Rotterdam que "la sabiduría inoportuna es una locura, del mismo modo que es imprudente la prudencia mal entendida". En el “Elogio de la Locura”, Erasmo le daba voz a la sin razón, convirtiendo su obra en una sátira moral donde se permitía atacar todo lo que consideraba incorrecto, argumentando que la locura es una suerte de castigo del saber, para quienes creen saber. La locura se convertía así en algo diferente a lo anterior. Era una lucha de la razón sobre la sinrazón. Pero también era la excusa que abría puertas antes cerradas.

Y la locura que embarga este blog, o a mi persona, en no pocas ocasiones no es más que una parte de esa locura eramista. Pero también tiene algo de Cyrano de Bergerac. El arrogante poeta y libre-pensador contemporáneo de Moliere, quien llegó a plagiarle parte del Pedante Burlado en Fourberies de Scapin.

Cyrano era un libertino, que descubrió que la vida había que vivirla después de recibir una herida en el cuello, por algún español, en el sitio de Arras (1641). Y descubrió que la locura y el ingenio podían sustituir a la fe en su camino vital. Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac escribió, como Erasmo, grandes verdades escudado en la locura de sus letras. En el ingenio y la provocación. En la burla. En la ocultación de la cordura en la sin razón de las palabras. Él llegó a decir que escribía para tontos, no para sabios, en su primera obra conocida: Au sot lecteur et non au sage (Al tonto lector y no al sabio). Y es que el mayor defecto del sabio es creerse inteligente. Yo escribo para inteligentes, sabiendo que mi sabiduría es pareja a mi locura. Y que el tonto que me lee puede ser más inteligente que el más sabio de mis lectores. Si es que los tengo. Y que, sin duda, el más sabio de todos los que pasan por aquí, soy yo.

Pero, además, Cyrano fue mucho más. De su pluma nació una de las primeras obra de literatura fantástica de la historia: El otro mundo, en la que el propio Cyrano nos narraba su camino hasta el sol y la luna y lo que se encontró en el trayecto. De su pluma nacieron maravillosos versos. Este duelista de la espada y la provocación esconde más sabiduría en su palabra de lo que nos muestra su locura. Y cómo él, también yo en este blog adapto toda las cosas al modo que mejor se ajusten a mis deseos, sin consideración alguna a la propia esencia de las mismas. Así, entre mis letras, aquí o allí, a veces -solo a veces- escondo verdades entre medias mentiras. Escondo mis ideas entre sátiras y locuras. Soñando con que algún día mis letras lleguen a ser dignas del más tonto de los lectores de Hercule-Savinien. Mientras escondo tras mi escondite los anhelos de un moderno Cyrano.

martes 17 de marzo de 2009

Moraleja

La luna caía lentamente mientras el manto estrellado de la noche comenzaba a difuminarse con los primeros rayos del sol. Lucrecia esperaba en la puerta del caseron. Una vieja mansión de altas torres en las que la hiedra se enredaba huyendo del frío suelo hacia el cielo. Los tres hombres habían llegado caminando. Tranquilos pese a la cercanía del día. Lucrecia les mostró su mejor sonrisa antes de dejarlos entrar. La estancia hubiera sido acogedora, hasta calida gracias a la gran chimenea encendida en una extremo del salón. Pero los tres hombres no notaron la diferencia.

Un sirviente vertió el rojo liquido en cuatro copas, que los invitados bebieron avidamente. Lucrecia continuaba observandolos. Sin decir palabra. Los conocía a los tres. Dyvin era elegante. Alto. Con una larga y sedosa melena rubia. Era frío, calculador. Peligroso. Un asesino profesional y letal. Jean era algo más bajo. Sus ojos eran inteligentes. Él lo era. Sin lugar a dudas era el líder de aquel pequeño grupo. Siempre córtes, siempre atento.Nada escapaba a sus sentidos. El último de los visitantes era Hathaltoy. Había escuchado hablar de él. Pero hasta hoy nunca lo había tenido ante ella. Sin lugar a dudas, con él, el hábito no hacía al monje. Era bajo, grueso y hasta feo. Sus ojos se movían rapidamente por toda la sala. Tal vez fuese inseguro. Algo en él no le gustaba.

-Este asiento parece cómodo- sus palabras rompieron el silencio de la sala mientras se dejaba caer con estruendo sobre un sillón.
-No os sentéis mucho, caballero, Robert nos espera en lo alto de la torre.
-No habrá que subir andando.
-Así es. Es más, como sabéis. La tradición dicta que debeis ascender los 3000 escalones cinco veces. Será mejor que comencéis vuestro periplo.
-Yo lo haré primero- Hathaltoy se había levantado como un resorte y se abalanzaba sobre las escaleras. Corrió como alma que lleva el diablo y, al llegar arriba, ya estaban allí sus compañeros. – Pero ¿cómo?
-No preguntes. Cada uno ha de seguir su destino, Hat. Nosotros ya lo hemos hecho. Aún debes subir cuatro veces más.
-Pero, Jean, eso significa que he de bajar primero.
-Así es.

Los ojos de Hathaltoy vagaron por la noche. Antes de, con un encogimiento de hombros y un suspiro, lanzarse al vacío.
-¡Maldita sea!, ¿que haces loco?- Lucrecia miraba como su invitado caía hasta el suelo, varios cientos de metros.
-Sí, eso es. Loco- la risa de Dyvin rompió el drama y continuó saliendo de su garganta hasta que Hat volvío con ellos- tres más amigos.
-Que pereza bajar andando-
-¿No volverás a….?

Hathaltoy volvió a lanzarse de la torre, mientras el sol mostraba sus primeros signos en la lejanía. Cuando subió por tercera vez, antes de lanzarse sin previa palabra al vacio, sus compañeros se refugiaban en las sombras.

-No lo conseguirá….

La cuarta llegada fue su perdición. Lucrecia le invitó a parar. A dejarlo para después o, al menos, a que realizará su proeza bajando por el interior de la torre. Las palabas ofendieron al hombre, se sabía en condiciones de cumplir lo prometido: subiría los 15.000 escalones. Pero no bajaría ninguno. Él podía hacerlo. Se lanzó por última vez. Su cuerpo rebotó contra el empedrado suelo que comenzaba a iluminarse con los rayos del sol. Rodó a un lado y otro. Gritó al cielo. Los rayos iluminaron su rostro. Prendieron sus ropas. Allí, en aquel viejo patio de piedras su cuerpo explotó en llamas….


-Recordarme que no vuelva a jugar una partida con este maldito malkavian.
-Piénsalo... al menos la cosa tiene moraleja....
-¿No te tires cinco veces de una torre o morirás?
-Han sido cuatro. Pero no, lo que quiero decir es que midas hasta donde llegan tus fuerzas antes de lanzarte al vacío existencial.
-¿Va qué?....
-Que sepas hasta donde serás capaz de llegar. Que serás capaz de hacer. Antes de hacer nada. Sólo así no acabarás dañado. Hasta muerto, por algo que no debió pasar. No debías tirarte de cabeza al pozo para impresionarla. Al final acabas muerto y con el corazón roto en mil pedazos porque ella se irá con otro y tu sólo habrás hecho el tonto.
-¿Ya no hablamos de rol, verdad?....

lunes 16 de marzo de 2009

En pocas palabras

El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible

Faustino Menéndez Pidal

domingo 15 de marzo de 2009

Locura disruptiva

En mi vida me han llamado muchas cosas. De chico mi abuela decía que era un niño muy guapo y bien criado. En el colegio, durante mucho tiempo, me llamaron Peter Pan, y no por tener el complejo del ídem -al menos no entonces- sino por que año sí y año también iba disfrazado de mi personaje preferido en la fiesta de carnaval. Después pasaron a llamarme Mofli, el gracioso koala de la serie del mismo nombre, que les recordaba a mis mofletes redondos y sonrosados.

Más tarde me llamaron, creo que ya se lo comenté, Chetos, por parecerme al ratón gordo que anunciaba aquellas porquerías sustitutivas de los gusanitos de toda la vida. Pero, además, en aquel mismo tiempo, algunos comenzaron a cantarme una cancioncilla pegadiza, de la que sólo recuerdo el final: eres tierno, como un donut. Y redondo, añadía yo orgulloso.

Pero, además de todo eso, me han llamado más cosas. No merecen explicación obviedades como gordo cabrón. También me han llamado friki, por ser raro, y gordo. Alguna ha llegado a decir que soy entrañable, como un oso de peluche, supongo. En tiempos, cuando estuve más delgado, había quien decía que le gustaban mis hoyuelos, de la cara, claro. Otros han dicho que soy una boya, o una foca, porque floto en el mar y jamás tengo frío en las frías aguas del Atlántico. Incluso alguno ha reconocido mi perfección, esa que redondea mi círculo vital, y acepta llamarme dios.

Pero llamarme disruptivo me parece muy fuerte. Porque no tengo muy claro lo que es, y eso de los términos técnicos no me gusta. Llámenme disperso, genio loco, o despistado. Hasta puedo aceptar que se diga que vivo en un mundo paralelo, en el que me encuentro en no pocas ocasiones. Soy dios, soy friki y estoy absolutamente convencido de que acabare completamente chiflado, puedo, por tanto, vivir en el plano que desee.


Pero no me llamen disruptivo. Eso no. Que suena a destructivo. Y yo soy un ser creador. No sé de qué. Pero creo. En mí, sí. Pero también hago cosas. Creo. O creo que las hago, que también es posible que crea pero no cree, sólo destruya. Tal vez mi intelecto, mi sobriedad y serenidad. Tal vez sea cierto y sea disruptivo. No lo sé. Pero sí sé que se vive mejor en mi plano... vénganse conmigo.

sábado 14 de marzo de 2009

Quarion llama a la defensa

El patio del templo ya se encontraba colmado de gente. El lugar no era lo suficientemente grande como para albergar tantos refugiados, pero todavía existían varios lugares más donde los pobladores podrían protegerse. Los habitantes del templo se apresuraban a curar a los heridos y ayudar a los más débiles. Podía sentirse el temor flotando en el aire, pero era un temor expectante. No el pánico de la masa sino el miedo de cada individuo contenido por la calma del lugar.

Quarion y el resto de sus compañeros se encontraban en un pequeño cuarto, donde se guardaban las herramientas para construir el templo. Sobre una mesa en el centro podía verse un mapa de la ciudad.

-Compañeros, en este momento, nuestra mayor prioridad debe ser la seguridad de los frikigardienses. Se que varios de ustedes ha participado en asedios, pero permitanme recordares, estas batallas no se ganan con actos heroicos, se ganan con decisiones sabias y firmes.

El paladín levanto la mirada y observo a los presentes.

-Hay muchas cosas por hacer y poco tiempo, así que debemos actuar de la forma mejor coordinada posible. Debemos organizar a los refugiados, hay que racionar los víveres y distribuirlos adecuadamente, también hay que preparar a los milicianos para que asistan en la defensa. Es muy probable que las murallas caigan en poco tiempo, debemos preparar barricadas dentro de la ciudad, conocemos el terreno así que tendremos ventaja sobre los invasores.

Mientras Quarion habla señala distintos puntos en el mapa, ubicaciones estratégicas que deben ser defendidas.

-Por ultimo, lo mas importante, debemos asegurar una vía de abastecimiento para la ciudad, o no duraremos mucho. Recuerden, debemos actuar en conjunto y coordinar nuestras acciones, solo así lograremos salir victoriosos.

-Quarion, si me permites me gustaría encargarme de eso, calculo que podre encortar la ruta con bastante facilidad, el bosque circundante no me es desconocido- Evincar había escuchado con interés las palabras del sacerdote. - Es un trabajo que haré mejor solo. Preferiría que Sha'ab quedase a tu lado.

Otros héroes se habían ido acercando al calor de la seguridad de Om. Sarverius había recibido ordenes del actual portador del poder de Ankerbb. La voz de Cathan fue profunda y resonó en su cabeza. Se dirigió hací­a el templo de forma fugaz, corriendo por todas las calles de la ciudad y saltando por los tejados, para poder llegar cuanto antes hasta allí. El templo de Om, aún no se había finalizado pero ya transmitía un sentimiento de seguridad que al vampiro no le atraía para nada.

Sarverius sabía, que entrar allí dentro no era aconsejable. Llamó al paladín para informarle de que estaba dispuesto a unirse a la causa para defender la ciudad, junto a otros valientes.

-¡QUARION! – Grito una voz poderosa y oscura a los sin fines de aquel templo en busca del oyente correcto, a su vez estas palabras fueron resonando por el templo varias veces. Todo esto ocurrió una vez hubiera terminado de hablar Quarion a los suyos y Sarverius gracias a sus agudos sentidos había llegado a oír la conversación.

-Escucha vampiro, este es suelo consagrado, no te destruirá, pero sufrirás gran dolor, si realmente pretendes a ayudar, debes estar dispuesto a sacrificarte. Acercate y hablaremos sobre lo que puedes hacer por esta ciudad.- Respondió Quarion desde el templo. Toda espada sería bien recibida en aquel lugar.

Olayer aprovechó la aparición del vampiro para averiguar como ayudar.
-Noble guerrero del templo de Om, veo que usted es quien organiza la defensa y quería saber ¿en que puedo serle útil?- Pregunto con prisa el elfo, puesto que el tiempo apremiaba, cada segundo perdido ponía en riesgo la vida de los frikigardenses Ubicados en los distintos refugios de la ciudad.- Tengo facilidad para construir barricadas como las que ve al rededor del templo, pero soy nuevo en la ciudad, si me facilitara un guía que me marque el resto de los refugios podría construir mas barricadas a sus alrededores-

El elfo se sentía tenso por la presencia del vampiro. Sabia que no había de que preocuparse por que por lo visto seguía las reglas de la ciudad y también buscaba ser de utilidad, pero aun no estaba acostumbrado a trabajar o asociarse a ese tipo de personas o razas ni tampoco aprendido a confiar plenamente de ellas.