sábado 28 de febrero de 2009

Nino

Sólo tuve un abuelo, Nino. El otro, Pepe, murió cuando mi padre tenía poco más de 16 años. Pero mi abuelo Nino era un gran abuelo. De esos de película que se dedican a contarte cuentos cada noche. De esos que te dan la mano y juegan contigo tirado en el suelo. Con más paciencia que el santo Job. Con alegría, siempre sonriendo. Recuerdo a mi abuelo con una eterna sonrisa en sus labios, con su pantalón corto y sus calcetines blancos, recorriendo la parcela del chalet quitando mis juguetes y los de mis primos.


Lo recuerdo en Cádiz, cuando venía a recogerme en la parada de autobús para llevarme a su casa. Cuando paraba en una pequeña tienda de juguetes para comprarme coches en miniatura, o indios y vaqueros. Lo recuerdo sentado en el Bar Andalucía, junto a la ventana, con sus amigos mientras se tomaba algo. Lo recuerdo yendo de su mano a comprar churros en la Guapa cada mañana de sábado.


Lo recuerdo contándome sus historias. Convertido en mi héroe porque era el único amigo que tenía un abuelo que había luchado en guerras que ahora sé que sólo existían en su imaginación. El único que había salvado a la cabra de su unidad, mientras asaltaban una muralla en una ciudad que nunca existió. Que siempre existirá. Porque las historias, los cuentos que mi abuelo me contaban, seguirán siempre vivos en mí.


Hoy hace años de la última vez que lo vi. Nunca se quejó de encontrarse mal y sabía que yo quería ir a Roche aquel día, aquel puente, porque mis amigos estarían allí y yo querría jugar con ellos. La noche del viernes 26 de febrero se acercó a mi cama, me acurrucó, me contó una de sus historias y se acostó. Por la mañana mis abuelos no estaban en casa. Sólo una amiga de mi hermana. Dos días después, tal día como hoy, el corazón decidió que no seguiría latiendo. No importa. Siempre seguirá vivo. Como sus historias que hoy me empujan a escribir. Que quizá llevaron mis caminos a la Historia. Como su sonrisa, su alegría, su vitalidad y su recuerdo que siempre será imborrable.

viernes 27 de febrero de 2009

La calle Nicaragua

La calle Nicaragua es una de esas calles de Cádiz que es más calleja que calle. Estrecha y con poca luz, dudo que alguna vez el sol haya rozado su adoquinado suelo. Está situada en una esquina de la plaza Candelaria, junto a la calle Santiago. Ahora, cuando la recorro, mis sentidos parecen engañarme y llevarme a una época pasada. Cuando la calle olía a serrín y madera recién cortada. Por alguna extraña razón, aquella calle, sus olores, me evocan a Cádiz. Pese a que nada tiene que ver ese peculiar olor a madera con nuestra ciudad marinera.

Pero, cuando estoy lejos y huelo a madera, barniz y serrín, la mente me retrae a muchos años atrás. A aquella calleja oscura y sus carpinteros. A la mano de mi abuelo, que me recogía de la parada de autobús en Canaleja y me llevaba a su casa en Doctor Dacarrete. A infancia, a calles llenas de niños jugando en plazoletas limpias y sin rejas. Al Parque Genovés, a la Alameda. Olores que nada tienen que ver con aquella calleja. Pasajes de una vida pasada y feliz, de una ciudad vista a través de los ojos de un niño y su abuelo.

Hoy la calle no huele a nada. Como la propia ciudad que ha perdido su olor y su encanto. Pero, a mí, aquel viejo recorrido sigue oliéndome como siempre, aunque ahora las puertas estén cerradas, como casi todas en Cádiz. Aunque hace mucho que mi abuelo no me dé la mano.

La calle Nicaragua, siempre será la entrada a un mundo ya perdido. El de la vieja Cádiz que se derrumba a cada paso.

jueves 26 de febrero de 2009

Capítulo VIII: La cordura

El teniente Juan González llevaba más de treinta años en el cuerpo. Era un hombre recto, sin tacha alguna, y tenía el respeto de todos sus compañero. Desde hacía quince años estaba vinculado a la Policía Judicial de El Puerto de Santa María. Casi desde el inicio de su carrera había deseado dedicarse a la investigación y al final lo había conseguido. Pese a todo, no era un inspector de novela. Era un guardia de a pie, con sus defectos y virtudes y con casos poco extraordinarios. En el fondo, su vida era tan aburrida como la de cualquier funcionario o incluso más.

Pero aquel día, al recibir la llamada de su superior para que se personara en los pinares de Valdelagrana, supo que aquel no iba a ser un caso normal. La voz de su jefe dejaba claro que algo había pasado y cuando llegó al lugar del crimen se dio cuenta de que no se había equivocado. Algunos compañeros más jóvenes estaban en la entrada del camino. Sus rostros, blancos y cetrinos, mostraban la preocupación por lo que había ocurrido en aquel bosque. Aparcó el coche y continuó caminando. Cuando por fin llegó al lugar comprendió la magnitud del acontecimiento. Y vomitó.

En treinta años de servicio nunca había visto nada igual. La mujer pudo haber sido hermosa. Ahora estaba completamente desfigurada. Su rostro había sido cortado hasta formar extrañas figuras geométricas. Le volvió una arcada cuando se agachó sobre el cuerpo. Tenía dos orificios en el cuello, pero hasta que el forense no estudiase el cuerpo no sabrían mucho más. Sólo esperaba que aquella pobre mujer hubiese muerto antes de que le dibujaran la piel. Se temía que no.

Observó el entorno. Vio pisadas junto al cuerpo. Las mismas que venían por el camino y seguían hacia el interior del pinar. La habían atraído hasta ese lugar. Habían preparado el crimen. Y, sin embargo, algo no cuadraba. ¿Porqué allí donde las huellas estaban claramente marcadas en el suelo? Una era más profunda que la otra. Buscaban a un cojo. Tendrían que buscar un cojo. Eso reducía la búsqueda, pero algo le decía que aquello escondía algo más. Y entonces lo vio. Un pequeño reflejo blanco en un charco de sangre oscura y seca.

-¡COÑO!

Las miradas dejaron entrever lo que ocurría. El teniente leía la carta dejada por el asesino sin llegar a creérselo del todo. Aquel papel colocaba a la mujer que tenían ante sí en el tercer puesto de una macabra lista. Y dejaba claro que habría una cuarta. Pero ninguno recordaba los crímenes anteriores. Era imposible que algo así no hubiera llegado a oídos de todos los compañeros. No aguantó más tiempo en el pinar. Sin cruzar palabra con sus compañeros salió corriendo hacia su despacho. Era un lugar pequeño, sin ventanas, más un armario que un verdadero despacho. Sólo una mesa de trabajo. Dos sillas, una de ellas usada como estantería y poco más. La luz entraba por un pequeño ventanuco, tan pequeño que necesitaba de una lampara encendida todo el día. Pero era su despacho. Le habían ofrecido cambiarse y no quiso. Allí podía pensar mejor.

Se dejó caer en la silla, mientras golpeaba el ratón del ordenador para que encenderlo. Abrió el OpenOfficce que le habían instalado y comenzó a escribir:

1º La ciclista. ¿Qué ciclista? ¿Cuándo y dónde murió? Buscar casos recientes con ciclistas implicados. ¿Fue la primera realmente? ¿Cómo fue?

2º La suicida. Esto es más complicado. Sólo sabemos que fue mujer.

3º La puta. ¿quién es? ¿donde estaban sus compañeras? ¿Y el chulo?

4º... ¡NO!

Tecleó en google “asesinato de ciclista”. Sabía que era muy rudimentario, pero los medios lo eran en aquel lugar. Además, esa búsqueda le abría puertas más lejanas. Estaba seguro de que si el crimen hubiera sido cercano ya lo conocería. Aparecieron noticas de una mujer asesinada por su pareja en Conil. Iba en bicicleta. Pero el marido, o lo queé fuese, estaba en la cárcel aún. No le valía.

Apagó el ordenador sin darse cuenta. decidió que aquello era una señal para dejar el despacho. Y salió a la calle. Comenzó a andar hasta la Rivera del Marisco. Cuando se quiso dar cuenta estaba apoyado observando el Guadalete, viendo como el catamarán que iba hasta Cádiz se cruzaba con el vaporcito, ahora un barco de recreo para turistas. No había cogido el móvil. No importaba.

Esto es una locura, pensó, nadie en su sano juicio hace algo así. Estoy delante de un loco. De un maldito loco. Preferiría jubilarme sin ningún caso de estos.... ¿cómo daré con él? ¡maldita sea!.

Cerró los puños sobre la barandilla de metal hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sabía que se convertiría en el último punto de cordura en el juego. Porque algo tenía claro. Aquello no era más que un juego para el asesino. Y él era el otro jugador.

¡Maldito loco!

miércoles 25 de febrero de 2009

El escupitajo

El Cabeza era propenso a encontrarse con todos los líos del colegio aunque no los buscase. Y aquel día fue uno de esos días donde es mejor no asomarse a la barandilla de la escalera. Donde estábamos por cierto. Era en el edificio nuevo, el de “los mayores”, donde estaba la biblioteca del Colegio Guadalete y los cuatro grupos de tercero de BUP y COU. Nosotros estábamos en tercero y esperábamos pacientemente el momento de entrar en clase.

Una voz corrió en ese momento entre los alumnos.... ¡Que viene el Padilla!... ¿quién era ese? Se preguntaran. Y ese era el director del Colegio, casi tan temido como el Porras, el anterior. Y el grito que partió de su garganta al entrar en el edificio nos paralizó a todos. El Cabeza asomó la ídem por la barandilla, con la firme esperanza de saber que ha pasado.

-Le han escupido en la Cabeza....
-Killo, que te va a caer el muerto...- una voz, carraspeó a mi lado, D. Enrique, el profesor de matemáticas, nos miraba sin decir nada, indicándonos que saliéramos de allí. Tarde. El Padilla ya subía las escaleras.
-Bermudez- que así se llamaba mi amigo conileño- ¿Se puede saber porque lo ha hecho?
-No he hecho nada.
-Eso dice usted siempre
-No, es cierto, no ha hecho nada. Estaba aquí conmigo.

El Padilla me miró, como diciendo: “Señor Fornell, cállese que con usted no va la cosa”. A mi siempre me mandaban callar. Yo era el niño bueno de la clase, el que no se metía en líos. El que solo acompañaba a los otros. Pero está vez mi amigo no había hecho nada. No importó. Le expulsaron del colegio un día, mientras el verdadero autor del crimen se escondía como un cobarde.

Al Cabeza le daba igual, estaba acostumbrado a comerse todos los marrones. Aunque no siempre fuera culpa suya. No siempre, claro.

martes 24 de febrero de 2009

Civismo en carnaval


Ya pasó el sábado grande de Carnaval y la noche, sin duda, ha dejado una huella imborrable en la ciudad. Noche grande, de fiesta, de diversión y, por supuesto, de civismo. Que raro era ver a alguien orinando en una esquina. No, la gente hacia pacificas colas ante los urinarios públicos para evacuar los fluidos antes consumidos. Nada de alcohol, por supuesto, todo el mundo con su Kas Naranja o su botellita de agua.

Las calles limpias, como los chorros del oro, eran baldeadas y limpiadas de basuras cada poco tiempo. Solo los papelillos y las serpentinas llenaban el ambiente, cargado de coplas de carnaval por doquier. Que bonito Carnaval, que bonita está mi Cádiz y esas cosas que se cantan.

Y es que ya se sabe, en Carnaval nada es lo que parece.

lunes 23 de febrero de 2009

Caza Mayor

En este blog no se habla de política. Pero la caza es otra cosa. Yo no soy partidario de hacer daños a animalitos indefensos, aunque el mantenimiento regulado de los cotos es necesario para el buen mantenimiento de nuestros bosques. Por eso, que alguien vaya a cazar no me parece mal del todo. Pero eso sí. Si todos somos iguales ante la ley, todos debemos serlo. Yo no puedo ir a cazar -ni creo que fuese- porque no tengo licencia para matar. Pero, si la tuviera en Andalucía, sé que no me puedo ir a Palencia a cazar sin sacarme la correspondiente licencia allí.

Así que no entiendo porque el Ministro si puede hacerlo y, además, puede hacer caza mayor en un coto de caza menor sin que nadie diga nada. Y eso sin hablar de su compañero de montería, el estrella mediática de Garzón. Mucha caza, pero poca vista.

Al final, el ministro ha sido victima de su propia cacería. Ni el lamentable estado de la justicia en España. Ni la huelga de jueces. Ni un Código Penal que es el hazme reír de todo el reino. Solo una caza y, eso, sin siquiera, haber emborrachado al oso.

Finalmente, el chulesco ministro ha hecho lo que ya tenían que haber hecho otras como la Maleni: dimitir. Al final, tomó la decisión correcta.

Los últimos en enterarse (1995)



Hoy quisiera rendirle un homenaje sin cachondeo
a una cosa tan simple y tan humana
como es el tirarse un peo,
porque forma parte de nuestra cultura
alzar la pierna y adoptar esta postura
algunos dicen que el peo es un acto cochino
pero to el que se pee se queda divino.

El peo no distingue clase sociales
porque se pee Felipe González
Michel y Donato,
quedan en la memoria peos con mucha historia
quien no conoce en Cai
el famoso ventorrillo del Chato.

Los peos son también mia que bien
como los buenos vinos de las bodegas
tenemos el oloroso
y también el cremoso
y otros tienen solera pa regalar,
y a que ser un malaje pa no sumarse a este homenaje
pero si homenajeas por favor apunta pa allá.

domingo 22 de febrero de 2009

Yesterdays (1999)



Aunque diga Blas Infante
andaluces levantaos
perdón que no me levante
pero estoy mejor sentao.

Bueno vi a poner de pie
vi a dejar de tonterÍas
venga una dos y tres
que bonita Andalucía.

Vamos a ponernos serio
que vamos a cantar el himno
los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos.

Lo que fuimos antiguamente
pobrecitos y vasallos
siervos de terratenientes
y de chulos a caballo.

Si este pueblo se disparata
con la boda de un matavaca
y la niña de una duquesa,
si este pueblo se le arrodilla
a una espada y a una mantilla
este pueblo me da vergüenza,
menos rollos de verdes mares
de campiñas y de olivares
que asi luego nos luce el pelo.

Casta,
después te ponen la serie
de Emilio Aragón con sus castas
y aparece en el más ínfimo escalón
de su estrecha jerarquía
el servilismo mamón
de las marmotas de Andalucía.

sábado 21 de febrero de 2009

Los Pavos Reales (2004)



Popurrí

La historia comienza el día
que la reina de Castilla
con pasión se enamoró,
de un muchacho inteligente,
buena gente, competente,
una persona excelente,
elegante y guapetón.
Lo de menos es que era el rey de Aragón…

Aunque ella no sabía ni leer ni escribir,
luego demostró la historia que sabía latín.
‘Pal’ estudio nunca es tarde,
ella puso de su parte
y al cumplir los treinta y uno…
se leía sin ayuda el “misho uno”.

Y ya en la luna de miel,
Isabel cogió a Fernando
y pasaron ‘to’ la noche
tanto monta, monta tanto.
Todo el Reino de Aragón
entró dentro de Castilla…
hasta la campanilla.

De este matrimonio nace,
de entre otros hijos, Juana La Loca,
que por su forma de ser
la pobre iba de boca en boca.
Ella que era ‘mu’ beata
y le tiraba lo religioso,
hasta que llego ese día
y conoció a Felipe El Hermoso,
y a la llamada de Dios… Juana le colgó.
Se casó muy feliz,
pero al poco tiempo después
le daba en la nariz
que Felipe le era infiel.
Se escuchaba en palacio “que viene Felipe”
culito a la pared….
Y ya se dio cuenta Juana
de quién era su excelencia,
porque las doncellas le hacían la reverencia
pero mirando ‘pa’ preferencia…
Juana quedó embarazada
porque, a pesar de todo,
ella seguía enamorada.
Un día estando en una fiesta,
le entró un retortijón,
y cuando estaba en el water,
le vino una contracción.
Cuentan que su majestad
tanto tuvo que apretar,
que pensó que eran gemelos…
pero vinieron al mundo
un mojón y Carlos I.

Y así vio la luz
quien luego sería
el más grande del mundo entero.
El mojón no, ¡eh!, Carlos I,
que fue educado
para que fuera un digno heredero.
Luego se comprometió
y en su prima se fijó.
Aquello para el clero
resultaba tan inmoral,
que el Papa fue a verlo y le dijo:
“¿Con tu prima te vas a casar?
vas a llevar tras tras…
que es sangre de tu sangre
que te corre por las venas…”
Santidad… mi prima está ‘mu’ buena.
Y este grandioso rey,
lo tuvo todo en la vida…
‘po’ más grande fue la caída:
la guerra, el hambre, la miseria,
lo llevaron a la depresión,
y ya cansado, aburrido y decepcionado… abdicó…
‘vamo’, que lo mandó al ‘carajo to’.
Antes de que entrara en una depresión,
antes de que su reinado se fuera a pique,
Carlos I tuvo un hijo varón…
¿Y saben como le puso?
Felipe.

Felipe II se casó
con María Tudor,
que le ponía las pilas.
Si hubiera nacido niña…
le hubiera puesto Alcalina…
pero como tuvo un pibe
¿sabéis como le puso?
Felipe…

Después Felipe III
también tuvo su heredero,
dudaban entre ponerle
Eduardo o Enrique
¿y saben como le puso?
Felipe…

Y luego Felipe IV
tuvo un hijo que era un flipe
¿y saben como le puso?…
‘po’ no, le puso Carlos II
y se quedó con ‘to’ el mundo.

A este Carlos II
llamaban el hechizado…
que forma tan diplomática
de decirle ‘encarajotado’.
Con él la casa de Austria,
en España terminó
y llega desde la Francia hasta la España
el primer Borbón.

Felipe V sería
el primero de los Borbones,
enseguida potenció
la industria de la hojaldrina,
las ensaimadas y los alfajores…
…no he dicho nada de polvorones.
Más tarde tres hijos suyos
llegarían al poder,
Luis I, Fernando VI y Carlos ‘tres’…
¿Carlos tres? …
es que tercero no rima bien.

Como dice el refrán
“a rey muerto rey puesto”…
‘po’ después de Carlos III
viene Carlos IV…
por supuesto.

En Francia estalló por entonces la revolución,
y Carlos, asustado con la guillotina,
se hizo coleguilla de Napoleón…
y una manchita en el pantalón.
Su hijo, Fernando VII, se enfadó,
hizo un motín y lo destronó,
pero enseguida Napoleón
al padre y al hijo los citó en Bayona
y les dijo: “dame, trae ‘pa ca’ la corona,
vamos a echarlo a suertes,
tu pares, tu nones… y la corona…
‘pa’ mis cojones.

Mientras Pepe Botella reinó
Fernando seguía en Bayona, prisionero,
y cuando a España volvió
lo coronaron de nuevo.
Cogió las Cortes de Cádiz
y se las pasó por alto.
A la hora de la sucesión
Fernando no tuvo valor,
Fernando tenía una Infanta,
pero claro había un problema,
reinaban los príncipes no las infantas…
y dijo: “¿qué hago? ¿qué hago?..
‘po’ cambio la ley,
‘pa’ que en vez de un príncipe
reine una Infanta,
que eso no es trampa”

A que reinara una mujer,
se negaban los carlistas,
Isabel le decía enfadada:
“¡asqueroso, machista y machista!”
Y ‘pa’ que no faltara de ‘na’,
Isabel se casó con un hombre,
que dicen, que dicen, que era homosexual…
el Duque de Cádiz..
¿De Cádiz…? Me cago en la mar

Amadeo I de Saboya,
tres años estuvo de rey,
rascándose… rascándose
punto y coma.

Alfonso XII perdió
las colonias importantes…
menos mal que nos dejó
el desodorante.
Su hijo, Alfonso XIII,
fue rey desde que nació.
Menos mal que nació sin corona…
si no, a la mama, el mimi,
se lo desmorona…

Y aunque Franco hizo pensar
que esto era el final del cuento,
larga vida a Juan Carlos I y Felipe VI,
Y ustedes lo vean, por supuesto…
Gracias por su atención,
esta historia se acabó.

viernes 20 de febrero de 2009

Carnaval y más

Bien sabe Momo, que no comparto su divino gusto por el Carnaval. Pero como dios y gaditano que soy, en estos días andaré con mi mortales pies por el centro de la vetusta ciudad de Balbo. O lo que es lo mismo, esos amigos que mi humana presencia tiene en el mundo terrenal, arrastran mi cuerpo mortal por las atestadas callejas locales. Siguiendo a ilegales chirigotas ataviadas con percheros, ahora, comparsas de moda, después. Mientras Momo, mi colega del Olimpo gaditano, se ríe de mí desde su atalaya de la Torre Tavira.

Por eso, en estos días en los que no me encontraré cerca de mi divina morada virtual, no puedo más que dejarle algunas de esas letras que llenaron de ritmo las calles, plazas y teatros de nuestra ciudad trimilenaria. Perdónenme los que, como yo, no gusten de eso. Pero escuchen lo que en ellas se canta, porque, entre otras cosas, podrán aprender Historia de España. O, porque no, la grandeza de nuestra Andalucía. Y como hay cosas hermosas y mundanas, que siempre merecerán tener su lugar. El miércoles volveré con ustedes. Sean lo que quieran en estos días, pero sean civilizados.

Por cierto, el relato ¡Lobos!, volverá la semana que viene.
Y que feo es el cartel de este año

jueves 19 de febrero de 2009

Capítulo VII: Naquira

Naquira había nacido en Kenia hacia veintidós años. Tal vez veinte o veintitrés. No estaba segura. Como tampoco sabía en que día o mes abrió por primera vez los ojos al mundo. Sólo sabía lo que su madre le había contado: fue en la estación seca. Desde entonces su madre había tenido un nuevo hijo cada dos años, más o menos. Pero no todos habían llegado a recibir nombre. Ella había tenido suerte y había logrado crecer hasta la edad adulta. Además, no era muy agraciada, lo sabía, y eso había permitido que no fuese elegida por ningún viejo para ser su esposa.


Cinco años atrás había decidido que su vida tenía que cambiar. Había tenido un hijo de un soldado rebelde que había pasado por la aldea. No quería que su hijo viviese como ella. Ese mismo soldado le había hablado de la posibilidad de irse a Europa. Él lo había pensado muchas veces y sabía que esa era su única posibilidad de escapar de aquella miseria. Ella le había escuchado y había llegado a la conclusión de emprender el largo viaje.


Había dejado a su hijo con su madre y sus hermanos. Era una boca más que alimentar, pero la promesa de dinero valió para comprar la ayuda. Comenzó, entonces, un largo trayecto que le llevó a cruzar el mar e instalarse en España. No sabría decir exactamente donde estaba. Había mucha luz y no solía hacer frío. Pero su situación no había mejorado en absoluto. Se podría decir que había empeorado. Pues había escapado de la miseria en su aldea para caer en las manos de aquellos hombres que le obligaban a prostituirse para pagar un billete que ella no les había comprado.


Ahora, como casi todas las tardes desde hacia dos años, estaba en aquel apartado bosque. Tal vez un parque grande. Cerca había un estadio de fútbol con gradas rojas y blancas. Lo veía al pasar en el coche con su captor y protector. Aquel hombre flaco, de ojos duros y la cara picada de viruela, congoleño de rostro afilado, era el único con el que hablaba sin tapujos. En más de una ocasión le había salvado de un cliente borracho. Y, por eso, le estaba agradecida. Además, pese a todo, se había dado cuenta de que lo necesitaba cerca. Y al acostarse con él no podía dejar de llamarle mi “guardián”. Pero hoy la había dejado y se había ido. Tenía que buscar a más chicas. Y ella se sentía insegura.


Y el hombre que caminaba en su dirección no parecía suavizar esa sensación de malestar. Venía renqueante, cojeando. Totalmente cubierto de negro. El abrigo le llegaba hasta la nariz, y los ojos quedaban tapados por una gorra de Adidas. No parecía muy alto, aunque la chepa le hacía más bajo de lo que era. Parecía caminar mirando el suelo. Naquira pensó con asco que tendría que chupársela. Sabía que a muchos de sus clientes lo que más le ponía era que se la mamase. Y a ella no le gustaba. La primera vez llegó a vomitar sobre el hombre, y su guardián le rompió un brazo. Supo que no debía volver a hacerlo.


El hombre llegó hasta ella. Le ofreció dinero sin decir palabra. 100 euros. Más de lo estipulado. Demasiado dinero. Pero no podía negarse. Además, no era un billete, así que podía quedarse con parte sin que nadie se enterase. El hombre le indicó el bosque. No le gustaba aquel tipo, pero sabía que podría reducirlo en caso de tener problemas. Comenzó a andar adentrándose en el pinar. Él la seguía y, cada vez que se paraba, indicaba con la cabeza que siguiera.


Por fin pareció darse por satisfecho con el lugar. A ella no le gustó. Estaba demasiado lejos del camino. Él la miró por primera vez. Tenía unos ojos claros. Hermosos. Y duros. Le recordó la mirada de una leona. El pelo de la nuca se le erizó.


-Comienza.


Fue la única palabra que escuchó antes de tener que arrodillarse ante el cliente. Vio el reflejo de algo brillante antes de notar el frío hierro clavándose en su cuello. Elevó los ojos y las manos a su asesino, que ahora parecía más alto y joven. Escuchó música. No sabría decir de donde venía, mientras notaba como la sangre se escapaba de su cuello por una segunda herida. Se le nubló la vista y supo que no podría gritar. Las lágrimas resbalaban por su mejilla mientras notaba como un afilado metal hacía cortes en su cara. Después se sumió en un profundo sueño en el que pudo ver a su hijo una vez más: le decía adiós para irse a jugar con sus tíos.


Jorge trabajó en el cuerpo de su victima tranquilamente. Nadie podría molestarle en aquel lugar. De vez en cuando miraba a María y Elena, esperando ver en sus muertos ojos una confirmación del trabajo realizado. Se colocó el auricular que se le había caído. La novena sinfonía retumbó en sus oídos. Mientras dejaba una nota sobre ella:


1º La ciclista

2º La suicida

3º La puta

4º .....


La había escrito en el ordenador. La noche antes. Pensó que ese sería el toque final para rematar el trabajo que se había propuesto llevar a cabo. Susana le había dicho que convirtiera sus cuentos de amor en su historia. Lo haría. Pero quería que todos supieran quién era él. No él. No quería que lo cogiesen y encerrasen sin más. Quería pasar a la Historia. Quería que se escribiesen novelas sobre él. Tal vez, el mismo, podría escribir alguna vez.


Observó una última vez el trabajo realizado, y se dio por satisfecho. Caminó en dirección contraria. Dejando sus huellas marcadas en la arena. Cruzó la carretera y caminó por la acera pavimentada en dirección a la playa. Ya no se agachaba ni mostraba chepa. En su lugar llevaba una mochila, en la que guardaba el negro pantalón con manchas oscuras que se acababa de quitar. Dejó su rostro a la vista y había vuelto su abrigo reversible para que no se viese la sangre. De todas formas, nadie se cruzó en su camino. Paseó por la playa un rato, hasta volver al paseo marítimo para montarse en el coche. Se quitó la bota con plataforma que había simulado una leve cogerá y se restregó los pies. Le dolían. Eran demasiado pequeños. Pero, creía, habían dado resultado. Sonrió mientras conducía, dejando Valdelagrana atrás para volver a Cádiz.


Sin duda, la tarde ha sido provechosa.

miércoles 18 de febrero de 2009

Blancanieves


En época de exámenes mis padres me recluían y en casa y no me dejaban ir casa de los abuelos. Decían, no sin razón, que sino hacia nada en casa menos allí. Así que aquel año, y ya a que los resultados no estaban siendo del todo los previstos, ni siquiera insistí en ir. Me quedé en casa, pensando en la suerte que tenía el Hetero disfrutando de los carnavales mientras que yo tendría que disfrutar de las magistrales clases de historia del Piru.

El lunes, temprano, salí para el colegio. Con mi carpeta bajo el brazo y cara de pocos amigos. Entre otras cosas porque mis amigos, o al menos el grupito de insurgentes de la calle Doctor Dacarreta, estarían dormitando en sus casas tranquilamente. Porque, para serle sinceros, ninguno de nosotros era muy carnavalero, más bien usabamos las fiestas para jugar al rol en casa de uno y otro. Por eso, cuando estaba tranquilamente en la parada me sorprendió ver al Hetero en la acera de enfrente. Se acababa de bajar del autobús y cruzó corriendo la calle, con una leve sonrisa en los labios.

-¡No te lo vas a creer!
-Seguro que sí.- A esas alturas yo ya comenzaba a creerme cualquier cosa ocurrida con el Hetero.
-He conocido a alguien... anoche... y hemos estado todas estas horas juntos.
-¡No jodas!... y ¿cómo ha sido?.
-Pufff
-Apestas a alcohol. Y no solo es cerveza.
-Es ¡CAR NA VAL!
-A ti no te gusta, ¿recuerdas?
-Sí que me gusta. Es magnifico. El sábado me disfracé de Blancanieves y salí a la calle con los hijos de unos amigos de mis padres. ¡Fue genial! ¿Tu que hiciste?
-Estudiar el examen que me han puesto hoy...- mi sonrisa burlona le dejaba a las clara que el final de la frase no era otro que el que era – ... Blancanieves de mierda – lo que escuchado por él significaba “no me jodas maricón, que voy para clase!

Dio una vuelta sobre el mismo, dejando que su melena flotase entre nosotros mientras mis compañeros de parada lo miraban y se reían entre dientes. Sabía de sobra que, en cuanto me montase en el autobús, comenzaría el cachondeo. Y, el autobús, ya había llegado a la parada.

-¿No me digas que te has liado con uno de los siete enanitos?.Bueno, en serio, dime ¿como es ella?
-¿Ella?

La sorpresa se reflejó en mi rostro mientras lo veía, a través de los cristales del Transcela que nos llevaba al colegio, cruzar nuevamente de acera. No sería la última vez que hiciese aquel recorrido.

martes 17 de febrero de 2009

No lo entiendo

No lo entiendo. Debo estar haciéndome viejo, o yo que sé. Pero no lo entiendo.

No entiendo que una persona pueda hacer daño a la persona que ama.

No entiendo que una relación de menos de un mes con menos de 17 años pueda considerarse una relación.

No entiendo que la madre una niña de 14 años meta en casa al novio de ésta, de 20 años.

No entiendo que lleva a unos amigos a encubrir un asesinato brutal.

No entiendo a esa gente que se acerca al borde del Guadalquivir para “ayudar” al rescate del cuerpo sin vida de una chica que jamás debió acabar allí. A esas personas que esperan su minuto de gloria ante una cámara de televisión mientras ojean el río con la esperanza de ver surgir el cuerpo de la chica del agua.

No entiendo demasiadas cosas de esta sociedad en la que vivimos. Tal vez porque mis padres me educaron de una forma concreta, en valores cristianos que me han dado la perspectiva moral suficiente para distinguir entre el bien y el mal. Entre lo normal y lo anormal.

Tal vez porque estudié en un colegio en el que, pese a todo lo que se le pueda achacar al Opus, me enseñaron a pensar por mi mismo.

Tal vez porque tuve la suerte de crecer en una urbanización rodeado de amigos sin problemas, como tampoco los tenía yo.

Tal vez porque tuve algo que ahora no se tiene: infancia.

No sé las razones, pero cuando me doy de bruces con realidades como la que este fin de semana se ha vivido en Sevilla y sus alrededores, siento asco de la sociedad en la que vivimos, y temo donde crecerán mis sobrinos y mis hijos, el día que los tenga. Temo que la crisis que afecta al mundo sea algo más que una crisis económica. Y comienzo a estar de acuerdo con aquellos que hablan de una crisis de valores que está afectando a toda la sociedad. Y donde, como siempre, pagaran los más pequeños. Aquellos que ya se han quedado sin infancia. Aquellos que con 13 años ya son padres en vez de jugar a los clics como hacíamos nosotros. Tal vez mi infancia duro mucho, no lo sé. Pero me quedo con mi vida antes que con esta sinrazón actual, donde todos son y quieren ser, más mayores de lo que debieran.

lunes 16 de febrero de 2009

¡Fiesta!

Ocurrió. Sí. Ocurrió. No sé siquiera si debería contarlo. Pero lo haré. Aunque, por una vez, no fuese yo el protagonista directo de la historia, la viví en primera mano. O en segunda oreja, si se quiere. Nosotros no hicimos nada. Nos fuimos al chiringuito de la Loma, aquel que ahora es un restaurante o algo parecido. Pero que, en aquella época, abría toda la noche.

Como otras muchas noches fuimos en turno. Algunos en coche, otros andando por la playa. Era un paseo corte. No llegaba a la media hora. Yo fui de los primeros en llegar, con Gaby y el surfero, creo. Cuando ya llevábamos un rato en el lugar, sonó un teléfono, no recuerdo de quién. Era las “niñas”.

-¡Tíos!, no veáis la pedazo de fiesta que hay en la playa. Un montón de gente. Venirse, venirse.

Hablamos entre nosotros, pensando en irnos para la fiesta, cuando volvió a sonar el teléfono.

-No es una fiesta, no es una fiesta…. ayudadnos.
Los llantos de nuestras amigas nos pusieron en marcha. Por la playa, en su búsqueda como un grupo de galantes caballeros intentando salvar a su amada de lo alto de una torre, o de la arena de la playa. Cuando llegamos al lugar de la fiesta, nuestros ojos no creyeron lo que vieron. Un grupo de hombres corría por la playa, en dirección a los acantilados para fundirse con la oscuridad de la noche. Nuestras amigas, tiradas en la arena, seguían llorando al otro lado del grupo. Cruzamos entre ellos, haciéndoles el mismo caso que ellos a nosotros: miradas de asombro y miedo. Y allí estaban ellas. Nuestro primer contacto con una realidad: la de las pateras que cruzan el mar en busca de un paraíso perdido, el nuestro.

Pero saben, será porque los que vivimos en el sur nos hemos habituado a un drama del que nadie debiera ser indiferente. O porque nuestro humor siempre fue macabro y negro. Pero lo cierto es que, cada vez que alguien habla de pateras cerca del grupo, alguno de los que vivió aquella noche grita ¡FIESTA! y todos reímos a carcajadas ante un drama que, como a nuestras niñas, debiera hacernos llorar

domingo 15 de febrero de 2009

Los Goonies

Llevo una semana hablandoles de la amistad. Y hoy, domigo, último de estos días de exaltación del compañerismo, terminaré hablandoles de una película. Podría hablar sobre cualquier otra, pues son muchas las cintas que tratan sobre la amistad. Pero he elegido está porque sí. Porque Cocom se la sabía de memoria y era capaz de repetir el dialogo integro. Porque la he visto muchas veces con mis amigos. Tal vez porque se estrenara en una época en la que ya empezaba a disfrutar con ese cine (1985) o, porque no decirlo, me gusta.

Me gusta porque habla de un tipo de amistad que sí conocí. De esa amistad de la infancia que, todos saben, algun día desaparecerá. Porque la vida es cruel con los amigos, pero más aún con los niños. Los Goonies nos habla de ese momento. De ese instante en el que todos se dan cuenta del final de una etapa. Cuando la especulación y los campos de golf (que no sabremos de esto en España) amenza la tranquila vida de la pandilla. Ese último fin de semana juntos se convierte en una aventura cuyo final es conocido por todos: la despedida.

Solo Mickey cree que el tesoro de Willy el “tuerto” esté escondido bajo la tierra. El resto le sigue para pasar unas últimas horas juntos. El final de los Goonies y el principio de una nueva vida. Aunque al final el cine es benevolo y un acto simple acaba salvando su amistad. No sabemos por cuanto tiempo.

Y es que esta película, más allá de ser buen cine de aventuras, nos ofrece una gran lección: el poder de la amistad. La amistad del grupo, que se adentra en el corazón de la tierra sólo por no desencantar a Mickey. La extraña y casi imposible amistad de Gordy y Sloth, que enriquece a ambos y, al final, a todos. Y las pequeñas cosas: un saco de cánicas que salva a todo un pueblo. No importa que el barco se vaya a pique. No importa que las riquezas de Willy el “tuerto” naveguen a un destino insospechado. Solo importa que Los Goonies seguirán juntos un año más. Al final, ese fin de semana, les trae el mayor tesoro del mundo: amigos.

sábado 14 de febrero de 2009


No. En este blog no se habla de amor.... enamorados abstenerse.

Extraños amigos

Robbel corrió por las murallas, recorriendo con la mirada la barbarie de la guerra. Escuchando cada grito, cada rugido, como si fuera el último de los muchos que había escuchado Frikigard. Se detuvo en su carrera al observar el pendón de Asoka sobre la casa de Mot. En mitad de la batalla el tiempo se paró y el guerrero miró al pasado. Recordó como había conocido a Hathaltoy. Recordó la primera impresión que el vampiro había dejado en él. Al conocerlo no pensó que aquel ser, escondido bajo una rica túnica azul azabache, pudiera ser el temible matusalén que era. Pero no le sorprendió la realidad. Frikigard le había enseñado que nada era lo que parecía en aquella ciudad, y que la apariencia nunca escondía la verdad.

Aquel matusalén, de rostro juvenil y pelo cano, parecía más un estudioso que un guerrero. Y, sin embargo, mostró en mil batallas el poder de su espada y su brazo. El mismo Robbel lo había comprobado luchando mano a mano con el Hijo de Caín. Drow y vampiro mano a mano, espalda contra espalda. En aquellas batallas se había conformado la amistad de ambos seres, condenados a luchar entre ellos. Pero Hathaltoy había mostrado la sapiencia adquirida en siglos de existencia. Se impuso al resto de clanes de la ciudad hasta ser nombrado Príncipe y anuló cualquier oposición. Él era la ley en el mundo de los chupasangres, y logró mantener a sus vástagos controlados. Y no usó más poder que su inteligencia. Eso gustaba al drow. Y a otros.

El propio Askanter, el Conde que se encontraba en la cúspide de su sociedad drow, había visto en el vampiro a su némesis, su alter ego. La razón para mantener una lucha encubierta que había provocado no pocas guerras abiertas en la ciudad. Pero ahora todo cambiaba. Sin saberlo, el Conde luchaba contra el enemigo del vampiro. Y el enemigo del vampiro se convertía en enemigo del Conde.

Su mente vagó a un par de días atrás. A las extrañas circunstancias que le llevaron a la Casa de Mot. A la visión de su compañero de batallas y amigo tendido en aquella cama de muerte. Recordó como su rostro mostró la incredulidad ante lo que le mostraba Cathan. Hathaltoy, el primado exiliado de Asoka, el príncipe vampiro de Frikigard, yacía muerto encerrado bajo su propia casa. Recordó las reacciones de todos los que allí estaban: Bloody, el loco malkavian, Vladimir, el noble venido de tierras lejanas, y Cathan que los observó a todos antes de hablar.

-Hathaltoy yace muerto. No lo está. Aquel que ahora llega a nuestras murallas es su hermano en muerte. Pero también lo fue en vida. Ambos están unidos de tal forma que, cerca el uno del otro, jamás podrá morir el uno sin el otro. Mientras Hathaltoy esté vivo, Guytón será invencible en Frikigard. Pero el Príncipe lo vio llegar en la lejanía. Los tambores de la guerra suenan desde hace mucho tiempo. Y, antes de que su hermano llegase hasta él, Hathaltoy hizo lo que debía.

Robbel se había echado las manos a la cara al ver la acción de su amigo. La dorada empuñadura de un arma sobresalía en su pecho. Se había sacrificado para darle una oportunidad a la ciudad. Pero si las defensas fallaban, Hat, su amigo y compañero, moriría. Y está vez su muerte sería eterna.

El ruido de la guerra lo llevó de vuelta a la realidad. Hombres, vampiros, hobbit, drows, enanos, demonios, licántropos, gigantes,… todos luchaban mano a mano para defender la ciudad. El guerrero sabía lo que Frikigard significaba para todos ellos: un lugar donde la amistad podía encontrarse en el rincón más insospechado. Donde la guerra, las batallas, habían creado lazos imposibles en otros lugares. Sabía, no tenía dudas, que hasta los enemigos más acérrimos como era el Príncipe y el Conde eran, en el fondo de sus almas perdidas, amigos de por vida. Y que uno y otro darían su vida por salvar a su némesis, a aquel en el que habían encontrado un formidable adversario.

Porque el mayor tesoro que se escondía en la ciudad no estaba en bajo los fuertes muros del palacio real de Scarymash I. Estaba en las cantinas y tabernas, en las calles, en los jardines, en los fortuitos encuentros ante las puertas de la ciudad. Frikigard se había forjado de amistades imposibles. Ellos, Robbel y Hathaltoy, eran un ejemplo de eso desde que lucharon el uno junto al otro por primera vez. Una amistad imposible en otro lugar. Una amistad por la que luchar. Un amigo al que salvar. Una ciudad donde en cada rincón se encontraba un ser con el que tomarse una cerveza. Los ojos de Robbel buscaron a sus compañeros de taberna: Evincar, Roland, Bloody, Actaeon, Sha’ab, Quarion,… y tantos otros.

En ese momento tomó una firme decisión: salvaría la vida de Hathaltoy. Lucharía por sus amigos y compañeros. Lucharía hasta la muerte por Frikigard.

viernes 13 de febrero de 2009

El archienemigo

En la vida todos tenemos amigos. Algunos más, algunos menos. Pero, por lo menos, todos podemos decir que tenemos un amigo. Aunque sea, como mi novia o mi divinidad, imaginario. Lo que no todos podemos decir es que tenemos un enemigo a perpetuidad. Un archienemigo que nos trae por la calle de la amargura, y al que dispararíamos a bocajarro a la primera oportunidad que se diera. Y yo, que tengo un archienemigo de esos, aunque jamás le dispararé porque mi pacifica existencia me lo impide, se lo bonito que es.

Ya sé que dirán que es imposible hablar de belleza en una enemistad. Pero lo es. Porque la enemistad congenita nos hace mejores. Nos hace intentar ser mejores que nuestro defenestrado archienemigo que, en no pocas ocasiones, comenzó siendo amigo. Mi archienemigo es quién es. No lo diré. Compartimos mucho y fuimos amigos un tiempo, un par de años. Pese a que otros con los que también hice amistad me recomendaron que no me acercase a él. Sin embargo lo hice, y algunas de sus historias las han leído aquí.

Poco a poco nuestra amistad se tornó en rivalidad. Los dos elegimos el mismo campo de acción: el medieval. Los dos contamos con un mismo maestro, que al más puro estilo Obi Wan se encontró con que uno de nosotros –no diré quién- cayó en el lado oscuro de la fuerza. Los dos hicimos tesina y aspiramos a la Universidad –yo no he llegado a ella… aún- Los dos deseamos ser investigadores. Los dos pujamos por las mismas cosas muchas veces. Siempre los dos. Hasta que los dos nos convertimos en archienemigos.

Pero, sabe, esa archienemistad me ha hecho más fuerte. Más sabio. Mejor. Y supongo que a él también. Porque él se convirtió en mi meta a superar. Y creo que en no pocas ocasiones lo he conseguido. Y más importante aún, y al igual que pasa con los amigos, mi vida sin su presencia en ella pierde parte de su valor. Y ahora que él está lejos de esta tierra gaditana, echo en falta su presencia y me doy cuenta de que, en el fondo, más que mi archienemigo siempre fue mi amigo.

jueves 12 de febrero de 2009

Capítulo VI: Los amigos

Borró lo escrito en el ordenador, mientras negaba con la cabeza. El no estaba loco. Era cierto que había acabado con la vida de dos mujeres. Pero había sido casualidad. No había buscado hacerlo. Y pensar en seguir matando, en preparar nuevos crímenes era una locura. Apagó el programa de texto y entró en el messenger, esperando encontrar allí a alguno de sus amigos.

No estaban conectado ni Manolo ni el Ciborg. Eran los únicos con los que tenía ganas de hablar. Así que decidió mandarles un mensaje para verlos más tarde. A Manolo lo había conocido en su infancia. Compartían la misma zona de playa y, curiosamente, vivían cerca el uno del otro. Con el transcurso del tiempo había llegado a hacerse amigos.

Al Ciborg lo había conocido a través de Manolo. Durante la ruptura con Susana, y después, le había demostrado ser un verdadero amigo. Habían pasado horas hablando sobre ella. Jorge siempre había sospechado que el Ciborg estaba enamorado de ex, pero que nunca había tenido valor para decírselo, y ahora que tenía el campo abierto había sido fiel a la amistad que les unía.

Les mandó el mensaje esperando verse esa misma tarde. Manolo le respondió casi al instante, debía estar en el ordenador. Se verían en Zorrilla para tomarse unas cervezas y hablar tranquilos. El Ciborg nunca contestaba, simplemente aparecía por los lugares como por arte de magia. Era el amigo raro que solía haber en todos los grupos y habían congeniado muy rápido. Tal vez porque el mismo Jorge era un tipo raro.

Esperó con impaciencia toda la tarde. Mientras sus ojos vagaban por los lomos de los libros que tenía en la estantería de su casa. Mankell, Gastón Leroux, Agatha Christi, Follet, Doyle, Soren Kierkegaard, Poe, William Irish, Stanley Gardner,... y tantos otros. Debería tirar todo esto antes de volverme loco del todo, pensó repasando su gran biblioteca policiaca. Finalmente decidió irse antes, dando un paseo por el Campo del Sur. El camino era mucho más largo, pero necesitaba despejarse, y aquel recorrido bordeando la ciudad lo ayudaría. El mar siempre lo calmaba. Y, tal vez, lograse olvidar aquellos dos rostros fantasmales que le seguían día y noche.

Cuando llegó al bar ya estaba Manolo, con su inconfundible pelo pelirrojo sobresalía sobre el resto. Tenía una cerveza en la mano y hablaba sonriente con el Ciborg que parecía contarle alguna historia sobre ordenadores. Ese era su pasatiempo y su hobby. El Ciborg era informático, conocía a Manolo del trabajo. De hecho, aquella amistad era la que había propiciado que conociese a Susana.

El Ciborg le acercó una cerveza, mientras se dirigían a una mesa un poco apartada.

-¿Qué te ocurre, Jorge? Hace mucho que no das señales de vida. Desde lo de Susana.
-Sí, es cierto. No lo he pasado bien, Manolo. Pensé que lo superaría, pero me está costando.
-Sabes que nos tienes para lo que quieras. Somos tus amigos. Siempre estaremos aquí- el Ciborg se mantenía callado, dejando a Manolo llevar el peso de la conversación. Sin lugar a dudas, habían hablado de aquello antes y habían decidido sonsacarle a su amigo la verdad –Sí lo estás pasando mal deberías habernos llamado antes.
-O vosotros a mí.
-¿Cómo íbamos a saber que estabas tan tocado? Cada vez que te preguntábamos nos decías que estabas bien. Y seguías con la sonrisa en la boca… o bueno, con esa expresión tuya de estar feliz con la vida.
-Nunca he estado feliz con mi vida…..

Se mantuvo en silencio, pero sus amigos sabían que no debían interrumpirle. Se conocían desde hacía muchos años e interpretaban esos silencios como el nacimiento de algún pensamiento en la compleja mente de Jorge.

-Mi vida es una mierda. No tengo nada. Un trabajo que pensé que me gustaba y que odio. Tengo que soportar niñatos cada día sin poder hacer nada con ellos. Mis padres casi no me hablan desde que decidí estudiar Historia. Y casi mejor, porque mi madre es una bruja. Mis amigos no son míos…- el Ciborg carraspeó antes esa afirmación- Sí, vale, vosotros dos sí. Pero ¿el resto? Solo estuvieron a mi lado mientras Susana estuvo conmigo. Ahora no sé nada de ninguno de ellos. Y Susana…. ha sido la gota que colmó el vaso. Os juro que llevo meses en los que sólo pienso en la muerte.
-No digas eso, ni se te ocurra. No debes pensar en suicidarte.
-¿Suicidarme?...

Los dos amigos se miraron, aturdidos de la sorpresa mostrada por Jorge.

-Has dicho que pensabas en la muerte
-Sí, pero no en la mía.

El ruido del bar ganó terreno al silencio de las tres personas que estaban allí sentados. El Ciborg miró a Manolo y, por primera vez, habló.

-No pensarás en matar a Susana ¿verdad? Ella no se merece eso. Y tú no eres así. No entiendo como esos pensamientos pueden venirte a la mente. ¡Siempre le has querido!
-Y le quiero. Tampoco hablo de su muerte. Sólo pienso en la muerte. No en suicidarme, ni en matar a Susana. Solo en que se sentirá muerto. Y si eso es la salida a mis males. A mi soledad.
-No estás solo, Jorge, nos tienes a nosotros. Somos tus amigos
-Mis únicos amigos. ¿No veis la verdad? estoy solo. Tan solo que sólo vosotros sois lo que tengo. Y ni a vosotros os puedo contar todo. Porque no lo entenderíais. En el fondo solo las tengo a ellas.

Se quedó mirando al infinito, mientras una voz susurraba en sus oídos y en su mente:

-No son tus amigos. Intentaran alejarte de nosotras. Te harán creer que estás loco.

-Deberías ver a un médico, Jorge. Seguro que él te podrá ayudar.
-No insinuaras que estoy loco.

No les dejó contestar. Se levantó y se fue. Dejando allí a los dos únicos amigos que aún tenía.

miércoles 11 de febrero de 2009

Exaltación cósmica

Dicen que una de las fases del borracho es la exaltación de la amistad, y como en mi caso parece ser que vivo en una continua borrachera cósmica, esta semana me ha dado por exaltar la ídem. La amistad, no la borrachera. Y si ayer les hablaba de una vieja amistad que se entrecruza en mi vida hasta hacerla inseparable la una de la otra. Hoy les voy a hablar de otros amigos. Del resto, del “grupo”. De los grupos en mi caso. Porque he tenido la suerte de tener varios grupos.

Uno nació en la urbanización. Son esos amigos que siempre están aun sin estar. Que pueden pasar meses, años, y todo seguirá igual. Recuerdos de mucho tiempo pasado juntos, que siguen vivos hasta hacernos un grupo superior a cualquier otro. Un grupo con rostros afables, amigables, amistosos. Un grupo sin maldad, siempre feliz. Ese grupo, los Coco, Naty, Bea, Hispi, Juan, Ale, Juanma, Marcos, Carlos, David, Irene, Dani Guerra, Dani el alemán y Dani, Antonio el sevillano, Alvarito, Marta, María, Beita, Nacho, el vasco, Jaime, Javi Gala… está siempre ahí. Dispuesto a juntarse para recordar viejas historias, pero también a mantener vivo el espíritu de lo que fuimos y somos. No importa el tiempo transcurrido, cualquier escusa es buena para recordar qué y quiénes somos. Aún más los primeros en llegar, pues nuestras vidas se hicieron una durante años. Inseparables. Unidos por lazos que jamás se podrán romper. En el fondo, aquel grupo es y será el mío, por siempre. Porque con ellos crecí como persona y con ellos me transformé desde el niño que fuí hasta el friki que soy.

Pero les he dicho que tengo dos grupos. El otro se formó en la Universidad, de la mano de Ubi Sunt? y alrededor de Santi. Poco a poco ese grupo se convirtió en mi grupo principal. Era con ellos con quien salía cada fin de semana. Con quien estaba casi cada día, motivado por un plan de estudios inhumano. Con ellos fui dejando un poco apartado a aquellos otros con los que crecí en la infancia. Los de Ubi Sunt? son un grupo divertido, ameno, risueño. Siempre dispuesto al cachondeo. Un grupo que en la escusa de la Historia encuentra una razón para la diversión. Pero también es un grupo dispuesto a ayudarse los unos a los otros. Siempre dispuesto a buscar la felicidad del compañero y amigo. Siempre dispuesto al más y mejor. Los Santi, Olga, Ángel, Mela, Marta, Kiko, Gema, Lolo, Vane, Mato, Pepe, … y algunos otros que entraron y salieron, -y hasta Cuco en su momento- también se adentraron en mi alma hasta hacer que mi vida no tuviera sentido sin ellos.

Y es que la vida sin amistad carece de sentido. Esa soledad, la de aquel que ha perdido todo lo importante, es la más dura de todas. Un amigo lo tendrás siempre a tu lado, sin importar las circunstancias. Es lo único que de verdad perdura en la vida. Aunque solo si la amistad es verdadera. Hay otras, de esas no hablaré hoy. Hoy en mi borrachera cósmica exalto la amistad y dejo de lado todo lo malo que viene con ella. De eso, tal vez, les hable más adelante, cuando me venga el bajón de este alcohol ficticio que turba mi mente y mi alma y que hace que, no siempre, lo dicho sea lo real.

Aunque hoy, por una vez, y tal vez por esa borrachera cósmica no hay mentira en mis palabras. Ya sé sabe: los niños y los borrachos siempren dicen la verdad. ¿Y qué es un friki sino un borracho con alma de niño?

martes 10 de febrero de 2009

20 años

La vi el otro día por la calle y me sorprendí de mi reacción. En mi mente aún la veía como aquella niña pequeña que correteaba por la parcela de su casa mientras nosotros jugábamos al fútbol. Aquella cría a la que vi crecer casi desde que nació. La hermana pequeña mi amigo. Y, ahora, de pronto, aquella niña era una mujer en toda regla.

-Tío, tu hermana… ¿no tenía 15 años?
-Killo, mi hermana tiene ya 19 años.
-¡No jodas!

Pero sí, aquella niña ya tiene 20 años y yo me he sentido viejo. Viejo porque conocí a su hermano Cocom antes de que ella naciera y porque me he dado cuenta de lo que eso significa. Significa que hace 20 años que conozco a mi amigo. Un amigo que es mucho más que un amigo. Un amigo que es casi un hermano, sin el casi.

20 años de confidencias, de silencios, de abrazos, de lloros, de amistad en el más amplio sentido de la palabra. Muchas veces he envidiado un tipo de amistad que veía en otros. Esos amigos de película que lo hacen todo juntos, toda la vida juntos. Sin darme cuenta que yo ya tengo eso. Y mucho más. Que pueden pasar meses sin hablar, sin vernos y, sin embargo, nada habrá cambiado.

20 años de amistad sincera, de amor fraterno. Pero, ¡coño! 20 años… y al final uno se siente viejo.

lunes 9 de febrero de 2009

Guía rápida del viajero no precavido

O como recorrer Europa en 15 días visitando Suiza, Alemania, Austria, Hungría, Eslovaquia, Polonia e Italia. Más otros países, de paso.


By Cathan Dursselev, Naty Mutambo, & Maríadel Monrri


¿Se han planteado alguna vez realizar un largo viaje, en pocos días y poco dinero? Nosotros sí. Este es el plan de viaje que nunca saldrá correcto, preparado por tres amigos y futuros compañeros de viaje. La suerte está echada y las discusiones a la orden del día. Día a día, poco a poco, las cosas se abren camino. Y como camino es el que nos queda por delante, publicaremos una guía, la nuestra. La de tres gaditanos dispuestos a viajar por Europa con más ganas que dinero y muchos meses para planearlo.

Pero descuiden, cualquier cosa que vean no tendrá pareció alguno con la realidad. Al final, en agosto, acabaremos perdiendo un tren que dé al trasto con nuestro viaje. Mientras, lo organizamos y lo mostramos para aquellos que deseen compartir nuestro trayecto o, simplemente, prefieren que otros trabajen por ellos.

Recomendaciones básicas para el viajero no precavido:

1º- Buscar un buen grupo de amigos. 15 días pueden acabar con cualquier amistad.

2º- Si no hablas inglés, lleva a alguien que lo hable o un móvil con tarifa plana y un amigo con poco sueño en España. Nunca se sabe que puede pasar. RECUERDE: Si es gaditano y no le entienden en Madrid, tampoco lo harán en Ginebra, cuide su acento: hable, al menos, castellano.

3º- Cuidado con los dineros. Si eres español y gaditano no llevarás mucho. Lo que tengas, cuídalo, si te sobra algo querrás tomarte algo en el Manteca al volver.

4º.- Los transportes no son como en España. No llegues tarde a la estación: perderás el tren.

5º.- Si eres gaditano, demuéstralo: banderas del Cádiz, camisetas, bufandas… todo vale.

6º.- Sí el tren sale sobre las 6 de la mañana, busca un banco cómodo en la cercanía de la estación. Te ahorraras la noche de hostal, pero ¡cuidado! puede tener reserva.

7º.- Recuerda: mientras tus compañeros de habitación no anden solos sobre sus espaldas estarán limpios.

8º.- En Cádiz no hay trabajo y la gente se va fuera a trabajar. Quien tiene un amigo tiene un tesoro y en este caso, un techo. Si eres gaditano, recuerda: todos somos amigos.

domingo 8 de febrero de 2009

En pocas palabras

El virtuoso se conforma con soñar lo que el pecador realiza en la vida.

Platon

sábado 7 de febrero de 2009

El asedio

La situación en los últimos tiempos se habí­a tornado caótica en la ciudad. Desde la primera aparición de los lobos en los barrios bajos muchos rumores habí­a corrido de boca en boca. El primero de ellos, el más factible y fiable, hablaba del comienzo de una guerra largamente aparcada. Muchos decí­an que drows y vampiros por fin habí­an alzado las armas, y que a la ciudad solo le quedaba contar con el favor de los dioses, todos, para salir indemne de la situación.

El asalto de una caravana del Conde Askanter en las afueras de la ciudad pareció reforzar la idea, más aún cuando el propio Robbel indagó sobre lo sucedido sin poder llegar a conclusión alguno.

Para colmo, los lobos seguí­an atacando la ciudad, pero ya no solo caí­an drows bajo sus garras: hombres, enanos, elfos... todo el que estuviese cerca de sus garras era pasto de sus colmillos. Y ni Hathaltoy ni Askanter parecí­an dispuestos a mostrarse en estos momentos. Lí­deres de vampiros y drows, pero ocultos en las sombras de sus conspiraciones.

Hasta que, por fin, un dí­a Hathaltoy apareció, en el centro de la plaza, frente a la taberna que ahora regentaba un viejo héroe local. Allí­ el gran lobo gris que guiaba la manada mostró su rostro: el prí­ncipe de los cainitas apareció ante todos. Los rumores se convirtieron en verdades: la guerra habí­a comenzado.

Y esa misma noche, poco después de la aparición del Matusalen, llegaron los primeros sonidos de la batalla: los muertos se levantaban a las ordenes de oscuros vampiros nunca vistos en la ciudad. Los héroes acudieron prestos a lo que pensaban la batalla final. Pero poco debieron hacer.

Los muertos caí­an inanimados a sus pies mientras cuatro vampiros trataban de mantener el frente abierto. Pero ni siquiera ellos podí­an hacer frente a los frikardienses. No importaba. Su misión era un existo, pues mientras las tropas leales al rey se posicionaban en el cementerio, defendiendo con sus vidas las calles más próximas a la muerte, un ejercito se posicionaba frente a las murallas de la ciudad. Hombres y bestias, demonios y criaturas infernales llegadas de todos los rincones del mundo se apostaban frente a la ciudad.

Esa misma noche llegaron las primeras noticias de Askanter: los refugios de Conde se abrí­an para la población mientras el alba comenzaba a iluminar la noche. Y con el alba llegó la paz al cementerio: los vampiros que no habí­an muerto bajo las armas de sus enemigos cayeron bajo los rayos del sol. Y con ellos el ejercito no-muerto volvió a reposar sobre la tierra de la que no debieron salir.

Pero el fin del conflicto no estaba cerca: el sonido de maquinas de guerra acercándose a la ciudad era ensordecedor. La primera piedra cayó cerca de las murallas, la segunda aplastó a un soldado de libre blanca y azul y el escudo de la Casa de Mot, contra el empedrado.

Y a lo lejos, sonó la guerra mientras las primeras escalas se enganchaban en los merlones de la muralla....

viernes 6 de febrero de 2009

Carmen María

He conocido a una niña. Se llama Carmen. Tiene unos enormes ojos negros. Tan trasparentes que da miedo. Ojos alegres, pese a todo. Ojos que te llaman, que te dicen ven a conocerme. Puede que tenga cinco años. Tal vez seis. Pero sus ojos, en silencioso grito a través de la pantalla de mi ordenador, me hablan de mucha historia pasada.

Carmen tiene tres hermanos, y un padre que es bueno porque no le pega. Solo duerme el alcohol que consume. Su madre ha muerto y, al nacer, le dejó la peor de las herencias: SIDA. Carmen era una niña arisca, callada, hasta hostil. Tal vez incomoda por las muchas heridas sin curar que cubrían su cuerpo. Hoy es una niña alegre, con una enfermedad controlada y toda una vida por delante.

Sus ojos lo dicen todo: mañana seguiré viva, si no me mata la malaria o el cólera, si mi país sigue viviendo en paz, si no me secuestran para prostituirme, si no me casan con un hombre que me maltrate. Mañana seguiré viva si tú, que estás al otro lado del ordenador, me tiendes tu mano y me ayudas a crecer. Y yo creceré con ella. Carmen es una niña, con dos nombres: Carmen María, es mozambiqueña y está acogida por las hermanas salesianas.

Pero Carmen es África, nuestra vecina del sur, que crece en esperanza de futuro. Porque África también está enferma de SIDA, abandonada a su suerte por el resto del mundo, con miles de infecciones en su cuerpo lleno de heridas: guerras, hambres, sequías, inundaciones, corrupción, miseria, ... Pero que, igual que Carmen María, puede superar su enfermada. Que nos tiende su mano para que la ayudemos en un caminar, juntos.

Un pueblo –muchos pueblos- que no lloran su situación, que la acepta pero no se resigna. Que lanza un grito al norte. Que nos pide, a cada uno de nosotros, que busquemos a “nuestra” Carmen María, que la miremos a los ojos y, si somos capaces, le neguemos lo que nos pide. Que intentemos decirle no a su grito de auxilio, a su grito de esperanza. No podrán. No podremos.

El viernes hablé con unos chicos de un colegio sobre la celebración, hoy, del Día del Ayuno Voluntario de Manos Unidas. Cada uno de ellos pagará 4€ por un bocadillo. ¿Qué es eso? ¿dos cervezas?¿una entrada de cine? Ni eso. Con esos 4€ de cada alumno (son 800) se construirá una escuela en Ghana. Con esos 4€ de cada alumno se enseñará a más de 1000 jóvenes el próximo año, y cada año de aquí en adelante. Con esos 4€ estarán dando esperanza de futuro a muchos niños que, de otra forma, tal vez no la tuvieran.

Con esos 4€ cada niño de ese colegio estará cambiando el mundo. Estará agrandando la sonrisa de Carmen María y de otras muchas como ella. De otros muchos niños, con nombres y apellido, con sueños, con esperanzas y con poco futuro.

Y es que, si escuchamos ese grito y damos algo de nuestra parte, podremos cambiar el mundo.

jueves 5 de febrero de 2009

El tornado gaditano

El fin del mundo se acerca. El clima está cambiando y hasta tenemos tornados en la ciudad… fiuuu que de viento ¿no?. Los colegios, cerrados. Las facultades, cerradas. Mi trabajo, cerrado pero conmigo dentro porque soy masoca y me fui a trabajar. A la hora en la que escribo esto (las 18.08h) el viento no ha hecho acto de presencia, pero las calles se encuentran casi tan vacias como las colas de altas en la Seguridad Social.

Pero la cosa es que la guasa ya ha corrido por las calles y los foros. La prensa contraataca. Diario de Cádiz avisa de tornado desde las 2 de la tarde e invita a los gaditanos a quedarse en casa… y eso han hecho casi todos. Pero La Voz de Cádiz advierte: el anuncio de un tornado imprevisible causa el caos en Cádiz. Y así debe ser.

Tanto caos que yo, que podía haberme quedado en casa como cualquier gaditano normal, me he venido al trabajo. Pero como el edificio está cerrado y ningún investigador que se precie saldrá a la calle, aprovecho para escribir esta segunda entada de hoy y, de paso, para leer un poco de la Divina Comedia de Dante en una edición ilustrada de 1718. Ventajas de ser bibliotecario y bibliofilo.

Que les aproveche y que no les lleve el viento.

pd. ¡Viva Maleni!