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Uphir (VII)

Caminó despacio, esperando que su ahora enemigo le disparase por la espalda. Deseando escuchar el tiro que acabase con su vida antes de que terminase de convertirse en un infierno. Y sabía que Ariel iba a convertirse en su San Pedro particular. La niña le abriría las puertas del cielo cada vez que recorriese su piel, pero con cada beso y caricia ardería su alma en el infierno. No miró atrás, ni siquiera suspiró aliviado al cruzar la esquina y saberse a salvo. “Quizá deba volver, buscar que me mate. Sería lo mejor” Pero no lo hizo. Continuó su camino hasta el viejo apartamento. Elevó el rostro al entrar en su calle, como tantas veces, y se sorprendió al ver apagarse las luces de la ventana del baño.

Corrió hacia el ascensor, con el arma en la mano y dispuesto a disparar a quién se cruzase en su camino. Aquel apartamento de mala muerte era su refugio, el lugar en el que se encontraba a salvo. Su santuario. No dejaría que nadie mancillara aquel rincón husmeando en sus pocas posesiones personales. Entró en el pasillo, ralentizando el paso. Notó como el corazón se le aceleraba mientras caminaba tranquilo hacia la puerta del apartamento 9C. Apoyó la mano en el picaporte y empujó la puerta lentamente mientras agudizaba el oído. Se sorprendió al escuchar la melodía del “Por qué te vas” cantada en un perfecto francés. Entró lentamente, agazapado sobre si mismo, dispuesto a disparar a la intrusa que había invadido su espacio. Y, entonces, la vio. Su ángel perverso cantaba en el salón del apartamento. Mientras se peinaba, el agua corría por su espalda desnuda hasta el suelo, acariciando la blanca y hermosa piel de Ariel. Él se quedó quieto, observando la belleza adolescente que le atormentaba desde la semipenumbra del recibidor.

-¿Qué haces aquí?- logró articular al fin, mientras ella daba un paso atrás asustada.
-Venía a verte. Yo quería...
-No lo digas, no tienes derecho. No debes. No puedes entrar en mi casa.
-Sólo quería verte... no creí que te molestase, amor.
-No me llames amor. Soy tu guardaespaldas. El hombre al que tu padre ha contratado para salvarte la vida ¿y tu te dedicas a recorrer las calles de noche para venir a mi casa? ¡Maldita seas, niña! ¿no ves que te pueden matar?-gritó exasperado.
-Yo sólo... sólo, quería verte. Y sentirte junto a mí. Quería terminar lo que empezamos en el hotel.... Tan sólo deseaba desayunar contigo hoy.

Miguel, dejó el arma sobre la pequeña cómoda que ocupaba el recibidor y caminó hasta Ariel, que gimoteaba temblorosa. La abrazó, recriminándose por hacerlo. Le besó el cabello y le acarició mientras sus lágrimas comenzaban a mojarle la chaqueta a la que se aferraba. Poco a poco la chica fue tranquilizándose en sus brazos. Elevó el rostro, con aquellos ojos verdes suyos mirándole cargados de lascividad y picardía. La besó, sin pensarlo. Asumiendo las consecuencias de sus actos. Sabiéndose atado a la chica de por vida. Por primera vez en años su corazón saltó de alegría en su pecho. Se sabía enamorado en un amor tan imposible cómo improbable. El temible asesino apodado Uphir, el médico del infierno, y la Ariel, la hermosa y joven hija de Magnus.

“Acabaré muerto... sólo espero que sea entre sus brazos” pensó mientras la llevaba hasta la habitación.

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