La tumba del rey Sabio


En 1273 las tropas castellanas al mando de D. Alonso X asaltaban las murallas de la villa de Caliç, en manos de Aben Yusuf, rey benimerín de Fez. Don Alfonso, por algo apodado el Sabio, descubrió en Cádiz lo que otros antes ya habían visto: su posición privilegiada entre dos mares, su insularidad que la hacia defendible y su inevitable vinculación al mar la convertían irreversiblemente en puente con África. El rey castellano soñó con convertir la villa en cabeza de un imperio cristiano-africano que nunca llegaría a formarse, pues las necesidades de la guerra lo empujaron hacía Granada, primero, y a la tregua con los musulmanes, después, motivado por los conflictos dinásticos con su hijo Sancho (IV).

Pero el rey sabio deseaba con ansias convertir Cádiz en ese puente bidireccional que uniese tierras y culturas como se habían unido bajo su reinado. Y obsesionado por la defensa de la ciudad ordenó que su cuerpo fuese enterrado en la ciudad, en la Iglesia Catedral de Santa Cruz, erigida como capital de la Diócesis de Cádiz y cuyos ficticios limites se extendían hasta la aún musulmana Marbella. Creía el rey que así la ciudad sería defendida por los castellanos en caso de cualquier ataque. Y cuentan las leyendas que, en su afán de ser enterrado en la ya villa de Cádiz, ordenó la construcción de una cripta, supuestamente bajo la Torre del Sagrario, donde ser enterrado.

Sin embargo, a la muerte del monarca, sus deseos tornaron en beneficio de otras ciudades: su cuerpo se encuentra enterrado en la vecina Sevilla. No así su corazón que hoy puede ser venerado en Murcia. Y en Cádiz, sólo queda el recuerdo de las leyendas del rey que convirtió la vieja Gades romana en el Cádiz américano.

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