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La busqueda (IX)

Dos días después, Jarque se encontraba mucho más recuperado y dispuesto a sentarse con Echevarri para explicarle los pasos que había dado para llegar hasta el Errante.


-Entonces... ¿eres asiduo a ese puticlub? Yo nunca he ido de putas ¿es divertido?
-Céntrate, Echevarri, no le contraté para conocer sus gustos sexuales- Manuel Vargas de Chancua se mostraba cada vez más reticente a la presencia del viejo forense.
-Perdón, perdón, sólo era simple curiosidad.
-Sí, hubo una época en la que me hice asiduo y por eso conocía a Lucila. Jamás me perdonare que la matasen por ayudarme.
-Pero que te dijo exactamente.
-Decía que a su hija la llamaban “La bienhallada” porque el día que Errante la encontró halló un diamante en bruto, o al menos eso le hizo creer el falso sanador. Y luego Lucila me preguntó que a cuántas más había matado.
-¿Lucila es tu puta? ¿cómo pensaste en hablar con ella?
-Por un cartel que vi en una foto de internet... joder, Echevarri, ¡no es mi puta!

Jarque se movió incomodo en la cama mientras el ex-forense se rehacía la larga trenza canosa una vez más. Sonriendo mientras el multimillonario salvadoreño se iba de la habitación, justo en el momento en el que Jarque extraía la carpeta azul en la que había guardado la documentación de internet.

-Lo que no entiendo es que ocurrió para que la chica olvidara su pasado. Y, sin duda, algo debió ocurrir. Y ese hecho es el que nos acercará al Errante.
-Pero ¿cual? ¿qué pudo pasar para eso?- Echevarri se levantó a echarse un vaso de whisky del mueble bar- hemos de suponer que algo ocurrió que le provocó un trauma y una amnesia. No hay otra. Eso o la drogaron. Pero para llegar a ese extremo algo debió ocurrir.
-Ya, pero no sabemos qué. De hecho no sabemos nada de la chica, sólo que en un momento dado se convierte en “la Bienhallada”. Y para saber más debiéramos hablar con su padre, aprovechando que está aquí.

Echevarri dejó el whisky sobre la mesa y caminó hasta la puerta. Jarque no pudo más que reírse ante la camisa de Zipi y Zape con la que vestía el excéntrico médico. En los dos días que habían pasado juntos había comenzado a sentir cierto aprecio por el vasco y sus rarezas. Pero también a comprender porque se había convertido en una leyenda entre los de científica. Y sobre todo le debía gratitud por haberlo salvado dos veces. La primera en el callejón del Bufón Castrado, la segunda en el hospital. Al cabo de cinco minutos entró en la sala, junto Vargas y un joven enchaquetado que se presentó como su abogado.

-Esto no es un interrogatorio, D. Manuel. Usted nos contrato para descubrir quién asesino a su hija y, suponemos que también desea saber el por qué. Para eso necesitamos su ayuda.
-Esta bien Jarque, que desean saber.
-Todo, desde quienes eran sus amigos hasta quién fue el primer tío que se la tiró.
-¡ECHEVARRI!- Jarque se desesperaba con la brusquedad de su compañero –Pero tiene razón, deseamos saberlo todo.
-No hay mucho que decir. O no puedo decir mucho, más bien. Mi hija estuvo internada desde los 3 años en un internado inglés en El Salvador. Mi mujer murió en el parto y yo no podía hacerme cargo de una niña. Allí estuvo hasta los 17 años, cuando desde el centro me informaron que no podían controlarla. Desde ese momento volvió a casa, si se podía decir que estuviera. Casi no nos veíamos. Cuando le hacía falta dinero y poco más. Lo cierto es que mi chiquitina se había convertido en una rebelde y cualquier relación que pudiera haber existido entre nosotros desapareció.
-No te jode- soltó Echevarri- Los hijos no son perros, ni un objeto que se compré. La niña necesitaba cariño y, además de crecer sin madre, se vio obligada a vivir en una cárcel.
-Internado.
-¿No has crecido en uno, verdad? Son cárceles, donde los uniformes de rayas se cambian por faldas tableadas. Pero cárceles al fin y al cabo.

Manuel Vargas se movió nervioso y, finalmente, se levantó airado hasta la puerta.

-Puede ser, pero han matado a mi hija y no pienso dejarlo impune. Localizar a ese Errante y todos saldremos ganando algo.
-La venganza nunca es una victoria...

Echevarri sorbió el whisky mientras sonreía a Jarque, que se encogía de hombros en la butaca.


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