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Uphir III

El teléfono sonó en la habitación contigua. Miguel conocía de sobra aquel tono y retiró a la conejita de su lado. La empujó, deteniendo el rítmico baile sobre él. Se levanto y salió del agua, dejando que las gotas corrieran por su espalda desnuda y caminó hasta coger el móvil sin volver la vista atrás.

-Dime Magnus... aja... de acuerdo... ¿ya?.. Sí, sí, está bien... no, tranquilo, no hacía nada.

Se acercó hasta la puerta del baño, parando a recoger la manchada camisa del suelo. Observó a la mujer, en la bañera, sonriendole triste con las orejas de conejo achatadas por el peso del agua que las empapaba.

-Tengo que irme
-¿Ya?
-Así es.
-¿Volverás?
-Si no me mata alguien mejor que yo.
-¿Volverás?
-Sí

Se vistió y colocó las armas en su lugar. Dos semiautomáticas en las fundas bajo la chaqueta, y el pequeño revolver que comprase en Marsella en el tobillo. Se detuvo ante el espejo, para colocarse bien la corbata mientras la mujer se dejaba caer en la cama con un suspiro. Cerro la puerta tras él y marchó a la calle. Caminó apesadumbrado, arrepintiéndose de haber dejado a la mujer. No sé su nombre pensó tal vez no vuelva a verla. Será una más en mi lista. Al menos está seguirá con vida.


Anduvo hasta la casa de Magnus. Su jefe había sido tajante pese a las cordiales preguntas. Lo quería allí, pero no le había dicho por qué. Atravesó las rejas de la mansión victoriana mientras los guardias le saludaban con un simple gesto de cabeza. No recordaba haberles dirigido la palabra jamás. Ellos le tenían demasiado miedo. Él, simplemente, los consideraba inferiores. Entró en la casa sin llamar, como siempre, y se dirigió al despacho de Magnus. No pudo dejar de observar como la sala grande estaba abierta y montones de ropa se repartían por el suelo. Sonrió, pensando que tal vez la joven Ariel hubiera vuelto de su viaje por Estados Unidos. Recordaba a la niña, ¿cómo no hacerlo? La había visto crecer en aquella casa, hasta que Magnus decidió que la ciudad ya no era un buen lugar para ella. Habían pasado 9 años desde entonces, ahora la chica debía rondar los 16.

-¿Qué quieres de mí?
-Que cuides a Ariel. No quiere que nadie más la proteja y no pienso dejarla andar sola por estas calles.
-No soy un canguro. Contrata a otro para ese trabajo.
-Solo puede ser tu.
-No.
-No tienes opción.
-Siempre la hay.
-La otra opción es morir.
-¿Ves como siempre hay otra opción?

Ariel entró en la habitación con aire despreocupado. Miguel la miró y comprendió que ya no era tan niña. Le costó reconocerla vestida y sin las orejas de conejita. Pero no había duda. Era ella.

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