La busqueda (V)

Jarque gateó hasta la puerta, intentando no levantar la cabeza más de lo necesario. Escuchó el silbido de la bala cuando atravesó la ventana y pasó junto a su oreja hasta incrustarse en la madera que recubría la pared. Se dejó caer y rodó por el suelo hasta esconderse bajo la mugrienta cama. Cruzó bajo el colchón hasta pegarse a la pared, al otro lado. Sacó el móvil para llamar a la policía y contó lo ocurrido. Se mantuvo allí, paralizado, hasta que se abrió la puerta con un golpe sordo. Dos hombres uniformados entraron en la habitación apuntando con sus armas a la ventana y a Jarque, que se mantenía sentado en silencio, observando el rostro muerto de la prostituta.

-Nos dispararon desde la ventana, la han matado, la han matado.

Jarque se sentía perdido. Aquella investigación le venía grande. Llevaba dándole vueltas a la cabeza desde que dispararon por segunda vez. Alguien quería callarlo y él empezaba a pensar que no sería mala idea silenciarse durante un tiempo. Sí Lucila tenía razón y Paco Errante había matado a la chica salvadoreña, no cabía duda de que también la había matado a ella. Y le estaba siguiendo a él. Lucila había muerto por su culpa; por haber ido a buscarla.

Se levantó, aún sin apartar la vista de la ventana. Caminó lentamente hasta la puerta.

-¿Dónde crees que vas? Han matado a una mujer y eres el único testigo.


Se sentó en una silla, esperando que el encargado de la investigación llegase. No sé fijo en el punto rojo que se marcaba en el rostro del policía más joven hasta que fue demasiado tarde. El hombre cayó de espaldas sin emitir sonido alguno. Su compañero comenzó a gritar y disparó por la ventana. Jarque se lanzó sobre el cuerpo muerto y tomó su arma para ayudar al patrullero. Disparó tres tiros sin llegar a escuchar los gritos que venía de su espalda. Fue reculando, hacía la puerta. Tropezó con algo y cayó al suelo. Apoyó la mano en el pegajoso charco de sangre. Se dio la vuelta y comenzó a correr. Notó dolor en la pierna, como la picadura de una serpiente y escuchó su propio grito de rabia.

Se dejó caer junto a la puerta mientras escuchaba ruidos abajo. Se sentía aturdido y, de pronto, comprendió que algo raro ocurría. Eran gritos de miedo. Y el miedo de los de abajo se apoderó de él. Si fuese la policía el alivio se hubiera dejado sentir. Miró la herida de la pierna. Le dolía, pero podría andar. Tomó el segundo arma del suelo y apoyándose en la pared comenzó a recorrer el pasillo hacia la salida trasera. Conocía de sobra aquella salida porque no pocas veces había huido del “Bufón castrado” usándola. Escuchó voces a su espalda. Volvió la mirada al llegar a la puerta y observó como un hombre alto y moreno le apuntaba con un arma. Se lanzó por la escalera, medio corriendo, medio cayéndose.

Corrió como alma que lleva el diablo por los oscuros callejones, camino de una de las amplias avenidas cercanas. Le dolía la pierna. Y le ralentizaba. La segunda bala le entró en el hombro. Cayó de bruces sobre un charco de agua sucia. Levantó la mirada nublosa y apuntó con su propia arma al hombre que se acercaba tranquilo hasta él. Disparó. Sintió el calor de su propia sangre sobre el pecho mientras la noche se volvía silencio.

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