La búsqueda IV

El Bufón Castrado era un lugar triste. Oscuro. Uno de esos garitos en los que jamás encontrarías gente bien. Jarque conocía el sitio de sobra. Ese y otros muchos parecidos. Saludó al portero al entrar. Había cambiado desde la última vez. Era grande, con la cara marcada por los estragos del acné juvenil y la nariz doblada. Una mole de músculos que no dejaba mucho a la imaginación. Siguió con la mirada a Jarque, insignificante a su lado, hasta que atravesó las cortinas rojas y sucias que escondían el interior del local de ojos curiosos. Recorrió con la mirada el garito, buscando sí la mesa en la que solía sentarse un año atrás estaba libre. No vio a la chica hasta que se le abrazó. La piel áspera de los brazos le raspó el cuello, y notó el calor de su lengua en el lóbulo de la oreja. Retiró el rostro y volvió los ojos hacia la mujer.

La conocía de sus pasadas estancias. Era peruana, llevaba cinco años en España, todos ejerciendo la prostitución para pagar un pasaje que no había comprado. La secuestraron con 14 años a la salida del colegio y desde entonces su vida había sido un infierno. O eso le dijo en una de sus muchas visitas. Le gustaba que le llamara papito y muchas veces se quedó dormido en su regazo prominente sin más.

-Lucila necesito hablar contigo.
-¡Ay, papito! No habrás vuelto a buscarme, tu ya sabés que necesito este laburo- siempre le gustó la forma de hablar de la mujer, mezcla de acentos y palabras inventadas -ya te dije que no debías enamorarte, que esta reina es mucha reina pa' ti.
-¡Ojala viniera por eso! Tengo que hablar, subamos a la habitación.

La mujer caminó ante él y no pudo dejar de sorprenderse del cambio sufrido en el último año. Aquel garito era él último escalón en el escalafón de los puticlubs de Madrid, pero aún así jamás había visto a ninguna chica que presentase el aspecto de Lucila. Había engordado y casi no cabía en las apretadas mallas de rallas blancas y negras que llevaba. Jarque no pudo dejar de sonreír pensando que sería lo más cerca que estaría en su vida de ver las patas de una cebra. Se quedó perplejo cuando comenzó a subir la escalera, pesadamente, cojeando ostensiblemente. No dijo nada más hasta llegar a aquella sucia habitación que tan bien conocía.

-¿Qué te ha pasado?
-Nada
-¿Qué te ha pasado? Estás diferente, Lucila, hasta tus ojos muestran una dureza que antes no tenían.
-¡No jodás, papito!, conoces mi historia de sobra. ¿Crees que mi mirada es dura? Mijito tu no sabes que es dureza.
-¡Vale, vale!- no quería enfadar a la única persona con la que creía poder hablar en aquel tugurio- No vengo a pelarme contigo. Vengo a preguntarte por una chica que actuó aquí este año. La “Bienhallada”.
-No sé de qué me hablas. ¿porqué me preguntás a mí?... No debes preguntar sobre ella.
-Está muerta. Pero supongo que eso ya lo sabes. Su cuerpo apareció en Tokio.
-¿Dónde está ese garito?
-No es un garito, Lucila, apareció en Japón. Dime, por favor, ¿qué sabes de ella?

Lucila se había quedado muda. La respiración agitada fue acompasándose al ritmo del viejo ventilador encendido sobre la cómoda. Jarque pensó que no hablaría y se dispuso a irse. Sacó 50€ de la cartera y los dejó sobre la cama.

-No era quién decía. Era rica, se le notaba que había crecido en un buen sitio. Pero no lo sabía. Estaba convencida de que era cantante, pero no cantaba. Decía que se llamaba “La bienhallada” porque el día que Errante le encontró halló un diamante en bruto. Eso le decía ese sanador siempre.... él otra vez. ¿Cuántas más? ¿la mató él, verdad?... La mato por qué no qui...

La sangre se escapó por la boca, acallando las palabras. Jarque se lanzó al suelo, entre los cristales rotos de la ventana.

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