Ir al contenido principal

Un día de esos

Saben esos días que de lo único que tienen ganas es de estar sentado en el sofá, viendo en la televisión cualquier programa sin profundidad, dejando de lado los libros, el ordenador, y todo lo demás. Pues ayer fue uno de esos. Desgraciadamente no pude hacer todo lo que hubiera querido y hoy tampoco podré. Cosas de la vida y de las ocupaciones que te pone en el camino. Y en ese camino, lo cierto, es que no tenía ganas de escribir. Pero luego pensé ¡eh!, oye, que cada día hablas con los que comenten el error de pasar por tu blog. Algunos incluso te contestan. Debes pasar. Y, en ese preciso instante, me di cuenta de que este blog se ha convertido en una obsesión, en un pequeño vicio que me acompaña en mi vivir. En una extraña forma de droga -legal- que me mantiene despierto hasta que la entrada del día está colocada.

Y estos días, en los que he estado -y estoy- metido en terminar de perfilar la novela y dándole vueltas a un nombre que, no sé porqué, me devuelve al título otorgado por su Católicas Majestades: Pedro Hernández de Cabrón, Capitán de la Mar. Pues, como les decía, en estos días mi cabeza parecía haber dicho basta. Pero no. No puedo. Soy adicto al blog. Lo reconozco. Espero no tener problemas en los próximos días, pues ya aviso: marcho a la India, tal vez entren las entradas cada día, tal vez no. Solo espero que el día 18, puedan tener un simple ¡Hola que tal!, sino, habré muerto. Tal vez mi avión haya caído del cielo o me hayan confundido con un cerdo, nunca se sabe. Pero sí es así: os quiero a todos. Mi colección de figuras para Antonio, que sabrá valorarla. Mis libros para Natalia, que tiene una casa grande donde le entrarán (¿de verdad estás comprometida con Antonio para dentro de 6 años? Mira que yo soy mejor partido, que ese es un loser), mi cuerpo para los pececillos si caigo en el mar, y para los gusanos si es tierra. Y, sobre todo, aprovechen mi cuenta corriente para darse una gran juerga. Porque ¿qué sería la vida sin estas pequeñas alegrías, por Tutatis?

Comentarios

Entradas populares de este blog

Nihil cognitum quin praevolitum

Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán.

Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret, la ex…

Shutter Island

En febrero pasado acudí a ver “Shutter Island”, de Martín Scorsese y salí tan confuso que me dije a mí mismo que debía leer el libro de Dennis Lehane. Reconozco que conocía la obra de Lehane por la magnífica novela “Mystic River”, que llevase al cine Clint Eastwood sin alcanzar el nivel del libro, así que no me daba ningún miedo acercarme a “Shutter Island”. Las obras de Lehane están cargadas de pesimismo y de un halo de oscuridad que cubre la humanidad de las personas y que, les reconozco, me gusta en las novelas que leo. Así que, poco después de ver la película, me hice con la novela pero por esas manías que solemos tener los lectores no ha sido hasta ahora cuando la he leído.
Pensé que la novela podría solucionar algunas de las dudas que me había generado la brillante adaptación de Scorsese, pero todo lo contrario. La novela, aún más intrigante y enrevesada, parece mostrarnos que Teddy Daniels está cuerdo. Eso parece indicarnos todo. Cada paso dado, cada persona que habla con Teddy,…