La búsqueda II

Jarque se sentó en el alfeice de la ventana, viendo como el semáforo de la calle se ponía en rojo una vez tras otra. Se frotó los ojos con la mano libre, mientras sacudía la ceniza del cigarrillo. Llevaba casi cuatro horas leyendo la información enviada por el abogado. Le lloraban los ojos y le dolía la cabeza. Seguía sin comprender porque su cliente había decidido contratarlo a él. Sí la chica había sido secuestrada en El Salvador y su cuerpo había aparecido en Tokio ¿porqué buscarlo a él en España? Decidió que aquel debía ser su punto de salida. Descubrir que se escondía aquí para que le hubieran buscado.

Volvió a los papeles. Leyendo la información que había sobre la chica y sólo una cosa le llamó la atención. Se repetía un nombre, una y otra vez: Paco Errante. Lo subrayó con lápiz. Aquel Paco debía ser alguien importante en la vida de la difunta y el nombre era poco común. Incluso en España donde sería mucho más complicado dar con alguien llamado Francisco, y no le cabía duda de que aquel Paco era español, el apellido era demasiado poco común. Se sentó ante el ordenador e introdujo en google el nombre. Un segundo después tenía en la pantalla 123 entradas referentes a “Paco Errante”. Treinta de ellas hacían referencia a un pulpo y el resto de un joven sanador peruano asentado en Madrid. Buscó la dirección pero no aparecía más que un correo electrónico de hotmail. Envío un mail con la intención de concertar una cita con el charlatán, aún inseguro de que aquel sanador fuese el mismo que aparecía repetido en los informes. Rebuscó entre las fotos que aparecían en la web, esperando ver en ellas algo que indicase si efectivamente era quien buscaba.

Dejó la pantalla encendida y se acercó a las fotos. Había conseguido un nítido primer plano de Errante y decidió que sería mejor realizar la búsqueda al revés, entre las muchas fotografías que le habían enviado. Llamó al telepizza y se dispuso a pasar la noche despierto, mirando una a una cada foto esperando encontrar al sanador en ellas. Pasadas tres horas lo dejó por imposible y se echó sobre el sofá dispuesto a dormir un rato y despejar la mente. Pero sobre todo, descansar la vista. Cerró los ojos y las imágenes se repitieron en su cabeza, una y otra vez. Cada foto vista esa tarde, desde aquella primera caída de la carpeta. La más cruenta de todas, donde la bella joven mostraba la macabra rigidez de la muerte y aquella palabra escrita en su carne: “bienhallada”.

Saltó como un resorte y se lazó sobre el ordenador. “Bienhallada” buscó entre los enlaces de google, desesperado ante lo que su mente le mostraba. Tardó un rato en encontrar lo que buscaba, pero allí estaba. Era la foto de la consulta del sanador. Una sala diáfana, con dos grandes ventanales al fondo, mostrando un paisaje verde. Sí aquello era Madrid debía estar cerca de algún parque pues no se veían edificios por los cristales. Una mesa blanca presidía la sala y junto a ella tres sillas. Paco Errante estaba de píe, sonriendo a la cámara con la mano extendida, como queriendo mostrarlo todo. Y allí estaba lo que le había despertado sobresaltado. Justo donde sus dedos terminaban aparecía un pequeño cartel. Estaba cortado pero se podía leer perfectamente “Especta... nocturno. La Bienhall... en directo”.

Entró en la pagina de Iberia y compró un billete para Madrid. Miró el reloj, le quedaban tres horas antes de coger el avión. Recogió las carpetas y las metió en la mochila del ordenador, mientras la impresora pitaba imprimiendo la foto del estudio. Debía cambiar la impresora y hacerlo cuanto antes. Cogió la mochila, maldiciendo la mala calidad de la imagen y metió el billete en el bolsillo de la chaqueta. Buscó las llaves de su Opel Astra, último recuerdo de su etapa como policía. Cerró la puerta, para abrirla un segundo después y dejar una bolsita con anfetaminas.

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