Jarque

Sentado silencioso en la desvencijada silla miraba por la ventana mientras golpeaba la mesa con el lápiz, siguiendo el ritmo constante del tic tac del reloj. Esperaba ansioso una llamada que no terminaba de llegar. Se levantó y caminó por la pequeña sala. Apartando las sillas al otro lado del escritorio, para volver a colocarlas en su sitio. Se sentó en el pequeño sofá que usaba para dormir aquellas noches que debía quedarse en el despacho. Nadie le esperaba en casa. Su vida se reducía a aquel pequeño despacho y los escasos casos que le llegaban. Desde los trágicos sucesos de tres años antes su vida había cambiado. Había tenido que dejar la policía y su esposa le había dejado, llevándose con ella a sus dos hijos. Desde entonces su vida había ido cayendo en picado en un pozo sin fondo. Pequeños casos de maridos celosos, la búsqueda de algún que otro animal de compañía que se había perdido y un par de niñas fugadas de su casa en una noche de borrachera. Pero dos días antes su suerte parecía haber cambiado. Y esa tarde debería confirmarse la mejoría. A las 19 horas sonó el teléfono. Jarque saltó sobre la mesa para coger el móvil que vibraba sobre la silla. Una voz ronca sonó al otro lado de la línea.

-Detective Jarque, mi cliente ha decidido aceptar su propuesta económica para llevar nuestro caso. En unos minutos llegará toda la información del caso. Tiene 15 días. Si transcurrido ese plazo no ha logrado avances que satisfagan a mi cliente el caso le será retirado y sólo se le pagarán los gastos derivados de sus gestiones, no así los emolumentos pactados en el contrato que, junto a la información, le debe estar llegando en este momento.

Justo en ese instante sonó el timbre y Jarque pudo observar a través del cristal tintado una silueta que se movía inquieta en el pasillo. Abrió la puerta y un joven de pelo negro y un pendiente en la ceja entró cojeando en el pequeño despacho. Llevaba una mochila de cuero que dejó caer en el sofá, antes de abrirla y dejar sobre la mesita auxiliar varias decenas de carpetas marrones. Después, y sin decir palabra alguna, extendió un papel tintado hasta el detective. Smith & Co. Abogados. Firmó allí donde una pequeña cruz le informaba que debía hacerlo y se lo devolvió al joven, que se marchó en silencio dando un portazo. Una carpeta se deslizó hasta el suelo, abriéndose y dejando unas fotos a la luz.

Jarque las miró. Se sentó en el suelo. Observando la foto sin atreverse a cogerla. La dejó allí y cogió la primera de las carpetas. Leyó el primer folio. Un escueto informe sobre la joven Vargas, hija del multimillonario salvadoreño Manuel Vargas de Chancua. Desaparecida el día 18 de octubre de 2009 y encontrada una semana después brutalmente asesinada en Tokio. Al otro lado del mundo. La mirada volvió a la fotografía y, por primera vez, la tomó entre sus manos. La joven era hermosa, el pelo negro le caía en cascadas, enmarcando unos enormes ojos verdes, que se abrían muertos en la fotografía. Estaba desnuda y le habían seccionado los pechos, tatuándole en la pierna la palabra “bienhallada”. La lengua se escapaba por garganta, allí donde le habían seccionado el cuello. El cuerpo, sin rastro alguno de sangre, estaba colocado en un sofá, de tal forma que el tatuaje quedaba perfectamente visible. Las manos sobre la rodilla derecha, una, y sobre un cojín la otra.

Tras ella, una foto de El Salvador y de la hacienda del padre de la joven. Pero, por alguna extraña razón, era él, un joven detective gaditano con un pasado turbio, quien era elegido para resolver un asesinato ocurrido en Tokio.

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