Ir al contenido principal

El osezno

El osezno dormía tranquilamente, con los brazos y piernas abiertas, dejado caer sobre el suave pelaje de su espalda. Cada noche, se acercaba hasta el otro y unía su calor al de él, reflejando la luz en sus oscuros ojos negros. Cada noche durante muchas noches, el osezno y su acompañante dormían tranquilos. Pacíficamente en aquella cueva imaginaria que era cuarto de blancas paredes. Y, cada día, cuando el sol entraba por las ranuras de la abertura, el acompañante se levantaba y se iba, despidiéndose del osezno hasta la noche.

Pero aquel día, durante el día, algo ocurrió. El osezno llegó hasta la abierta abertura que daba al mundo real. Tal vez alguien le empujará a mirar por la ventana al exterior. Y allí se encontró con él. Grande y fiero, mostraba sus blancos colmillos. Erizando el negro pelaje. Con sus ojos vivos concentrados en los oscuros ojos negros del osezno. Se abalanzó sobre él, lo tomó entre sus fauces y corrió hasta su escondrijo.

El acompañante llegó a la noche y no lo encontró. Lo buscó hasta resignarse, esperando que la luz del día le mostrase a su peludo amigo. Y, a la mañana, lo buscó. Un reguero de cabezas de rubio cabello le llevó hasta la guarida del monstruo. Observó temeroso el refugió y escuchó el gruñido del temible animal. Corrió hasta su casa, buscando otros que le protegiesen y, de la mano de su divino protector, caminó entre las cabezas cortadas hasta encontrar la de su amigo. No lloró. Miró a los ojos a aquel que le acompañaba, miró a los ojos al perro, miró el resto mutilado del osezno que le acompañaba en sus sueños cada noche. Y supo que siempre viviría en su recuerdo, que no necesitaría su calor para protegerse en la noche. Y en la noche durmió, sintiendo el frío hueco dejado por su amigo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Nihil cognitum quin praevolitum

Ando leyendo "Niebla" de Unamuno, y su frase Nihil cognitum quin praevolitum (Solo se conoce lo que se desea) me ha llamado la atención por la verdad que se esconde tras ella. Yo también, como don Miguel, creo que sólo el deseo nos hace crecer, conocer, amar, avanzar. Mientras que desear lo conocido nos convierte en conformistas estancados en nuestras vidas. Nos impide abrir nuestras mentes y mirar más allá de nuestros limites existenciales.
Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

Corona o Reino de Aragón

Ni Aragón, ni Cataluña, ni Valencia son entidades anteriores a la Edad Media. Hasta 1163, con Alfonso II, no se distinguirá entre reino y corona de Aragón. En la Corona tendrán cabida todos los reinos, condados y señoríos que guardan algún tipo de dependencia con el rey aragonés. Esta existencia de diversas entidades autónomas en muchos aspectos, solo es entendible desde la expansión territorial a costa de los reinos musulmanes del sur. En esa expansión los nobles irán recibiendo tierras y beneficios. Expansión que acabará chocando con la realizada por el condado catalán.

Con respecto a Cataluña, entrará a formar parte de la corona después del casamiento de Petronila (hija de Ramiro II de Aragón) con Ramón Berenguer IV, conde de Cataluña, quien, a pesar de ejercer como tal, no toma el título real.
Durante el siglo XIII la Corona de Aragón continúa con su política expansionista hacía el norte, pero tras el Tratado de Almizrad de 1244 y la derrota de Pedro el Católico en Muret, la ex…

La casa de los Espejos

En la Alameda, justo frente al monumento al Marqués de Comilla, hay una casa hoy restaurada y convertida en viviendas de lujo. Una casa señorial, con su torre mirador mirando al mar. Buscando en silenciosa soledad el regreso del antiguo dueño. Un capitán abnegado, obligado a partir continuamente para buscar el bien de su familia. De su mujer y su hija. Al pasear por la Alameda no puedo más que mirar a sus ventanas, hoy nuevas, buscando aquel visillo que hace años se movía con el viento que atravesaba el viejo caserón, mostrando el reflejo del sol sobre los viejos cristales que cubrían su pared. Alguna vez miré a la torre, esperando ver allí a la joven hija, oteando el horizonte, deseando que su padre regrese y, tal vez, le traiga un nuevo espejo.

Porque cuenta la leyenda que el capitán amaba a su hija y la mimaba creyendo, tal vez, que al cumplir sus deseos cubriría su ausencia. La hija le pedía a su padre un espejo, y él le traía uno de cada viaje, tantos que al final la casa se cubri…