¡Malditos relojes!

Han vuelto, bajitos, chiquititos, siempre de cuadros rojos, o azules, o verdes. De la mano de alguien mayor: un abuelo, un tío, su padre o su madre. Felices, siempre felices. Contentos por ir o por venir del colegio. Riendo con sus amiguitos, de la misma estatura, con los mismos babis de los mismos colores. Y será, tal vez, que me hago viejo, no lo sé, pero lo cierto es que verlos por la calle, mini estudiantes camino de la guardería, me trae recuerdos y, lo más grave, una sonrisa a la cara.

Pero me asusta, no se crean. Me asusta esa sonrisa que viene sin avisar porque, para que mentir, si fuese una amiga la que dijera esto mismo, sería el primero en reirme con un onomatopeyico tic-tac. Será, tal vez, que mis viejos amigos, aquellos con los que corría de niño por la urbanización se casan o tienen niños. Será, tal vez, que ver que los 30 años se acaban deja secuelas permanentes. O será, simplemente, que recuerdo aquella época como la más tranquila de mi vida, cuando mis amigos me llamaban Peter Pan como mote y no por sindromes que no padezco.

¡Malditos relojes que corren inexorablemente hasta la madurez!

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