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El lago glacial

Nuestro último día en Suiza supuso un cambio radical en lo realizado los días previos. De la mano de Pascal y Fani dejamos de lado las ciudades, que nos saturarían el resto del camino, y acudimos a una barbacoa campestre en mitad de los alpes. No les diré dónde, por dos razones, no conozco el nombre del lugar, y aunque lo recordarse no se lo diría. Tras varias horas en coche, un rato en teleférico, y media hora caminando por los Alpes y bajo la lluvia, llegamos a un lago glacial que no nos enseñaba toda su belleza por la niebla, las nubes y el agua caída. Pese a todo, y ahí tienen las fotos, el lugar merecía la pena.

Tanto que nuestros anfitriones encendieron hoguera con la que poder hacer barbacoa y nosotros, pese a que jamás habíamos visto llover tanto, lo aceptamos de buen grado. Y mientras, con la escusa de buscar algo de leña seca, aprovechábamos para ojear el bosque y las sorpresas que en forma de estatuas de madera se escondían en él. Un gnomo, una virgen, una familia y otras muchas cosas más que se escapan a mi recuerdo.

Sí recuerdo el camino, verde y húmedo, mientras el agua comenzaba a formar pequeñas escorrentías hasta convertirse en un pequeño riachuelo que bajaba en dirección el lago. O las pequeñas fresas silvestres que, si van con alguien que las conozca, deberían probar. Con un sabor muy intenso en una fruta del tamaño de una uña. También las bebidas típicas, con ron si no me equivoco en mi té, que deben tomar y probar, y que les ayudará a volver a entrar en calor después de la subida y la bajada.

Ya les digo, no les nombraré el lugar. Así, espero, la próxima vez que vaya seguirá estando sólo para nosotros, el pescador que llegó al final, y unas cuantas vacas que jamás llegaron al lago. Fue nuestro último día en Suiza, que terminó, como no podía ser menos, con una buena cena típica, gran vino y mejor compañía. Y también el momento en el que, después de tres días agotadores, Pascal lograría descansar.







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