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El ambulatorio.

Ayer volvía a un ambulatorio después de mucho tiempo. Creo que mi última experiencia en un centro de salud fue cuando me partí el dedo gordo levantandome del sofá, y de eso hace años ya. Pero ayer tuve que volver y no porque el moquillo que me acompaña en los últimos días haya derivado a gripe A (o N1H1 o, más común, gripe porcina). Nada de eso ya que ella, la gripe de los tres nombres, no se acompaña de moquillo, cosa que si hace la del pollo (lease gripe aviar) y, a veces la común. No, nada más lejos de la realidad. Acudí al ambulatorio para que me inocularan el virus de la malaria, bonita enfermedad que se puede coger en la India.

Y allí, en el ambulatorio de Conil, esperando ser atendido, no pude más que observar a mi alrdedor. Al contrario que aquel otro de infausto recuerdo -y de cuyo nombre no quiero acordarme, por más que estuviera en la calle Cervantes- este estaba lleno. De gente de toda edad y condición. Junto a mi se sentó, primero, un padre de familia con dos críos. Uno moreno, el otro rubio platino. Chiquitillo, tres o cuatro años. Vivaracho y nervioso no para de jugar con su hermano y, en no pocas ocasiones, conmigo. Feliz, ageno a que todos le miran sus ojos, absolutamente negros, que contrastan con su pelo, absolutamente rubio.

Un poco más allá, otro niño, juega con su hermana, que le lanza inofensivos guantazos mientras él le hace rabiar o se monta en una de las sillas prestas para cualquier emergencia. Junto a ellos, un matrimonio mayor se mantiene callado. Ella atenta a los niños con mirada triste, tal vez recordando a sus propios nietos. Él mirando la mesa enfadado porque los números no avanzan. Sólo aparta la vista de la pantalla cuando el sonido de un móvil chocando contra el suelo rompe ritmo del tumultuoso murmullo. El hombre, sudamericano, que acaba de entrar, se agacha a recomponer su aparato y se sienta a mi lado, mientras me pregunta la hora. Las 11.30, le respondó educado y él me devuelve una sonrisa. Mientras sigue con la mirada a las dos mujeres musulmanas que cruzan por delante nuestra para sentarse allí donde antes estaba el padre con los dos niños.

Dos chicas, vestidas a la última moda, cruzan la sala, mientras un grupo de hombres, frente a mí, siguen el ritmo sinuoso de sus piernas descubiertas hasta la mesa. “Que poca vergüenza”, susurra la mayor de las dos mujeres que se sientan a mí lado. “Sí”, responde melancolica la más joven. El hombre mayor, que ya vuelve a mirar la pantalla, asiente con la cabeza a algo que le dice la madre del niño que juega con la silla de ruedas. Las dos chicas se acercan al mostrador y el murmullo se eleva mientras son atendidas por un joven funcionario de amplia sonrisa. “Que poca vergüenza” dice la señora mayor a su marido. “Sí” le responde éste enfadado. Los hombres que miraban a las chicas, ahora se rebelan. Las dos chicas vuelan hasta el fondo de la sala, con su andar sinuoso, cogen un ticket y se sientan a esperar su número. Mientras una enfermera atiende a un matrimonio joven que acaba de entrar con su bebé en brazos. Todos se callan. Nadie protesta. Al final, me levanto, voy a la mesa que me toca y cojo cita. El viernes volveré.

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