Bajada al infierno

Un pequeño fragmento de lo que está por llegar. No es el mejor, ni mucho menos, sólo un poco de Fernán Garces, no todo es Pedro Cabrón

Según avanzábamos en nuestro camino, las sombras ocultaban el sol y el silencio se impuso entre los hombres. En aquel lugar la vegetación era tan densa que resultaba imposible avanzar con rapidez. El bosque se cerraba sobre nosotros. Enormes arbustos cortaban el paso y, una y otra vez, nos veíamos obligados a deshacer lo andado para continuar con nuestro camino. Años después, en las Indias, recordé aquel bosque tan parecido a las grandes selvas que recorrían las nuevas tierras descubiertas para la Corona. La humedad calaba nuestros cuerpos y nuestros tabardos se empapaban como si nos encontráramos en una noche de tormenta. El silencio iba, poco a poco, formando parte de nuestro grupo. Cualquier ruido, en la inmensidad de la sombra, se acrecentaba. Nuestros ojos buscaban entre los inmensos árboles a aquellos que nos seguían. Sí es que alguien nos seguía por aquel lugar. Alcé los ojos, buscando la luz que se filtraba entre las copas de los altos árboles. Caminando entre aquellas plantas mi mente vagaba hasta Cádiz, soñaba con volver a los brazos de Samira, oler su fragancia embriagadora. Añoraba volver jugar con su larga melena y entrelazar mis dedos con los suyos en las calidas tardes veraniegas. Deseaba recostarme junto a ella, observando las luces que se encendían en Santa María del Puerto, y pasar la noche hablando de nuestra vida, de la pasada y de la que vendría. Pero en aquel frío lugar, mientras caminaba, no lograba ver el futuro. Únicamente recordaba los buenos momentos pasados en casa, junto a mi amada gitana.

Avanzamos por aquellos terraplenes, que nos llenaban las botas de tierra negra, cargando con nuestras ropas, pesadas por la humedad que los empapaba. Usábamos nuestras armas para abrirnos camino, deseando llegar a campo abierto, clavando nuestras espadas en el suelo para ayudarnos a subir aquel monte infernal. Los sonidos y olores iban haciéndose más intensos a cada paso. El olor de la tierra fresca, humedecida, que se quedaba bajo nuestras uñas mientras reptabamos entre las plantas más bajas. Las hojas rozaban nuestra piel. Las ramas nos arañaban. Nuestra respiración, entrecortada, se unía al sonido de seres que no veíamos. Oíamos arrastrase a los animales a nuestro lado. Avanzando pesadamente. Rezando a Nuestro Señor por encontrar un lugar tranquilo donde descansar aquella noche. Observé a los hombres que me seguían. Sus rostros, manchados de tierra y sudor, mostraban el cansancio. Y los ojos miraban con miedo allí donde los ruidos aumentaban. De pronto, el cielo se abrió ante nosotros, y los árboles dejaron paso al yermo. La tierra, negra, se volvió seca. Y el polvo se pegó a nuestras ropas. Nos costaba respirar. El bosque había quedado atrás y la montaña se mostraba ante nosotros. El agua corría a nuestra derecha, en un pequeño torrente, hacia el sur, adentrándose en el bosque que se extendía casi hasta la costa. Los hombres fueron dejándose caer, buscando la sombra alargada de alguna roca. Otros se acercaron al riachuelo, para refrescarse y limpiarse el polvo que se acumulaba en nuestras ropas. Me quite el tabardo y el jubón, acalorado ahora que el sol volvía a bañar las tierras. Me senté en el suelo, mientras me traían agua y comida, mirando el camino recorrido.

Busqué con la mirada nuestro objetivo. Una columna de humo se elevaba varios kilómetros al oeste, en un claro de los enormes bosques. Aquel era el lugar al que debíamos marchar. Los tres capitanes iniciarían el ataque desde la costa, nosotros nos encargaríamos de las mujeres y los niños. Pedro sabía que pocos hombres seguirían sus órdenes sin protestar. No logré dormir. Rostros indefinidos venían a perturbar mi sueño. Esperé que el cansancio me venciera, pero permanecí en duermevela toda la noche. Noté que tenía los ojos anegados en lágrimas, sabedor que yo, que antaño fuese un joven cargado de ilusiones, iba a convertirme en la más cruel arma del demonio. Me levanté al amanecer, mientras el sol bañaba los bosques dándoles un color dorado a las copas de sus árboles. Comencé a colocarme el jubón de cuero sobre la camisola, y mis hombres me imitaron. El frío pasado en el bosque aun nos calaba los huesos, pero el sol y la incipiente lucha acaloraban nuestras almas. Comenzamos el descenso, dejando nuestras ropas ocultas entre las rocas. Caminábamos en silencio, únicamente roto por alguna rama pisada o el aleteo de los pájaros que, asustados, echaban a volar a nuestro paso. El camino bajaba junto al riachuelo, que daba agua al pequeño poblado escondido entre el espesura boscosa. Que descendía abrupatmente, como mi alma, hacia el infierno.

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