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Torres más altas han caído


Estábamos en la playa, pensando en lo divertidísimo que era el día de marras. Con el mar plano, sin una sola ola, ni siquiera al chocar la marea contra la piedra que habíamos tirado en la orilla con la vana esperanza de que alguien la golpease. La vista tampoco nos era agradecida aquella tarde, sentados bajo la torre de vigilancia, soñando con que las socorristas se parecieran a Pamela Anderson, pero encontrándoles mayor parecido con Marilyn Manson. Suspirando desganados porque las curvas más pronunciadas de la zona eran las mías. Aburridísimos como solo pueden estarlo cinco quinceañeros en una playa. Hasta que alguien tuvo la genial idea.

-Hagamos deportes de riesgo, de esos del “ing”.

Ya saben: trekking, footing, rafting, puenting...

-Yo primero.
-No, yo.
-Yo no...

Pero sí. Yo también, uno a uno, todos a una. Corríamos, nos lanzábamos, volvíamos a correr, nos volvíamos a lanzar... saltando desde lo alto de la torreta del socorrista, al grito de ¡TORRETING! y ras, al suelo. Y otra vez a subir. Saltando por encima del socorrista que ya había renunciado a subir la escalerita de mano que llevaba a lo alto mientras esperaba su turno en la zodiac.


Al final, nos aburrimos de saltar aquella tarde. Pero volvimos a la noche, y a la luz de las estrellas y el calor de unas buenas cervezas, el deporte de riesgo volvió a cobrar importancia. Nadie se partió nada, cierto, pero la diversión aumentó cuando nuestro torreting se convirtió en luning y es que, en la noche, todos los gatos no son pardos, y una torre puede convertise en luna para aumentar la alegría. O la paranoia...

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