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Silencios

El silencio retumba en mis oídos. Un sonido sordo, incomodo. Me levanto del suelo donde me encuentro caído. No recuerdo lo ocurrido. Un gran ruido, ensordecedor, es lo último que mi mente guarda. Tambores de guerra repican en mi pecho. Me levanto. Vuelvo a caer. Noto el calido reguero de sangre que me recorre el rostro. No veo a nadie. No hay nadie. Camino hasta la puerta. Renqueante. La calle se abre a mis ojos. Cegados por la blancura del cielo. El sol penetra entre la niebla. Humo, es humo. Temo salir a la calle. No se escucha nada. Sigue sin haber nadie. Doy un paso atrás, hacia la casa que me ha dado refugio y el brillo de unos ojos atrae mi mirada. Brillo opaco. Ojos muertos que me empujan desesperado a la calle. Camino desorientado entre restos calcinados. Un coche arde aún mientras otros humean a su lado. Crujen huesos calcinados bajo mi peso. Vomito y mi vómito cae junto a excrementos humanos. Perros rastreros agonizan junto a los cuerpos calcinados de sus dueños. La muerte apesta la calle. Corro. Corro como alma que lleva el diablo. Como la única alma que lleva el diablo. El humo entra en mis pulmones. Toso muerte. Respiro muerte. Muerte. La veo venir. Corre desde el final de la calle. Alas negras entre el humo. El sol se refleja en sus plumas. Un brillo de vida entre el reguero de la muerte. Huyo. Escapo por una calle lateral mientras los ojos se me anegan en lágrimas. Lágrimas por los muertos. Lágrimas por el vivo. Lágrimas provocadas por el humo. Lágrimas que humedecen la sangre reseca que se pega en mi cuello. Caigo de rodillas. Apoyo mis manos sobre el sucio suelo. Araño la calle intentando arrancar en el suelo la respuesta. El cielo se muestra rojizo. Plomizo. Escucho. Gritos ahogados pidiendo morir. Yo también lo deseo.

Levanto la mirada al cielo y grito. Grito porque el mundo ha muerto. La sociedad se ha autodestruido. Y yo estoy aquí. Testigo sordo. Testigo mudo. Testigo de la muerte de la realidad. Leo un viejo periódico. Tiene fecha de hoy. Habla de la violación de una niña por niños. Miro al cielo preguntando para qué, porqué, qué.... La vida pierde su sentido mientras vuelvo a caer. El cielo se apaga y los gritos de los niños se convierten en llantos de chiquillas.

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Desear algo, luchar por conseguirlo, o construirlo con tu propio sudor, es el verdadero motor del crecimiento humano. Y, cuando ya lo conoces y sabes si es lo que buscabas o no, hay que seguir adelante. Así, hasta el último día de nuestras vidas.
Sin pensar si lo alcanzado terminó en fracaso o triunfo ya que, cada deseo conocido, nos hará más ricos, sabios y. por tanto, mejores. Nos habrá obligado a avanzar conociendo nuevas metas, abriendo nuevos caminos. Así que, como Augusto, yo también me digo en mi vida Nihil cognitum quin praevoli…

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