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La traición

Setsuna se encaró ante los hombres, que comenzaron a retroceder ante la presencia del ciego guerrero, cuya fama le precedí­a. Era un claro gesto que demostraba que aquellos que quemaban la ciudad habitaban en ella. Algunos dejaron las antorchas y echaron a correr ante la carga de Setsuna, pero algunos no tuvieron tanta suerte y cayeron al suelo arrollados por sus compañeros. Un grito sonó sobre todas las demás voces:

-Nuestro señor nos lo ha ordenado. Solo cumplimos las órdenes del señor As....rrgggggggg
-Silencios, cobarde


Evincar giró sobre sus talones al escuchar el segundo grito. Aquella voz le pareció conocida, aunque no era capaz de recordar dondeSetsuna reaccionó atacando al hombre, golpeándolo hasta la inconsciencia. Sabiendo que la salvación de aquel otro podría ser la clave para destapar la traición.

l hombre se encontraba fuera de sí­, tanto por el dolor como por la visión de aquel que habí­a intentando asesinarle, que ahora yací­a muerto junto a él. Por momentos, mientras la herida comenzaba a ser cerrada, daba la sensación de que iba a desmayarse. Pero logró mantenerse despierto. Su cabeza daba vueltas y tení­a un miedo infundado por lo que podrí­a ocurrir a continuación. Observaba como Setusuna le curaba la herida, y se preguntaba si aquella venda que tapaba los ojos del ciego guerrero no esconderí­an un mayor poder. Tal vez, en este mismo instante, este leyendo lo que pienso. No tengo escapatoria, debo hablar.

En un susurro, como si la vida se le fuese en cada palabra, habló con Setsuna. Sus labios casi podí­an rozar las orejas de su salvador, que se habí­a inclinado para poder escucharlo.

Poco a poco, y pese a los intentos de Setsuna, el hombre fue perdiendo la consciencia y la propia vida, que se le escapaba por una herida que comenzaba a supurar sangre podrida. Sin duda, aquella daga, debí­a ir impregnada de veneno.

Setsuna buscó la presencia de Evincar y sus vacíos ojos volvaron buscando al culpable

¿quien creería la verdad?

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