Ciegos

Al comenzar a leer Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, uno no puede más que observar la dificultad de la lectura ante el texto escrito por el portugués. Incomprensible a veces, uno se siente ciego ante lo que nos cuenta el autor. Intentando encontrar entre las palabras los diferentes sonidos de quien nos hablan. Traspasando con sus palabras el papel para imbuirnos en la desesperación, en el terror, que acompaña a los ciegos protagonistas de la historia.

No hay nombres, no importa. Sólo personas que se unen ante la adversidad enfrentándose a la peor de las cegueras: la que lleva al hombre a morir en vida mientras la humanidad se escapa por los retretes atascados. Porque Saramago nos habla de eso. De la ceguera que afecta a la sociedad. De la perdida de valores que sufre la humanidad, que se encuentra ciega, degradándose lentamente en la brillante blancura de una economía que ahora empieza a oscurecerse. Sólo mantenida la humanidad por la no-ciega que mantiene la esperanza de perder la visión ante lo que sus ojos ven. Muerta en vida se convierte en el sustento del ciego. Y que, a la vez, se convierte en la muerte de otros. Que sueñan con la esperanza rota de recuperar la visión o, al menos recuperar la oscuridad. Cerrar los ojos y morir ante la perdida de humanidad

Tal vez Saramago hable de otra cosa pero, al leerlo, no puedo más que pensar en mi propia ceguera. En los sueños que me mantienen despierto, ilusionado en una vida que en cualquier momento puede teñirse de blanco. Pero no de un hermoso blanco puro, sino del blanco de la nada. De la muerte. El blanco que, al final, muestra el último camino.

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