Carritos

Salía del edificio a tomar un refresco en un bar cercano, para mitigar un calor que no sufrimos en nuestro trabajo. Y allí estaban ellas, no sé si eran seis o siete. Pero mantenían el orden, casi militar, en el borde de la fila, justo enfrente de la puerta de madera clara que da acceso a la casa, no sé si parroquial, de la Iglesia del Carmen. No sabría decirles nada de ellas. Mujeres normales, amas de casa con muchos años de experiencia a sus espaldas, sin importar la edad. Mujeres acostumbradas a luchar por los suyos. Y ahora están allí, esperando que se abra aquella puerta con sus carritos de la compra perfectamente alineados.

Cuando volvemos de tomarnos el refresco ya no están. No puedo más que observar en silencio el interior del edificio que se muestra tras la puerta abierta. Allí están ellas, manteniendo el orden. En triste silencio. No hablan entre sí, como tampoco lo hacían en la calle. Sólo esperan. Esperan que les llenen el carrito con lo poco o mucho que hoy puedan darle en la Iglesia. Esperan sabiendo que eso, poco o mucho, será lo único que hoy podrán llevar a sus casas.

Y me doy cuenta de que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y que yo, estoy ciego.

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