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Las murallas del Oeste

Todo parecí­a en calma en aquel lugar. Los soldados patrullaban por los caminos de ronda, mirando al interior de la ciudad, más que al exterior. Los ejércitos enemigos continuaban al fondo, casi en el horizonte. Silenciosos, callados, sentados en su campamento como quien mira las estrellas en una noche sin luna.

El capitán de la guardia, sin embargo, se mostraba inquieto. Habí­a algo en todo aquello que no le gustaba.

-No lo entiendo, Gilles. ¿Porqué no nos atacan por esta banda? Dicen que en la puerta norte el olor es insufrible, que esos locos están lanzando cuerpos mutilados de los infelices campesinos que no lograron llegar a la ciudad. En el resto, están lanzando de todo, y el asedio está en marcha. Parece como si quisieran tomar la ciudad en un dí­a, como si no quisieran que la noche les cogiera en la lucha. Y sin embargo esta muralla no ha sido tocada. Sigue virgen en esta maldita guerra.

Gilles lo miró sin asombro. Habí­a estado en muchas batallas, sobre todo con Fururland. Y habí­a participado en algunos asedios, así­ que el también entendí­a la preocupación del capitán. Estaba a punto de contestarle cuando vio como se desfiguraba el rostro del oficial. La muralla tembló bajo sus pies un instante. Solo un segundo. Pero lo suficiente para comprender lo que ocurrí­a. Ninguno de los dos necesitó palabra alguna. Sus ojos mostraban el miedo, el sudor indicaba la cercaní­a de la muerte. Un leve susurro serví­a para pedir ayuda a los dioses. Para despedirse silenciosamente de sus seres queridos. Un simple segundo.

La ciudad entera vibró con la explosión. Trozos de muralla cayeron aquí­ y allí­, acompañados de los cuerpos de aquellos que vigilaban el oeste. El griterí­o de los hombres de Frikigard quedo silenciado por el ruido de los cascotes al chocar contra el suelo. Donde antes estaba la muralla, ahora solo se veí­a un enorme socavón humeante. Los sitiadores habí­a minado la defensa de la ciudad. Mientras el ataque se distribuí­a uniformemente por el resto de la capital del reino, la muralla del oeste se habí­a mantenido limpia de ataques. Pero bajo el subsuelo, expertos mineros venidos del otro lado del mundo hací­an su trabajo....

A lo lejos, los hombres y las bestias se prepararon para la lucha. Su rugir se mezcló con el dolor de los ciudadanos.

El capitán y Gilles resbalaron por el tejado puntiagudo de la torre de una casa. Sus ojos abiertos aún reflejaban el rostro de la muerte...

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