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La feliz mujer que no creía en el amor

Cuenta la historia que la mujer que vivía en la casa era feliz. Tanto que no creía poder ser más feliz. Tanto que negaba la posibilidad de mayor felicidad. Cuenta la historia que algo cambió un día. Que el corazón de la mujer se convirtió en piedra. Cuenta la historia que una maldición cayó sobre ella: jamás amaría, jamás volvería a creer en el amor. Cuenta la historia que un joven bardo, trotamundos y ajado gentilhombre, llegó hasta la puerta de la casa en la que vivía la feliz mujer que no creía en el amor. Y ella le dejó entrar.

Cuenta la historia que el trotamundos acudía junto a la mujer cada vez que visitaba la lejana isla donde se elevaba la casa. Cuenta la historia que el corazón labrado en piedra por una maldición comenzó a resquebrajarse. Lentamente. Pausadamente. Sonoramente. Latía por cada rendija de la piedra rota. Y cada vez que el bardo acudía en su auxilio, otra lasca de dura piedra se desprendía del alma de la mujer feliz que no podía amar.

Y el bardo acudía cada vez más. Un día cabalgó hasta la casa a lomos de un unicornio. Blanco como la nieve, fuerte como un dragón. Y le pidió a la mujer que le acompañará hasta la la luna. Y ella fue. Y otra lasca, ahora mayor, se desgajó de su alma. Y fue feliz y creyó en el amor al lado de su ajado trotamundos. Pero cuando se fue pensó: “No puedo ser feliz. Él no puede hacerme feliz. No puedo amarle. Él no puede amarme”

Pero él volvió otra vez más. Y el corazón de piedra se transformó en barro latiente cuando él la llevó a recorrer los jardines del viejo palacio imperial. Cantando a la luz de una luna, que ya conocían, las verdades de su amor. “No puedo ser feliz. Ella no puede hacerme feliz. No puedo amarle. Ella no puede amarme”. Y uno y otro comenzaron a negarse el amor. Pero cada día que pasaban juntos el amor era mayor. El ajado bardo trotamundos siguió su camino, pero su camino era el de ella. Y cada día, desde la lejanía, hermosos pájaros de fuego volaban hasta la casa de la mujer feliz que no podía amar. Traían mensajes de amor del bardo trotamundos que la amaba, pero no podía amarla. Cada día ella le respondía. Negándose a amarle. Sabiendo que le amaba. Su corazón de barro seguía su transformación, sintiendo que el amor le daba fuerzas en cada latir. Pero él estaba lejos. En lejanas y exóticas tierras. Rodeado de mujeres y placeres. “No puedo ser feliz. Él no puede hacerme feliz. No puedo amarle. Él no puede amarme” Y él pensaba en ella “No puedo ser feliz. Ella no puede hacerme feliz. No puedo amarle. Ella no puede amarme”

Pero cada día, el bardo y la mujer, esperaban ansiosos las llegada del pájaro de fuego que le traía la carta del otro. Que le daba vida, que le daba fuerza. Pero cuando el pájaro marchaba en busca de la persona amada los dos pensaban: “No puedo amarle. No puede amarme”. Y sus corazones se volvían duros, como la piedra.

Cuenta la historia que un día un viejo mago llegó a la ciudad. Observó a la mujer feliz que no podía amar y dijo:

-No hay maldición que pese sobre tu corazón. Sólo el miedo a ser más feliz, el miedo a perder esa felicidad. Y no hay peor maldición que el miedo, que la cobardía, que la falta de atrevimiento. En el amor hay que atreverse. Hay que avanzar sin pensar. Sin miedo a equivocarse. Porque el amor real llega y cuando llega es inesperado. Puede aparecer en cualquier lugar. En los ojos de un amigo, en los brazos de un desconocido, en las letras de un trotamundos, en las palabras de un viejo sabio. Pero sí el miedo te atenaza, sino arriesgas a dar un paso más, jamás alcanzaras la felicidad. Porque en el amor el miedo es la única maldición.

Cuenta la historia que la mujer feliz que no podía amar siguió su camino, sin miedo. Y el joven bardo, trotamundos y ajado gentilhombre, el suyo, paralelo al de la mujer feliz que ya podía amar porque no tenía miedo.

Y el mago... tuvo miedo.

pd. Para la mujer del banco: espero que te guste. No sé cuando te volveré a ver.... así que te lo dejo aquí con un par de días de retraso ;)

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