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La cocina

-No veo yo esto. De verdad que no. Si ya lo tenéis ahí dentro ¿porqué no lo matáis y punto?
-No, Abadon, las cosas no son así. Hemos decidido cambiar las reglas del juego.
-¡Ah! De puta madre. Cambiamos las reglas. Hemos decidido.... ¡pero yo no he abierto la boca! Solo me queréis para usarme.
-Si- Daira, como siempre, muy franca.

Me miré al espejo mientras terminaban de arreglarme. No parecía yo. En nada. Pero he de reconocer que la cosa tenía su punto. Eché la melena atrás, observando el color rojo que las lentillas habían dado a mis ojos. Escuché al ínclito gritar desde el interior del cuartucho. El calor salía por las rendijas de la puerta por la que entraría cuando estuviese listo. Y el momento estaba a punto de llegar.

Atravesé la puerta y no pude más que sorprenderme por el cambio que nuestro club de lectura había experimentado. Sino supiera la verdad hubiera podido jurar, pardiez, que estaba en el mismo infierno. Caminé hasta el cartagenero, que estaba en el suelo, sudoroso. Los ojos fuera de sí.

-Veo que ya conoces el infierno. ¿Te gusta?- no me respondió- Ya ves. La vida da muchas vueltas y al final, tú, has acabado aquí, conmigo. ¿Quién lo iba a decir?.

Lo miré. Aguantando la risa que me entraba ante el miedo atenuado de Arturo Pérez-Reverte. El sudor comenzaba a correr por mi rostro, pequeñas gotas que me recordaban quién era en realidad. Él estaba empapado en sudor, tumbado en el suelo mirando el estrellado cielo pintado por la genial Cecia. Sin duda habían hecho un gran trabajo. Aún no sabía como pensaban matarlo, pero aquel lugar me gustaba. La casa de Nidia había dado un cambio radical, pero me encontraba a gusto en la remozada cocina.

-Veo que no sabes quién soy ¿verdad? Pero yo a ti sí te conozco. Te conocí en una tasca, después, claro, de leer alguna de tus horrendas criaturas - “¡Dile que Trafalgar es una mierda!”, me gritaba Daira por el pinganillo acoplado a mi oreja- Aún no entiendo como manchaste el nombre del otro Pérez con esa mierda de Trafalgar. ¡Coño! Solo por eso mereces morir.

-“¡NO!”- ahora era Nidia la que me gritaba- “Dile que hemos decidido perdonarle la vida. Pero que no lo vuelva a hacer”

-¡REPARDIEZ!¡COGOENLA! ¿cómo me venís ahora con esto?- Reverte me miró, asombrado de mi extraña reacción. Asustado de mi locura. ¿Pues no estaba ante un demonio que lanzaba gritos al techo pintado de una cocina?
-¿Quién eres? ¿Porqué quieres matarme?
-Mira, Arturito, no. He decidido no matarte.... o lo han decidido otras. Por dos razones fundamentales. Primero porque eres un hijo de puta con suerte que ha sobrevivido a dos intentos anteriores.
-¿Las vinagretas?
-Y la aerofagia, sí, fuimos nosotras. O nosotros. Pero, además, porque, ¡qué coño! Me invitaste a jamón en el Veedor, y eso -dije golpeándome el pecho con el puño cerrado- Eso no se olvida. Además, si te mato ahora no me enterare del final de Alatriste.

Se levantó, caminando lentamente hacía la puerta. Sabiendo que allí estaba la salida.

-Pero, cartagenero, de esto ni una palabra... como me enteré de que se los ha dicho a alguien me veré obligado a ir por ti. Y los demonios casi nunca cumplimos nuestras promesas, pero si las amenazas.


Abrió la puerta, me dejo salir, y me precipite al vacío.

-Pero que hijas de puta que sois... -acerte a decir mientras el suelo ascendía hasta mí. O yo descendía hacia él.
-Ves Nidia- escuché por el pinganillo- matar al demonio era más fácil que acabar con el cartagenero cabrón.

Comentarios

Natalia Vazquez ha dicho que…
dioooooss....me suena a final??? ME ENCANTAAAA!!!!
Cathan Dursselev ha dicho que…
Pero te gusta porque ya ha terminado o porque te gusta ese final?
Natalia Vazquez ha dicho que…
me gusta de todas formas....

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