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El buen morir en el mundo tardo medieval gaditano

El hombre medieval no separaba tajantemente muerte y vida. El cristianismo le había enseñado que la muerte era un momento de transición, de puente, un peaje hacia otra vida mejor. Por lo que la muerte era un momento más de los que debían vivirse en el paso por la existencia terrenal. Y aquí es donde los testamentos cobraban gran importancia ya que en ellos se dejaba consignada la voluntad de quien se sentía cercano a la muerte. A través de los testamentos podemos observar la idea que del final del ciclo vital tenía cada individuo, mostrando no pocas veces el miedo a lo que a vendrá después y, en el caso que nos ocupa -a caballo entre la Edad Media y la Moderna, en una sociedad plena y profundamente cristiana-, la esperanza de una vida futura junto a Dios. Desgraciadamente, el saqueo que sufrió el archivo gaditano en el asalto anglo-holandés de 1596 no ha permitido conservar ningún documento anterior a 1538. En este pequeño artículo, realizaremos un acercamiento a la preparación de la muerte en Cádiz a través de tre s de los documentos conservados, los testamentos de Ana L ópez , Fernán González, y Martín Martínez Aynsa, todos fechados en 1538 en la escribanía de Alonso de Medina.


El testamento de Ana López se inicia con una de las profesiones de fe más hermosas que hemos logrado documentar, y que no hemos podido dejar de reproducir integra ya que por sí sola nos muestra la profunda religiosidad de la testadora y su idea de la muerte venidera: En el nombre de Dios y de la Gloriosa Virgen Santa Maria Ntrª Sª sepan quantos esta carta de testamento cerrado vieren como yo Ana Lopes bibda muger que soy de Juan de Goleda difunto, vecina que soy de esta muy noble e muy leal cibdad de Cadiz, estando enferma del cuerpo e sana de la boluntad y en çeso y entendimineto y buena memoria tal qual Dios Nuestro Señor quiso y tubo darme, y creyendo como creo bien y berdaderamente en la Santisima Trinidad, padre, fijo, e Espiritu Santo tres personas un solo dios berdadero e bendito que vive e reyna sin fin y temiendome el acabamiento de este mundo breve e fallecedora de la qual ninguna persona se puede ebaiçar e [decidido] poner mi almma en la mas lenta, santa y berdadera carrera que yo pueda hallar por llegar [ante] Nuestro Señor e [ante su] madre e por mi almma salvar otorgo e me hago e ordeno este mi testamento e mandaren [lo] en el contenidas a honor de Nuestro Señor y de su Gloriosa Madre con toda la corte celestial.

Una preparación espiritual que nos muestra a una mujer profundamente religiosa, que busca morir en gracia divina para lograr que esa lenta carrera sea lo más breve posible. Donará sus posesiones terrenales para que sean usadas en “honor de nuestro Seño r”, y el estudio del testamento nos indica que no son pocos los bien es que dejará a la diócesis local con el fin de reducir la espera lejos de Dios, aunque sin olvidar a aquellos que están junto a ella en la vida terrenal. Y es que, pese a que la Iglesia pide a sus fieles el reparto de la riqueza entre los más necesitados –el propio Jesucristo le dijo al joven rico vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás riquezas en el cielo - el hombre medieval –y el que aquí nos ocupa es heredero directo de él- encontró un método mejor de acercarse a esas riquezas, reduciendo las donaciones en vida y mostrando mayor generosidad ante la presencia cercana de la muerte. Esto ha provocado que algunos autores definan al hombre tardo-medieval como profundamente materialista, llegando a convertirse en una tragedia la muerte sin testamento. Pues, como dice Jhon Wilson la verdadera traged ia “para la familia, vecinos, amigos y comunidad, era que quien iba a morir no pudiera testamentar y despedirse, porque una muerte sorpresiva privaba a la persona de poder hacer los caros adioses respectivos”. O lo que es lo mismo, el reparto de los bienes, más o menos importantes, del que ahora dejaba la vida entre los que permanecían en ella.


Y tal vez esa tragedia familiar sea la principal explicación a la preparación ante la muerte. Una muerte que en ocasiones deja ver con antelación el reflejo de su guadaña, facilitando a los individuos el tiempo necesario para organizar su legado. Así, Fernán González inicia su testamento explicando los motivos que le llevan a realizarlo por ir “a terra de moros”, y por tanto correr peligro su vida en una expedición a zona enemiga . O Martín Martínez, al que la enfermedad coge en Cádiz, según el mismo nos dice en su testamento “(...) yo Martin Martinez de Aynsa, vizcayno estante en esta cibdad de Cadiz estando enfermo (...)”.

En ambos casos, y ante la cercanía de la muerte, se preparan para un buen morir. Una preparación que, alejada de la visión profundamente cristiana de Ana López, se encamina a dejar solucionados problemas terrenales tan mundanos como la venta de trigo de una zona u otra como se recoge, por ejemplo, en las cláusulas testaméntales de Fernán. Un buen morir, por tanto, encaminado a evitar conflictos entre los vivos, más que ha disminuir la mas lenta, santa y berdadera carrera hacia Dios tras la muerte.

[Artículo publicado en la Revista Hades]

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