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Semana Santa en Cádiz

El francés Labat describió la semana santa gaditana del siglo XVIII en su libro de viajes. Hoy le dejo a él tomar la palabra en este blog:

"Pero estas devociones no son nada en comparación con las de Cuaresma y Semana Santa. Nuestros Padres querían persuadirme que me quedase en Cádiz para ver estas magnificencias. Nada, según ellos, era más bello que las procesiones de penitentes que acompañan los misterios de la Pasión, representados de una manera tan natural que no hay quien no deje de derramar lágrimas a su vista. Mis asuntos me llamaban a otra parte, fuera parte de que no me gusta llorar y quizás no estando conmovido ni edificado con estos espectáculos hubiera escandalizado a los que hubieran observado que no compartía sus mismos sentimientos..." ( SIC )


"En efecto ¿ qué sentimiento de compunción puede nacer en un hombre discreto una serie de penitentes cargados de cintas y de encajes que se azotan acompasadamente y que redoblan sus golpes bajo las ventanas de sus queridas, o que salpican con sangre las bellas que se encuentran en las Iglesias o en las calles, y que se toman la precaución de taparse la cara...?" ( SIC )


"Generalmente llevan también enlazada en las disciplinas una cinta que a cada penitente regala su amada, y ellos la lucen como un señalado favor... El disciplinante anda pausada y ceremoniosamente, y al llegar junto a la reja de su amada se fustiga con un brío maravilloso. La dama observa esta caprichosa escena desde las celosías de su aposento, y por alguna señal bien comprensiva le anima para que se desuelle vivo, dándole a entender lo mucho que le agradece aquella bárbara galantería..." ( SIC )

"Cuando los disciplinantes se encuentran en su camino con una hermosa mujer, suelen pararse junto a ella y sacudirse de un modo que al saltar la sangre caiga sobre su vestido. Esta es una interesante atención y la señora, muy agradecida, les dirige palabras amables..." ( SIC )


"Como yo se lo que cuesta a estos azotantes, pues ante de exponerse a hacer estos ejercicios en público se hacen ensayar por maestros que hacen profesión pública de ello, a azotarse con gracia, no hubiera podido evitar de reirme y decir que esto era un espectáculo y todo lo hubiera echado a perder..." ( SIC )


"... con frecuencia ocurre que los dos disciplinantes se transitan a la misma hora y con idéntico aparato se cruzan en una calle y se hostigan. Cada uno pretende que el otro le deje el paso libre y ninguno quiere acceder: los criados que llevan delante con las antorchas encendidas, comienzan a golpearse con ellas el rostro y a quemarse las barbas, los amigos de uno desenvainan las espadas contra los amigos del otro, y los dos héroes de la fiesta, sin otras armas que la disciplina con que iban castigando su cuerpo, se busca entre la confusión de la pelea y al hallarse frente a frente dan principio a singular combate. Después de calentarse las orejas a puros disciplinazos recurren a los puños para golpearse fieramente con brutalidad propia de carreteros... "( SIC )

"En el convento de nuestros Padres ( Labat se refiere al convento de Santo Domingo donde celebraba misa durante su estancia en Cádiz) y en el de los Franciscanos, me hicieron ver unos almacenes llenos de máquinas y representaciones que llevan en las procesiones, un gran número de gruesas cruces de madera que los penitentes llevan sobre las espaldas y otras más pequeñas en las que se hacen amarrar por los brazos y por el cuerpo, como si estuvieran clavados, y en esta postura tan incómoda visitan todas las Iglesias de la ciudad. Los que han viajado por España e Italia han visto todas estas ceremonias, de ellas trataré más ampliamente en el viaje a Italia..." ( SIC )

"También hay verdaderos penitentes que inspiran verdadera compasión y llevan arrollada en el desnudo torso y en los brazos una cuerda de esparto, cuyas vueltas oprimen detal modo la carne, que toda la piel se pone amoratada y sanguiolenta. En la espalda llevan siete espadas metidas entre cuero y carne , que le producen numerosas heridas a cada paso que dan, y como llevan los pies desnudos y las piedras de las calles son puntiagudas, con frecuencia se caen los infelices. Otros llevan espadas: cargan sus hombros con una pesadísima cruz: y tanto éstos como aquellos no son hombres vulgares acostumbrados al duro sufrimiento, sino personas de mucha calidad que van acompañadas de varios pajes vestidos con túnicas y con la cara cubierta para que nadie los conozca: éstos llevan vinagre, vino, y otros reconfortantes, y los ofrecen de cuando en cuando a su Señor, que a veces cae rendido, casi muerto, por los dolores agudos y la fatiga insoportable. Tan difíciles penitencias ya no son voluntarias galanterías: las imponen ciertos confesores, y el que las realiza, pocas veces pueden librarse de la muerte, que le condena en breve plazo. Monseñor el Nuncio de Su Santidad me ha dicho que había prohibido a los confesores que aconsejaran tales penitencias: pero aún he presenciado bastantes, y se supone que la devoción de cada penitente como única inspiradora de tan rudos martirios"


¿Tanto hemos cambiado?...

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