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Sasurai

Desde la muralla los hombres comenzaron a lanzar agua hirviendo, logrando detener parte del avance. Pese a todo algunos hombres habían accedido a las murallas. Junto a ellos, algunas figuras destacaban sobre las demás. Parecían humanos, pero el mal puro emanando de ellos. Sus fuertes brazos alzaban poderosas cimitarras con las que cortaban a sus enemigos mientras avanzaban en dos frentes: tres hacía el drow, tres hacia el músico. La armadura completa que vestían resonaba al chocar contra los merlones. En el campo de batalla, sin embargo, las tropas comenzaron a retroceder.


Sasurai observó, no sin cierto desagrado, lo que ocurría en las murallas. La lucha estaba marchando bastante bien, se las arreglaban para detener a la mayoría de invasores, y con sus golpes y piruetas inspiraban a los hombres. Muchos estarían sorprendidos de ver en combate la figura del vagabundo, más aún luchando de aquel modo. Pero ahora algo se había torcido. Aquellos tipos enfundados en pesadas armaduras parecían más peligrosos que el resto, y tenían un aura de maldad casi tangible.


Recogiendo la cadena hasta volver a empuñar su espada, Sasurai encaró a los tres hombres que se dirigían hacia él. En su otra mano sujetaba el Main Gauche, que esperaba le sirviese de ayuda, ya que se encontraba en evidente desventaja. Por una parte, eran más y mejor pertrechados. Debía confiar en su agilidad y sus habilidades para evitar los golpes, y en la muralla el espacio era limitado, y debería golpear realmente fuerte y con precisión si quería dañarlos. Por otra, estaba lo de aquel demonio que había sobrevolado la ciudad. Ahora parecía haberse detenido, pero sería preferible no excederse en el uso de sus poderes demoníacos si no quería llamar la atención.


Suspirando de manera audible y saludando con la espada bastarda, al modo de los caballeros, el músico se preparó para el combate. Apretando los dientes, algunos poderes de su parte infernal comenzaron a manifestarse. Las acostumbradas líneas rojas surgieron en su rostro, al tiempo que sus ojos se prendían en llamas y su musculatura aumentaba y todo él parecía volverse más imponente. Cuando habló, su voz sonó grave, distorsionada, como si perteneciese a otro mundo.


- ¿Qué amo os azuza con tal vigor que corréis sin dudar hacia vuestra muerte?
-¿Quien os a dicho que avanzamos hacia la muerte, caballero-la voz silbante sonaba fuerte, segura de sí­ misma y hasta irónica-Nosotros somos la espada que empuña la muerte, y nuestro señor, que no amo, es su más fiel servidor


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