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Por la dama

El sudor nubló la vista de Sir Ganfion. Los sonidos de la guerra se agolpaban a su alrededor. Los caballos coceaban el suelo mientras un sol abrasador comenzaba a caer sobre su armadura. Miró a sus hombres. Estaban ansiosos por luchar. Aguantaban a sus monturas sabiendo que la sangre pronto bañaría sus lanzas. Miró al horizonte. Las tropas imperiales tomaban posiciones. El ruido de las ruedas de los cañones podía oirse desde allí. Observó a sus huestes. Los hombres a píe mantenían la compostura. No eran soldados aunque hubierán acompañado a su señor al campo de batalla. Los caballeros de Sir Joseph parecían más nerviosos. ¡Jóvenes impetuosos!

Sir Ganfion bajó la cabeza, el sudor rodó por yelmo mientras lanzaba su plegaría al viento. No los veía, pero sabía que sus hombres también bajaban sus rostros al suelo. Y que los campesinos, piadosos, hicarían rodilla solicitando la protección de su Señora.

Mi Señora, vos que sois madre de estos tus hijos. Vos que bañasteis con lagrimas nuestra tierra para hacerla fertil. Impide que hoy se derrame la sangre de tus hijos que gustosos darán la vida por defenderte. Mi señora, protege mis acciones, impide que se nuble mi vista. Hazme humilde en la guerra para ser grande en la victoria. Dama y Señora, conducenos a la victoria.

-¡POR LA DAMA!¡POR BRETONIA!

Los hombre respondieron a su grito y los caballos se lanzaron al galope. El suelo tembló bajo los cascos de las bestias. El hierro tintienó. Entrechocando hombre contra hombre en una carga de muerte. Al encuentro de la caballería imperial, que ya cabalgaba hacia ellos. Ser Joseph viró su camino. Cabalgó contra las innobles armas del enemigo, acabó con sus cañones mientras las balas volaban sobre sus cabezas. Sir Ganfión fijó su objetivo y se lanzó contra su él. Aquel conde venía a ocupar sus tierras. No le dejaría. Sus hombres atravesaron las filas del enemigo como el viento. La sangre encharcó las verdes praderas de Bretonia. Mientras, hombres a píe se dirigían hacia su costado, corriendo para salvar a su señor. Las alabardas golpearon las patas de los hermosos caballos bretonianos. Animales críados para la guerra y curtidos en mil batallas. Detuvieron su avance. No importaba. La victoria estaba asegurada. Su enemigo, cobarde, corría en busca de refugio. Pero sir Joseph ya estaba presto a la lucha. Lo persiguió y acabó con él. ¡Maldita prepotencia que nubló su vista!. Aquellos guerreros, de tan baja estofa que peleaban a píe, luchando por sus vidas, lograron arrastrar hasta los infiernos a muchos buenos caballeros.

Sir Ganfión cayó de su caballo. Apoyandose en su espada lanzó un grito al viento. Esa noche pocos hombres volverían con sus mujeres. Y él no sería de ellos.

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