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JUAN

Me gusta ir en autobús. Lo reconozco. Los autobuses de línea gaditanos son tan ricos en matices que todo ser humano debería, al menos una vez en su vida, montar en uno. Es un acto semi social. Y digo semi porque puede ocurrir que usted no quiera participar en él. Pero, al final, se verá obligado a hacerlo. Y, si no me creen, les pondré un ejemplo.

Recuerdo un día del pasado año, tal vez del anterior. Yo iba en el autobús camino de esa Facultad en la que parezco haber echado raíces. El autobús iba lleno. Debía ser en verano o finales de la primavera, porque eran muchas las que iban preparadas para pasar la mañana en la Caleta. Otro lugar al que todo ser humano debe ir, de hecho, ese ser humano debería coger la línea 2 de Cádiz y pasar el día en esa pequeña playa protegida por castillos centenarios.

En ese autobús, cargado de mujeres de cierta edad en bañador o bikini y cubriendo nuestra vergüenza con albornoces de diferentes tonalidades, sólo dos personas parecíamos sacados de lugar. Dos hombres, para más señas. Uno, como se imaginaran, yo. El otro un señor de mediana edad. Su ropa, un mono gris, indicaba que no iba a la playa. Se sentó justo enfrente mía, en esos asientos dedicados a los minusvalidos que nadie respeta. Y, al cabo de un minuto, le sonó el teléfono móvil.

-Dime Juan

-….

-¡JUAN!

-….

-Juan, coño, dime

-…..

-¡Manda cojones con Juan!- dijo con cara de pocos amigos mientras colgaba su viejo móvil. Pero, no habían pasado ni dos minutos cuando el teléfono volvió a sonar.

-JUAN, JOE QUE ESTOY EN EL DOS.- cosas de Cádiz, si dices un número, el otro ya sabrá que estás en el autobús.

-….

-¡QUE ESTOY LLEGANDO!

-…..

-¡TE HA ENTERA’O JUAN!, ¡QUE ESTOY YA ALLÍ!

A estas alturas, todo el autobús sabía que el hombre que se sentaba frente a mí ya estaba allí, aunque aún estuviera en el autobús, y que su amigo se llamaba Juan.

-No sé si se habrá entera’o, quillo, pero lo que es nosotras sí.

-Es que el Juan está más sordo que qué. No se entera de na’ y no veas.

-Aju, hijo, que problemón.

No había terminado de hablar la señora cuando el móvil volvió a sonar. estábamos ya en la parada, y el hombre decidió no cogerlo, pues veía a Juan muy cerca (el mismo mono gris y el enfado que mostraba su rostro, indicaba a las claras que él era Juan). Justo al abrirse las puertas, el hombre del móvil gritó un “illo, ya estoy aquí”, al que Juan no contestó. Sordo, pero como una tapia, estaba Juan. Así que la muchedumbre marijil que se encontraba en el autobús decidió de motu propio, y sin intervención externa alguna, ayudar al buen hombre que bajaba del vehículo. Vehículo, el dos, que resonó con el grito unánime de todas.

Y, pese a todo, Juan no se enteró….


Por cierto, que al día siguiente estuvo a punto de repetirse la escena... pero está vez el hombre del móvil decidió no contestar con un simple. "Otra vez el sordo de Juan" con las consiguientes risas de todos los que el día anterior vivimos lo acontecido y la asombrada mirada de aquellos que montaban por primera vez con nosotros.

Comentarios

Versus Die ha dicho que…
jajaja, genial
buen retrato de las cosas cotidianas! me ha parecido que yo también estaba allí!
Cathan Dursselev ha dicho que…
Muchas gracias, Versus, me alegro de que tu también acabases dentro del "dos"
Deslumbrada ha dicho que…
Jajaa... ¡¡que buenas las historias de transporte público!!
Por cosas como esa me niego a sacarme el carné de conducir...

Con tu permiso, te seguiré a partir de ahora...

¡Saludos!
Cathan Dursselev ha dicho que…
Bienvenida Deslumbrada. Y no tienes que pedir permiso. Este sito, como el "dos" es público y, si me dejan, hasta social.

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