El río

El otro día volví a caminar por viejos senderos de tierra. Caminos que se adentraban en los pinares bañados por el seco río. Caminos recorridos mil veces de crío. Poco a poco los recuerdos iban viniendo.


Priemro el campo de las fresas, o de las vacas según las temporadas. Un pequeño prado que a nosotros se nos hacía enorme. Allí íbamos de “mayores” a hacer paelladas a la sombra de los pinos que rodeaban el prado. José Ramón cocinaba y conducía su viejo Ford Fiesta blanco, el primer coche del grupo. Bea hacía el payaso, como casi siempre. Otros reíamos y nos sacábamos fotos para recordar eternamente aquel lugar. Aquel momento. Aquella vida que ya, sabíamos, quedaba atrás.


Seguí por el camino. Los laguitos, por donde pasábamos con nuestras bicis camino del Faro. Buscando un río que ya comenzaba a tener agua. Y el río, con agua. ya, serpentenado hacia el puerto de Conil, que antes fue cala de arena. Y en el río el viejo árbol que aún baña su copa en las frías y saladas aguas del río Roche. Desde allí saltábamos de niños para bañarnos en sus verdes orillas. Hoy ya nadie salta a sus fangosas y estancas aguas.


Y al final del camino, el Puerto. Ya no está el fósil de ballena incrustado en el acantilado. Hace tiempo que se vino abajo. Tal vez porque muchos eran los que iban a coger un trozo del esqueleto convertido en piedra. Tantos que al final acabaron con él.


También mi camino había acabado. Dejándome recuerdos vagos que se esconden en mi memoria. Borrosas caras, convertidas en fósiles del pasado, que me impiden recordar con quién estuve en cada momento. Recuerdo a mi abuelo. Recuerdo a mis primos bajo el viejo y mojado árbol. Recuerdo a mis hermanos. A mis amigos. Recuerdo el camino. Y me doy cuenta que ya he llegado al final. Ahora tengo que buscar nuevos senderos. Nuevos rostros bajo el viejo y mojado árbol. Bajo un nuevo y mojado árbol.


El otro día decidí seguir el que pasa junto a las calas. Al final me encontré con viejos rostros conocidos que se hacen nuevos a cada instante. Y, por un momento, pensé en el paralelismo de ese camino con mi vida. Da igual las vueltas que dé, al final, siempre serán los mismos rostros los que se muestren borrosos en mi memoria, diluidos con mi propia vida. Inexcusablemente unidos. Invariablemente juntos para siempre. Sin importar qué camino coja cada cual a cada instante.

Comentarios

mutambo ha dicho que…
gracias "poeta", por hacerme recordar tan buenos momentos.....
Cathan Dursselev ha dicho que…
Me alegro de que te haya gustado ;) aunque no sepa cual de las mutambo eres, si la seria o la loca. ^^
Anónimo ha dicho que…
Qué intensas buenas sensaciones transmite tu entrada, sentimientos olvidados que vuelven de repente entre olores a pino y retama. Me encanta, saludos. María.
Cathan Dursselev ha dicho que…
Gracias María

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