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Rodrigo Díaz de Vivar: el Cid


Artículo publicado en la Revista de Historia UBI SUNT? nº14. Año VI, Noviembre 2003. Páginas 10 y 11.

(Todos tenemos un principio en nuestra vida profesional. El mío nace en artículos como este y otros que iré publicando. Algunos hoy me dan vergüenza, pero siguen siendo míos. Y sigue siendo mi comienzo)


Rodrigo Díaz De Vivar: El Cid

“Envió el rey don Alfonso al Cid Ruy Díaz por el tributo que los reyes de Córdoba y de Sevilla tenían que pagarle todos los años…” Así comienza el Cantar del Cid, el más importante de los documentos que sobre Rodrigo Díaz de Vivar podemos encontrar, pero no el único. También la Historia Roderici, escrita entorno al 1110, o Carmen Campeador (1093-94 aprox.), dan fe de la existencia del Cid, a la vez que exaltan su figura.[1]

Una figura que ha ido creciendo a la sombra de leyendas como las que siguen:

“Yendo el Cid en peregrinación a Santiago de Compostela, al llegar a un vado, un leproso le rogó le pasara al otro lado. Rodrigo tuvo compasión: lo montó en su caballo, le dio de comer y se acostó junto a él en la misma cama. A media noche un hombre vestido de blanco le preguntó:
-¿Duermes, Rodrigo?
-No duermo, pero ¿quién eres tú?
-Soy San Lázaro, el leproso al que has ayudado y en recompensa cada vez que sientas un soplo como el de esta noche, será señal de que llevarás a feliz remate cuantas cosas emprendas”

O bien aquella otra que narra que tras su muerte, “su cuerpo fue embalsamado, montado en su caballo Babieca y pertrechado con sus mejores armas y armaduras. Cuando lo vieron los jefes del ejército almorávide que se dirigía a Valencia huyeron en desbandada.”

O esta otra que cuenta que siete años después de su muerte “un judío decidió mesar la barba que nadie en vida se atrevió a tocar y observó horrorizado como la mano del cadáver se dirigía a la espada y comenzaba a extraerla de la vaina. El judío se convirtió ocupándose en adelante, junto con Gil Díaz[2] de honrar los cadáveres de Rodrigo y su mujer”. Se exaltaba así la figura de defensor de cristianismo del Cid.

Pero lejos de las leyendas existió un Rodrigo autentico, temido y respetado por musulmanes y cristianos. Un Cid que aparece en las Historias árabes de Ibn Alcama (m. 1116) y de Ibn Bassam (m. 1109) que se dirigían a él como un “milagro del Señor” en un acto de admiración; o como “el infiel perro gallego” como reproche a su crueldad en determinados momentos de su vida.[3]

Una vida, en la que comienza a destacar como militar a las órdenes de Sancho (hijo de Fernando I de Castilla), que le haría alférez real cuando se conviertió en el nuevo monarca castellano. En 1072 Sancho II, con gran ayuda de Rodrigo, vencerá a su hermano Alfonso[4], que se vio obligado a refugiarse en Toledo. Ese mismo año morirá Sancho II, y será su hermano Alfonso el que acceda al trono castellano. Es en este momento cuando se produciría la Jura de Santa Águeda, donde los nobles cristianos, entre ellos el Cid, exigen a Alfonso VI jurar no haber participado en la muerte de su hermano.

A pesar de que las leyendas hablan de que este hecho acabó llevando al Cid al destierro, este siguió teniendo un importante papel en la corte del nuevo monarca. Como lo demuestra el hecho de haber participado activamente en la Campaña contra Navarra (1076) o de ser enviado por el rey al Concilio de Burgos (1080), en el que los reinos hispanos abandonaban el rito mozárabe para aceptar la supremacía de Roma.

Pero un año antes (1079) Rodrigo se creó un poderoso enemigo dentro de la corte de Alfonso VI. El rey le había enviado a Sevilla a cobrar las parias debidas por Al-Mutamid, y encontrándose allí se produjo un ataque de las tropas granadinas apoyadas por el conde García Ordóñez. El Cid, participa en la defensa de Sevilla y vence al conde, al que hace prisionero. Éste acude ante Alfonso VI y le pide un castigo para Rodrigo. El rey, que ya estaba prevenido contra él, ordenará el destierro de Don Rodrigo cuando en 1081 ataque Toledo, que estaba protegido por el monarca castellano.

Se inicia la búsqueda de un nuevo señor. Primero se dirige a Barcelona, pero el conde no acepta su ofrecimiento. Se dirige entonces a Zaragoza, donde Al- Muqtadir ve en el guerrero una forma de acabar con su dependencia de los reyes cristianos (que veían en estas zonas protegidas su campo natural de expansión). Con Al-Mutamin (hijo del anterior) se enfrentará al rey de Lérida, Tortosa y Denia , y contra sus protectores cristianos: el conde de Barcelona y el rey de Aragón y Navarra, a los que vence en la batalla de Almenara, donde capturará al conde de Barcelona, que se verá obligado a pagar un fuerte rescate al Cid para lograr su liberación. En el 1084, vuelve a vencer a las tropas aragonesas haciéndose imprescindible para la seguridad de Zaragoza.

Pronto se producirá otro hecho importante para la vida de Don Rodrigo: Al-Qadir continúa con una política que lleva a continuas sublevaciones en Toledo. Tal será la situación que la presencia de tropas castellanas en la ciudad se hará permanente, tan permanente que acabaran por controlar la ciudad. A cambio de no oponerse a la entrega de Toledo al reino castellano, Al-Qadir recibe la promesa de Alfonso VI de ser nombrado rey de Valencia. Pero esta decisión cuenta con la oposición de los reyes de Lérida y de Zaragoza, y sus respectivos protectores cristianos: el conde de Barcelona y Don Rodrigo Díaz de Vivar.

Pero a pesar de esa oposición, acabarán pesando más otros intereses que provocarán un acercamiento castellano-zaragozano. En el 1086 tras la victoria almorávide en la batalla de Zalaca, Don Rodrigo será aceptado de nuevo en la corte castellana. Alfonso VI le hará un nuevo encargo al Cid, acudir a Valencia para ayudar y proteger a Al-Qadir, nuevo señor de la plaza. Llegará el Cid a enfrentarse a su antiguo protegido de Zaragoza con el fin de mantener en el poder de Valencia al vasallo de su señor Alfonso VI.

Tras la derrota de rey castellano en Aledo se producirá un nuevo choque con Don Rodrigo, ya que a pesar de la petición de Alfonso VI de ayuda para luchar contra los almorávides, el Cid no pudo llegar para socorrer a su señor. El rey acusó a su “vasallo infiel” de “malquerencia del rey” y don Rodrigo es de nuevo desterrado. Desde el 1089, y desde Elche, iniciará una campaña en el Levante peninsular que le llevará a convertirse en el verdadero señor de la zona, primero como protector de Al-Qadir y, tras el asesinato de este en 1092, como verdadero rey de Valencia. Una ciudad que se convertirá en un reducto cristiano ante el poder norteafricano que se extendía por la Península, y continuaría siendo así tras la muerte del Cid (1099)[5] y bajo el gobierno de su mujer, Doña Jimena, hasta el 1102.

Tras su muerte, la leyenda del Cid continuó creciendo tanto entre cristianos como entre musulmanes, y fue considerado héroe y villano entre ambos, ya que, no en vano, había luchado con unos y con otros según fuese requerida su espada. Aunque no tardó mucho en convertirse en el gran héroe de la cristiandad en su lucha contra los musulmanes, y el paso de los tiempos hizo que, cada vez más, fuese creciendo esa aura de santidad cristiana que hoy rodea su mito, no su vida. La vida de un hidalgo de su época que al no poder luchar junto a su rey, luchó junto a aquellos que aceptaron su espada aunque siempre esperando ansioso la llamada de su señor.


Bibliografía:
o Anónimo. Cantar del Cid, Madrid, 1982.
o Rubén Darío, Cosas del Cid. Barcelona 1991
o Menéndez Pidal, R. El Cid Campeador. Madrid 1968.
o Varios. Historia de España. Tomo 3: Al-Andalus: musulmanes y cristianos (siglos VIII-XIII). Editorial Planeta. Barcelona 1989.

__________________

[1] Parece ser que es en esta obras donde el Cid comienza a tener el sobrenombre de Campador o Campi Doctor.
[2] Alfaquí (experto en religión y derecho islámico) que se convirtió al cristianismo tras conocer a Rodrigo y que adopta el nombre de Gil y el apellido de Díaz como hermano de religión de Don Rodrigo.
[3] A Ibn Yahhaf, el cadí que había destronado a su amigo al-Qadir en Valencia, le obligo a hacerle una lista con todos sus bienes y se reservaba el derecho de condenarle a muerte si no le entregaba todas sus riquezas. Pero el miedo hizo que aquellos que escondían algunas de estas se las entregarán a Don Rodrigo. Este hizo ahondar una fosa en la introdujo al cadí hasta que solo quedasen descubiertas la cabeza y las manos. E hizo que le prendieran fuego hasta que murió entre las llamas. Decidió entonces que su familia y parientes siguieran su misma suerte. Pero la oposición de musulmanes y cristinos lograron frenar los deseos del Cid.
[4] Rey de León según el testamento de su padre Fernando I que había concedido el Reino de Castilla a Sancho, León a Alfonso y Galicia a un tercer hijo: García.
[5] Aquí se encuadra la leyenda de la victoria ante los almorávides del Cid, muerto ya y embalsamado pero a lomos de su caballo Babieca.

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