Milagros

Vaya por mí. O por dios, pero como yo soy dios, vaya por mí. Que yo diga que soy dios no es nada del otro mundo. Los que me conocen lo saben y lo entienden. Mi perfección me hace ser lo que soy, un ser divino. Pero no una divinidad de esas enclenques, no. Yo soy un dios de los gordos. Con una divina morada en el nuevo Olimpo del Universo, no les diré donde. Y con un paraíso propio al que, de vez en cuando, invito a mis amigos mortales.

Pero que yo, que ya estoy loco de por mí, diga que soy dios es normal. Que mis amigos lo acepten, pues también. Ya se sabe, a los amigos que hay aceptarlos como son: unos son unos borrachos, otros unos ineptos, otros están buenos y otros, pocos, como yo, son dioses. Pero que gente que apenas te conozca reconozca tu divinidad, le hace a uno pensar.

Y eso que algunos se empeñan en negarme, y dicen que no hago milagros. Cierto, pero es que yo soy un dios discreto y, además, creo en la libertad de los hombres. Y hasta de las mujeres. Así que no, por hoy no haré milagros. Lo siento, pero no puedo volver a atrás. Zapatero dijo follar a los rusos y dijo follar a los rusos. Y deberían hacerle caso. Todo dios que se precie habla de amarse los unos a los otros... pero lo tiempos cambian. Ya no hace falta amor para amarse.

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