¿Felicidad?

El pasado viernes les hablaba de la soledad. Y lo hacía gráficamente. En primera persona. Como si yo mismo sufriera ese mal. Nada más lejos de la realidad. Desgraciadamente, ni mis amigos ni mi familia me permiten gozar de más soledad que la estrictamente necesaria. Cuando escribo esto no sé que reacciones habrá provocado mi escrito y lo cierto es que tampoco me importa en demasía. Hablar de la soledad, de la muerte de uno mismo en primera persona, no es más que una forma de llamar su atención. Y hasta la mía.

La soledad es un tema llamativo. Y es fácil jugar con ella. Hasta crear sentimientos en los demás para acabar explicando lo que quiero explicarme porque, como diría Pascal "todos los hombres buscan la manera de ser felices. Esto no tiene excepción. Es el motivo de todos los actos de todos los hombres, hasta de aquellos que se ahorcan"

Lastima que yo haya llegado a la conclusión de que la felicidad no existe.

Dice André Comte-Sponville que “como ser feliz no es tener lo que se deseaba, sino tener lo que se desea, ser feliz no puede ocurrir nunca. De manera que, o bien deseamos lo que no tenemos, y sufrimos esa carencia, o bien tenemos lo que desde ese instante ya no deseamos. Y nos aburrimos” Y es que Comte basa la felicidad en el deseo, en la esperanza de algo. Lo que sea. Y, efectivamente, una felicidad basada en el deseo y la esperanza jamás podrá ser alcanzada, pues una vez alcanzada tanto el deseo como la esperanza se convierten en realidad y no en anhelos. Pero su premisa nace de un error: parte de la existencia de esa felicidad y de la necesidad del hombre de llegar a ella. Pero la felicidad no existe.

El hombre puede creerse feliz. Puede, incluso, sentirse feliz. Pero, al contrario que la soledad que es real y palpable, la felicidad no es más que un estado de ánimo con la que el propio ser crea una mascara en la que ocultar la tristeza. Y ahí está la verdad de la felicidad. Y, a la vez, su mentira. La felicidad, esa mascara de autodefensa, no existe. No es más que la ausencia de tristeza. Y la tristeza, como la soledad, si es palpable. Podemos observarla. Podemos encontrarnos con ella sin buscarla y, además, cuando el motivo se hace presente y hasta pasado, sigue siendo valido. No es un anhelo roto, ni una desesperanza. Cuando la tristeza llega lo hace por un motivo real: la muerte de un ser querido; la soledad; la falta de trabajo; la marcha del amigo... y ese motivo continua en el futuro aun viniendo del pasado, formando parte de la vida hasta el final de la propia vida.

La verdadera felicidad es, simplemente, la oposición a la tristeza. Y, por tanto, no existe por sí. La felicidad no es más que la negación del otro. Y, por eso, el hombre no puede ser feliz ni debe intentar serlo, pues sólo conseguiría lo contrario. Puede ilusionarse, desear, amar... pero jamás alcanzará la felicidad real. Siempre será ficticia. Porque la ilusión se rompe tan rápido como llega. El deseo cumplido nos lleva a un nuevo deseo. El amor... el amor siempre duele.

Así que hoy me permitirán un consejo: rompan su mascara de felicidad perpetua. Vivan la vida sabiendo la verdad: no son felices, simplemente han logrado espantar la tristeza por un tiempo. No basen su existencia en una esperanza valdía, en un sueño de futuro, pues nunca alcanzarán una felicidad que no existe. Pero no dejen de vivir el día a día ya que, como diría Jules Renard:

No deseo nada del pasado. Ya no cuento con el futuro. El presente me basta. Soy un hombre feliz, pues he renunciado a la felicidad.

Comentarios

sempiterna ha dicho que…
Ay, Cathan. Vamos de oca a oca. En fin, tiro porque me toca. La felicidad esa utopía tan perseguida. Yo a veces he llegado a pensar que hay gente que no es capaz de alcanzarla nunca y que sin embargo puede llevarse toda la vida persiguiéndola, pero sin disfrutar en el intento.

Por otro lado, me encanta la cita del libro que lees. No es tener lo que deseábamos, eso sería muy sencillo... es tener lo que deseamos. Y en ese momento justo deja de ser lo que deseamos y convertirse en lo que deseábamos, con lo que, ya no es felicidad... me gusta.

Lo dicho. De oca a oca. Besos.
Cathan Dursselev ha dicho que…
Pues sí, Sempi... llevamos una racha que nuestros blogs parecen de autoayuda más que de otra cosa. Pero bueno, al menos nos queda pensar en la vida como niños y volver a tirar, esperando no caer en el pozo... y tener que volver a la casilla de salida.

Más besos y abrazos... ¡mientras nadie me parta las piernas!

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