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¡Caracoles!

Lo reconozco. No me gustan los caracoles. Son bichos viscosos, babosos, se arrastran por el suelo y llevan a gala eso de sacar los cuernos al sol. Y, la verdad, no entiendo que alguien pueda comérselos. Aunque he de reconocerles que hace un tiempo cometí el error de probar una pequeña tapa de los bichos de marras. Y, desde entonces, repito a diario. La visión del Helix pomatia que se esconde en la villa de Savoy ha conquistado mi lectura desde el primer momento. La sensibilidad de Sempieterna (que frecuenta estos lares y me honra con su presencia en mi espacio) convierte a sus moluscos gasterópodos en animales cargados de belleza. Hermosas cenicientas que no desaparecen al tañir de las campanas a medianoche. Entradas tan cargadas de emoción que llevan a un gaditano como yo, arraigado en las viejas tradiciones de odio a la cabeza del reino, a pensar que en la Sevilla que quiso apoderarse del gaditano comercio de Bebería se esconden personas que merecen ser conocidas e, incluso, alabadas e idolatradas. Más que a mí, y esto es mucho decir pues ya saben ustedes que yo soy un dios.


Aunque últimamente, la criadora de los caracoles romanos -o hispalienses- andaba de capa caída. Tanto que, en este sin sentido camino de autoayuda que he recorrido en las últimas semanas, llegué a decirle el pasado lunes que había decidido que el miércoles sería un gran día. Y, miren ustedes por donde, lo fue. Logré aparcar cerca de donde iba ¡y sin tener que pagar zona azul!. Recibí una llamada del Servicio de Publicaciones de la Universidad, para que pasara por allí. Cosa que hice. Mi libro: Linajes gaditanos en la Baja Edad Media. Breve estudio de la oligarquía local (s. XIII-XV) verá la luz en julio y, en contra de las normas establecidas en la Universidad gaditana, será presentado. Dicen que hasta con presencia rectoral.


Pero no terminó la cosa ahí. A la hora de comer, mi amiga Irene me presentó a la madre de mi futura novia. Y, ¡oigan!, me cayó bien. Aunque aún no he conocido a “mi novia” ya es un paso adelante saber que caerás bien en la familia. Al volver por la tarde a la vieja Gades, logré aparcar en la puerta del trabajo. También de forma gratuita. Pasé una buena y entretenida tarde de charla con el militar muerto que recorre los pasillos que dan acceso a la Biblioteca donde trabajo. Y me contó que había sido destinado a Cuba y que se salvó del desastre del Almirante Cervera por los pelos: cogió piojos justo antes de embarcar y quedó en el puerto de Cádiz. La mala suerte quiso que, subiendo a la torre vigía del que fue Gobierno Militar antes que Centro Cultural Reina Sofía, se resbalara y cayera al pozo. Y hasta el día de hoy.


Finalmente marché a casa y, sin tener que dar una sola vuelta a la manzana, mi coche quedó estacionado justo frente al portal. Y, para colmo, ganó el Cádiz. Y no solo eso, sino que mi inspiración que andaba de capa caída, volvió a brotar y hasta un pequeño sainete cobra vida en mi mente verbigracia de Doña Natalia, que no Cuaresma.


Así que sí ¡caracoles! el miércoles fue un gran día. Ya solo me queda buscar escusa plausible y audible para acudir a la vieja corte taifal y saludar como se merece a la cuidadora de caracoles y a otros que pasan por allí. Tal vez, la presentación de un libro sea razón suficiente. Pero solo tal vez. Pues ya se sabe: el gaditano nace donde le da la gana, pero evitar salir más allá de Alcanate.

Comentarios

Versus Die ha dicho que…
eih, me ha encantado, buen texto
pero jamás me comeré un caracol :-P
sempiterna ha dicho que…
Jajaja, Cathan eres un encanto.

Me alegro que hayas dedicado una nueva mirada a los caracoles y a las tierras hispalenses por mi culpa. Me alegro de que el miércoles fuese tan bien para ti. Enhorabuena por el libro que me firmarás cuando vaya a verte a la presentación que harás. Lo veo, lo veo.

Siento deciros que un caracol me da ternura por el concepto en sí, por llevar todo lo que tiene y lo que es consigo. No tiene más matices, sencillo, a su ritmo...

Aunque últimamente ando un poco de capa caída como bien dices, tus visitas y compañía virtual me ha animado muchos ratitos. Muchas gracias por el post Cathan, y por tu apoyo.

Besos.
Javier Márquez Sánchez ha dicho que…
Vaya, pues intentaré hacer el mismo ejercicio que tú y cada noche al acostarme me diré firmemente: mañana será un gran día.

Yo también soy otro asiduo de esa villa Savoy y sus caracoles, además de pasearme a menudo por el tuyo, aunque reconozco que no con la fidelidad que sin duda merecen tus textos.

Una bonita reflexión y unos bonitos comentarios que ayudarán seguro a Sempitenerna a volver a agarrarse bien esa capa.

Un abrazo.
Cathan Dursselev ha dicho que…
Versus, yo tampoco me tomaré un caracol. He probado los ostiones y tampoco. Para tomarme un bicho viscoso me como las ortiguillas (eso tenéis que porbarlo)

Versus, se que soy un encanto, lo sé, fomra parte de mi divinidad. Pero no he dicho nada de tu blog que no sea cierto.

Y Javier, te aseguro que mis textos no merecen mucha fidelidad. Sin embargo algunos esperamos ya ansiosos la publicación de cierto libro que se rumorea será bueno. Y si se parece en algo, por poco que sea a tu blog, sin duda será muy bueno.
Javier Márquez Sánchez ha dicho que…
Ay, madre, ¡cuánta responsabilidad con ese libro! Como al final os decepcione me va a dar algo...

Un abrazo.
Cathan Dursselev ha dicho que…
Seguro que no decepciona. A no ser, claro, que no hagas presentación y me dejes sin escusa para acercarme hasta la vieja Metropolis comercial...

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