Wallander

Les dije el otro día que me iba a descansar. A ver cine y leer. Lo necesitaba para mi bien personal y mental –según dicen mis amigos nos es normal que hable con Alfonso XIII por mucho que tenga un cuadro de él sobre el ordenador del trabajo y, mucho menos, que hable con el fantasma de un militar- Así que opté por irme al campo y descansar. Y ese descanso lo he aprovechado muy bien, entre otras cosas para hacer sesión continua de Wallander.


Como ya saben soy fan de las novelas de Henning Mankell, hasta el que llegué gracias a Kurt Wallander –como otros muchos-, el inspector de Ystad que ve como su mundo, poco a poco, va corrompiéndose y destruyéndose. Ahora la BBC ha llevado la historia del melancólico policía sueco a la pequeña pantalla, con una miniserie de tres películas.


Para la ocasión han elegido a un Kenneth Branagh, semi-desaparecido para el público español, absolutamente soberbio. Una interpretación sobria, sin histrionismo alguno, que permite al espectador entender toda la conflictividad interna de Kurt Wallander a través de sus miradas y sus gestos.


Porque estamos ante una serie de gestos, de miradas, de silencios. Una serie –tres películas de una hora y media, más bien- que te enganchan. Que no dejan que el espectador se ausente, casi hipnotizado por el color. Alegre, luminoso en ocasiones. Muy oscuro otras. Un guión basado en el dialogo de lo visual, para dejar de lado las palabras. Tres películas basadas en otros tres libros: Cortafuegos, La falsa pista, y Pisando los talones, que adentran al espectador en el mundo de Wallander y, a la vez, de Mankell. Una mirada a la nueva Suecia que ve como todo cambia y como la tranquilidad va desapareciendo en manos de una apertura europea que, en palabras de Mankell –y en boca de Wallander- está terminando con la realidad del país.


Sin lugar a dudas, un placer para la vista de aquellos que disfrutamos con la buena televisión. Para aquellos que somos fans de Mankell y Wallander. Y, para aquellos que siempre hemos disfrutado con Kenneth Branagh en obras como Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces, Hamlet, Frankenstein de Mary Shelley y otras muchas.

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