sábado, 10 de enero de 2009

La llegada de los heroes

Robbel llegó corriendo hasta el cementerio. Sus ojos brillaban con una tonalidad esmeralda muy viva, clamando sangre. En sus manos portaba dos dagas, preparado para el combate como solo aquel guerrero podía estarlo. Sediento de sangre, sí, pero atento a la organización de la defensa:

- Ve a buscar ayuda, esto queda grande para ti... – le dijo al soldado de Ankber antes de encararse al lupino - Actaeon, no soy nadie para darte ordenes, pero tu encárgate de una parte sin interferir en la mía, podríamos herirnos y ahora no nos interesa... No puedo permitirme el lujo de caer aquí­ hoy.

El rumor de la guerra ya se había extendido por las calles y Actaeon y Robbel no eran los únicos que se habían presentado para la batalla. Muchos eran los aventureros, guerreros, magos y ladrones que habían encontrado en la ciudad un lugar donde descansar y ahora se mostraban prestos a defenderla con sus propias vidas.


***

En el centro de la ciudad se estaba levantando una pequeña capilla, lentamente la estructura había crecido y la feligresia solía acudir aunque el edificio no estuviera concluido. Al frente de la nueva comunidad se encontraba Soulforged, un sacerdote hobbit que aunaba en su pequeña figura una fuerte fe y gran capacidad de líderazgo. Los rumores de la guerra llegaron en mitad de su sermón. Y el no pudo más que actuar en defensa de la ciudad:

Creo que hemos tardado demasiado –gritó a su congregación, sabiendo que escucharían sus órdenes con el mismo fervor que sus plegarias- Mis queridos hermanos, el mal acecha está ciudad y debemos proteger a su gente, corran tan rapido como puedan en todas las direcciones y traigan a las mujeres y los niños a este suelo consagrado donde estarán seguros de estas abominaciones anti naturales.

Con él se encontraba Quarion, un paladin humano, un guerrero que había jurado defender la vida del sacerdote, sin que nadie en la ciudad conociera los mótivos de tal promesa. Se acercó a su maestro, vistiendo su armadura y su martillo, listo para la batalla. Se arrodilló frente al clérigo a modo de saludo y lartió velozmente en dirección al cementerio.


***

Bloody, el loco malkavian que habitaba en la casa de Mot también se hizo eco de la guerra. El vampiro se encontraba en la calle, escuchando y tratando de averiguar algo, escondido en un manto de sombras, cuando los gritos de pánico llegaron a sus oídos. ¿Guerra? Sí­, pero ¿no iba a ser contra los drows? Decí­an algo sobre no-muertos, nigromantes, lobos, vampiros. ¿Vampiros? Él no habí­a entrado en guerra con nadie.

Suspiró y se sujetó las sienes, mientras echaba a andar en dirección al cementerio. Debí­a pensar, pero no querí­a retrasarse. De pronto recordó, habí­an atacado la ciudad unos lobos Debí­an ser una avanzadilla, y un enemigo extraño e inesperado el que atacaba la ciudad. ¿No habí­a hablado Cathan de un nigromante? Ya estaba claro.

Milagrosamente no habí­a chocado con nadie, pero era mejor andar atento a lo que hací­a. Tras no demasiado tiempo de carrera, el vampiro alcanzó el cementerio. Allí encontró a Robbel, y a un enorme lupino, que reconoció como Actaeon. Un escalofrí­o recorrió su espalda, recordando el primer encuentro con aquel ser, cuando, en su locura llamó perro al Licantropo y tuvo que ser rescatado de las garras. Y, para colmo, junto a él estaba Robbel, el drow del que tampoco guardaba grandes recuerdos después de haber comparado su montura con un pollo gigante. Pero se recordó a sí­ mismo que, por hoy, estaban en el mismo bando. Desenvainando sus armas se acercó al drow.

- Nadie quiere caer aquí­ hoy, sospecho. Así­ que supongo que mi ayuda es bien recibida... y ni se te ocurra mandarme a dormir porque me viene grande. Ahora ya me han desvelado -

Vestí­a su equipo completo para el combate, y habí­a adoptado una pose para la lucha, con las piernas algo flexionadas. Su pelo estaba recogido en una coleta, sus facciones eran ahora duras, serias y con los músculos en tensión. Sus ojos brillaban rojizos mientras trataba de medir la magnitud del mal al que se enfrentaban, con los sentidos agudizados y la vista fija en el cementerio.


***

Sasurai recibió la noticia de la guerra en mitad de la calle. Apenas sabí­a nada de aquel lugar en el que llevaba tan solo unos dí­as, pero si querí­a permanecer en él más le valí­a defenderlo de quienes fuesen sus agresores. Además, habrí­a lucha, tal vez fuese una buena ocasión para practicar y, de paso, observar en combate al resto de aventureros y poderosos personajes que según habí­a ido viendo habitaban la ciudad.

Evitando desenvainar antes de abandonar las zonas en las que habí­a gente, pues no querí­a alarmarlos, el músico echó a andar en dirección al cementerio. No corrí­a, no estaba ansioso, simplemente se dirigí­a hacia allí­ con paso tranquilo, con la calma y la resignación de quien no encuentra sentido a su vida y se limita a vivirla, conviviendo además con una carga tan pesada como el propio mundo. Aquellos eran los acontecimientos que le habí­a tocado vivir. Aquel el momento, quizá, de escribir su nombre en la historia. Si tení­a que contemplar el paso de los años desde aquel cuerpo inmortal, condenado a ver morir a otros, intentaría al menos que en cada época se conociese su leyenda. No tendrí­a amigos, pero si el respeto y quizá el inconsciente afecto de la gente.


Una lágrima rodó por su rostro. Afecto, sí­, pero jamás volverí­a a sentir lo que era amar ni ser amado, era demasiado doloroso hacerlo sabiendo que perderí­a a la persona, solo para seguir viviendo torturado por su recuerdo. Apretó los dientes, y el calor que afloró a su piel evaporó el lí­quido antes de que nadie pudiese verlo. Debí­a luchar por algo más que hacerse un lugar en la historia, por algo más que el simple hecho de estar allí­. Debí­a luchar para evitar que otros sufriesen lo que él habí­a tenido que sufrir...


***

Hook y sus hombres estaban cerca de la taberna de Evincar, descansando en un viejo tugurio que les recordaba aquellas tabernas de puerto en las que tantas veces habían refrescado sus gaznates. Hasta allí llegaron las noticias de lo que ocurría en el cementerio.

– ¿Pero qué demonios? ¿Acaso es esto la batalla de las tumbas robadas? – exclamó Hook al recibir la noticia- MUY BIEN SEÑORITAS ES HORA DE DEFENDER ESTO– gritó el capitán a sus tripulantes. –Vestíos y armaos... ¡Y HASTA NO ENCONTRAR AL FALSO IUCHIBAN NO OS DETENGAIS!
Los marineros respondieron al uní­sono inspirados por las palabras del capitán y por lo consumido durante la noche. Y, juntos, corrieron hacia la batalla.