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El aviso de Schiibracks

De repente un estallido inundó el aire y una luz rojiza empezó a destellar en medio del mercado. Era la alarma, el indicativo de que toda la población debía dirigirse a la seguridad del refugio construido por Askanter.

Si el refugio estaba activo, significaba que el archimago estaba al corriente de todo. Pero no todos estaban seguros de que eso fuese una buena noticia. En las inmediaciones de la casa comercial la gente se apresuraba a entrar por las gigantescas puertas de adamantina que protegían la entrada del refugio. Eran necesarios cuatro gigantes para poder abrir cada una de las hojas. Los gigantes habían tomado la plaza del mercado y, dirigidos por un espeluznante ser mitad pulpo mitad humano, se encargaban de mantener libres las calles hasta el refugio.

En el cementerio algo llamo la atención de Actaeon, una especie de zumbido tras de sí se paró en seco y pudo ver un momentáneo pasillo entre los restos destrozados de los putrefactos muertos en el suelo. Aunque se había parado a una distancia prudencial del hombre lobo Schiibrackss se encontraba acuclillado lejos del alcance de sus garras.

-Essss una trampa el verdadero enemigo essssta fuera. Lossss drowssss tenemossss el subsuelo controlado, y Askanter ha abierto el refugio. En la murallassss hareissss falta los veteranosss, deja esto para los nuevossss, también Hook y su tripulación esstán en camino. Askanter me envía para que ossss abra camino entre la esssscoria y llegueisss masss rápido ¡Venga! No tengo toda la noche- Schiibracks, el Colmillo de Lloth tensó todos sus músculos antes de partir en busca de Robbel. Con su cuerpo replegado sobre sí mismo y las crestas óseas de su espalda barriendo a los endebles no-muertos a su paso, como una hoz segando el grano.

Actaeon observó los movimientos del drow... Al fin Askanter había hecho su aparición y, a pesar de que había una rivalidad entre el Archimago y Hathaltoy, sabía que el respeto prevalecía por sobre toda razón lógico. Se vio obligado a confiar parcialmente en Askanter, giró en seco sobre sus talones, con un movimiento que siguieron sus cabellos, que cayeron sobre su frente y rostro, ocultando el iris amatista de sus cansados ojos. El Garou comenzó a caminar de una manera muy suave y pacífica hacia las murallas. Podía ir, si así lo deseaba, en menos de 10 segundos, pero algo le decía que debía ir tranquilo.

Cruzó su camino con Sasurai, que tras integrarse por fin en los callejones próximos al cementerio, totalmente vacíos de viandantes, el extraño vagabundo desenvainó su espada, que al instante quedó asida a la cadena que sobresalía en su manga derecha. El filo no brillaba bajo la luz de la noche, negro y opaco como el alma de su forjador, como el fin al que servía y la parte demoniaca del alma que a través de él se expresaba... y que ahora comenzaba a tomar fuerza, en previsión del combate. Los ojos brillaron anaranjados, con el fulgor del fuego. Los colmillos se alargaron y ensancharon, aunque sin llegar a deformar la bella faz, y dos rayas rojizas y rectas, que parecían brillar por algún extraño motivo, aparecieron desde debajo de sus ojos a la mandíbula, marcando aquel camino que tantas veces habían recorrido las lágrimas.

Tras caminar algo más, ya casi ante el cementerio, Sasurai pudo ver por fin al enemigo. Varios no-muertos se adentraban por el callejón que él recorría, observándolo con sus ojos vacíos, acercándose inexorablemente con su cansino caminar. Era la hora de luchar. Con ágiles movimientos recorrió la distancia que los separaba, empuñando en el camino el main gauche en su mano izquierda. Al alcanzarlos, lanzó varios golpes a los más cercanos, con la espada bastarda aún empuñada, mientras bloqueaba cualquier ataque con el otro arma. Tras acabar con los cercanos, atacaría a los más lejanos haciendo uso de la cadena, que le permitía abarcar un radio mucho mayor. Ninguna de aquellas infames criaturas debía escapar ni moverse libremente por la ciudad, o muchos inocentes podrían acabar heridos. Luchó sin descanso y pronto vio como otros se unían a su lucha. Pero sus ojos, acostumbrados como estaban a la muerte, vagaron en busca de mayores enemigos. No los vio. Solo pudo ver el alba que comenzaba a iluminar a la muerte.

Y con el alba llegó la paz al cementerio: los vampiros que no habían muerto bajo las armas de sus enemigos cayeron bajo los rayos del sol. Y con ellos el ejército no-muerto volvió a reposar sobre la tierra de la que no debieron salir. Pero el fin del conflicto no estaba cerca: el sonido de maquinas acercándose a la ciudad era ensordecedor. La primera piedra cayó cerca de las murallas, la segunda aplastó a un soldado de libre blanca y azul y el escudo de la Casa de Mot, contra el empedrado.

Y a lo lejos, sonó la guerra mientras las primeras escalas se enganchaban en los merlones de la muralla....

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