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[Relato Histórico] Pedro Cabrón-3

Después de tantos días de navegación cercana a la costa, no tenía dudas de que íbamos hacía el norte. Cruzamos el Estrecho sin muchos problemas y pocos barcos se habían acercado a nosotros. Los más, respiraron tranquilos cuando la Besada pasaba velozmente sin detenerse. La fama de aquella nave con el mascaron de cabra erguida superaba con creces a la de otras naves. Ni tan siquiera el antaño temido Antón estaba a la altura y prestigio alcanzado por el capitán Cabrón y su tripulación. Su violencia estaba siendo desmedida y, juro por Dios nuestro Señor, que no deseaba verla con mis propios ojos.

Pero mis suplicas no fueron cumplidas. Aquella noche todo cambió de pronto. El humor de Pedro fue endureciéndose según el astro rey iba ocultándose en las sombras. Pasaba el día junto al timón, gritando órdenes a sus hombres y discutiendo con Rodrigo. Cristóbal se mantenía callado y apartado del grupo, observando a su hermano y desaprobando con la cabeza la actuación del capitán. No pude más que fijarme en él y, lentamente, me acerque hasta apoyarme en la borda, mirando distraídamente el horizonte.

-¿Qué te ocurre Cristóbal? Parece que no estás de acuerdo con tu hermano.
-Hoy no, Fernán. No puedo estar de acuerdo con lo que quiere hacer.
-Pero, hasta ahora ha demostrado su pericia, debiéramos darle un voto de confianza.
-¿Con Fregosso? No. Morirán muchos hombres y puede que alguno de nosotros no vuelva a ver el cielo de Cádiz.

Me mantuve en silencio. Pensando en las palabras de Cristóbal. Me había convencido de que Pedro iba a ir a Menorca para unirse a Fregosso, pero ahora las palabras de Cristóbal despertaban muchas dudas en mi cabeza. ¿Sería posible que Pedro atacase al genovés? Ya había sido testigo del sentir de mi amigo ante aquel pirata y tenía que haberlo imaginado.

-¿Qué ocurrió? Quiero decir, entre ellos- Tenía la leve esperanza de que Cristóbal supiera la verdad. Él era el único que conocía el fin de nuestro viaje. El destino que nos esperaba y las razones que nos llevaban a ella y, según el mismo decía, tal vez a nuestra propia muerte.
-Lo engañó como a un niño. En el fondo lo éramos. Cuando nuestro barco cayó en sus manos, Fregosso se encaprichó de nuestra madre, y ella de él. Ninguno de los dos comprendíamos que pasaba, pero aceptamos la nueva situación. Vivimos en Orán durante unos años y, después, comenzamos a navegar con él. Volvimos a Genova en varias ocasiones y yo recordé haber caminado por aquella ciudad de la mano de padre. Comencé a buscarlo, harto de la vida que ese maldito nos daba. Pero él no estaba allí.
>> Lo peor fue que Pedro llegó a convencerse de que Fregosso era nuestro verdadero padre. Pero yo sabía que no era cierto. Y no cejé en mi empeño hasta que conseguí que madre me dijera la verdad: habíamos nacido en la pequeña ciudad de Cádiz, en el reino de Sevilla. Y allí debía seguir viviendo padre. Logré convencer a Pedro para viajar hasta allí con la excusa de encontrar un punto desde el que asaltar las rutas del oro negro. Y cuando vio a padre no pudo más que aceptar la verdad. Eso le puso furioso. Nunca le perdonó por aquello y menos por lo que vino después. Al llegar a Orán, Fregosso le esperaba con un regalo. Una vieja y desvencijada nave como regalo de despedida a su "hijo": la Besada.


En ese momento comencé a comprender las reticencias de Cristóbal al plan de Pedro. Hasta ese instante había creído que mi amigo era un capitán experimentado, inteligente y frío. Pero ahora, mirando por aquella borda, no pude más dejar caer la cabeza entre mis manos. Pedro se movía por la venganza y el odio, y esos dos eran malos consejeros. Le miré, de soslayo, observando cada uno de sus gestos, su mirada parecía la de un loco y el terror se apoderaba de todos los que le rodeaban. Esperé que la noche tranquilizara sus sentimientos, pero algo me decía que eso no ocurriría. Y no me equivoqué. La noche no había caído aún cuando los hombres comenzaron a prepararse para la lucha. Lo vi claro: aquella noche, por primera vez en mi corta vida, me enfrentaría cara a cara con la muerte. Continué allí, apoyado en la borda, rezándole a Dios Todopoderoso para que la noche terminara pronto y el mañana llegase cargado de vida. Poco a poco comenzó a formarse una imagen al fondo. Por primera vez en días volvía a ver tierra, pero mi corazón se llenó de desazón por lo que estaba por venir.


La Besada navegaba rápidamente hacía su destino. Los hombres se sentaron en los bancos, mientras las velas eran replegadas. El sonido de los remos entrando en el agua se convirtió en un recordatorio de muerte. Una sorda llamada a la guerra que se avecinaba mientras la costa comenzaba a cobrar forma ante nosotros, recortada bajo un sol que comenzaba a esconderse entre sus escarpados acantilados. Unas fogatas en la orilla indicaban que encontraríamos vida allí donde nos dirigíamos. Acudí junto a Pedro para advertirle de que nos esperaban en la costa, pero sus ojos me indicaron que sabía lo que hacía. La nave llegó hasta la ensenada que se abría frente a una pequeña cala, quedando varada en las sombras que ya comenzaba a llamar la noche. El capitán ordenó bajar una pequeña barca y con ella llegamos hasta la orilla, dejando la fusta en manos de su hermano.


Mientras remaba hasta la orilla noté como mis manos sudorosas resbalaban sobre la pala. El frío me recorrió la espalda, erizándome el pelo de la nuca por el miedo. Llevaba años escuchando historias de piratas pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que yo mismo me había convertido en uno. Y ahora estaba allí. Todo lo que había aprendido cruzó por mi mente. No sería capaz de enfrentarme a otro hombre. Sabía que, en caso de tener que cruzar mi espada en batalla, mi vida estaría perdida. Miré a Pedro a los ojos, esperando ver en ellos algo que me diese fuerzas. Pero solo vi locura, y eso acrecentó mis temores.


Miré como otras barcas comenzaban a acercarse a la costa, como fantasmas en la noche, y el pulso se me aceleró. Noté como la tierra rozaba nuestra embarcación y escuché el chapoteo de los hombres al saltar al agua. Me quedé petrificado en mi posición, agarrado al remo sin ser capaz de mover un solo músculo. Pedro se detuvo junto a mi, impasible. Con un solo gesto de cabeza me indicó que debía seguirle. Y lo hice. Me arrastré fuera de la barca, con la cabeza gacha y el miedo recorriendo mi espalda, siguiendo a mi amigo hasta la playa. Las hogueras se mantenían encendidas y varios hombres estaban sentados entorno a ellas mirando silenciosos como los piratas de la Besada caminaban por la orilla. Solo uno de ellos pareció reaccionar ante la llegada de los marinos. Se levantó y caminó con paso firme hasta nosotros. Pedro avanzó hacia él, abriendo los brazos para recibirlo con un fraternal abrazo.

-Benvingut, Pedro.
-Bona nit, Roque. ¿Està tot llest? ¿On és Fregosso?.
-Té el seu vaixell a la cala Fornells, como siempre. Si ho fem ràpid podrem caure sobre ell sense que s'adoni de res.


Por fin comprendí que mi amigo hablaba en catalán. Y, a la vez, comprendí que Pedro tenía todo preparado desde el principio. Observe a Roque. Su rostro mostraba la dureza de una vida en el mar y de la guerra. Una cicatriz recorría su cara y cercenaba su oreja. Sin embargo su sonrisa era franca, limpia, contrastando con el resto de su figura. Era un hombre fuerte, de unos treinta y tantos años y trataba a Pedro con el respeto debido, pese a la diferencia de edad. Comenzaron a hablar entre ellos, en aquella lengua que no lograba comprender, sobre los preparativos necesarios para el ataque.


Me detuve junto a Juan, uno de los marinos de Cabrón, un joven de mi edad que llevaba navegando varios años a las órdenes de Pedro. Uno de los pocos con los que había entablado cierta amistad. Había nacido en Jerez, pero pronto había acudido a Cádiz en busca de fortuna en su puerto y, al igual que yo, había topado con Pedro. Escuchaba atento las palabras de los dos hombres, asintiendo de vez en cuando mientras se mostraba conforme con lo que decían.

-Esta noche atacaremos. ¿Estás preparado Fernán?
-Sí- mentí- estoy preparado.
-No te separes de mí- puso la mano en mi hombro, mientras me miraba con la comprensión y la camaradería propia de los hombres del mar. Sabía que estaba aterrorizado, pero jamás lo diría. Simplemente aceptaría mi mentira como una verdad. Sin objeciones.


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